Scarlett Padro Castello es una mujer empoderada, CEO de su propia firma de maquillaje y presidenta de una potencia automotriz. Ha construido un imperio desafiando los prejuicios de género, demostrando que su intelecto es tan afilado como su sentido de los negocios. Sin embargo, su mundo perfectamente controlado se tambalea cuando su padre le impone un proyecto junto al gigante tecnológico de la familia Robles Di Bianco. El problema tiene nombre y apellido: Rodrigo Robles Di Bianco.Rodrigo, el frío y calculador dueño del imperio tecnológico, no quiere tenerla cerca "ni en pintura". Su rechazo es visceral; ambos comparten un pasado marcado por escándalos y una competitividad feroz que los llevó a detestarse públicamente. Para Rodrigo, Scarlett es una distracción peligrosa; para Scarlett, Rodrigo es el único hombre que ha logrado herir su orgullo.Lejos de amedrentarse, Scarlett decide utilizar toda su astucia y elegancia para infiltrarse en el mundo del multimillonario.
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Capítulo 13
...RODRIGO:...
Me desperté a mitad de la noche, no podía dormir, era imposible, así que decidí ponerme a trabajar.
Me levanté y salí de la habitación esperando que el silencio de mi cocina me devolviera la cordura que perdí.
Pero el destino, o mejor dicho, Scarlett, tenía otros planes.
Cuando entré en la cocina, el aire ya no olía a mi café negro y solitario; olía a jazmín, a vainilla y a ese perfume floral que parecía haberse instalado en las paredes de mi casa.
Ella estaba allí, sentada en la encimera con una taza de té entre las manos, vistiendo una bata de seda que dejaba muy poco a la imaginación y demasiado a mi tortura personal.
Sus piernas cruzadas y su cabello algo alborotado le daban un aire de vulnerabilidad que la hacía diez veces más peligrosa que cuando llevaba sus trajes de ejecutiva.
— Hola, Rodriguito, veo que tampoco puedes dormir — dijo ella, con una voz ronca de sueño que me hizo tensar los hombros —. Te he dejado un poco de espacio para que prepares tu café amargo. No digas que no soy una invitada considerada.
— Es mi casa, Scarlett. No necesito que me dejes espacio — respondí, caminando hacia la cafetera.
Intentaba, por todos los medios, no mirar la forma en que la seda se ajustaba a sus curvas.
— Y te dije que nada de infusiones que huelan a jardín botánico.
Me dirigió una mirada de incredulidad después de que tomara un sorbo del contenido en su taza.
— Solo es un té, no seas tan dramático — respondió con cierta irritación, como si no pudiera entender por qué reaccionaba de esa manera.
En ese momento, decidí cerrar los ojos, intentando invocar un poco de paciencia y serenidad dentro de mí.
No quería entrar en una discusión, así que opté por el silencio, dejando que las palabras se disiparan entre nosotros sin necesidad de ser pronunciadas.
Me acerqué a la alacena para buscar mi taza, lo que me obligó a pasar a escasos centímetros de ella.
El calor que emanaba su cuerpo era casi magnético.
Me detuve, atrapado entre la encimera y su presencia.
Ella no se movió; al contrario, se inclinó un poco hacia adelante, obligándome a sostenerle la mirada.
Sus ojos marrones brillaban con una mezcla de diversión y algo mucho más intenso, algo que hacía que el aire en la cocina empezara a chispear.
— Estás muy tenso — susurró ella, dejando su taza en el mármol y extendiendo una mano para rozar, casi por accidente, mi antebrazo —. ¿Acaso no has dormido bien pensando en tu nueva "compañera de cuarto"? ¿O es que las cajas de tu almacén te están dando pesadillas?
Sentí un escalofrío al escuchar la mención de las cajas, pero la sensación de su piel contra la mía fue lo que realmente me descolocó.
Mis dedos se cerraron alrededor del borde del mostrador.
Estábamos tan cerca que podía ver el latido de su corazón en su cuello.
El deseo de cerrar esa distancia y probar si sus labios sabían tanto a jazmín como su té fue casi insoportable.
— Las cajas no son tu problema, Scarlett — dije, bajando la voz hasta que fue un murmullo peligroso —. Mañana empezamos el proyecto, ve a dormir porque si sigues provocándome así, dudo que lleguemos al mediodía sin que te haya sacado a patadas de aquí.
Ella sonrió, una sonrisa lenta y triunfal, y se bajó de la encimera rozando mi pecho al pasar.
— El café se está quemando, Rodrigo. Al igual que tu paciencia — soltó antes de salir de la cocina, dejándome allí, solo con el aroma de su té y un pulso que no lograba estabilizar.
Dejé escapar lentamente el aire que había estado conteniendo en mis pulmones, buscando un alivio momentáneo.
Luego, apagué la cafetera mientras servía mi café, una acción casi automática.
Sin embargo, la tensión que me invadía no se disipaba con facilidad; parecía estar arraigada en lo más profundo de mí.
Me quedé inmóvil junto a la encimera, sintiendo cómo el calor de su cuerpo todavía vibraba en el aire tras su salida triunfal.
El aroma de jazmín se burlaba de mi café negro, que ahora humeaba olvidado sobre el mármol.
Scarlett no solo había invadido mi casa; había roto mis defensas en menos de veinticuatro horas.
La mención de las cajas en el cuarto de almacenamiento me golpeó como un error crítico.
Ella lo sabía.
Sabía que no era solo rabia o desprecio lo que sentía por ella.
Apreté los puños sobre el mármol frío, tratando de estabilizar mi pulso.
"¿Las cajas de tu almacén te están dando pesadillas?", me había preguntado con esa sonrisa de depredadora.
Maldije para mis adentros.
No debí darle esa habitación, pero mi orgullo no me permitió admitir que guardaba esos recortes y bocetos por una fascinación que no podía explicar.
— Concéntrate, Rodrigo — me ordené en un susurro, aunque mi voz todavía sonaba áspera.
Había dejado su taza de té vacía, una mancha de humedad redonda que desafiaba mi obsesión por el orden.
Me acerqué para recogerla, pero al hacerlo, no pude evitar recordar cómo se veía sentada en la encimera, con la seda de su bata deslizándose y esos ojos marrones que parecían leer mis pensamientos más oscuros.
El juego ya no era divertido.
Ella estaba ganando terreno, y yo estaba perdiendo la capacidad de razonar.
Si íbamos a trabajar juntos en el software de los motores Padro Castello, necesitaba poner distancia.
Necesitaba que viera al CEO implacable, no al hombre que casi se inclina para besarla en medio de la cocina.
Caminé hacia la sala para despejar mi mente, pero todo en mi apartamento minimalista gritaba su nombre.
Regresé a mi estudio y cerré la puerta, buscando refugio en mis pantallas y mis líneas de código.
Pensé que sumergirme en el trabajo podría resultarme beneficioso, estaba convencido de que concentrarme en mis tareas me ayudaría a despejar la mente y encontrar un poco de calma en medio del caos que me rodeaba.
Pero incluso allí, el silencio se sentía pesado.
Cada vez que escuchaba un paso proveniente del pasillo, mi atención se desviaba del monitor.
Estábamos bajo el mismo techo, y la única regla que importaba ahora era que, si seguíamos así, uno de los dos terminaría rindiéndose.
Y yo nunca, bajo ninguna circunstancia, he aceptado una derrota.
Pues quien se ceee este 🤭