En un siglo XVIII alternativo, donde la magia se oculta tras el abanico de la etiqueta y el filo de la espada, Elowen de Valois es una anomalía. Hija de un marqués que la desprecia y heredera de una magia de sangre que tiñó su cabello de blanco y sus ojos de rubí, es vendida como un mueble al Duque de Oakhaven.
Los rumores dicen que el Duque es un monstruo deforme que oculta su rostro tras una máscara de plata, un hombre que desprecia la compañía femenina y que vive recluido en una fortaleza de piedra. Sin embargo, Elowen no es una damisela en apuros. Armada con un intelecto afilado, un conocimiento letal sobre venenos y una belleza sobrenatural que ella misma considera una maldición, entra en la boca del lobo con un solo objetivo: sobrevivir y reclamar su libertad. Lo que no sabe es que su esposo guarda secretos que podrían derrocar imperios, y que la "fiera" es, en realidad, el hombre más poderoso —y peligroso— del reino.
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13
El sótano de la fortaleza olía a sangre, sudor y el aroma metálico del miedo. El asesino enviado por Alistair estaba encadenado a una pared de granito, sus ojos desorbitados por el terror mientras Varick, en una forma semi-transformada con garras asomando, le arrancaba la verdad diente por diente.
Caelum observaba desde las sombras, con los brazos cruzados sobre su pecho desnudo, donde la cicatriz de plata aún supuraba un vapor azulado.
—¡Habla! —rugió Varick, golpeando la pared junto a la cabeza del hombre—. ¿Dónde está Lord Thorne?
El mercader Lord Thorne, el aliado comercial más valioso de Oakhaven y el hombre que manejaba los bancos del Este, había desaparecido en su ruta de regreso. El asesino escupió sangre antes de balbucear.
—El Emperador... lo tiene en las mazmorras del Palacio de Verano. Si el Duque no se entrega antes de la próxima luna... Thorne morirá. Y hay más... Alistair ha firmado un pacto de sangre con el Reino del Sur.
La Princesa Isabella llegará en tres días para sellar una alianza matrimonial. Sus ejércitos marcharán sobre Oakhaven como regalo de bodas.
Caelum dio un paso al frente, y el suelo pareció temblar bajo sus pies. Su mirada ámbar se clavó en el asesino con tal intensidad que el hombre sollozó.
—Alistair quiere una guerra —dijo Caelum con voz de ultratumba—. Pero lo que recibirá será un funeral.
Elowen entró en la celda con un frasco de cristal negro en la mano. Su rostro estaba tranquilo, pero sus ojos rojos brillaban con un cálculo mortal.
—Caelum, no puedes ir a la capital —sentenció ella—. Alistair te espera. Conoce tu rastro, conoce tu olor.
Pero no me conoce a mí. No realmente. Él cree que soy solo una mujer que juega con frascos.
Caelum la tomó por los hombros, con una fuerza que denotaba su angustia.
—¡No! No voy a dejar que te metas en esa boca de lobo, Elowen. Si te atrapa...
—No me atrapará —lo interrumpió ella, poniendo una mano sobre su mejilla—. Iré disfrazada como parte de la delegación del Sur.
La Princesa Isabella es conocida por su amor a los perfumes y las sedas raras. Me infiltraré como su "Alquimista de Cámara". Rescataré a Thorne y, mientras tanto, le entregaré a Alistair el regalo de bodas que se merece.
Caelum gruñó, un sonido posesivo y profundo.
—Si un solo hombre te mira más de lo debido, incendiaré esa ciudad, Elowen. No bromeo.
—Entonces asegúrate de que tus lobos estén listos en la frontera —respondió ella con una sonrisa pícara—.
Porque cuando yo salga de ese palacio, habrá un caos tan grande que necesitarás estar ahí para recoger los pedazos.
Antes de partir, Elowen pasó cuarenta y ocho horas encerrada en su laboratorio. Creó una obra maestra de la alquimia destructiva.
No era una bomba, sino algo mucho más sutil. Era un perfume contenido en un frasco de cristal tallado con el sello de los Valois, destinado a ser el "obsequio de reconciliación" para el Emperador y su nueva novia.
—¿Qué es esto? —preguntó Caelum, observando el líquido que cambiaba de color entre el rosa y el gris.
—Lo llamo "La Discordia de Eris" —explicó Elowen mientras se ajustaba una peluca de cabello castaño oscuro que ocultaba su distintivo pelo blanco—.
Al contacto con el calor corporal, libera feromonas que provocan una paranoia extrema y una repulsión física inmediata hacia cualquier persona que esté a menos de un metro.
Alistair e Isabella no podrán ni tocarse sin querer matarse mutuamente. La alianza matrimonial se desmoronará en el altar, frente a todos los nobles.
Caelum la rodeó por la espalda, sus manos bajando por su vientre con una necesidad urgente.
—Eres diabólica, Duquesa. Y me excita tanto que me duele.
—Guarda esa energía para cuando vuelva, mi Rey —susurró ella, girándose en sus brazos—.
Porque cuando Lord Thorne esté a salvo y el trono de Alistair esté en llamas, voy a querer que me reclames de una forma que haga que lo de la otra noche parezca un juego de niños.
Caelum la besó con una desesperación salvaje, marcando su territorio una última vez antes de que ella partiera hacia las sombras de la capital.
Elowen llegó a la capital bajo el nombre de "Maestra Elena". Con su piel cubierta por un maquillaje que oscurecía su tono albino y lentes que ocultaban el rojo de sus ojos, se movía por los pasillos del Palacio Imperial como un fantasma.
La Princesa Isabella del Sur resultó ser una mujer vana y cruel, lo que facilitó que Elowen se ganara su confianza ofreciéndole cremas que "borraban los años".
—Maestra Elena —dijo la Princesa mientras Elowen le aplicaba un ungüento en las manos—, ¿creéis que el Emperador quedará complacido conmigo? Dicen que tiene un gusto... peculiar.
—Quedará hechizado, Alteza —respondió Elowen con una reverencia impecable—.
Especialmente cuando use el perfume que he preparado para vuestra noche de bodas. Es una fragancia que asegura que ningún hombre pueda apartar la vista de vos... o de vuestros secretos.
Elowen aprovechó las noches para recorrer los pasadizos que recordaba de su infancia. Encontró la entrada a las mazmorras profundas, custodiadas por guardias que Alistair creía incorruptibles. Pero Elowen no necesitaba oro; necesitaba gas somnífero. Con un pequeño soplido de un tubo de caña, los guardias cayeron como moscas.
En la celda más profunda, encontró a un Lord Thorne demacrado pero vivo.
—¿Duquesa? —preguntó el hombre, parpadeando ante la figura sombría.
—Shhh —dijo ella, abriendo la cerradura con un ácido que disolvía el hierro—. El Duque envía sus saludos. Y yo envío un aviso: la fiesta está por comenzar.
El día de la presentación oficial de la alianza, el Gran Salón estaba a reventar.
Alistair lucía triunfante, creyendo que con Thorne como rehén y el Sur como aliado, Oakhaven caería.
Elowen, vestida con el uniforme de sirvienta de la Princesa, se aseguró de que Isabella se rociara generosamente con "La Discordia de Eris".
También, con una agilidad de sombras heredada de sus noches con Caelum, vertió una variante del compuesto en el cáliz de vino de Alistair.
Cuando el Emperador se acercó a besar la mano de su futura esposa, el efecto fue inmediato.
Alistair sintió un asco visceral, como si Isabella oliera a carne podrida. Isabella, por su parte, vio en el rostro de Alistair no a un rey, sino a un demonio que quería devorarla.
—¡Aléjate de mí, monstruo! —gritó la Princesa Isabella, dándole una bofetada al Emperador que resonó en todo el salón.
—¡Zorra extranjera! —rugió Alistair, su paranoia disparándose—.
¡Sé que has venido a asesinarme por orden de Caelum! ¡Guardias, arrestadla!
El caos estalló. Los delegados del Sur desenvainaron sus espadas para proteger a su princesa, mientras los guardias de Alistair cargaban contra ellos.
En medio de los gritos y el estruendo de los platos rompiéndose, Elowen sacó a Lord Thorne por una puerta trasera.
A las afueras de la capital, en un bosque oscuro, Caelum esperaba. No estaba solo. A su alrededor, cientos de ojos ámbar brillaban en la oscuridad.
Cuando vio aparecer la figura de Elowen llevando a un Thorne debilitado, el Lobo Alfa soltó un aullido de alivio y triunfo que heló la sangre de los perseguidores imperiales que venían a lo lejos.
Caelum corrió hacia ella, tomándola en sus brazos y dándole vueltas en el aire, olvidando por completo el protocolo.
—¡Lo lograste! Por todos los dioses, Elowen, si hubieras tardado un minuto más...
—Te dije que Alistair es predecible —dijo ella, quitándose la peluca y dejando que su cabello blanco brillara bajo la luna—.
Su alianza está muerta, Thorne está libre y ahora mismo el Emperador está intentando estrangular a su propia prometida.
Caelum la miró con una mezcla de orgullo y una lujuria que ya no podía contener.
—Lord Thorne, Varick lo escoltará a Ironcliff —dijo el Duque sin apartar la vista de su esposa—. Yo... tengo un asunto pendiente con mi Duquesa.
Llevó a Elowen hacia una tienda de campaña montada en lo profundo del bosque, lejos del campamento principal. La arrojó sobre las pieles de oso con una urgencia salvaje.
—Me tuviste tres días sin tu olor, sin tu sabor —gruñó él, despojándose de su armadura con una rapidez violenta—. Ver a ese idiota de mi hermano cerca de ti, aunque fuera en mis pensamientos, me ha vuelto loco.
Elowen se desabrochó el vestido de sirvienta, revelando que debajo no llevaba nada más que su piel de seda y el deseo ardiendo en sus ojos rojos.
—Entonces deja de hablar del idiota de tu hermano y recuérdame por qué soy la Luna del Alfa. Quiero que me dejes marcas que duren hasta que lleguemos al trono, Caelum. No seas gentil.
Caelum se lanzó sobre ella, sus sombras envolviendo la tienda, creando un mundo donde solo existían sus jadeos, el roce de sus cuerpos y el hambre de dos almas que habían jugado con la muerte y habían ganado.
Esa noche, el bosque no pertenecía al imperio; pertenecía a la bestia y a la mujer que sabía cómo dominarla.