Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.
Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.
A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.
Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.
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Capítulo 16
A Valentina le flaquearon las piernas cuando supo que su suegra se había desvanecido y que los vecinos la llevaron a la clínica. Por mucha rabia que le tuviera a doña Carmen —que tantas veces le había herido el corazón—, seguía sintiéndose responsable como nuera. Y más estando Adrián preso.
—¿Qué haces aquí? —le soltó doña Carmen en cuanto Valentina cruzó la puerta de la habitación.
La mujer ya había recobrado el conocimiento. La fulminó con una mirada cargada de odio.
—Me dijeron que se desmayó —respondió Valentina, serena.
—¡Todo esto es culpa tuya! —le gritó doña Carmen, apuntándola con el dedo—. ¡Fuiste capaz de meter preso a tu propio marido!
Valentina se quedó firme en su sitio, sin replicar. No mostró arrepentimiento ni altivez.
—¡Retira la denuncia ahora mismo! ¡Saca a Adrián de ahí! —aulló doña Carmen como si hubiera perdido la razón.
—No voy a retirar nada —declaró Valentina con firmeza, y una leve sonrisa le asomó en los labios—. Porque Adrián y Lorena merecen pagar por lo que hicieron.
—¡Lárgate de aquí! —Doña Carmen señaló la puerta—. ¡Tú ya no eres mi nuera!
Al escuchar eso, Valentina no se entristeció. Al contrario, sonrió, casi aliviada.
* * *
La noticia de la infidelidad y la redada de Adrián no dejó de crecer. El nombre de Adrián, que como dueño de la granja avícola antes gozaba del respeto de todos, ahora se pronunciaba con sorna.
Doña Carmen no se quedó de brazos cruzados. Con el rostro tenso y el paso acelerado, iba de un lado a otro frente a la sala de espera de la comisaría. Desde que Adrián fue encarcelado, había contactado a cada pariente que se le ocurrió pidiéndoles ayuda. Por fortuna, algunos respondieron.
—¡Adrián tiene que salir de ahí! ¡No acepto que traten a mi hijo como a un delincuente! —repetía doña Carmen con la voz entrecortada, entre la furia y la desesperación.
—Hay que contratar un abogado —sugirió uno de los familiares.
—Es verdad —murmuró doña Carmen, cayendo en cuenta—. Entonces necesitamos mucho dinero para pagarle.
La familia entera se movilizó. Juntaron fondos entre todos. Doña Carmen llegó a vender todas sus joyas y el auto de Adrián, que él había comprado apenas el año anterior.
Luego salieron a buscar al mejor abogado que pudieran costear. No hubo recurso que no probaran para sacar a Adrián.
Días después, un abogado llamado Bruno se presentó ante Adrián. Llegó con una seguridad que se le desbordaba.
—Vamos a solicitar la libertad bajo fianza —dijo Bruno, escueto pero tajante—. Pero tienes que seguir todas mis indicaciones al pie de la letra.
Adrián asintió sin pensarlo. Por primera vez desde su detención, un destello de esperanza le cruzó el rostro.
La familia de Lorena hizo lo mismo. Se aliaron con doña Carmen y aportaron algo de dinero, aunque poco, pues casi todo se iba en el tratamiento de don Gustavo, que había sufrido un derrame cerebral leve.
El proceso de libertad bajo fianza no fue inmediato. Hubo que presentar documentos, preparar la garantía y negociar. Después de un trámite largo y desgastante, la solicitud de Adrián y Lorena fue aprobada.
Ese día, la puerta de la celda se abrió. Adrián salió con el rostro demacrado, pero algo había cambiado en su mirada. No era arrepentimiento: era una ira contenida.
Afuera, doña Carmen lo envolvió en un abrazo y rompió en llanto. Eran lágrimas de felicidad.
—Adrián, hijo... ¿estás bien? —preguntó entre sollozos, con la voz quebrada, tomándole el rostro con ambas manos.
—No voy a quedarme de brazos cruzados, mamá —masculló Adrián—. Todo esto es culpa de Valentina.
El nombre le brotó empapado de rencor. La denuncia de su esposa le había destruido la reputación.
No muy lejos, Lorena también salía, recibida por sus padres. Doña Diana lloró al ver el estado de su hija, mientras don Gustavo permanecía callado y tenso, sentado en una silla de ruedas.
—Por fin eres libre —dijo doña Diana entre hipidos, estrechando a su hija.
—¡Valentina me las va a pagar caro! —siseó Lorena con los ojos enrojecidos de rabia.
Lejos de arrepentirse de lo que había hecho, Lorena solo albergaba rencor y sed de venganza contra Valentina.
—Todo esto es culpa de esa estéril —susurró doña Diana con los ojos encendidos.
La noticia de la liberación de Adrián corrió más rápido que la de su arresto. No porque hubiera triunfado la verdad, sino porque el dinero había hablado.
—Doña Carmen vendió hasta lo último para sacar a su hijo de la cárcel —comentó una vecina de bata negra.
—Bueno, ¿qué más iba a hacer? Adrián es su único hijo. Claro que iba a hacer lo que fuera por sacarlo —respondió otra de bata roja.
—A mí me parece que Adrián es un desagradecido —intervino una tercera, de bata azul—. Tener una esposa buena y engañarla hasta llegar a cometer adulterio. Y doña Carmen también, siempre consentiéndolo en todo. Le cumple cada capricho.
En lugar de simpatía y apoyo, lo que la gente les daba a doña Carmen y Adrián eran críticas despiadadas.
* * *
Ese día, Valentina se acercó a la casa de Adrián con paso tranquilo. La vivienda llevaba cerrada con llave desde que se quedó vacía. Valentina no pensaba volver a vivir ahí; solo quería recoger algunas pertenencias que habían quedado adentro.
Pero apenas pisó el porche, la voz de doña Carmen se le adelantó.
—¿Todavía te atreves a venir? —El tono de la mujer era afilado, rebosante de un odio que ya ni intentaba ocultar.
Valentina se detuvo un instante. Buscó en los ojos de su suegra algún resto de la tibieza que creyó sentir alguna vez. No quedaba nada. Solo rencor.
—Solo vine a recoger mis cosas, señora —contestó Valentina con suavidad.
—¿Cosas? —Doña Carmen soltó una risa ácida—. ¡No tienes vergüenza! Estéril, incapaz de darle un hijo a mi familia, ¡y encima vienes a molestar!
Tiempo atrás, esas palabras habrían bastado para que Valentina llorara toda la noche. Pero ahora se limitó a quedarse de pie, inmóvil. Le dolía, claro que le dolía, pero ya no la debilitaba.
Del interior salió Adrián. Se le veía agotado y desaliñado, pero no por culpa del arrepentimiento, sino de la rabia que le provocaba su orgullo herido.