"De Colmillos a Cachetes:El olvido es un lugar curiosamente frío. No hay fuego eterno, ni torturas épicas con látigos de sombras; solo hay una nada grisácea que te va borrando los recuerdos como si fueras un dibujo mal hecho en una pizarra.
Yo, Sofía von Bloodrose, la "Dama de las Sombras de Astris", la vampira que hizo llorar a emperadores y que usó el corazón de más de un caballero como juguete para gatos, no iba a permitir que me borraran. No así.
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capítulo 13
El despacho real de Ondaria Magna se había convertido en un búnker de alta seguridad. Tras el "Incidente del Peinado de la Princesa Eloise", Elías había llegado a una conclusión lógica (dentro de lo que cabe cuando tu consejera es una bola de pelos): si Sofía iba a comportarse como un guerrero de élite, necesitaba el equipo adecuado.
Aquella mañana, el Gran Joyero de la Corona entró al despacho temblando, sosteniendo un pequeño estuche de terciopelo negro.
—S-su Majestad —tartamudeó el hombre—, aquí tiene el encargo más... inusual de mi carrera. Acero de Damasco forjado en miniatura, empuñadura de plata con un micro-rubí incrustado. Es funcional, está afilada y, francamente, es lo más ridículo que he fabricado en cuarenta años.
Elías tomó el estuche y despidió al joyero con un gesto. Sobre la mesa, Sofía observaba con los ojos brillantes. El Capitán Pico Dorado sobrevolaba el techo, narrando el evento como si fuera una gesta heroica.
—**"¡Armas de destrucción masiva! ¡El hámster va a la guerra! ¡Cuidado con los tobillos, el mundo va a sangrar!"** —gritaba el pájaro.
Elías abrió el estuche. Allí, brillando bajo la luz del sol, reposaba una espada de apenas tres centímetros de largo. Era una obra maestra. Sofía sintió que su alma de vampira soltaba un suspiro de satisfacción. Finalmente, un accesorio que combinaba con su sed de venganza.
—Pelusa —dijo Elías con una seriedad cómica—, si vas a atacar a las futuras candidatas al trono, al menos hazlo con clase. No más tirones de pelo con las patas desnudas. Eso es de plebeyos.
Sofía se acercó a la espada. Elías esperaba que ella simplemente la olfateara o intentara comérsela (como hacía con la mayoría de las cosas que él le regalaba). Pero el instinto de siglos de esgrima de Sofía von Bloodrose afloró de golpe.
Sin pensarlo, Sofía agarró la empuñadura con sus pequeñas garras. Con un movimiento fluido y profesional, realizó una estocada al aire, seguida de un bloqueo perfecto y una finta lateral que terminó con la punta de la espada señalando directamente a la garganta de Elías. Su postura era impecable; sus pies (bueno, sus patitas) estaban en la posición exacta de un maestro de esgrima de la escuela de esgrima de "Sangre y Sombras".
El silencio que siguió fue sepulcral.
Elías parpadeó, procesando lo que acababa de ver. Sus ojos se entrecerraron, llenándose de una sospecha aguda.
—Ese movimiento... —susurró Elías, inclinándose hasta que su nariz estuvo frente a la de Sofía—. Ese es un *flèche* invertido de la escuela clásica. Un animal no aprende eso por instinto. Pelusa... ¿qué demonios eres tú?
Sofía se congeló. *“¡Malditos reflejos musculares! ¡Me he delatado por culpa de mi excelente técnica!”*, pensó aterrada.
Sabía que si Elías descubría que su hámster era una antigua condesa vampira, el siguiente regalo no sería una espada, sino una estaca de madera tamaño viaje. Así que, con una velocidad digna de un premio de actuación, Sofía decidió "hacerse la mensa".
Lentamente, dejó que la espada se le resbalara de la pata. Puso los ojos bizcos, dejó caer la lengua hacia un lado y empezó a rascarse la oreja con la pata trasera mientras emitía un sonido de absoluta confusión cerebral.
—*¿Squeak?* —dijo ella, con una voz que pretendía sonar lo más vacía de inteligencia posible.
Para rematar la escena, se dio la vuelta y empezó a perseguir su propia cola en círculos, tropezando con la espada y rodando por la mesa como una croqueta peluda hasta chocar contra un tintero.
Elías suspiró, frotándose las sienes.
—Por un momento pensé... no, es imposible. Solo fue una coincidencia física. El peso de la espada la hizo moverse así. Es solo un hámster con suerte.
Sofía, boca arriba en la mesa y fingiendo que no podía enderezarse, soltó un suspiro mental de alivio.
—**"¡La actriz de la década! ¡Miente, miente que algo queda! ¡El Rey es un escéptico, la hámster es una estafadora!"** —chilló el Capitán Pico Dorado, que no se tragaba el cuento ni por un segundo.
Elías, aún con una pizca de duda, decidió poner a prueba a su mascota. Sacó un trozo de queso *Époisses* (el más caro y apestoso del reino) y lo colocó en un extremo de la mesa. En el otro extremo, colocó un trozo de pan rancio.
—Si eres tan inteligente, elegirás el queso que cuesta más que el salario de un guardia —dijo Elías, observándola.
Sofía, que amaba el queso refinado más que a su propia vida, estuvo a punto de correr hacia él. Pero se detuvo. *“No, Sofía. Un animal tonto elegiría lo que más huele a comida, o mejor aún, algo absurdo”*.
Con una voluntad de acero, Sofía ignoró el queso premium. Se acercó al pan rancio, lo olió, y luego decidió que lo más "mensa" que podía hacer era intentar morder la esquina de un informe de impuestos que estaba al lado, ignorando ambos alimentos.
Elías soltó una carcajada corta.
—Definitivamente, eres una idiota, Pelusa. Me había asustado por un momento.
Se acercó a ella. Sofía sintió que el peligro había pasado y que se merecía una recompensa. Elías extendió su mano, y ella se preparó para la caricia triunfal por su gran actuación. Elías acarició suavemente su lomo, bajando hacia la base de su cola... pero justo cuando Sofía iba a soltar un suspiro de placer, Elías retiró la mano para usarla en recoger el trozo de queso caro.
—Bueno, como no lo quieres, se lo daré al pájaro. No voy a desperdiciar oro en alguien que prefiere comer papel burocrático.
—**"¡Queso para el Capitán! ¡El Rey es un tacaño, la hámster es una perdedora!"** —gritó el pájaro, bajando en picada para llevarse el botín.
Sofía miró a Elías con una furia silenciosa. *“¡Te he salvado de un golpe de estado y así me pagas! ¡Te juro que la próxima vez que una princesa intente besarte, no la detendré... le pondré zancadilla para que te rompa los dientes!”*.
En el Cielo, los Dioses estaban revolcándose por el suelo de las nubes.
—¡Es magistral! —gritaba el Dios del Caos—. ¡Ha sacrificado un queso de primera por mantener su coartada! ¡Eso es dedicación al mal... o al bien, ya no lo sé!
—Miren el marcador —dijo la Diosa de la Bondad, sonriendo:
* **+5 puntos:** Por "Humildad Extrema" (fingir ser una idiota para no asustar a su humano cuenta como sacrificio de ego).
* **+2 puntos:** Por no morder al Rey cuando le quitó el queso (paciencia de santa).
—**Total acumulado: 40/100 obras de bondad.**
—Faltan 60 puntos —observó el Dios de la Fortuna—. Y el año de búsqueda de Reina se está complicando. Isabella ha convocado a una "Caza Real" para la próxima semana. Quiere que Elías vea a las princesas en acción.
De vuelta en el despacho, Elías estaba leyendo la invitación de Isabella. Su rostro se ensombreció.
—Una caza... —murmuró—. Isabella sabe que odio las cacerías innecesarias. Querrá ponerme en evidencia frente a los embajadores.
Miró a Sofía, que ahora estaba intentando "luchar" contra una pluma de escribir con su nueva espada, tropezando a propósito para mantener las apariencias.
—Vendrás conmigo, Pelusa —dijo Elías, recogiéndola y metiéndola en su bolsillo—. Y lleva tu espada. Si alguna de esas princesas intenta acercarse demasiado a mi caballo, tienes mi permiso para... "ser un animal".
Sofía, desde el bolsillo, sonrió de lado. La Caza Real iba a ser el escenario perfecto. Ella no iba a cazar ciervos; iba a cazar reputaciones. Con su espada de tres centímetros y el apoyo aéreo del Capitán Pico Dorado, Isabella no sabía lo que le esperaba en el bosque.
—*Squeak* (Prepárate, rubio. Esta "mensa" te va a convertir en el Rey más soltero y protegido de la historia).
**Continuará...**