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Sinopsis:
Alondra, la hermosa hija de un humilde leñador, es abandonada en un altar de piedra en el corazón del bosque prohibido como un sacrificio humano para apaciguar a las bestias salvajes. Sin embargo, su destino cambia drásticamente cuando emerge de la niebla Caleb, el imponente y tatuado Alfa de la Manada Roja. Al olfatear su piel, el lazo místico de las almas compañeras (mates) se despierta de golpe, transformando a la supuesta víctima en la legítima reina de los lobos. Protegida por las garras de un líder implacable y devoto, Alondra deberá dejar atrás sus miedos mortales para asumir su lugar como la Luna de la fortaleza, mientras el pueblo que la desechó planea una traición que pondrá a prueba la fuerza de su ardiente vínculo.
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CAPÍTULO 13
El clamor del patio de armas continuaba resonando como un eco lejano a través de los gruesos muros de piedra de la fortaleza, pero dentro de los aposentos privados del Alfa, el mundo exterior se había reducido a nada. Alondra se encontraba sentada frente al tocador de madera maciza, respirando con dificultad. Su cuerpo entero experimentaba una vibración constante y febril; la marca en su cuello —esa delicada luna creciente tallada por los colmillos de Caleb— latía con un calor ardiente, enviando oleadas de una energía desconocida y reconfortante a través de su torrente sanguíneo. Ya no era solo ella; ahora, en un rincón de su mente, podía sentir con total claridad la presencia del Alfa: un torbellino de orgullo salvaje, devoción ciega y un deseo posesivo tan denso que casi le cortaba la respiración.
Caleb cerró la pesada puerta de roble a sus espaldas, aislando por completo la estancia. No llevaba su capa ceremonial; su torso robusto y esculpido estaba expuesto, cubierto por una fina capa de sudor que hacía brillar sus intrincados tatuajes tribales bajo la parpadeante luz de las velas. Sus ojos dorados, fijos en Alondra, brillaban con una fijeza felina y depredadora. El instinto del lobo, lejos de calmarse tras la ceremonia, exigía reclamar a la hembra que acababa de marcar ante su pueblo, reafirmando que le pertenecía en cuerpo y alma.
A pasos lentos, midiendo el espacio con una soberbia y una elegancia aterradoras, el Alfa acortó la distancia entre ambos. Alondra lo observaba a través del espejo del tocador, con los labios entreabiertos y las manos apretadas contra la tela de terciopelo azul medianoche de su vestido. Cuando Caleb se plantó detrás de ella, la magnitud de su colosal físico la envolvió por completo.
—¿Te duele, mi pequeña luna? —la voz de Caleb era un gruñido espeso, una caricia rasposa que vibró directamente en los huesos de la joven mientras él inclinaba su rostro para rozar sus labios contra la herida recién sellada en su cuello.
—No... no es dolor, Caleb —susurró Alondra, arqueando el cuello instintivamente ante el contacto ardiente de su boca—. Es como si tuviera un fuego corriendo por mis venas. Puedo sentirte aquí dentro... puedo sentir lo mucho que me deseas.
Caleb soltó una risa baja, un sonido salvaje y cargado de una satisfacción desbordante. Sus manos grandes y callosas bajaron por los hombros de la joven, apartando las mangas de gasa del vestido con una lentitud tortuosa que hizo que la piel de Alondra se erizara por completo. El calor que emanaba de las palmas del Alfa atravesaba el tejido, encendiendo una corriente eléctrica que la hacía flaquear. Con un movimiento firme, Caleb la obligó a ponerse de pie y la giró para que quedara frente a él, atrapada entre su pecho monumental y la madera del tocador.
—Eso es el lazo de los mates, Alondra —declaró el Alfa, hundiéndole la mirada dorada con una intensidad que derribó los últimos muros de su timidez—. Ahora estás entrelazada a mi espíritu. Mi manada te reconoce como su soberana, pero mi cuerpo te reclama como su única dueña. Esta noche no hay coronas, ni súbditos, ni pasados que nos aten. Solo estamos tú y yo en el fuego de esta habitación.
Sin permitirle responder, Caleb la tomó por la cintura y la levantó con una facilidad pasmosa, depositándola con suavidad sobre las colchas de lana gruesa de la inmensa cama. Se abalanzó sobre ella de inmediato, acomodando su musculoso peso entre las piernas de la joven, permitiendo que ella sintiera toda la dureza y la magnitud de su anatomía de guerrero. Sus manos viajaron al rostro de Alondra, enredándose en su larga cabellera dorada, e inclinó la cabeza para estampar sus labios contra los de ella en un beso que hizo estallar la estancia.
Fue un beso hambriento, demandante y cargado de un romance fuerte y apasionado. La boca de Caleb reclamaba la de Alondra con una urgencia salvaje, mientras su lengua exploraba cada rincón, desatando un gemido de puro placer en la garganta de la joven. Alondra, dominada por el llamado místico de la marca, rodeó los hombros anchos del Alfa con sus brazos, enterrando sus uñas en la piel caliente de su espalda, fundiéndose por completo en el ritmo febril de sus caricias.
Las manos del Alfa bajaron por su silueta, deshaciendo con destreza los cordones del corpiño de terciopelo, dejando al descubierto la pálida redondez de sus pechos bajo la tenue luz del fuego. Caleb interrumpió el beso solo para descender por su mandíbula, dejando un rastro de mordiscos suaves y besos húmedos que hicieron que Alondra jadeara, entregada por completo al Alfa que la había rescatado de la muerte para convertirla en su todo.
Mientras en la fortaleza los dos amantes se entregaban a una noche de pasión desbocada donde las barreras de sus mundos se borraban bajo el calor de su amor, la realidad en las tierras bajas era completamente distinta. Una densa niebla cubría el valle de Oakhaven, tiñendo las calles empedradas de una atmósfera lúgubre y asfixiante. En el sótano de la casa consistorial, lejos de las miradas de los aldeanos aterrados, el alcalde se encontraba reunido con tres hombres de aspecto siniestro, vestidos con pesadas capas de cuero oscuro y armados con dagas de un brillo blanquecino y frío: plata pura.
El alcalde caminaba de un lado a otro, con el rostro pálido y las manos temblorosas por la humillación sufrida en la frontera sur. Las ballestas destrozadas y el recuerdo del colosal lobo rojo gigante plantado frente a él todavía le causaban pesadillas, pero el miedo se había transformado en un rencor venenoso que nublaba su juicio.
—Es una aberración —escupió el alcalde, golpeando la mesa de madera con el puño—. Ese monstruo dijo que la muchacha es su compañera, su reina. El pacto de nuestros ancestros ha sido pisoteado. Si los lobos deciden que ya no necesitan nuestras ofrendas, descenderán de la montaña y exterminarán a nuestro pueblo. No podemos quedarnos de brazos cruzados esperando que la bestia decida nuestro destino.
El hombre que lideraba a los extraños, un cazador de facciones duras y una cicatriz profunda que le cruzaba el ojo izquierdo, soltó una risa seca y carente de humor. Limpió el filo de su espada de plata con un lienzo, sin apartar la vista del metal.
—Los Alfas se vuelven estúpidos cuando encuentran a su hembra, alcalde —dijo el cazador con una voz rasposa—. Se vuelven predecibles. Ese vínculo místico del que hablan los lobos es su mayor poder, pero también su peor debilidad. Si tocamos a la mujer, el Alfa perderá la cabeza, actuará por impulso y cometerá errores. Y ahí es donde entra mi gente. La Manada Roja ha gobernado estas montañas por demasiado tiempo porque nadie ha tenido las armas correctas ni la astucia para golpear donde más les duele.
El alcalde se detuvo, clavando sus ojos inyectados en sangre en el mercenario.
—¿Qué es lo que propones? Caleb tiene a toda su guardia rodeando la fortaleza. Entrar allí es una misión suicida.
El cazador esbozó una sonrisa macabra, guardando su arma en la funda de cuero.
—No entraremos a su territorio, alcalde. Dejaremos que el invierno haga su trabajo y que ellos se confíen. Prepararemos una emboscada en los senderos de caza inferiores. Usaremos flechas bañadas en acónito y trampas de plata. Cuando el Alfa esté debilitado y desesperado por proteger a su preciosa y dorada Luna, le cortaremos la cabeza. Pero para eso, necesito que tus hombres vigilen los movimientos de la frontera y nos avisen al menor indicio de que la joven se acerque a los límites del bosque.
El alcalde asintió lentamente, sintiendo cómo una fría satisfacción reemplazaba el terror en su pecho. La traición se estaba cocinando en las sombras del valle, impulsada por la envidia y el miedo de los hombres que no podían tolerar que la joven que desecharon como un sacrificio ahora fuera la reina de los señores de la montaña.
De vuelta en los aposentos de la fortaleza, ajena a las conspiraciones que se tejían en el valle, Alondra descansaba sobre el pecho monumental de Caleb. El Alfa la rodeaba con sus brazos protectores, acariciando suavemente su largo cabello dorado con sus dedos callosos. A pesar de la paz que inundaba la habitación y de la plenitud de su reciente unión, un sutil escalofrío recorrió la mente de Alondra a través del vínculo, como un susurro lejano en el viento que advertía que la tormenta que se avecinaba fuera de las murallas no sería provocada por el invierno, sino por la crueldad de los hombres que dejó atrás.
Caleb sintió la leve agitación en el espíritu de su compañera y apretó el agarre a su alrededor, depositando un beso tierno en su frente.
—Duerme, mi pequeña luna —le susurró con voz ronca, infundiéndole su calor febril—. Nada en este mundo puede apartarte de mi lado ahora. Mi lobo vigila tu descanso, y mi vida entera es tu escudo.
Alondra cerró los ojos, permitiendo que la seguridad y el amor absoluto de su Alfa disiparan las dudas, entregándose al descanso en los brazos del hombre que la había transformado en la soberana indiscutible de las tierras altas.