Aline Shnaider está acostumbrada al lujo, a las órdenes de su hermano y a salirse siempre con la suya. Pero nada la prepara para Deslumbria: la inmensa hacienda perdida en el fin del mundo donde su hermano decide "protegerla", entregándola al cuidado del hombre más peligroso que ha pisado esas tierras.
Lo llaman el Gitano. Dueño de todo lo que alcanza la vista, frío como el filo de una navaja y con un pasado que nadie se atreve a mencionar, Santiago Nicolaisen no cuida a nadie: domina. Desde el primer choque —él desnudo, ella incapaz de apartar la mirada— queda claro que entre ambos no habrá tregua, solo una guerra de deseo que ninguno de los dos sabe perder.
Él tiene el doble de su edad, un imperio construido sobre secretos y una regla absoluta: jamás tocar a la hermana de su mejor amigo. Ella tiene el orgullo de una Shnaider y la certeza de que ningún hombre la doblega. Los dos están a punto de descubrir hasta dónde son capaces de llegar por lo que juraron no querer.
Pero el placer tiene un precio. Detrás de la fantasía hay un hijo que odia a su padre, un hermano que regresa de entre los muertos para cobrar venganza, un secreto de sangre capaz de encender una guerra y un amor prohibido que amenaza con arrasar con todo lo que ambos intentaron proteger.
En un mundo donde la lealtad se paga con balas y la traición se castiga sin piedad, entregarse al Señor de la Lujuria puede ser la perdición… o la única salvación.
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Capítulo 10
Santiago Nicolaisen
Dicen que un hombre sinvergüenza siempre termina cayendo en las manos de una muchacha astuta. Pues bien, tardó, pero mi castigo por años de libertinaje al fin llegó. Mi dolor de cabeza tiene nombre, apellido y una sonrisita traviesa que está acabando con mi cordura.
Salgo del baño envuelto en una toalla, me pongo los jeans desteñidos de siempre, una camiseta blanca y las botas… que, desde que llegué a esta finca, reemplazaron mis zapatos de marca.
—¿Aló? —contesto al primer timbre.
—¿Santiago? Soy Apólo.
Me detengo en seco, mirando mi reflejo en el espejo: cara de pocos amigos, cansado.
—¿Dónde carajo estaba este teléfono? Llevo tres días llamándote.
Me paso las manos por el cabello húmedo.
—Anduve ocupado, ya te lo dije. Todavía no encontré a mi hijo.
—Ese mocoso tuyo es una peste…
—Y tu hermana es una santa —respondo con sinceridad, y él suelta una risotada.
—Por lo visto ya se conocieron bien.
Me trago el comentario, sintiendo el calor subirme al rostro.
—Cruzamos dos o tres palabras, nada más.
—¿Puedo hablar con ella? Aline salió de la ciudad a las apuradas, no llevó el celular.
Dejo el teléfono a un lado, camino hasta el cuarto donde ella está mientras Apólo no para de hablar. Toco la puerta.
—¿Quién es? —su voz es suave, dulce.
—Tu hermano, al teléfono.
—Entra.
Obedezco. Mis ojos la buscan y la encuentran junto al clóset: la diminuta tanga que lleva puesta casi desaparece entre las nalgas. Los senos, erguidos y firmes, están a la vista.
—Carajo… —maldigo en voz baja.
Ella sonríe, sin ninguna vergüenza.
—¿Qué pasa? —pregunta Apólo del otro lado.
Toso disimuladamente.
—Dije que no se escapa… estos adolescentes de hoy, difícilmente quieren hablar por teléfono.
Ella se ríe, agarra el aparato y me lanza un guiño antes de contestar.
—Apólo, mi hermanito preferido… —Su mano se desliza suave hasta mi pecho. Es un demonio con piel de cordero—. Sí, me está cuidando muy bien, puedes estar seguro.
Se muerde el labio inferior, me empuja hacia atrás hasta que caigo en la cama y se sienta en mi regazo, con una naturalidad absurda.
—¿Qué me parece la finca? —se contonea despacio sobre mí, y siento mi verga crecer, dura como piedra, debajo de la tela.
—Aline… —susurro, en advertencia. Ella solo sonríe.
—Si hubiera sabido que este lugar podía ser tan rico, me habrían mandado para acá hace mucho tiempo… —murmura, y empieza a chuparme el cuello con fuego—. Así… sigue…
Gime alto, peligrosa. ¿Esta hija de puta está teniendo un orgasmo justo frente a su hermano?
—Mándale un beso a Lily de mi parte —dice, pegando la frente a la mía—. Tú tranquilo, le digo a Santiago que mandaste un abrazo.
Cuelga al instante.
—¿Te volviste loca? —le sujeto el cabello con firmeza, irritado, pero desbordado de calentura.
—No finjas que no te está gustando, grandote —desafía.
La saco de encima de mí, furioso con mi propia reacción; estoy completamente duro, descontrolado. Si alguna vez existió una virgen más sinvergüenza que esta, se olvidaron de registrarla en la historia. Esta ninfa va a matarme: voy a acabar con ella, y su hermano me matará a mí después. Salgo de la casa grande con la cabeza a mil, me paso el día entero trabajando en el campo para gastar energía, pero cuando vuelvo, una patrulla de la policía está estacionada en la puerta. Solo una policía tendría el valor de venir hasta aquí: Lisandra.
—Santiago —sonríe, me besa la mejilla con ese aire malicioso que solo ella tiene—. Te estaba esperando.
—¿Por qué no entraste? Sabes que siempre eres bienvenida —respondo, devolviéndole el cariño, apretándole el trasero mientras me abraza. El uniforme ceñido es una tentación. La llevo de la mano adentro—. Espérame en el cuarto de huéspedes. Voy a darme un baño y bajo enseguida.
Ella obedece. Me doy un baño caliente donde —una vez más— tengo que aliviarme con mi propia mano para no explotar de deseo por quien no debo. Bajo y encuentro a Lisandra: solo en lencería, acostada esperándome. Voy a descargar en ella la tensión acumulada por culpa de la mocosa. La sujeto a la cama con las esposas que ella misma trajo, esparzo aceite de cereza por todo el cuerpo, lubrico bien su entrada.
—¿La quieres por delante o por detrás, gatita?
Ella sonríe, sabe exactamente lo que quiero.
—De frente.
La volteo boca abajo, su trasero se empina como una gata en celo —le doy una nalgada fuerte, dejando la marca. Me pongo el condón, entro con fuerza y ritmo en ella; gime rico, y el placer aumenta cuando uso el juguete que trajo en la otra entrada. Lisandra grita de placer, mojando las sábanas en un chorro fuerte. Acabo con fuerza, soltando toda la tensión de los últimos días… cuando la puerta rechina.
Abro los ojos: Aline está parada ahí, inmóvil.
—¡Carajo! ¿Qué haces aquí? —grito, sobresaltado.
Ella cruza los brazos, mira de mí a la mujer esposada con una expresión fría, perturbadora.
—¿Así que de mí te escapas, pero a esta meona te la coges?
—¿Qué?! —grita Lisandra, ofendida. No aguanto la risa, pero la situación estalla.
—¡Santiago! —brama la policía, luchando contra las esposas. Aline se recoge el cabello, decidida. Yo intento vestirme rápido, siento que la casa se va a venir abajo.
—Escúchame bien, pervertida… —Aline salta sobre ella, dándole cachetadas leves pero agresivas a la otra. Intento sacarla de encima, pero la fuerza de esta muchacha es increíble. ¿Qué clase de entidad es esta?
—Búscate otro hombre al que mearle, ¡este es mío! —gruñe Aline.
—¿Mearle? Dios mío, ¿está loca?! —Lisandra se debate.
—Sí, lo está. Ignórala —grito, separando a las dos.
Aline me encara con una inocencia peligrosa.
—¿Por qué nunca me dejaste mearte a ti?
Me quedo parado, boquiabierto.
—¿Qué?
—Si alguien va a hacerte eso, soy yo —completa, seria como una piedra.
Quedo en shock con su descaro, mientras Lisandra intenta explicar, roja de vergüenza.
—¡Eso no es pis! Es eyaculación femenina, pasa cuando la mujer llega al clímax y salpica líquido…
Aline arquea una ceja, sin convencerse.
—¿Me enseñas?
Lisandra me mira como si le hubiera hecho crecer un tercer ojo en la cara a la muchacha.
—¿Me puedes soltar? —pide la policía, ya acomodándose la ropa.
La libero. Aline sigue observándonos con curiosidad, como quien estudia bichos.
—Por el amor de Dios, Santiago… ¿de dónde sacaste a esta loca? —pregunta Lisandra, horrorizada.
Mi mirada se endurece; no me gusta el tono que usó con ella.
—Creo que mejor te vas.
—¿Cómo dices? ¿Me estás cambiando por esta… esta niña?
Camino hasta la puerta, abriéndola con autoridad.
—Para que te cambie, tendrías que tener alguna importancia. Y nunca la tuviste, no para mí. Fue divertido, pero se acabó. Vete.
Ella sale dando un portazo. Me quedo solo con Aline, que todavía no se ha movido.
—Yo sigo pensando que era pis —insiste, convencida.
Me llevo las manos a la cabeza, pero termino riendo, derrotado.
—Por el amor de Dios… ¿qué voy a hacer contigo, Aline?