Elena sin memoria acepta fingir ser la novia de Nahuel que tiene un matrimonio arreglado y no quiere casarse con esa a la que eligió su familia, quien le promete averiguar sobre su identidad.
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13- El supuesto padrino
🔶️GERMÁN
Me llamo Germán Duarte, tengo 40 años. Y sí, vi la oportunidad.
La vi a ella en las noticias, con el vestido blanco, colgada del brazo del nieto de Octavio Ibarra. Piel dorada, ojos color miel, el pelo castaño con esas ondas grandes que le hacía su madre cuando era chica. Idéntica a mi ahijada. Idéntica a la hija de mi hermano.
"Elena"
Mi hermano Jerardo tiene 39. Yo 40. Un año de diferencia. Toda la vida juntos. Cuando éramos pendejos de 15 y 14 años, armamos Duarte Logística en el garage de casa, con una computadora prestada y dos motos para repartir. Él era el cerebro. Yo era los puños. Él pensaba, yo peleaba. Funcionó. Veinticinco años después, manejábamos medio norte.
Hasta hace cinco meses.
El accidente en la ruta. El chofer muerto. Elena desaparecida. La esposa de Jerardo y su hija vaciando las cuentas y rajándose. Mi hermano no lo aguantó. Cayó en coma esa misma noche, con 39 años y el corazón roto por su nena.
Yo me quedé solo. Con la empresa, con los bancos, con los Ibarra y los Montenegro lamiéndose los labios para fusionarse y comernos vivos. Yo sé pelear. Sé apretar cuellos, sé cerrar tratos. Pero no sé pensar como Jerardo. No sé ver seis jugadas adelante. Sin él, Duarte se cae en seis meses.
Por eso cuando vi a esa chica sin memoria en la tele, idéntica a mi Elena, no pensé en milagros. Pensé en un estímulo.
Jerardo lleva cinco meses en coma. Los médicos dicen que escucha. Que si hay algo que lo puede traer de vuelta, es su hija. Su nena.
Fui a la estancia de los Ibarra sin avisar. Octavio me abrió la puerta con esa cara de piedra que tiene cuando sabe que perdió. Le dije que era el padrino. Mentí. Soy el tío. El hermano mayor. El que le cambió los pañales cuando Jerardo tenía 19 y estaba cagado hasta las patas porque su novia de la secundaria estaba embarazada.
La vi bajar la escalera. Con 20 años, con la remera del nieto de mi enemigo, con los labios carnosos hinchados y los ojos llenos de miedo. Y no dudé.
Era ella. Tenía que ser ella. La misma cara de mi hermano a los 20. La misma forma de fruncir la nariz cuando está asustada.
No le conté a Nahuel Ibarra que era su tío. No le conté a Octavio que si la tocaban, les prendía fuego la provincia. Le dije a ella lo justo: que su papá la esperaba, que estaba en coma, que la necesitaba.
La subí a mi auto. Nahuel nos siguió toda la ruta, como un perro guardián. Bien. Que sufra. Es un Ibarra. El hijo de su padre, el nieto de su abuelo. Pero la miraba como si fuera aire. Y eso me jodió. Porque mi Elena nunca tuvo a nadie que la mirara así.
En la clínica, a solas con mi hermano, le hablé al oído.
—Jerardo.
Le dije.
—Traje a la nena. Está viva. Está acá.
No hubo milagro. No abrió los ojos ese día. Pero el electro le saltó. Un pico. El médico me miró y asintió.
Yo la necesito. La empresa la necesita. Jerardo la necesita.
A la noche, cuando Elena dormía en el sillón al lado de la cama, me senté con mi hermano. Le hablé de vuelta.
—Despertate, boludo.
Le dije.
—Traje a Elena. O a una piba que es igualita. Y si no es, no importa. Vos despertate por ella. Porque si no, los Ibarra nos comen con los Montenegro y todo lo que hicimos desde el garage se va a la mierda.
Jerardo movió los dedos. Poquito. Pero los movió.
A la tercera noche, abrió los ojos. Me miró. Y lo primero que me dijo, con la voz rota, fue:
—Prueba de ADN. Ya.
Mientras ella dormia sin soltarle la mano.
No me sorprendió. Jerardo siempre fue así. Corazón, pero cabeza. Me ama, ama a su hija, pero no se come un verso ni aunque se lo sirva su hermano.
—Ya la mandé a hacer.
Le mentí.
No la había mandado. Porque yo estaba seguro. Tenía que estar seguro. Porque si no era ella, ¿entonces quién era? ¿Una doble? ¿Una trampa de Octavio?
No. La vi llorar cuando le agarró la mano a Jerardo. La vi temblar cuando dijo "papá". Nadie actúa así. Nadie tiene esos ojos color miel de la familia Duarte por casualidad.
Igual, a la mañana siguiente, le saqué pelo del cepillo. Le saqué sangre con la excusa de un análisis de rutina. Lo mandé al laboratorio.
Mientras espero el resultado, la dejo acá. Al lado de su papá. Al lado del chico Ibarra que no se despega de la puerta. Porque aunque me hierva la sangre, veo cómo la mira. Y veo cómo ella lo busca con los ojos cada cinco minutos.
Jerardo va a despertar del todo. Va a ver a su hija viva. Va a ver al nieto de Octavio Ibarra enamorado de ella. Y yo voy a estar ahí, en el medio, con 40 años y con la empresa que armamos en un garage, para que no se maten entre ellos.
La usé. Sí. Vi la oportunidad y la agarré. Porque sin Jerardo, me hundo. Y si me hundo, los Ibarra ganan. Y si los Ibarra ganan, la memoria de mi hermano se muere con él en esa cama.
Pero ahora que la veo dormir al lado de él, con la mano de Nahuel Ibarra agarrada entre las suyas a escondidas, cuando cree que no la miro...
Ahora no sé si la usé yo a ella, o si ella me está usando a mí para salvarse de todos nosotros.
Que venga el ADN. Que diga lo que tenga que decir.
Si es Elena, mi hermano vive. Si no es, igual la quiero acá. Porque en tres días me hizo acordar más a mi sobrina que la hija de su madrastra en tres años.
Soy Germán Duarte, tengo 40 años. Soy el hermano, el padrino, el que miente si hace falta para salvar a los suyos.
Como la secuestro y desde cuando lo hizo 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Veremos que pasa si la ayuda Nahuel ella se decidirá aceptar la propuesta
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