—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.
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Capítulo 13
Capítulo 13: La empresa no es automáticamente tuya
Rodrigo iba en la tercera hoja del contrato de Apodaca, con los lentes en la punta de la nariz, cuando Maite habló dormida.
El celular estaba recargado contra la lámpara del escritorio, en el piso treinta, con la videollamada abierta desde la noche anterior. Viernes, ocho y media. En la pantalla se veía media almohada, un mechón de pelo y la orilla de la litera.
—Tío… —dijo ella, con la boca pegada a la funda—. Bésame.
Rodrigo dejó la pluma.
Maite abrazó la almohada con los dos brazos, la apretó contra la cara y le plantó un beso sonoro. Luego suspiró, satisfecha, y siguió durmiendo.
Grabó diez segundos. Los vio una vez. Se los mandó.
A las nueve y cuarto la pantalla se sacudió. Una mano, la almohada volando fuera de cuadro, y la videollamada se cortó. En el chat entró una fila entera de caritas gritando. Después:
Bórralo. Ahorita.
Ya lo guardé en dos lados, contestó él.
Te odio.
A las nueve y dieciséis:
Mentira.
Rodrigo volvió al contrato. Le costó encontrar la línea donde se había quedado.
* * *
El privado del restaurante, en San Pedro, tenía una mesa para seis y una puerta corrediza de madera. Tomás se quedó afuera, de pie, como si la puerta fuera suya.
Gisela llegó primero, a las dos en punto. Peinado de salón, vestido nuevo, perfume que entró al cuarto antes que ella. Le sonrió como se le sonríe a alguien con quien se va a hacer las paces.
—Qué milagro que me invitas.
Rodrigo no contestó. Daniela entró detrás, con los lentes oscuros puestos, y se sentó lejos de los dos.
Pidieron. Rodrigo esperó a que el mesero cerrara la puerta.
—Lo digo una vez, frente a las dos, para que nadie lo cuente distinto.
Daniela se quitó los lentes. Se adelantó antes de que él siguiera.
—Yo también tengo algo. Las prácticas. —Dejó el celular sobre la mesa—. Las quiero hacer en la Torre. En el corporativo. Y ya les dije a Karla y a Fer que entran conmigo.
—Tus prácticas son en Planta Apodaca, desde el veinticinco de agosto, cuando regreses de Suiza con tus abuelos. —Rodrigo desdobló la servilleta—. Karla y Fernanda, que busquen solas.
—¿En la planta? ¿Con casco y botas? Papá, yo estudio Educación.
—Empiezas donde empieza todo el mundo.
—¡Les prometí!
—Tú prometiste. Yo no.
Gisela le puso una mano en el brazo a su hija.
—Ay, Rodrigo, no seas así con la niña…
—Sigues viendo a Brandon Lozano.
Daniela se puso blanca.
—No.
Rodrigo sacó el celular, abrió la captura y lo deslizó sobre el mantel hasta dejarlo frente a su plato. La historia de Brandon del martes: Brandon en el asiento del copiloto, lentes de sol, dos dedos arriba. En el vidrio de la ventanilla, el reflejo. Daniela al volante. El aro del Audi en el volante.
—Te dije que si lo volvías a ver, se acababa todo.
Ella no tocó el celular.
—También sé que le pides a tu abuela diez mil pesos al mes, aparte. —Lo dijo sin cambiar el tono—. Y que con lo mío se pagan las uñas de tu mamá y las cenas de tus amigas. Y tus abuelos ya saben lo que le hiciste a Maite Guzmán. Todo el año.
Gisela retiró la mano del brazo de su hija.
—Te dejo lo que marca la ley y un poco más —siguió él—, porque eres mi hija. La próxima vez, solo lo que marca la ley.
Daniela tenía los ojos llenos. No lloraba todavía. Llegaron los platos. Nadie los tocó.
Rodrigo esperó a que el mesero saliera otra vez.
—Me voy a volver a casar.
El tenedor de Gisela sonó contra el plato.
—No sé cuándo —dijo él—, pero va a ser. Y voy a tener hijos.
El silencio duró lo que tardó el aire acondicionado en arrancar. Daniela fue la primera en encontrar la voz.
—¿Y la empresa?
Rodrigo la miró. De todas las preguntas.
—La empresa es mía. No es automáticamente tuya.
—¿Quién es? —Gisela se había inclinado sobre la mesa. El perfume ya no olía a reconciliación—. ¿Tu secretaria? ¿La que te teje bufandas?
—No es asunto tuyo, Gisela. —Rodrigo dobló la servilleta y la dejó junto al plato—. Y esta es la última vez que te siento a mi mesa.
Gisela abrió la boca. La cerró. Se volteó hacia su hija con los ojos brillantes.
—Háblales a tus abuelos, mija. Hoy. Que lo paren. Tú no puedes aceptar una madrastra, ¿me oíste? No puedes…
—¡Mis abuelos van a estar felices, mamá! —Daniela aventó la servilleta—. ¿No entiendes? ¡Felices!
Del otro lado de la puerta corrediza, la sombra de Tomás no se movió. La del mesero, sí: se fue por el pasillo.
Daniela se levantó. Se limpió la cara con los dedos, corriéndose el rímel.
—Te juro que a esa mujer —dijo, mirando a su padre—, sea quien sea, le voy a hacer la vida imposible.
Rodrigo no contestó.
Ya se la hiciste, hija. Un año entero.
Se acordó de la grabación. La voz de Daniela saliendo de un celular tirado en la alfombra de la sala de espera, riéndose, con Maite desmayada en sus brazos: ve y acúsame con mi papá. Su hija no se acordaba de haberlo dicho. Tampoco sabía que la muchacha de la charola había subido de verdad al piso treinta.
No dijo nada. Daniela abrió la puerta corrediza de un jalón y salió. Tomás se hizo a un lado.
Gisela se quedó un momento más, con el bolso en las rodillas. Luego se levantó también.
—Te vas a arrepentir.
—Tomás —dijo Rodrigo—. Que le pidan un taxi a la señora.
* * *
En la Calzada del Valle, Chuy manejaba despacio entre los camellones de árboles. Rodrigo iba atrás, con el saco en las rodillas.
Le sonó el celular. Su mamá.
—Mijo. —Doña Consuelo nunca saludaba; empezaba—. El cinco de julio nos vamos con Daniela a Suiza, como quedamos. Tu papá ya tiene los boletos. Nada cambia.
—Está bien, amá.
—Me acaba de marcar llorando. —Una pausa de maestra que va a poner tarea—. Le dije que lo que le hizo a esa muchacha no tiene nombre. Dos semestres, Rodrigo. Dos. Y que si llora, que llore por eso, no por la empresa.
—Sí, amá.
—Ahora dime tú. —El tono cambió apenas—. ¿Y quién es la muchacha, mijo?
Rodrigo miró por la ventana. Un camión pasó lleno, con gente colgada de la puerta.
—Hay alguien, amá. Cuando ella quiera, se la presento.
Su mamá tardó en contestar.
—Mm. A ver.
Y colgó.
El celular vibró otra vez casi enseguida.
¿Cómo te fue?
Rodrigo escribió con el pulgar.
Le dije a Dani que me voy a casar.
La respuesta llegó en menos de un segundo.
¿¡QUÉ!?
Chuy lo miró por el retrovisor. Rodrigo se dio cuenta de que estaba sonriendo y no se molestó en dejar de hacerlo.
Algún día. No te asustes. El martes te llevo caldo. Yo.