Faltaban veintitrés días para mi boda cuando descubrí que el príncipe Cassiel planeaba matarme después de convertirse en emperador.
Esa misma noche, mi padre apareció muerto.
Solo tenía una forma de escapar de mi prometido: casarme con su hermano mayor.
Killian, el príncipe maldito que todo el Imperio temía.
Creí que estaba eligiendo al menor de dos monstruos.
Hasta que llegué al Norte y miles de soldados se arrodillaron ante mi esposo.
—Bienvenido a casa, mi rey.
Entonces se arrodillaron ante mí.
—Bienvenida, mi reina.
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Capítulo 13: Entréguenme a mi prometida
El enviado de Cassiel tuvo que atravesar cinco mil soldados para llegar hasta nosotros.
No sabía si Killian lo había planeado, pero después de casi dos semanas casada con él, empezaba a sospechar que era perfectamente capaz de hacerlo.
Los hombres que habían estado entrenando en la explanada no regresaron a sus cuarteles cuando las puertas de Draeven se abrieron. Permanecieron en formación, vestidos con sus armaduras negras, mientras la comitiva imperial avanzaba lentamente entre las filas de soldados. Doce jinetes encabezaban el grupo, acompañados por un estandarte dorado que ondeaba sobre sus cabezas.
Y, en medio de todo aquello, avanzaba un hombre que parecía estar reconsiderando cada una de las decisiones que lo habían llevado hasta allí.
—Killian —murmuré.
Él giró ligeramente la cabeza hacia mí.
—¿Sí?
Señalé con la mirada a los soldados que nos rodeaban.
—¿Era necesario recibirlos con todo el ejército?
Killian ni siquiera se molestó en mirar a su alrededor.
—No está todo el ejército.
Lo miré en silencio durante unos segundos.
—¿Cuántos faltan?
—Bastantes.
Decidí no preguntar. Prefería conservar la poca tranquilidad que me quedaba.
La comitiva finalmente se detuvo frente a nosotros. El emisario desmontó de su caballo y se acomodó el abrigo antes de acercarse. Era un hombre alto, de unos cuarenta años, vestido con los colores imperiales. Lo reconocí enseguida.
Lord Aeron.
Uno de los consejeros más cercanos a Cassiel.
Su expresión era seria mientras avanzaba hacia nosotros, aunque algo en su mirada cambió cuando sus ojos pasaron de Killian a mí. Sin embargo, fue al llegar a Morvath cuando toda la seguridad que había intentado conservar durante el viaje pareció abandonarlo.
El lobo estaba sentado tranquilamente a mi izquierda, observándolo con la misma calma con la que habría observado cualquier otra cosa.
Aeron palideció.
—Su Alteza.
Killian no respondió. Se limitó a observar al consejero mientras este terminaba de acercarse.
—Traigo un mensaje del príncipe heredero.
—Ya recibí uno.
Aeron hizo una breve pausa antes de continuar.
—Y una orden del Consejo Imperial.
—También la recibí.
La mirada del consejero se desvió hacia la mesa que se encontraba a unos pasos de distancia. Allí todavía permanecía el papel que Killian había roto poco antes, como un recordatorio bastante evidente de lo poco que le habían importado las exigencias del Consejo.
—Entonces conoce las exigencias.
Killian cruzó los brazos con absoluta calma.
—Conozco las sugerencias.
—No son sugerencias.
El silencio que siguió se extendió por toda la explanada. Miles de norteños permanecían alrededor, observando la conversación sin disimulo. Aeron pareció comprender demasiado tarde que ya no estaba hablando en la seguridad de los salones imperiales, sino en medio de un ejército que podía convertir cada palabra suya en un problema.
Aun así, mantuvo la postura.
—Lady Alamea debe regresar a Veridian —continuó—. Su matrimonio será investigado y, hasta que se determine su legitimidad, los bienes de la Casa Aster quedarán bajo administración imperial.
Di un paso hacia él.
—Soy la Duquesa Aster.
Aeron volvió la mirada hacia mí.
—Precisamente por eso debe comparecer ante el Consejo.
—Mi matrimonio no elimina mis derechos.
—Eso lo decidirá la Corona.
Lo miré fijamente.
—La Corona no creó la Casa Aster.
Por primera vez, Aeron pareció quedarse sin una respuesta inmediata. Apretó los labios y sostuvo mi mirada durante unos segundos.
—Lady Alamea...
—Reina Alamea.
La voz llegó desde algún lugar detrás de nosotros.
Giré ligeramente la cabeza, pero antes de que pudiera identificar al hombre que había hablado, otra voz se alzó entre los soldados.
—Reina del Norte.
Los murmullos comenzaron a extenderse por la explanada. Primero fueron apenas unas cuantas voces, pero pronto se multiplicaron hasta convertirse en un rumor que recorría las filas.
Aeron miró a su alrededor.
Ahora parecía comprender mucho mejor la situación en la que se encontraba.
—Esto es exactamente lo que teme el Consejo.
Killian inclinó apenas la cabeza.
—¿Qué cosa?
El consejero volvió los ojos hacia él.
—Una rebelión.
La palabra bastó para cambiar el ambiente.
Los murmullos se apagaron poco a poco y los soldados dejaron de moverse. Sentí cómo Killian se tensaba a mi lado, aunque su expresión permaneció tranquila.
—Ten cuidado, Aeron.
El consejero sostuvo su mirada.
—No son mis palabras.
Entonces sacó otro documento de entre sus ropas y lo desplegó frente a nosotros.
—El príncipe Cassiel exige que los señores del Norte reconozcan públicamente la autoridad imperial y abandonen el uso de títulos que pertenecen exclusivamente a la Corona.
Ahora lo entendía. Aquello no se trataba únicamente de mí.
Cassiel estaba intentando obligarlos a dejar de llamar rey a Killian.
Un hombre detrás de nosotros soltó una risa seca.
La tensión volvió a crecer entre los soldados. Entonces, el general de cabello gris que me había recibido a nuestra llegada dio un paso al frente.
—¿El muchacho del Sur quiere decidir cómo llamamos a nuestro rey?
Aeron endureció el rostro, claramente incómodo con el tono del general.
—El príncipe Cassiel será emperador algún día.
El general soltó una breve risa antes de responder.
—Entonces que gobierne su Imperio.
Acto seguido, se golpeó el puño contra el pecho.
—Aquí ya tenemos rey.
Los soldados que lo rodeaban respondieron de inmediato, golpeando sus propias armaduras al mismo tiempo.
El estruendo fue ensordecedor.
Sentí la vibración del sonido bajo mis pies mientras las voces se mezclaban con el choque del metal. Sin embargo, antes de que aquello pudiera convertirse en algo más, Killian levantó una mano.
Todos callaron.
Fue tan repentino que por un instante me quedé mirando a los soldados.
Cinco mil hombres.
Una sola mano.
Silencio.
No pude evitar admitir que aquello me impresionaba más que cualquier grito.
Killian volvió la mirada hacia Aeron.
—Regresarás a Veridian y le dirás a Cassiel que Alamea no irá contigo.
El consejero sostuvo su mirada durante unos segundos.
—Entonces habrá consecuencias.
Killian no pareció inmutarse.
—Siempre las hay.
—El heredero está dispuesto a movilizar tropas.
Sentí que el corazón se me detenía por un instante.
Killian, en cambio, no reaccionó. Su expresión permaneció tan tranquila que casi parecía que Aeron acababa de informarle del clima.
Fui yo quien dio un paso al frente.
—¿Está amenazando al Norte con un ejército?
Aeron me miró con cierta cautela.
—Lady Alamea, todavía podemos evitar que esto escale.
—¿Entregándome?
—Regresando voluntariamente.
Lo observé en silencio.
—Para anular mi matrimonio y obligarme a casarme con Cassiel.
Aeron no respondió.
No hacía falta.
Su silencio había sido una respuesta mucho más clara que cualquier palabra.
Negué lentamente con la cabeza.
—No.
El consejero respiró profundamente, como si hubiera llegado al punto de la conversación que menos deseaba pronunciar.
—Entonces debo entregar el último mensaje personalmente a Killian Valtheris.
Mi esposo extendió una mano.
—Habla.
Aeron tragó saliva antes de continuar.
—Si el Norte se niega a obedecer una orden imperial, el príncipe Cassiel solicitará al emperador que lo declare territorio rebelde.
Nadie se movió.
El silencio que quedó después de las palabras de Aeron parecía pesar sobre toda la explanada. Miré a Killian, intentando encontrar en su expresión alguna señal de que aquello no era tan grave como parecía.
No la encontré.
—¿Qué significa exactamente?
Fue Ronan quien respondió.
—Que podrá enviar al ejército imperial.
Una guerra.
La palabra apareció inmediatamente en mi mente.
Sentí un nudo en el estómago.
—Por mí.
—No —dijo Killian.
Lo miré, pero sus ojos continuaban clavados en Aeron.
—Cassiel está utilizándote.
Su voz se volvió más fría mientras hablaba.
—Quiere saber si el Norte se arrodillará.
Aeron intervino antes de que pudiera responder.
—El Norte pertenece al Imperio.
El general de cabello gris dio un paso al frente.
—Entonces intenta venir a reclamarlo.
Varias espadas golpearon contra los escudos al mismo tiempo, provocando un estruendo que recorrió la explanada.
—¡Calma! —ordenó Killian.
El sonido se detuvo de inmediato.
El silencio regresó con la misma rapidez.
Killian descendió los escalones y caminó hasta quedar frente al enviado. Aeron no retrocedió, aunque su postura se había vuelto mucho más rígida.
—Dile a mi hermano que retire sus tropas de la frontera.
Aeron palideció.
—¿Cómo sabe...?
Killian sonrió.
No fue una sonrisa amable.
—¿Realmente creían que podían mover seis mil hombres hacia mis fronteras sin que lo supiera?
Se me heló la sangre.
Seis mil.
Cassiel ya había movilizado soldados.
Mientras nosotros discutíamos sobre órdenes, títulos y mi regreso a Veridian, él ya había comenzado a preparar un ejército.
Esto no era una amenaza.
Era una preparación.
Killian mantuvo la mirada sobre Aeron.
—Si cruzan la frontera, serán considerados invasores.
El consejero tragó saliva.
—Eso sería una declaración de guerra contra el Imperio.
Killian dio un paso más hacia él.
—No.
Su voz fue tranquila, pero aquella calma resultó mucho más intimidante que cualquier grito.
—Cruzar mis fronteras con seis mil soldados sería la declaración de guerra.
Aeron guardó silencio.
Killian sostuvo su mirada durante unos segundos antes de añadir:
—Yo simplemente estaría respondiendo.
La comitiva imperial partió antes del anochecer.
Desde las murallas, observé cómo los caballos se alejaban por el camino hasta que sus siluetas desaparecieron entre los árboles.
Solo entonces me permití respirar.
Killian estaba de pie a mi lado, con la mirada fija en el horizonte.
—¿Habrá guerra?
Tardó unos segundos en responder.
—Espero que no.
Lo miré.
—Eso no es una respuesta.
Killian bajó la mirada hacia mí.
Por primera vez desde que había comenzado aquella conversación, parecía sinceramente cansado.
—Porque no tengo una.
Abajo, los soldados continuaban entrenando.
Ahora comprendía por qué.
—Cassiel no puede hacer esto solo porque me casé con usted.
—No lo hace solo por eso.
Killian apoyó las manos sobre la piedra de la muralla y mantuvo la mirada fija en el campo de entrenamiento.
—Mi padre está enfermo.
Lo miré, sorprendida.
—¿El emperador?
—Desde hace meses. La corte lo mantiene en secreto.
Comprendí inmediatamente.
—Cassiel está preparándose para gobernar.
—Y necesita que todos sepan que su autoridad será obedecida.
Miré hacia las montañas que se extendían al otro lado de la fortaleza.
—Excepto aquí.
—Excepto aquí.
El viento levantó algunos mechones de mi cabello mientras intentaba asimilarlo todo.
Si el emperador moría...
—Cassiel será coronado —dijo Killian antes de que pudiera terminar la frase.
Emperador Cassiel.
La idea me produjo un miedo diferente.
Como príncipe heredero ya había conseguido rodear mi casa con soldados, enviar hombres a registrar las pertenencias de mi padre y movilizar tropas hacia el Norte. No quería imaginar qué haría cuando finalmente tuviera una corona sobre la cabeza.
—¿Y usted?
Killian volvió la mirada hacia mí.
—¿Qué ocurre conmigo?
—Es el primogénito.
Su expresión se cerró de inmediato.
—Perdí mis derechos hace doce años.
Recordé todo lo que había escuchado sobre él y sobre aquella noche.
—Después de una masacre por la que probablemente fue incriminado.
El silencio cayó entre nosotros.
Lo observé durante unos segundos antes de atreverme a preguntar:
—Si demostramos la verdad...
—Alamea.
Su tono me advirtió que no continuara, pero ya había empezado.
—¿Podría reclamar el trono?
Killian se apartó de la muralla y volvió los ojos hacia las montañas.
—No quiero el trono imperial.
Aquello me sorprendió más de lo que esperaba.
—Entonces, ¿qué quiere?
Su mirada permaneció fija en el horizonte.
—Que dejen al Norte en paz.
Era una respuesta sencilla.
Y probablemente imposible.
Aquella misma noche hubo una reunión de guerra.
Killian no intentó excluirme. Me senté a su derecha, frente a una enorme mesa cubierta de mapas, mientras los generales y señores norteños discutían movimientos de tropas, provisiones y los pasos montañosos que podían utilizarse para defender la frontera.
Escuché en silencio durante varios minutos.
Por primera vez comprendí realmente qué clase de poder gobernaba Killian.
No era solo un ejército.
Era un reino sin reconocimiento oficial.
Y todos los hombres reunidos alrededor de aquella mesa parecían dispuestos a morir para mantenerlo así.
La puerta se abrió de golpe.
Un soldado entró cubierto de nieve. Respiraba con dificultad y tenía el rostro enrojecido por el frío.
—Mi rey.
Killian levantó la mirada.
—Habla.
El soldado intentó recuperar el aliento antes de continuar.
—Noticias de la frontera sur.
Toda la habitación quedó en silencio.
—¿Cruzaron? —preguntó Killian.
—Todavía no.
El soldado sacó un mensaje de entre sus ropas.
—Pero enviaron esto.
Killian tomó la carta y rompió el sello.
Sus ojos recorrieron las líneas.
Su expresión cambió.
—¿Qué dice? —pregunté.
Sin responder, me entregó la hoja.
Reconocí inmediatamente la firma de Cassiel.
Tienes tres días para devolverme a Alamea.
Después iré a buscarla.
La rabia desplazó el miedo que había sentido hasta entonces.
Tomé una pluma de la mesa.
Killian levantó una ceja.
—¿Qué haces?
—Responder.
—Alamea.
—La carta habla de mí.
Sin esperar su aprobación, escribí directamente debajo de las palabras de Cassiel:
No soy tuya para que alguien tenga que devolverme.
Le entregué la pluma a Killian.
Él leyó mi respuesta y, durante unos segundos, permaneció completamente serio. Después, una sonrisa lenta apareció en su rostro.
Añadió unas palabras debajo de las mías.
Y si cruzas mi frontera, será mejor que vengas preparado para no regresar.
El general de cabello gris soltó una carcajada.
Ronan negó lentamente con la cabeza.
—Los dos están hechos el uno para el otro.
Killian no respondió. Simplemente volvió a sellar la carta.
En ese instante, los cuernos de Draeven comenzaron a sonar.
Uno tras otro.
El sonido se extendió por toda la fortaleza mientras los soldados corrían hacia las murallas. Afuera, las antorchas comenzaron a encenderse y, por primera vez desde que había llegado al Norte, las enormes puertas de Draeven empezaron a cerrarse.
Observé el mapa extendido frente a nosotros.
Al Sur estaba Cassiel.
Al Norte, Killian.
Y entre ambos se encontraba una frontera que seis mil soldados imperiales estaban a punto de cruzar.
Había escapado de una boda para salvar mi vida.
Jamás imaginé que mi matrimonio pudiera terminar iniciando una guerra civil.
gracias me dejas sin palabras, hermosa y misteriosa historia ❤️❤️❤️🥰🥰🥰