El juzgado de guardia huele a café frío y a desinfectante, son las diez y cuarenta de la noche. Hay un juez con la corbata torcida, dos custodios, una abogada de oficio con tres claveles muertos en sus manos, y un novio culpable.
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La foto.
Marco la sigue y le dice...
-Si le das la vuelta, ya no hay marcha atrás-, con voz baja. Cicatriz de la ceja blanca.
“Si no la giro, la duda me come viva”, dice ella. “Y Vera lo sabe”.
El mar está demasiado en calma. Los peces del desayuno buffet siguen dando vueltas en la pecera.
Elena mira a Marco, luego a Vera y gira la foto.
No es Marco con Vera. No es un niño.
Es una tumba.
Lápida pequeña. Cementerio ortodoxo. Nieve.
Petar Ledesma Kovač
2017-2017_
Oprosti mi, sine.
(Perdóname, hijo.)
Debajo, escrito a mano con la misma tinta negra de la servilleta: Murió porque tú elegiste volver con ella, Marco.
Elena suelta la foto como si quemara. Mira a Marco.
Él no la mira a ella. Mira la tumba. Y por primera vez en diez años, a Marco Ledesma se le rompe algo en la cara. Ambos vuelven a la habitación en total silencio.
.La verdad de Belgrado.
“Tenía tres meses”, dice Marco. Sentado en el borde de la cama. Manos entrelazadas. Sin mirarla. “Vera se quedó embarazada aquella noche en Zagreb. Yo no lo supe hasta Belgrado. Seis meses después”.
Elena está en la puerta de la terraza. De espaldas. El vestido blanco y el mar turquesa ya no pegan.
-Fui a sacarla-, sigue él. “Asuntos Internos la vendió. Los serbios la tenían. Me dijeron: o ella o el niño. Yo elegí al niño. Entré en la casa. Lo tenían en una cuna. Tenía mi nariz, Elena”.
Silencio.
“Cuando salí con él, la casa explotó. Coche bomba. Vera estaba fuera. La onda expansiva le rajó la cara. Al niño…” traga saliva. “Al niño no le dio tiempo a llorar”.
Elena se gira al fin. No llora. Ojalá llorara. Está blanca.
-Me enterraste a mí hace diez años, Marco. ¿A cuánta gente más has enterrado?-
“A dos”, dice él. “A mi padre. Y a mi hijo. Y hoy Vera me los desentierra a los dos en una foto de mierda en Maldivas”. Elena sale de la habitación y va por Vera que aún sigue en la playa.
Playa privada. Vera Kovač.
Elena la encuentra sola. Vestido negro. Descalza en la orilla. La cicatriz tira de su labio cuando habla.
“¿Ya sabes por qué tu marido no duerme?”, dice Vera sin girarse.
-Ya sé que no eres una hija de puta-, responde Elena.
Vera sonríe. La cicatriz se convierte en un tajo. “Yo también lo quería, ¿sabes? Al niño. Le puse Peter por su abuelo. Por el padre de Marco. El comisario Ledesma”.
Se gira. Y por primera vez, Elena ve que Vera no tiene odio en los ojos. Tiene vacío.
“Marco me sacó de Belgrado. Me metió en un programa de protección. Me dio una vida nueva. Pero no me devolvió a mi hijo. Ni volvió a por mí. Volvió a por ti”.
Elena aprieta los puños.
-¿Y vienes a Maldivas a qué? ¿A rompernos?-
“No”, dice Vera. -Vengo a Maldivas porque los que mataron a mi hijo no murieron en esa explosión.
Y ahora saben que Marco está vivo. Y que tiene mujer nueva-.Yo quiero vengarme.
Saca otra foto del bolsillo del vestido. Se la da a Elena.
Dos tipos. Trajeados. Balcanes. En el aeropuerto de Malé. Ayer.
“La Bratva serbia, Elena. Vienen a por él. Y cuando acaben con él, vienen a por ti. Porque tú eres lo que él eligió salvar”.
Le pone la foto en la mano. Le roza la cicatriz de la clavícula con un dedo.
“Bienvenida a la familia, _viuda de Ledesma_”.
Tengo que prepararme para matar a esos malnacidos que me quitaron a mi hijo. No pienses que lo hago por ti. Esto es personal.
Elena Duarte Ruiz, camina a la habitación mirando a ambos lados, guarda un cuchillo atado a su pierna izquierda.
Villa. Incertidumbre total.
Llega a la habitación y le muestra a Marco.
Marco lee la segunda foto. La de los serbios. Y se le va la sangre de la cara.
“Rado y Miloš Vuković”, dice. “Matones de Dragan. El que puso el coche bomba en Belgrado”.
-¿Dragan sigue vivo?-, pregunta Elena.
-Vera me dijo que murió en la explosión. Mintió. O se lo ocultaron. Si Dragan está vivo, Maldivas arde-. Responde Marco.
Elena coge los dos pasaportes nuevos. _Daniel y Laura Ríos_. Los tira al suelo de cristal. Encima de los peces.
“Ya no hay Laura Ríos”, dice. “Solo Elena Duarte. La que se casó contigo sabiendo que estabas muerto. Y ahora resulta que tienes un hijo muerto y una ex que no está muerta”.
Coge la Glock de la maleta. Sí, había una. Siempre hay una.
“¿Dónde está Vera?”, pregunta.
“Elena, no…”
“¿Dónde. Está. Vera?”
Marco la mira. Diez años de mentiras. Diez años de bésame como si mintieras.
Y por primera vez, no sabe qué decir para que ella no dispare.
“Suite 304”, dice al fin. “Pero Elena… Vera no es la enemiga”.
Elena amartilla. “Eso lo decido yo”.
Sale de la villa descalza. Vestido blanco. Glock en la mano.
El paraíso se acabó.
Dragan Vuković está en la isla. Vera Kovač tiene una cicatriz y una verdad.
Y Marco Ledesma tiene dos mujeres, un hijo muerto y cero balas para protegerlas a las dos.