Marco Vivaldi solo conoce dos colores en su vida, blanco o negro. Para él no hay quizás, no hay colores intermedios. El peso del pasado está sobre sus hombros haciendo estragos en su vida hasta que conoce a Isabella quien llega a convertirse en su arcoiris. Con ella descubre que hay una gama amplia de colores en la vida, de sentimientos y emociones...¿Pero que tendrán que enfrentar para disfrutar de ellos?
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Capítulo 12 El hombre detrás del silencio
El verano avanzaba lentamente sobre la Toscana.
Las mañanas eran cálidas y las tardes parecían pintadas con tonos dorados que se extendían sobre los viñedos Vivaldi. Para Isabella, cada día en la mansión era un descubrimiento. Ya no sentía la timidez de las primeras semanas. Saludaba a todos con naturalidad, ayudaba donde hacía falta y, sin proponérselo, había conseguido ganarse el cariño de cada empleado.
De todos...
Menos del dueño de la casa.
Marco seguía siendo un misterio.
Había días en que apenas cruzaban un saludo.
Otros, él se detenía unos segundos para preguntarle cómo estaba su madre o si necesitaban algo en la cocina.
Eran conversaciones cortas.
Pero diferentes.
Había dejado de hablarle con aquella frialdad del primer encuentro.
Y eso desconcertaba a Isabella.
Aquella mañana, Lucía encontró a Marco revisando unos documentos en la terraza.
—¿Puedo molestarte un momento?
Él levantó la vista.
—Claro.
La mujer dejó una carpeta sobre la mesa.
—Necesitamos comprar muebles nuevos para el ala oeste.
Marco hojeó distraídamente las hojas.
—Haz lo que consideres necesario.
Lucía sonrió.
—Pensé que podríamos pedirle opinión a Isabella.
Marco dejó de pasar las páginas.
—¿A Isabella?
—Tiene buen gusto. Además, desde que empezó a ayudar aquí ha dado ideas muy bonitas.
Él guardó silencio.
—La cocina parece más luminosa.
Las flores del comedor las cambia ella todos los días.
Hasta el personal está de mejor humor.
Marco miró hacia el jardín.
Allí estaba Isabella, hablando con los jardineros mientras reía por algo que uno de ellos acababa de decir.
No pudo evitar fijarse en la facilidad con la que ella hacía sentir cómodos a los demás.
Era un don que él nunca había tenido.
—Haz lo que quieras —respondió finalmente.
Lucía sonrió satisfecha.
Sabía que aquella respuesta, viniendo de Marco, era mucho más importante de lo que parecía.
Horas después, Isabella terminaba de limpiar unos jarrones cuando encontró una puerta entreabierta.
Nunca antes la había visto abierta.
La curiosidad pudo más que la prudencia.
Asomó la cabeza.
Era una antigua sala de música.
En el centro descansaba un elegante piano de cola cubierto por una fina capa de polvo.
Se acercó despacio.
Pasó la mano sobre la madera oscura.
—Qué pena...
murmuró.
Levantó la tapa con cuidado.
Las teclas seguían impecables.
No pudo resistirse.
Presionó una.
Luego otra.
Las notas resonaron por toda la habitación.
Suaves.
Melancólicas.
Entonces comenzó a tocar una sencilla melodía que había aprendido de niña con su padre.
No era una pianista experta.
Pero lo hacía con el corazón.
No sabía que alguien la estaba escuchando.
Marco se había detenido en el pasillo al reconocer aquella melodía.
Su madre la tocaba cada domingo por la tarde.
Durante años había mantenido aquel piano cerrado porque no soportaba oírlo.
Sin embargo...
Aquella mañana no sintió dolor.
Sintió nostalgia.
Y algo más.
Una extraña paz.
Permaneció inmóvil junto a la puerta, escuchando hasta que la música terminó.
Entonces Isabella levantó la vista.
Al verlo, dio un pequeño respingo.
—¡Señor Vivaldi!
Lo siento muchísimo.
No debí entrar.
Marco caminó despacio hasta el piano.
Apoyó una mano sobre la tapa.
—Hace mucho que nadie lo tocaba.
La joven bajó la cabeza.
—Si le molestó...
No volverá a ocurrir.
Él negó lentamente.
—No me molestó.
Isabella levantó la mirada, sorprendida.
Marco pasó los dedos sobre una de las teclas.
La nota resonó con suavidad.
—Mi madre solía tocar esa misma melodía.
La joven no dijo nada.
Era la primera vez que él hablaba de su familia.
Y notó que no le resultaba fácil hacerlo.
—Mi padre me la enseñó cuando era niña —respondió con delicadeza.
Marco asintió.
Por un instante pareció querer decir algo más.
Pero volvió a encerrarse en su silencio.
Isabella comprendió que no debía presionarlo.
—Si quiere...
puedo limpiar el piano.
Quizá algún día vuelva a sonar.
Él observó el instrumento durante unos segundos.
Después respondió con una voz apenas audible.
—Hazlo.
Aquella tarde, mientras Isabella ayudaba a Lucía en el jardín, la ama de llaves la observó con una sonrisa.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué ocurre?
—Hoy conseguiste algo que nadie había logrado en dieciocho años.
Isabella frunció el ceño.
—¿Yo?
—Marco volvió a entrar en la sala de música.
La joven quedó inmóvil.
—No fue por mí.
—¿Estás segura?
Isabella recordó la expresión de él mientras hablaba de su madre.
Aquel hombre parecía cargar un peso demasiado grande.
Y, por primera vez, dejó de verlo como el millonario distante del que hablaba todo el pueblo.
Empezó a verlo simplemente como un hombre herido.
Esa noche, Marco permanecía sentado en la terraza con una copa de vino entre las manos.
No bebía.
Solo observaba el horizonte.
Las luces del pueblo brillaban a lo lejos.
Entonces escuchó unos pasos.
Lucía se acercó con una manta.
—Empieza a refrescar.
La dejó sobre el respaldo de la silla.
—Gracias.
Ella permaneció unos segundos a su lado.
—Hoy hablaste de tu madre.
Marco no respondió.
—Eso significa que estás empezando a sanar.
Él dejó escapar una leve sonrisa, casi imperceptible.
—No exageres.
Lucía lo miró con cariño.
—Te conozco desde que eras un niño.
Sé reconocer cuándo tu corazón empieza a abrir una rendija.
Marco volvió la vista hacia los viñedos.
No discutió.
Porque, muy en el fondo...
temía que Lucía tuviera razón.
Y mientras el viento de la noche recorría los campos, una idea comenzó a instalarse lentamente en su corazón.
Quizá la oscuridad en la que había vivido durante tantos años no era el único lugar donde podía existir.
Quizá...
solo quizá...
había llegado el momento de dejar entrar un poco de luz.