En el reino de , una serie de secretos y decisiones prohibidas comienzan a sacudir los cimientos de la familia real. Lo que parece una vida perfecta dentro del palacio esconde amores imposibles, alianzas inesperadas y peligros que amenazan con cambiar el destino del reino para siempre.
Mientras las tensiones aumentan y un enemigo oculto mueve sus piezas desde las sombras, los miembros de la corona deberán enfrentarse a sus propios sentimientos, a las expectativas de la sociedad y a las consecuencias de sus elecciones.
Entre romance, intriga, traiciones, sacrificios y momentos inolvidables, Valdoria se convierte en el escenario de una historia donde el amor y el deber chocan constantemente, y donde una sola decisión puede cambiar el futuro de todos.
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La segunda advertencia
La figura encapuchada no abandonó la antigua capilla inmediatamente después de leer la carta encontrada dentro del expediente de Ramiro Montenegro.
Durante varios minutos permaneció inmóvil observando el documento.
Las palabras eran claras.
El rey Alejandro nunca había ordenado la caída de Ramiro Montenegro.
Alguien había manipulado pruebas, falsificado testimonios y convencido a la corona de que el duque era un traidor.
La persona volvió a leer cada línea cuidadosamente.
Entre los documentos también aparecían nombres de nobles que habían participado en la conspiración.
Algunos ya habían muerto, pero otros seguían ocupando posiciones importantes dentro del reino.
Antes de abandonar la capilla, la figura arrancó discretamente una hoja del expediente y la guardó bajo su capa.
—Todavía no es el momento —susurró antes de desaparecer en la oscuridad.
A la mañana siguiente, Isabella despertó sobresaltada al escuchar golpes en la puerta.
Una sirvienta había dejado un pequeño sobre sin remitente.
La joven lo abrió rápidamente.
Dentro solo había dos palabras.
Arturo Belmonte.
Isabella observó el mensaje varias veces.
—¿Qué significa esto? —murmuró.
Emilia, que acababa de levantarse, se acercó.
—¿Otra nota?
Isabella asintió.
—Alguien quiere que investigue a Arturo.
La mujer frunció el ceño.
—O alguien quiere que desconfíes de él.
Aquella posibilidad también era cierta.
Durante el desayuno, Isabella observó al consejero desde la distancia.
Arturo conversaba con Alejandro como de costumbre, pero parecía preocupado.
El rey tampoco tenía buen aspecto.
La desaparición del expediente seguía siendo un problema.
Horas después, Isabella encontró a Arturo caminando solo por una galería cercana a la biblioteca.
—Señor Belmonte.
El hombre se detuvo.
—Señorita Montenegro.
N
—Necesito hablar con usted.
Arturo pareció comprender inmediatamente la seriedad del asunto.
Ambos caminaron hacia una zona más tranquila del castillo.
—¿Qué desea saber?
—La verdad sobre mi padre.
El consejero permaneció en silencio.
—Todos evitan responder esa pregunta.
—Porque no es una pregunta sencilla.
—¿Era inocente?
Arturo respiró profundamente.
—Tu padre era un hombre honorable.
Aquella respuesta hizo que Isabella sintiera esperanza.
—Entonces fue acusado injustamente.
—Lo que ocurrió hace años fue más complejo de lo que imaginas.
—¿Alejandro fue responsable?
Arturo la observó fijamente.
—Hay personas que se benefician cuando otros cargan con la culpa.
Isabella quedó confundida.
Antes de que pudiera insistir, escucharon pasos acercándose.
Era Esteban.
—Llevo media hora buscándote.
Arturo aprovechó la interrupción.
—Debo retirarme.
El consejero se alejó dejando a Isabella con más preguntas que respuestas.
—¿Qué quería? —preguntó Esteban.
—Hablar sobre mi padre.
—¿Descubriste algo?
—Solo que nadie quiere contarme toda la verdad.
Esteban caminó junto a ella por los jardines.
—Entonces seguiremos investigando.
La joven lo miró sorprendida.
—¿Seguiremos?
—Sí. Ya estoy cansado de los secretos de este castillo.
Por primera vez, Isabella sintió que no estaba sola.
Sin embargo, desde una ventana cercana, Camila observaba la escena con evidente molestia.
Los acercamientos entre Isabella y Esteban eran cada vez más frecuentes.
Y eso amenazaba sus propios planes.
Esa misma noche, mientras la familia real asistía a una recepción organizada por la reina Beatriz, Arturo Belmonte recibió una carta anónima.
Al abrirla, su rostro perdió el color.
Solo había una frase escrita:
"Sé quién robó el expediente de Ramiro Montenegro."
Debajo aparecía una instrucción.
"Medianoche. Antigua capilla."
Arturo comprendió inmediatamente que alguien estaba moviendo las piezas de un juego muy peligroso.
Y aquella reunión podría cambiar el destino de todos los habitantes del castillo.