Náyrel siempre creyó que la soledad era el precio de su existencia. Oculta entre los árboles de un bosque encantado, guardaba un secreto que podía cambiar el destino de todos los reinos sobrenaturales: era la última hija de la Luna Blanca. Pero su mundo cambia el día que Darian Varek, el temido señor del Reino de las Sombras, descubre su existencia. Frío, dominante y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes, Darian decide llevarla a su castillo, convencido de que ninguna fuerza podrá arrebatársela. Sin embargo, Náyrel no nació para vivir entre muros ni para inclinar la cabeza ante ningún hombre. Se resistirá a sus órdenes, desafiará su autoridad y escapará tantas veces como sea necesario. Pero Darian siempre la encontrará. Entre persecuciones, secretos ancestrales y una atracción que ninguno logra comprender, Náyrel descubrirá que detrás de la frialdad de aquel inmortal existe una oscuridad mucho más profunda de lo que imaginaba. Y Darian aprenderá que la única criatura capaz de desafiar su poder también podría convertirse en su mayor debilidad. Ella desea escapar de él. Él está dispuesto a desafiar a la eternidad para conservarla a su lado. Pero cuando la verdad sobre el origen de Náyrel salga a la luz, ambos descubrirán que su encuentro no fue una coincidencia y que el destino les tiene reservado algo mucho más peligroso que el amor. Porque algunas almas están destinadas a encontrarse… incluso cuando una de ellas haría cualquier cosa por escapar. 🌙 ¿Podrá Náyrel conquistar su libertad sin perder el corazón ante el único hombre del que jamás debió enamorarse?
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Los siete juramentos
La voz desapareció, pero sus palabras permanecieron en la mente de Náyrel como un eco imposible de ignorar. La heredera ha despertado. Que comiencen los siete juramentos. La luz plateada que brotaba de su muñeca se extendió por el suelo y alcanzó los siete nichos de la cámara. Uno tras otro, las piedras oscuras comenzaron a brillar, hasta que una corriente de energía sacudió los cimientos del castillo.
Darian se interpuso entre Náyrel y el pedestal.
—Tenemos que salir de aquí.
—No me moveré hasta que me expliques qué son los siete juramentos.
—No es el momento.
—¡Siempre dices lo mismo!
La luz aumentó de intensidad. Darian extendió las manos y las sombras se elevaron alrededor de ambos, formando una barrera que apenas resistió la siguiente descarga. Náyrel sintió que algo tiraba de ella desde el interior de su pecho. No era dolor exactamente, sino una fuerza que reconocía su existencia y exigía despertar.
—Darian, no puedo detenerlo —confesó, llevándose una mano al corazón.
Él se volvió hacia ella y, por primera vez, no intentó ocultar su preocupación.
—Mírame, Náyrel. Escucha mi voz. No luches contra la magia; intenta comprender qué quiere mostrarte.
—¿Y cómo se supone que debo hacerlo?
—Piensa en tu madre. En lo que te enseñó cuando eras pequeña.
Náyrel cerró los ojos. Recordó las noches junto a la chimenea de su cabaña, cuando Aveline le hablaba de la luna y le enseñaba a distinguir las hierbas medicinales. También recordó una frase que su madre repetía cuando la magia se volvía demasiado intensa: La luz no obedece al miedo. Obedece a la verdad.
Respiró lentamente y dejó de resistirse.
De inmediato, la energía cambió. Las piedras dejaron de temblar y los símbolos de las paredes se iluminaron con una claridad serena. Frente a ella aparecieron siete figuras transparentes, cada una vestida con los colores de un antiguo reino.
La primera figura inclinó la cabeza.
—Náyrel Asterion, hija de Aveline y Eryndor, última heredera de la Luna Blanca. Tu sangre ha despertado los juramentos que permanecían dormidos.
—¿Qué quieren de mí? —preguntó ella.
—Que elijas si los antiguos pactos vivirán o desaparecerán para siempre.
Náyrel miró a Darian, esperando que él aclarara algo, pero el soberano contemplaba las figuras con una expresión que nunca le había visto.
—¿Conocías esto? —preguntó ella.
—Conocía la leyenda. No sabía que fuera cierta.
—¿Qué dice la leyenda?
Darian tardó unos segundos en contestar.
—Hace siglos, los siete reinos sellaron un pacto para impedir que una fuerza antigua destruyera el mundo sobrenatural. Cada reino entregó parte de su magia. La Luna Blanca fue elegida para custodiar el sello, mientras las Sombras debían proteger a su heredera.
—Por eso juraste protegerme antes de que naciera.
—Sí.
—Pero no cumpliste tu promesa con mi madre.
El rostro de Darian se endureció. No intentó justificarse.
—No. Y es una deuda que jamás podré borrar.
Antes de que Náyrel pudiera responder, las figuras levantaron sus manos al mismo tiempo. Un símbolo apareció sobre el pedestal: una luna dividida en dos mitades, una blanca y otra negra.
La voz volvió a resonar.
—El primer juramento exige que la heredera conozca el origen de su sangre. El segundo exige que el guardián revele su mayor traición. El tercero exige que ambos enfrenten aquello que más temen. Los cuatro restantes solo serán revelados cuando los anteriores hayan sido cumplidos.
Náyrel sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—¿Qué traición? —preguntó, mirando a Darian.
Él no apartó los ojos del símbolo.
—La noche en que desapareció tu madre, recibí una orden de tu padre.
—¿Qué orden?
Darian cerró los puños. Durante años había guardado aquellas palabras, convencido de que revelar la verdad solo empeoraría las cosas. Ahora, frente a la heredera y los antiguos juramentos, comprendía que el silencio ya no podía proteger a nadie.
—Eryndor me ordenó cerrar el santuario, aunque Aveline todavía estuviera dentro.
Náyrel retrocedió como si hubiera recibido un golpe.
—¿Y lo hiciste?
—Sí.
La respuesta fue apenas un susurro, pero bastó para que todo lo que ella creía saber se tambaleara.
—Me dijiste que llegaste demasiado tarde.
—Te dije que no pude salvarla. Nunca te dije que no hubiera tenido la oportunidad de hacerlo.
Los ojos de Náyrel se llenaron de lágrimas, aunque se negó a dejar que cayeran.
—¿Por qué?
—Porque si no cerraba el santuario, la fuerza que estaba despertando habría alcanzado los siete reinos. Tu madre lo sabía. Tu padre también. Pero yo no sabía que ella seguiría allí cuando obedecí.
El pedestal emitió un destello. Una de las siete figuras desapareció y su símbolo quedó grabado en la piedra.
PRIMER JURAMENTO CUMPLIDO.
Náyrel contempló la inscripción con el corazón dividido entre la rabia y el dolor. La verdad que tanto había exigido comenzaba a revelarse, pero no le ofrecía el alivio que esperaba.
Entonces, desde las profundidades, Eryndor volvió a hablar.
—¡No le creas, hija mía! ¡Yo no le ordené cerrar el santuario!
Náyrel levantó la cabeza.
Darian palideció.
Porque, por primera vez, no tenía una respuesta preparada.