Aline Shnaider está acostumbrada al lujo, a las órdenes de su hermano y a salirse siempre con la suya. Pero nada la prepara para Deslumbria: la inmensa hacienda perdida en el fin del mundo donde su hermano decide "protegerla", entregándola al cuidado del hombre más peligroso que ha pisado esas tierras.
Lo llaman el Gitano. Dueño de todo lo que alcanza la vista, frío como el filo de una navaja y con un pasado que nadie se atreve a mencionar, Santiago Nicolaisen no cuida a nadie: domina. Desde el primer choque —él desnudo, ella incapaz de apartar la mirada— queda claro que entre ambos no habrá tregua, solo una guerra de deseo que ninguno de los dos sabe perder.
Él tiene el doble de su edad, un imperio construido sobre secretos y una regla absoluta: jamás tocar a la hermana de su mejor amigo. Ella tiene el orgullo de una Shnaider y la certeza de que ningún hombre la doblega. Los dos están a punto de descubrir hasta dónde son capaces de llegar por lo que juraron no querer.
Pero el placer tiene un precio. Detrás de la fantasía hay un hijo que odia a su padre, un hermano que regresa de entre los muertos para cobrar venganza, un secreto de sangre capaz de encender una guerra y un amor prohibido que amenaza con arrasar con todo lo que ambos intentaron proteger.
En un mundo donde la lealtad se paga con balas y la traición se castiga sin piedad, entregarse al Señor de la Lujuria puede ser la perdición… o la única salvación.
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Capítulo 14
Santiago Nicolaisen
La ropa de ella está esparcida por el suelo de mi cuarto. Su olor —dulce, cálido, inconfundible— está en las sábanas, en la piel, en mi puto cuerpo. Lo logré. La cogí con todo. Y lo peor: no me arrepiento ni por un segundo. Esa ninfa me altera, me hace perder el rumbo, la cabeza… y me gusta. Me gusta la adrenalina, el riesgo, el fuego que enciende en mí.
Salgo del baño envuelto en una toalla, me visto a las apuradas —pantalón, camiseta, botas— y cruzo el pasillo en silencio.
—Patrón.
Violeta arregla la mesa de la cocina. Hay abundancia de comida ahí, pero sé que no es para mí. No es secreto: ella está loca por mi hijo; tal vez sea la única persona en esta casa a la que él no le prendería fuego, si pudiera.
—¿No va a tomar café?
Agarro una rebanada de pastel con una mano, con la otra me llevo la taza de café caliente a los labios.
—No, Violeta. Necesito ir a la finca vecina. Todavía no hablé con los padres de la muchacha que estaba con él, y quiero estar ahí cuando la devuelvan.
Ella asiente. Ya estoy en la puerta, pero la curiosidad me tira de vuelta.
—¿Aline ya despertó?
—Sí, señor. Acabo de salir de su cuarto.
—¿No quiso bajar a comer?
—Comió en la cama, pero con dificultad. Apenas puede apoyarse en las piernas. No sé si se cayó o si… se lastimó de otra forma, pero le llevé una bolsa de agua helada para aliviar la hinchazón. Es graciosa, preguntó si podía tirarla después, pobrecita, no entiende esas cosas.
Desvío la mirada, visiblemente desconcertado. Violeta percibe lo que hay detrás de mi vergüenza y de la incomodidad de la muchacha.
—Ay, Dios… voy a preparar un té y a ver si tengo algo más fuerte para los dolores.
—Por favor. Hazlo.
Salgo hacia la camioneta con el corazón apretado. Me pasé de la raya. Fui bruto, cegado por la provocación y el deseo. Enciendo el motor, rumbo a la finca de Ulisses. Mis hombres llamaron desde el camino: van a dejar a la muchacha en su casa antes de volver para acá. Sé que le debo una disculpa a esa familia… al fin y al cabo, fue el mocoso de mi hijo quien armó todo el lío. Pero también necesito salir de esta casa, ocupar la cabeza con cualquier cosa que no sea Aline. Acelero, cuando un golpe fuerte en el vidrio me hace frenar.
—Carajo… ¿por dónde andabas, Lucca?
Él abre la puerta, entra en el asiento del acompañante. El cuello todo arañado, como si hubiera peleado cuerpo a cuerpo con un gato salvaje.
—Es complicado.
—Te lo advertí. Siempre terminas así: te atas a una mujer que no te quiere, que te odia por culpa del pasado, por haber matado al padre del hijo que ella lleva.
—Yo soy el padre de Guilherme. —Me mira firme—. Voy a verlo nacer, crecer. Voy a darle cariño, enseñarle todo lo que ese mierda de Nacho nunca fue capaz.
Levanto las manos, resignado. Está loco por Cecília desde niño; nunca la vio como a una hermana. Solo no impidió el desastre con Nacho porque estaba aquí, cuidando la finca, lejos.
—Si tanto quieres un hijo, te doy el mío. —Bromeo, pero sin ánimo.
Él ríe, sin humor.
—Paso. Ese mocoso no necesita un padre… necesita un exorcista.
Pongo los ojos en blanco y no respondo. Tiene razón: mi hijo ya me hizo pagar por todos mis pecados desde que apareció aquí. Sigo viaje hasta la finca de los Swarovski; Lucca enciende un cigarrillo, el humo llena el auto de a poco.
—¿Cómo está la hermana de Apólo? Sigue aquí, ¿no?
—Sí. Está bien. —Respondo seco, los ojos fijos en el camino, la mano apoyada en el mentón.
Él me observa, percibiendo cada detalle.
—No mientas, carajo, Gitano. Conozco esa cara.
—No sé de qué hablas.
—Te estás cogiendo a la hermana de Apólo.
Me paso las manos por el cabello, nervioso. Él maldice en voz baja.
—¡Carajo! Qué mierda, hombre. ¿Dónde tenías la cabeza?
—¡Traté de mantener la distancia! —replico, duro—. Es un demonio, ¿no entiendes? Yo no fui el cazador… fui la presa.
Lucca suelta una risa incrédula.
—Me estás jodiendo.
—Ojalá. Esa niña me metió en el bolsillo, me dejó tan cegado de deseo que hasta mi nombre olvidé. Salió toda adolorida, pero aguantó firme… más que cualquier mujer que haya tenido en la vida.
—Qué carajo, Santiago… estás completamente perdido.
—¿Y crees que no lo sé? —Golpeo levemente el volante—. Lo peor no es ni eso… es que ya me muero por tenerla de nuevo. Me altera de una forma que me convierte en un mocoso idiota, sin juicio.
Él tira la colilla del cigarrillo por la ventana, sacudiendo la cabeza.
—Solo me imagino lo que va a hacer Apólo cuando lo descubra.
Detengo el auto frente a la casa grande de la finca. Me quedo un instante mirando el techo del vehículo antes de bajar.
—Probablemente soy hombre muerto —confieso bajo—, pero va a valer la pena. Si esto va a terminar mal, que sea por haber vivido algo real.
Bajo del auto. Apenas me acerco, la puerta de entrada se abre y mi hijo baja las escaleras deprisa. El rostro está lastimado, el labio inferior hinchado y sangrando. Pasa a mi lado sin una mirada, con la capucha bajada, la cara cerrada del típico adolescente rebelde, entra en mi camioneta y da un portazo.
—Quédate con él. —Le gruño a Lucca, los puños apretados—. Voy a hablar como se debe con ese desgraciado.
Entro en la casa completamente fuera de mí. Si Ulisses Swarovski le tocó un dedo a mi hijo, lo juro por Dios: va a conocer el lado más sombrío de Santiago Nicolaisen.