En el plano terrenal, ambos son fantasmas. Él es un joven noble repudiado por su propia familia, confinado al ostracismo y al desprecio social por una terrible cicatriz que le arrebató la mirada y la confianza. Ella es una joven de deslumbrante belleza que vive invisible, sofocada bajo la sombra de una hermana manipuladora y el constante desdén de su entorno.
Sin embargo, al cerrar los ojos, la noche borra los estigmas de la realidad. En un universo onírico recurrente, sin cicatrices ni máscaras, dos almas solitarias encuentran un refugio de devoción y pasión desinhibida. Pensando que el otro no es más que una fantasía inventada por el deseo y la soledad, pactan encontrarse una tarde en la ciudad sin la menor esperanza de que ocurra.
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Capítulo 17: Una semana de luz
La semana que siguió al encuentro en el Jardín Botánico se transformó para ambos en un sueño despierto de una intensidad embriagadora.
Cada tarde, a las cuatro en punto, se citaban en rincones discretos pero elegantes de la metrópoli: el salón de té de la galería de los Arcadas, la biblioteca pública del distrito alto o el paseo arbolado junto al río Oakhaven.
Rosalie, que durante toda su juventud había sido obligada a permanecer recluida en su hogar sobrio bajo las constantes humillaciones de su madre y las burlas de su hermana Clarissa, descubrió un mundo nuevo a través de los ojos de Dorian. Él era un hombre erudito, culto y poseedor de un sentido del humor fino y sarcástico que solo reservaba para ella. Cuando Dorian le explicaba la historia detrás de una pintura en la galería de arte o le recitaba pasajes enteros de Dante mientras compartían un tazón de fresas con crema, Rosalie se daba cuenta de que no existía en todo el condado un caballero de porte tan distinguido ni de alma tan generosa.
Para Dorian, la presencia física de Rosalie actuaba como una medicina regeneradora. La timidez defensiva que lo hacía caminar con la cabeza gacha en la mansión aislada se desvaneció por completo. Aprendió a sostener la mirada de los extraños que lo observaban con morbo en la calle; su compostura era tan imponente y su elegancia tan indiscutible que los murmullos se ahogaban antes de convertirse en insultos.
Sus noches en el faro onírico cambiaron de tono. La urgencia trágica de sus primeros encuentros fue reemplazada por una devoción madura, juguetona y profundamente pasional. Ya no se buscaban con la desesperación de dos condenados a muerte, sino con la dicha de dos amantes que sabían que al despertar volverían a tomarse de la mano bajo el sol real.
Sin embargo, en el mundo de las clases acomodadas victoria-nas, las sombras nunca tardan en notar la presencia de la luz.
El secreto de sus encuentros comenzó a resquebrajarse cuando la esposa del juez del condado divisó a Rosalie Thorne descendiendo de un cupé privado en compañía de un caballero alto con un pañuelo de seda ocultando parte de su mandíbula. En cuestión de horas, el té de las cinco en los salones aristocráticos se tiñó de susurros maliciosos.
La joven invisible de los Thorne, la muchacha tímida que todos daban por solterona, estaba citándose a solas con un hombre misterioso sin la menor presencia de una carabina o la autorización de sus padres.
El rumor tardó exactamente siete días en atravesar el umbral de la residencia de la familia Thorne.
Lord Thomas Thorne, un hombre de rostro adusto, patillas canosas y una ambición financiera desmedida que superaba a sus limitados recursos aristocráticos, se encontraba en su despacho repasando los libros de contabilidad cuando su esposa irrumpí en la estancia con la cara desencajada por la rabia y el bochorno.
—¡Es una deshonra! —chilló la mujer, arrojando su abanico sobre la mesa de caoba—. ¡Una absoluta deshonra para este apellido! La señora Pemberton me ha abordado en la mercería para preguntarme si el compromiso de Rosalie ya había sido anunciado. ¡Sabe que se está viendo a escondidas con un desconocido en el paseo del río!
Lord Thorne se puso en pie de golpe, haciendo volcar el tintero.
—¿Rosalie? —preguntó, con la voz ronca por la sorpresa y la indignación—. ¿La muchacha ha estado saliendo sin permiso? Pensé que estaba encerrada en la costura o leyendo en su habitación. ¡Esa estúpida inutil va a arruinar las oportunidades de Clarissa!
Para la familia Thorne, el valor de sus dos hijas radicaba exclusivamente en su capacidad para asegurar alianzas matrimoniales que salvaran a la casa de las deudas acumuladas por los juegos de azar de Lord Thomas. Clarissa era la apuesta principal, la joven que estaban presentando en las altas esferas para encandilar a un barón o un vizconde rico. Que Rosalie —la hija sumisa, la que debía quedarse como solterona para cuidar de sus padres en la vejez— se viera envuelta en un escándalo de citas clandestinas amenazaba con manchar el honor de la familia y ahuyentar a los pretendientes adinerados de su hermana menor.
—No voy a tolerarlo —sentenció Lord Thorne, golpeando la mesa con el puño cerrado—. Si esa niña piensa que puede jugar con el prestigio de mi casa, está muy equivocada. Mañana mismo resolveré este asunto.
Esa misma tarde, Lord Thorne envió una nota de carácter urgente a un hombre con el que mantenía relaciones de negocios turbias: Don Carlos de la Vega, un próspero mercader de ultramar de casi sesenta años, enriquecido por el comercio de especias y tabaco en las colonias. Carlos era un hombre bajo, obeso, de manos sudorosas y mirada lubricosa, que llevaba tiempo buscando una esposa joven de cuna noble para legitimarse en los círculos aristocráticos de Oakhaven.
Lord Thorne le ofreció la mano de Rosalie a cambio de la cancelación inmediata de una deuda de pagarés y un sustancioso préstamo a fondo perdido. El mercader aceptó la transacción sin dudar un solo segundo.