En un lugar de animales evolucionados, bípedos de gran inteligencia, Sobek, un Cocodrilo de agua salada intenta adaptarse al mundo social de los mamíferos, siendo él un ser de sangre fría
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Capítulo 013
Ya viernes, durante la hora del almuerzo, el jerbo y yo nos quedamos solos en el salón. Comenzó a traer su propio almuerzo para evitar, en lo posible, encontrarse con un ser no deseado en el comedor. Y también a otro roedor. Se acercó silenciosamente y pidió unirse a nosotros para comer.
—Me llamo Ru —dijo risueña—. La verdad tenía miedo de preguntar, pero gracias por dejarme comer con ustedes.
Su tono solemne al hablarme, como si se dirigiera a algún tipo de nobleza, no me disgustó. Además, ella entablaba mejor la conversación con el jerbo, por lo que no tenía que molestarme en escuchar. Era una ardilla roja que, obviamente, amaba los frutos secos, por lo que ambos compartían semillas entre ellos.
—¿No trajiste tu almuerzo? —me preguntó la ardilla—. Te puedo compartir un poco.
—No hace falta —se apresuró el jerbo—. Él tiene una dieta estricta. ¿Quieres probar el pudín de maní?
Durante su intercambio activo de comida, me dediqué a leer el diccionario. Suelo tomarme tiempos largos para aprender palabras nuevas, ya que este idioma posee demasiados sinónimos.
Un toque a la puerta interrumpió el ambiente y el conserje se asomó.
—Oye, muchacho, ven conmigo.
Como en un juego de adivinanzas, saber cuándo vendría el conserje a buscarme era imposible.
—Suerte.
—Vuelve pronto —dijo la ardilla, confianzuda.
Al vestirme con el traje, el conserje me llevó al ala de los carnívoros, pero esta no era la ruta habitual para recoger papeleras, sino la de los numerosos pasillos poco concurridos donde no hay prioridad para limpiar.
—Limpia bien este lugar, yo regreso en un momento.
El conserje desapareció con el sonido oxidado de su carrito. Supuse que tenía que hacerlo yo solo, ya que el viejo es demasiado perezoso para pasar un trapeador. De aquí para allá, en cada esquina, pasé doble trapeador con aromatizante.
Ya culminando mi tarea, oí unos pasos fuertes venir hacia aquí. Al fondo apareció un estudiante que se tambaleaba, respirando como un animal moribundo que tiene neumonía. Caminó como pudo hasta donde me encontraba. A unos cinco metros, noté lo fuera de sí que se hallaba. Poco o nada mi interesaba su estado; tomé mi carrito para largarme, pero ese estudiante me detuvo al atravesarse en mi camino.
—Tú... hueles a Omega —balbuceó—. ¿Dónde... están?
Enarqué la ceja. Tan mal estaba como para decir pistoladas y aún mantenerse de pie. Al pensar esto último, el estudiante cayó al suelo y, en un parpadeo, las características de su especie se dejaron ver. Con disimulo me acerqué al jadeante chico solo para pisar ligeramente su cola. Dio un respingo y chilló un poco; como una extensión más de su cuerpo, él también sentía dolor. Por la coloración rojiza de su piel y su evidente erección, obviamente pasaba por lo mismo que la marta de la vez pasada: un complicado estado de celo.
Mis intenciones se oscurecieron, ya que el maldito carnívoro había echado a perder mi trabajo usando zapatos sucios y dejando sus fluidos por el pasillo. Extendí la mano sintiendo el impulso de lanzarlo por encima del muro, pero realmente no tenía el tiempo. Solo tiré su cuerpo en una esquina y limpié lo que ensució; dejé el carrito junto al traje de conserje y regresé a clase. El jerbo se adelantó, porque yo me quedé a entregar mi actividad en el salón.
—Se ve bien —me dijo el profesor de física al hojear el ensayo—. ¿Te interesa el tema?
—No realmente.
—Ya veo. En la próxima clase defenderás tu ensayo —dijo él
—La defensa no forma parte del cronograma —señalé—. Y creo que ya es un objetivo visto anteriormente.
—No será difícil para ti, que has trabajado en tu ensayo. Me aseguraré de darte puntos extra por la molestia —ofreció—. Será refrescante para no olvidarlo.
Salí con descontento; esa defensa solo estaba allí para ser una piedra en el zapato. Ahora debía preparar aún más la actividad con material didáctico, y eso me restaba más tiempo.
El jerbo aguardaba sentado en los bancos cercanos a las canchas.
—¿La ardilla? —dije al verlo solo.
—Tuvo que irse, pero dijo que almorzáramos juntos el lunes —contó, tapándose la nariz—. Te rocié con el desodorante antes, pero aún apestas.
Me encogí de hombros. No tengo glándulas sudoríparas, así que no tengo realmente un olor propio que percibir; el rastro de sudor del carnívoro en celo debió quedarse impregnado en mi uniforme. El jerbo buscó un spray y danzó a mi alrededor para llenarme de ese desodorante.
Me perdí en conversaciones triviales con él sin pensar seriamente en lo que soltaba por mi boca. Sentí mis sentidos descansar, por lo que no noté de inmediato una mirada acechándome.
Despedí al jerbo y, en el camino de vuelta a casa, la silueta de una persona aguardaba en la profunda sombra del callejón. Sentí cómo el pulso de mi corazón bajó su ritmo y mi respiración pareció detenerse por completo. Con mis propios pies, guiado por una fuerza ajena, fui hacia el callejón. Los músculos de mi cuerpo se movieron como lombrices asustadas. De forma inconsciente, bajé el rostro hasta mirar el suelo por completo. Solo ahora contemplé mi inferioridad.
—¿Te diviertes?