El Patrón mata sin pestañear. Pero no pudo con el tamplin de Catalina. Ahora la cuida desde lejos, y ella ni sabe que el hombre más temido de la ciudad daría su imperio por otro plato de su comida.
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EL PRIMER SORBO
Las 8 pm cayeron sobre el mercado de San Miguel como un veredicto.
Catalina ajustó la lona. Otra vez la lluvia. Otra vez el frío que se metía hasta los huesos. Pero hoy había algo diferente en el aire. Hoy no vendió 80 tamplines. Vendió 73. 7 se quedaron ahí, humeando, esperando.
Porque él dijo que volvería.
"Un tamplin. Y me voy a quedar a ver cómo lo hace."
Esas palabras llevaban 24 horas dándole vueltas en la cabeza.
A las 8:03 pm lo vio doblar la esquina.
Mismo traje negro. Mismo paraguas. Mismos dos guardaespaldas que parecían sacados de una película. Pero hoy venía solo. Los dejó a 5 metros del puesto. "Esperen ahí" ordenó con esa voz que no admitía réplicas.
Catalina sintió que el corazón se le iba a la garganta.
El señor serio se sentó. En su silla plástica. La silla coja que siempre le daba a don Pedro. Se le veía ridículo ahí, con su traje de 10 mil dólares entre cajas de tomate y bolsas de ají.
El mercado entero fingió no mirar. Pero todos miraban.
"Buenas noches" dijo Catalina. Voz temblorosa. Primera vez que le temblaba la voz en 4 años.
El hombre asintió. Nada más.
"¿Lo de siempre? ¿Un tamplin con ají?"
"Dos."
Catalina sirvió. Las manos le sudaban. ¿Por qué le sudaban? Había atendido a borrachos, a policías, a tipos que le gritaban. Pero este hombre la ponía nerviosa.
Le puso el doble de caldo. Le echó más ají. Le puso dos limones. "Por si acaso" pensó.
"Son 16 soles" dijo, dejando los dos platos humeantes frente a él.
El hombre sacó otro billete de 100. Lo dejó. No esperó cambio.
Y entonces hizo algo que Catalina no esperaba.
Agarró la cuchara.
Era una cuchara plástica azul. De las baratas. De a 20 céntimos. Y en su mano, con ese anillo negro de sello, se veía fuera de lugar. Como si un león estuviera comiendo con cubiertos de cumpleaños infantil.
Acercó la cuchara al tamplin. El vapor le subió a la cara. Cerró los ojos medio segundo.
Catalina contuvo la respiración.
Todo el mercado contuvo la respiración.
El primer sorbo.
La cuchara entró. Salió con caldo, con papa, con un pedazo de carne.
Se lo llevó a la boca.
Masticó. Una vez. Dos veces.
Nada. Su cara no cambió. Seguía siendo piedra. Seguía siendo el señor serio.
Pero Catalina lo vio. Lo vio en el cuello. En la nuez que subió y bajó. En los dedos que por un segundo apretaron la cuchara más fuerte.
Le gustó.
Dios mío, le gustó.
"¿Y bien?" preguntó Catalina, intentando que no se le notara lo nerviosa.
El hombre dejó la cuchara. Agarró el segundo tamplin. Se lo comió completo. Sin apuro. Sin hablar. Como si fuera lo más normal del mundo cenar en un puesto de mercado bajo la lluvia.
Cuando terminó, empujó los platos vacíos.
"Estaba... aceptable."
Aceptable. Después de comerse dos. Después de esa cara de medio segundo.
Catalina casi se ríe. "Me alegra que le haya parecido aceptable, señor."
El hombre se levantó. Los guardaespaldas se movieron al instante.
Antes de irse, se detuvo. Miró la olla. Miró a Catalina. Miró el delantal manchado.
"Mañana" dijo. "A la misma hora. Y quiero ver cómo los envuelves."
Y se fue.
Catalina se quedó parada. Con 92 soles de propina otra vez. Con el corazón latiéndole raro otra vez. Con todo el mercado murmurando otra vez.
Don Pedro se acercó. "Niña... ¿quién es ese señor?"
"No sé, don Pedro. Pero creo que le gustó el tamplin."
A las 3 am Catalina no podía dormir.
No por el trabajo. Estaba acostumbrada a levantarse a las 3.
Era por él.
Por la forma en que comió. Como si cada bocado le doliera y le gustara a la vez. Como si llevara años sin probar algo real.
"Estoy loca" se dijo mientras amasaba la papa. "Es un cliente raro con mucha plata. Nada más."
Pero a las 7 pm ya estaba nerviosa otra vez. Se cambió el delantal. Se peinó. Se puso labial. "Por el frío" se mintió.
A las 8 pm en punto, ahí estaba.
Esta vez no se sentó de una. Se quedó parado 2 minutos. Mirando.
"Hoy vas a envolver" dijo. No preguntó. Ordenó.
Catalina asintió. Sacó una hoja de plátano nueva. Puso la papa, la carne, el huevo, la aceituna. Amarró con pita. Todo con él mirándola.
Sus ojos negros seguían cada movimiento de sus manos.
"¿Así aprendiste?" preguntó de repente.
Catalina se sorprendió. Era la primera pregunta personal.
"Mi mamá me enseñó. Antes de..." Tragó saliva. "Antes de irse."
Silencio.
El hombre no dijo nada. Pero algo en su cara cambió. Algo mínimo. Casi imperceptible.
"Otro" ordenó.
Catalina hizo otro. Y otro. Le hizo 4 tamplines delante de él.
Cuando terminó, él agarró uno. Lo desenvolvió él mismo. El vapor le dio en la cara otra vez.
Primer sorbo.
Esta vez no cerró los ojos. Esta vez la miró a ella mientras comía.
Catalina sintió calor. Y no era por la olla.
"Bueno" dijo cuando terminó. "Puedes cobrarme."
"16 soles, señor."
Dejó 100. Otra vez.
"Quédate con el cambio."
"Señor, ya van 200 soles en dos días. Es mucho."
El hombre frunció el ceño. "¿Es un problema?"
"No. Es que... gracias."
Él asintió y se fue. Pero antes de cruzar la calle se detuvo. Sin voltear.
"Te llamas Catalina, ¿no?"
A Catalina se le heló la sangre. Nunca le había dicho su nombre.
"El de la esquina me dijo" agregó, como leyendo su mente. Y siguió caminando.
Esa noche, en la mansión, el chef renunció.
"Señor, con todo respeto. No puedo cocinar tamplin. No es mi especialidad."
"Entonces aprende."
"Señor, hay 30 restaurantes que..."
"Aprende. O te vas."
El chef se fue.
El señor de traje negro se quedó solo en el comedor gigante. Con una mesa para 20 personas. Vacía.
Sacó su celular. Buscó en Google: "beneficios del tamplin". "cómo se hace el tamplin". "tamplin receta original".
Leyó hasta las 3 am.
Por primera vez en 10 años, algo que no fuera poder o dinero ocupaba su cabeza.
Al tercer día Catalina ya lo esperaba.
Puso 90 tamplines. Por si acaso.
Llegó a las 7:58 pm. Dos minutos antes.
"Hoy llueve más fuerte" dijo Catalina, rompiendo el hielo.
"Ya me di cuenta."
Se sentó. "Dos."
Mientras comía, Catalina se atrevió.
"¿Le gusta cocinar, señor?"
El hombre dejó la cuchara. La miró fijo. "No."
"Ah."
"Pero me gusta ver cómo cocinan."
Catalina sintió que las mejillas le ardían. "¿Por qué?"
"Porque es real."
Otra vez silencio. Pero un silencio diferente. No incómodo. Cómplice.
Terminó los dos tamplines. Dejó 100.
Al irse, uno de los guardaespaldas se acercó a Catalina. Le dejó una tarjeta negra. Sin nombre. Solo un número.
"Por si necesita algo" dijo el guardaespaldas. "El señor dijo que se la diera."
Catalina guardó la tarjeta. No sabía si tener miedo o ilusión.
En la cuarta noche pasó.
Estaba lloviendo con truenos. El mercado casi vacío.
Catalina pensó que no vendría. Con ese clima nadie sale.
Pero a las 8:05 pm llegó. Empapado. El paraguas no había servido de nada.
"Señor, está mojado" dijo Catalina, pasándole una toalla vieja que tenía para limpiar las mesas.
El hombre la agarró. Se secó el pelo. Por primera vez se veía humano. Vulnerable.
"Dos" dijo, sentándose. Temblaba un poco de frío.
Catalina sin pensar agarró una manta que tenía para tapar las ollas y se la puso sobre los hombros.
El hombre se quedó quieto. La miró. La manta le quedaba grande. Ridícula.
"Gracias" dijo. Voz baja.
Catalina sirvió los tamplines. Más calientes que nunca.
Esta vez, cuando comió el primer sorbo, no pudo evitarlo.
Suspiró.
Un suspiro bajito. De alivio. De placer. De "por fin algo caliente en este frío".
Catalina sonrió. Sin querer.
El hombre la vio sonreír. Y por medio segundo, casi, casi... las comisuras de su boca se levantaron.
Casi sonríe.
Pero se contuvo.
Terminó. Pagó. Se levantó.
Antes de irse dijo: "Mañana no llueve. El pronóstico dice que no."
Y se fue.
Catalina se quedó con la manta en las manos. Todavía olía a su perfume caro. Mezclado con lluvia.
Esa noche no contó el dinero. Lo guardó todo junto. Los 400 soles de propina.
No importaba.
Por primera vez en años, alguien había comido su tamplin como si fuera lo más importante del mundo.
Y por primera vez en años, a Catalina no le importaba si ganaba mucho o poco.
Le importaba que él volviera mañana.
**FIN CAPÍTULO 2**