Me vendieron para pagar una deuda. Damián Grey dice que ahora soy suya. Tiene tres reglas: no escapar, no mentir, no dejar que otro me toque. Rompí las tres el primer día.
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CAPITULO 19: LA PISTOLA CHIQUITA
Pasaron meses.
No fue un mes. No fueron dos. Fue casi un año entero desde la boda del vestido simple.
La mansión negra ya no era negra por dentro. Seguía teniendo mármol, pero ahora había una foto de Anastasia, Luna y Sofía con helado pegada en la refri. Había tenis negros de Anastasia tirados en la sala. Había guantes de boxeo rosados y negros colgados al lado de los sacos. Y había 100 guardaespaldas.
Cien. No uno como Killian. Cien, afuera, con trajes negros, con armas, con motos. Porque Damián se había vuelto más poderoso, más despiadado y más frío con todo el mundo. Había quitado a Vonn de socio. Había tomado todo el negocio. En la ciudad, si decías Grey, la gente se callaba. Si decías Damián Grey, la gente se iba.
Pero no con su esposa.
Con su esposa era otro.
Anastasia ya no era la chica de la librería que se desmayaba con vestido. Ya no temblaba cuando cerraba el puño. Ya no decía "no puedo".
Irina y ella se habían hecho buenas amigas. Muy buenas. Como hermanas, pero de las que se pegan.
Al principio Irina le decía "saco". A los tres meses le decía "Sterling". A los seis meses le decía "Ana". A los once meses le decía "hermana".
Entrenaban a las cinco de la mañana todos los días, en el sótano que ya no olía a encierro, olía a ellas dos.
—Otra vez, Ana, más rápido —gritaba Irina, tirándole una pelota de tenis para que la esquivara.
Anastasia la esquivaba. Ya era ágil. Muy ágil. Rápida. Podía correr el sótano entero sin cansarse. Podía hacer 100 lagartijas sin parar. Podía levantar a Irina, que pesaba más que ella.
—Puño, codo, rodilla —decía Irina—. Otra vez.
Y Anastasia hacía puño, codo, rodilla contra el saco, y el saco sonaba fuerte. No como antes que apenas se movía.
Su lengua también se había vuelto filosa. Ya no era la niña que decía sí por miedo.
Un día Vonn vino a la mansión a pedirle a Damián que volviera a ser socio. Estaba en la sala con su traje caro.
—Damián, sin mí no puedes —dijo Vonn.
Anastasia bajó del sótano, sudada, con top negro, con el pelo amarrado, con una pistola chiquita en la cintura, la que Irina le había regalado cuando aprendió a disparar.
—Vonn —dijo, parándose en la sala—. Si mi esposo dice que no, es no. ¿No sabes escuchar no? Te enseño. Se dice con puño.
Vonn se rió de ella. Hasta que Anastasia, en un segundo, le quitó la pistola de la cintura a uno de los guardaespaldas de Vonn y le apuntó a la frente, con la mano firme, sin temblar.
—No te rías de mi casa —dijo, con voz fría, igualita a Damián pero en versión chiquita—. Fuera.
Vonn se fue pálido. Damián, que estaba arriba mirando todo desde las escaleras, bajó después, con una sonrisa enorme.
—Joder, Sterling Grey —dijo—. ¿Dónde aprendiste eso?
—Irina me enseñó —dijo ella, guardando la pistola chiquita otra vez en su cintura—. Me enseñó a no temblar.
—Ya no tiemblas —dijo él, agarrándole la cintura.
—Ya no —dijo ella—. Ahora tiemblan otros.
Damián la besó ahí, en la sala, frente a los 100 guardaespaldas que miraban para otro lado porque sabían que con la esposa no se mira.
Controlaba las armas perfectamente. La pistola chiquita, la grande, el rifle que Irina le enseñó a desarmar en 40 segundos con los ojos cerrados. Podía manejar cuchillos, podía disparar a una botella a 20 metros. Ya no era débil. Si alguien entraba por la puerta de la cocina a las tres de la mañana, no iba a ser Luna con cuchillo de cocina. Iba a ser Anastasia con pistola chiquita y sabiendo usarla.
Una noche, después de once meses de entrenar, Irina le dijo:
—Ya terminamos, Ana.
—¿Terminamos? —dijo Anastasia, con guantes puestos.
—Sí. Ya no tengo nada que enseñarte. Ya eres más rápida que yo. Ya eres más precisa que yo. Ya no eres saco. Ya eres pelea. —Irina le quitó los guantes, despacio—. Me voy mañana. Tengo trabajo en otro lado. Pero si me necesitas, me llamas. Porque eres mi hermana de sótano.
Anastasia la abrazó. Fuerte. Con fuerza de verdad, no de niña.
—Gracias por no dejarme ser débil —dijo.
—Gracias por no dejarme ser fría —dijo Irina—. Tú me ablandaste un poco, Sterling Grey.
Irina se fue al día siguiente en su moto negra. Dejó su saco de boxeo firmado: _Para Ana, que ya no es saco. - I._
Esa noche, Damián llegó tarde. Más poderoso que nunca, con traje negro, con sangre en la camisa blanca que no era suya. Con cara de frío, de jefe que acaba de hacer algo malo. Los 100 guardaespaldas lo siguieron hasta la puerta y se quedaron afuera.
Subió a la habitación. Anastasia estaba sentada en la cama negra, con ropa deportiva negra, con su pistola chiquita en la mesa de noche, leyendo un libro de la librería.
Cuando la vio, toda la cara fría se le cayó. Como siempre.
—Estás aquí —dijo, dejando el saco ensangrentado en el suelo, acercándose descalzo.
—Aquí estoy —dijo ella—. ¿Otra vez te manchaste?
—Sí —dijo él, honesto—. Pero no es mía. Es de uno que quiso tocar tu tienda de libros. El Gato Negro. Ya no va a tocar nada.
Anastasia no se asustó como antes. Hace un año se hubiera puesto pálida.
—Bien —dijo, cerrando el libro—. Pero la próxima te limpias antes de entrar. Regla trece: no sangre ajena en mi cama.
—Sí, señora —dijo Damián, sonriendo, quitándose la camisa en el baño—. Sí, mi mundo.
Se metió a bañar. Cuando salió, con toalla negra, mojado, Anastasia estaba parada frente a él, con los brazos cruzados.
—¿Qué? —dijo él.
—Cada vez que te veo, te enamoras más —dijo ella, filosa, copiando su frase—. Lo dices con la cara. Se te nota. Eres el jefe más despiadado de la ciudad y se te nota que estás enamorado de tu esposa chiquita con pistola chiquita.
Damián se acercó, la agarró por la cintura, la levantó un poco. Porque ahora ella se dejaba, pero también lo agarraba.
—Cada vez que te veo, sí —dijo, bajito—. Cada vez más. Porque hace un año eras una niña con vestido que se desmayaba y ahora eres una mujer que le apunta a Vonn en la frente sin temblar. Y sigues siendo mi esposa mitad y mitad. Y sigues durmiendo con mi camisa blanca.
—Y sigues siendo mi lobo —dijo ella—. Pero mi lobo entrenado. Que ya no me muerde. Que me cuida con 100 guardaespaldas.
—100 —dijo él—. Y todos saben que si te tocan, no es Vonn el que los mata. Eres tú.
Se rieron los dos en la cama negra. Con la pistola chiquita en la mesa de noche, con el anillo mitad y mitad, con el arete de luna todavía puesto.
Afuera, Luna pasó con su moto frente a la mansión. Iba con su chaqueta de cuero, con casco negro, con la tienda nueva más grande atrás. Miró las luces de la mansión prendidas, vio los 100 guardaespaldas, vio la sombra de Anastasia y Damián en la ventana del segundo piso, abrazados.
No paró. Siguió derecho. Porque sabía que ya no tenía que parar con cuchillo de cocina. Su mejor amiga ya no necesitaba rescate. Ahora sabía pelear, disparar y hablar filoso.
Y siguió con su moto, por la calle negra, con el ruido de motor, mientras adentro la ex chica débil de librería limpiaba su pistola chiquita antes de dormir
*[FIN DEL CAPÍTULO 19 -