Ellos son enemigos mortales en la escuela tras morir juntos en un accidente renacen en una novela dónde son los villanos
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Capitulo 20
La emperatriz todavía sostenía las manos de Alma cuando esta se preparó para despedirse.
Aunque había aceptado la decisión de su hija adoptiva, en su corazón seguía sintiendo una profunda tristeza. Había criado a Juner desde pequeña y la amaba demasiado para permitir que la verdad sobre su nacimiento cambiara sus sentimientos.
—Hija mía, espera.
Alma se detuvo.
—¿Sí, madre?
La emperatriz le acarició la mejilla con ternura.
—Voy a hablar con tu padre. Le pediré que emita un decreto imperial para nombrarte princesa.
Alma abrió los ojos.
—¿Qué?
—Aunque seas mi hija adoptiva, no voy a dejarte sin protección. Mucho menos permitiré que quedes fuera de nuestra familia. —La emperatriz apretó sus manos—. Has crecido en este palacio, eres mi hija y nadie tiene derecho a tratarte como si fueras una extraña.
Alma se quedó mirándola.
No esperaba aquello.
Había supuesto que, después de devolverle su identidad a la verdadera princesa, tendría que renunciar a todo lo relacionado con la familia imperial. Sin embargo, la emperatriz estaba dispuesta a conseguir un decreto para protegerla.
—Madre, no quiero causarle problemas…
—No me causas ningún problema. ¿Acaso crees que necesito compartir tu sangre para amarte?
Alma bajó la mirada.
La emperatriz suspiró y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—No tienes que competir con tu hermana para ganarte mi cariño. Ella recuperará el lugar que le pertenece y tú seguirás siendo mi hija. Quiero que ambas puedan vivir tranquilas.
Alma sintió que su corazón se ablandaba.
Esta mujer ama demasiado a Juner.
No sabía si la verdadera Juner habría comprendido alguna vez la suerte que tenía de contar con una madre así.
Pero ella no pensaba desperdiciar aquel cariño.
—Gracias, madre.
La emperatriz sonrió y la abrazó una vez más.
—Ve tranquila. Yo me ocuparé de los asuntos imperiales. Y recuerda que siempre puedes regresar a verme.
—Lo haré.
Después de despedirse, Alma hizo una reverencia y abandonó el salón.
Mientras caminaba por los corredores del palacio, no pudo evitar pensar que las cosas estaban saliendo mucho mejor de lo que había imaginado.
No había perdido a la emperatriz.
No había provocado una disputa con la verdadera princesa.
Y, si todo salía bien, tampoco perdería la protección de la familia imperial.
¡Qué alivio!
Alma subió al carruaje y se dejó caer sobre los cojines.
Loto se acomodó frente a ella mientras el vehículo comenzaba a avanzar.
La joven se llevó ambas manos a la cara.
—¡Cielos! ¿Cómo lo hice?
Loto parpadeó.
—¿A qué se refiere, señora?
—¡A todo! ¡A lo que acabo de hacer en el palacio!
Alma la miró con una mezcla de incredulidad y emoción.
—¿Viste cómo reaccionaron? ¿Viste la cara del rey regente? ¡Por un momento pensé que iba a ordenar que me encerraran en una mazmorra!
Loto soltó una risita.
—Lo hizo muy bien, Alma.
La joven se quedó mirándola.
Era extraño escuchar su nombre en aquel mundo. Sin embargo, cada vez que Loto lo pronunciaba, sentía que recuperaba un pequeño pedazo de su antigua vida.
—¿De verdad lo crees?
—Por supuesto. Ante todos, usted demostró ser una mujer bondadosa y de buen corazón. No intentó arrebatarle nada a la verdadera princesa. Al contrario, fue la primera en reconocerla y en ayudarla a recuperar su lugar.
Alma sonrió lentamente.
—Entonces funcionó.
—¿Funcionó qué?
—¡Mi plan para sobrevivir!
Loto inclinó la cabeza, confundida.
Alma se acomodó en su asiento y comenzó a contar con los dedos.
—Primero, evité convertirme en enemiga de la verdadera princesa. Segundo, conservé el cariño de la emperatriz. Tercero, el rey regente no tuvo motivos para castigarme. Y cuarto…
Levantó cuatro dedos con expresión triunfal.
—¡Puede que consiga un decreto imperial que me proteja!
Loto no pudo evitar reírse.
—Señora, parece que acaba de ganar una batalla.
—¡Exactamente!
Alma se cruzó de brazos, satisfecha.
—Y ni siquiera tuve que arrojarle té a nadie.
—Eso también es un avance.
—¡Loto!
Las dos se echaron a reír.
Por primera vez desde que había llegado a aquel mundo, Alma sintió que podía respirar sin esperar una desgracia detrás de cada puerta.
Todavía tenía muchos problemas por resolver, pero acababa de dar un paso importante.
Ahora debía concentrarse en la fiesta de bienvenida de su hermana.
Y no pensaba organizar una celebración mediocre.
La muchacha había sufrido demasiado antes de regresar al palacio.
Había crecido en un pueblo, rodeada de personas que la maltrataban, sin conocer su verdadera identidad ni comprender por qué su vida había sido tan cruel. Solo cuando el rey regente la encontró, la verdad salió a la luz.
Alma conocía aquella parte de la novela.
La verdadera princesa había vivido años de sufrimiento mientras Juner disfrutaba de los privilegios de la corte.
Por eso quería que su regreso fuera diferente.
No quería que la joven entrara al palacio sintiéndose una intrusa.
Quería que todos la recibieran como lo que era: una hija de la familia imperial que finalmente había regresado a casa.
—Loto, cuando lleguemos al marquesado, quiero que prepares una lista de los preparativos para el banquete.
—¿Una lista, señora?
—Sí. Necesitaremos flores, músicos, comida, decoraciones y suficientes invitados para que toda la corte se entere de que la verdadera princesa ha regresado.
Loto sonrió.
—Me ocuparé de ello.
Alma asintió, satisfecha.
Vamos a hacer que esa chica tenga una bienvenida inolvidable.
Cuando el carruaje llegó al marquesado, Alma no fue directamente a sus habitaciones.
En cambio, se dirigió a un pequeño salón privado donde guardaba sus pertenencias más valiosas.
Abrió el baúl de madera tallada que se encontraba junto a la pared y comenzó a revisar sus joyas.
Había collares de perlas, brazaletes de jade, pendientes con piedras preciosas y varios adornos que probablemente valían más dinero del que una persona común ganaría en toda su vida.
Alma contempló las piezas sin demasiado interés.
No estaba pensando en venderlas.
Al menos, no todavía.
Sus dedos se detuvieron sobre una pequeña caja forrada de terciopelo.
La abrió.
Dentro descansaba una horquilla de oro con forma de fénix.
La delicada figura tenía las alas extendidas y una piedra roja engastada en el centro de su cabeza. Las plumas estaban trabajadas con tanto detalle que parecían capaces de moverse con un soplo de viento.
Alma la tomó con cuidado.
Su expresión cambió.
—Así que aquí estás…
Era el mayor tesoro del imperio.
Una joya que simbolizaba la legitimidad de la familia imperial y que, según la historia original, debía pertenecer a la verdadera princesa.
Sin embargo, Juner la había conservado.
No porque la amara, sino porque consideraba que entregarla equivalía a reconocer que había perdido su posición.
En la novela, aquella decisión había sido uno de sus errores más graves.
Cuando llegó el momento de devolver la horquilla a su verdadera dueña, Juner se negó. Su orgullo la llevó a aferrarse a una joya que nunca le había pertenecido.
El conflicto se agravó, sus enemigos aprovecharon la situación y la villana terminó pagando un precio terrible.
Alma observó el fénix dorado entre sus dedos.
—Qué mujer tan tonta…
Se quedó callada.
Después suspiró.
—Aunque, si lo pienso bien, yo tampoco estoy en una situación normal.
Cerró la caja y la sostuvo contra su pecho durante unos segundos.
No quería repetir los errores de la novela.
Y tampoco quería que su hermana tuviera que luchar por algo que le correspondía desde su nacimiento.
Alma volvió a abrir la caja y contempló la joya una última vez.
—Te devolveré a tu verdadera dueña.
Sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa.
—El día de su presentación en el banquete.
Guardó la horquilla en la caja, cerró el baúl y giró la llave.
Esta vez, la historia no terminaría con Juner aferrándose a un tesoro que no le pertenecía.
La verdadera princesa recibiría su identidad, su lugar y la joya imperial.
Y Alma conservaría algo mucho más importante.
La oportunidad de vivir.
Sin embargo, mientras se alejaba del baúl, todavía ignoraba una cosa.
La horquilla del fénix no era solamente una joya.
Su devolución podría cambiar mucho más que la reputación de una antigua villana.