Elena nunca pensó que la vida le daría otra oportunidad… pero en el cuerpo de Elyria Montclair la villana del libro que acababa de leer. Mientras intenta adaptarse, su inteligencia aguda y espíritu indomable chocan con el carácter impecable y enigmático de Alaric Blackthorn.
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Tensiones acumuladas
La escalera descendía en espiral, angosta y húmeda, como si la mansión se fuera cerrando sobre ellos con cada paso. El aire se volvía más pesado a medida que bajaban, cargado de una energía que erizaba la piel.
El silencio era antinatural.
Solo se oía el roce de sus botas contra la piedra… y algo más.
Un sonido metálico.
Lejano.
Clink.
Elyria se detuvo en seco.
—¿Oyeron eso…?
Clink.
Más claro ahora.
El sonido de una cadena tensándose.
Alaric levantó el puño, indicando alto. Los guardias se inmovilizaron de inmediato. Cassian cerró la mano sobre la empuñadura de su espada, el humor completamente borrado de su rostro.
Avanzaron despacio.
El pasillo se extendía ante ellos, largo y estrecho, iluminado apenas por antorchas casi consumidas que parpadeaban de forma irregular. Las paredes estaban marcadas con más símbolos, algunos profundamente arañados, como o algo los hubiera trazado con desesperación.
El aire estaba helado.
Elyria sintió un escalofrío recorrerle la nuca, una sensación instintiva, primitiva.
No estaban solos.
Entonces lo escucharon.
Un gruñido bajo.
Profundo.
No era el sonido de una bestia común. Como si algo enorme estuviera respirando con esfuerzo, conteniéndose.
Clink.
La cadena volvió a sonar.
Más cerca.
El pasillo desembocaba en una sala amplia.
Desde donde estaban, apenas podían distinguir el interior: columnas agrietadas, sombras moviéndose de forma antinatural… y un olor aún peor que el de la mansión superior.
Hierro.
Sangre.
Magia corrompida.
Alaric avanzó un paso, con la espada ya desenvainada. Pequeñas chispas eléctricas comenzaron a recorrerle los dedos, traicionando la tensión que recorría su cuerpo.
Elyria sintió que el corazón le latía con fuerza, pero no retrocedió.
—Sea lo que sea… —murmuró Cassian, con la voz tensa— …no creo que esté ahí para darnos la bienvenida.
Desde la sala, el gruñido se transformó en un rugido bajo.
Las sombras se agitaron.
Y la cadena se tensó con violencia.
Como una respiración contenida.
El rugido sacudió la sala.
No fue un estallido violento, sino algo peor: un sonido profundo, vibrante, que pareció nacer desde las entrañas mismas del lugar. Las antorchas temblaron, algunas apagándose al instante.
Y entonces lo vieron.
La criatura avanzó un paso fuera de las sombras.
Era enorme.
Demasiado.
Dos cabezas emergían de un mismo cuerpo monstruoso, ambas cubiertas de un pelaje oscuro, húmedo, salpicado de marcas verdosas que pulsaban como heridas vivas. Sus ojos brillaban con un fulgor antinatural: uno amarillento, el otro rojizo, ambos cargados de una inteligencia torcida.
Cadenas gruesas rodeaban sus extremidades, incrustadas en la carne, algunas rotas, otras aún tensas, como si apenas hubieran logrado contenerlo.

El hedor se volvió insoportable.
—…por todos los dioses —susurró uno de los guardias.
La bestia giró lentamente una de sus cabezas.
Los miró.
La cadena se rompió con un estallido seco.
—¡FORMACIÓN! —rugió Alaric.
La criatura se lanzó.
El suelo tembló cuando cayó con todo su peso, arrancando piedra y polvo. Un guardia apenas logró rodar fuera de su alcance antes de que una garra se cerrara donde había estado su cabeza un segundo antes.
—¡MUÉVANSE! —gritó Elyria.
Alaric avanzó de frente, la espada envuelta en relámpagos que chisporroteaban con violencia. Descargó un tajo directo contra una de las patas delanteras.
El impacto fue brutal.
Chispas, un rugido ensordecedor… y aun así, la criatura apenas retrocedió.
La bestia giró con una velocidad imposible para su tamaño, embistiendo a Cassian, que apenas logró bloquear el golpe con la espada antes de salir despedido contra una columna.
—¡Cassian! —exclamó Elyria.
No esperó órdenes.
Se movió.
El aire a su alrededor cambió de densidad, respondiendo a su voluntad. Elyria levantó ambas manos y comprimió el viento frente a ella, lanzándolo como una cuchilla invisible contra uno de los rostros del monstruo.
La cabeza izquierda aulló, retrocediendo.
—Bien —murmuró Alaric, sin mirarla—. No frenes.
—Ni lo sueñes —respondió ella, con los dientes apretados.
La criatura rugió, furiosa ahora, golpeando el suelo con ambas patas delanteras. Una onda de choque recorrió la sala.
Elyria perdió el equilibrio.
Antes de caer, una mano firme la sujetó por la cintura y la arrastró fuera del alcance del golpe.
—Te dije que no te adelantaras —gruñó Alaric.
—Y yo te dije que no me des órdenes —replicó ella, recuperando el aliento—. La cabeza izquierda es más sensible.
Alaric sonrió apenas.
—Entonces yo me encargo de la derecha.
Se separaron sin necesidad de decir más.
La bestia avanzó de nuevo.
La criatura volvió a rugir, furiosa, y avanzó con una embestida salvaje.
Elyria no retrocedió.
Se impulsó.
El suelo crujió bajo sus pies cuando canalizó el aire a su alrededor y se lanzó hacia arriba con una fuerza imposible para un cuerpo humano. Su vestido ondeó mientras ascendía varios metros, el cabello flotando como si el viento mismo la sostuviera.
—¡Elyria! —advirtió Alaric, sin perder de vista al monstruo.
—¡Cúbreme! —respondió ella desde lo alto.
Alaric giró sobre sí mismo, esquivando un zarpazo que arrancó media columna. Con un movimiento limpio, cortó la articulación de la pata trasera, obligando a la bestia a girarse hacia él.
—¡Aquí, cosa fea! —gruñó.
Eso era justo lo que Elyria necesitaba.
Desde el aire, cerró los ojos un segundo.
Sintió el viento.
Lo comprimió.
Lo afiló.
Y lo lanzó.
Decenas de dagas invisibles descendieron como una lluvia mortal, cortando el aire con un silbido agudo. Impactaron contra el lomo y los hombros de la criatura, abriendo heridas profundas de las que brotó una sustancia oscura y espesa.
La bestia aulló.
Una de sus cabezas se sacudió violentamente.
Elyria cayó, rodando al aterrizar, apenas poniéndose en pie cuando una garra pasó rozándole el brazo
Cassian apareció por el flanco izquierdo.
—¡Oye! —gritó, clavando su espada entre dos costillas—. ¡A mí también puedes prestarme atención!
El golpe no fue letal, pero fue preciso.
La criatura se giró para alcanzarlo.
Error.
Un trueno estalló en la sala.
Alaric apareció frente a ella en un parpadeo, el cuerpo envuelto en electricidad. Su espada descendió con violencia, atravesando el cuello de una de las cabezas.
La sala se iluminó con un relámpago cegador.
La cabeza rugió… y no cayó.
La carne se cerró parcialmente, humeante.
Alaric frunció el ceño.
—Regeneración —masculló—. Rápida.
—Magia incrustada en el cuerpo —respondió Elyria, ya a su lado—. No es solo la bestia. Es el hechizo.
El monstruo golpeó el suelo con ambas patas.
La onda de choque lanzó a Cassian contra la pared una vez más.
—¡Empiezo a pensar que no le caigo bien! —gruñó, escupiendo polvo mientras se levantaba.
Elyria volvió a moverse.
Esta vez no saltó.
Corrió.
El aire se plegó bajo sus pies, dándole impulso, velocidad. Se deslizó entre las patas de la criatura, esquivando garras y colas, y levantó ambas manos.
—¡Ahora, Alaric!
El viento explotó hacia arriba, levantando polvo, restos de piedra y al propio monstruo medio metro del suelo.
No era suficiente para derribarlo.
Pero sí para desequilibrarlo.
Alaric no desperdició la oportunidad.
Saltó.
Mucho más alto de lo que un hombre normal debería.
El rayo cayó con él.
La espada atravesó el pecho de la bestia, clavándose hasta la empuñadura. La descarga eléctrica recorrió todo el cuerpo del monstruo, haciendo que el nucleo en su pecho brillara… y se quebrara.
La criatura gritó.
Las cadenas restantes se rompieron.
Y entonces, con un movimiento desesperado, una de las cabezas se lanzó directamente hacia Elyria.
Demasiado rápido.
Alaric se giró.
—¡ELYRIA!
La espada de Alaric ya estaba clavada hasta la empuñadura cuando la criatura lanzó su último ataque.
Elyria se arrojó hacia atrás por puro instinto.
Las fauces pasaron rozándole el hombro, las garras le abrieron la piel en finas líneas ardientes… pero no la alcanzaron de lleno.
El monstruo se tensó y con el último aliento lanzo un rugido fuerte
El grito que siguió no fue de dolor.
Fue de aviso.
Un alarido largo, antinatural, que atravesó la mansión como una señal. Las paredes vibraron. El aire se volvió pesado.
Y entonces…
La criatura se desplomó.
El cuerpo cayó al suelo con un golpe seco, las dos cabezas inertes, la energía disipándose en un humo oscuro que se filtró entre las grietas del piso.
Silencio.
Solo por un segundo.
Luego, la mansión comenzó a gemir.
—¿Eso fue… bueno o malo? —preguntó Cassian, respirando con dificultad.
El suelo tembló.
Una viga cayó a pocos metros de ellos.
—Muy malo —respondió Elyria, incorporándose—. Todo esto estaba sostenido por la magia del monstruo.
Alaric ya estaba frente a ella.
Le tomó el rostro con ambas manos, revisándola con urgencia.
—¿Estás herida?
—Nada grave —dijo ella, aunque el hombro le ardía—. Solo rasguños.
Él apretó la mandíbula, los ojos recorriéndola como si no le creyera.
Otra sacudida.
Parte del techo se vino abajo en la sala contigua.
—¡Eh! —intervino Cassian, señalándose un costado—. A mí también me golpearon, ¿sabes?
Alaric ni siquiera giró la cabeza.
—¿Puedes caminar? —le preguntó a Elyria.
—Sí.
—Bien. Entonces nos vamos.
Cassian parpadeó.
—Wow. Herido en el orgullo. Eso duele más que la costilla.
—Muévete —le ordenó Alaric—. O te dejo aquí para quejarte con los escombros.
No hizo falta repetirlo.
La mansión crujía como si estuviera viva y enfurecida. Las paredes se resquebrajaban, el suelo se abría en grietas irregulares, polvo y fragmentos caían por todas partes.
Elyria corrió a la par de Alaric, usando ráfagas de aire para esquivar restos del techo, empujando a los guardias fuera de peligro.
—Ese grito… —dijo entre jadeos—. No fue casual.
—Lo sé —respondió él, sin mirarla—. Avisó a alguien. O a algo.
El pasillo por el que habían entrado empezó a colapsar.
—¡Por aquí! —gritó Cassian, señalando una salida lateral medio derrumbada.
Un último temblor sacudió la mansión.
Alaric rodeó la cintura de Elyria con un brazo, protegiéndola mientras saltaban sobre una grieta que se abría bajo sus pies.
El aire explotó detrás de ellos.
Y la oscuridad del sótano quedó sepultada para siempre
El bosque los recibió con un silencio espeso cuando finalmente dejaron atrás el territorio Crowlell.
El cielo ya se oscurecía, teñido de tonos violáceos y negros profundos. Avanzar más sería imprudente.
—Aquí —ordenó Alaric finalmente—. Armamos campamento.
Los guardias no discutieron. Todos estaban cansados. Tensos. Con los nervios aún vibrando por lo que habían visto… y por lo que había respondido al grito de la criatura.
Las carpas comenzaron a levantarse con movimientos mecánicos. El fuego prendió con dificultad, como si el bosque mismo se resistiera a darles calor.
Elyria se sentó sobre un tronco caído mientras uno de los guardias terminaba de vendarle el brazo. La herida no era grave, pero ardía lo suficiente como para recordarle cada segundo lo ocurrido.
—Listo —dijo el hombre—. No debería forzar ese brazo.
—Gracias —respondió ella con una sonrisa cansada.
A unos metros, Cassian también recibía atención, exagerando cada gesto.
—Jamás pensé que diría esto —se quejaba—, pero prefiero las fiestas aburridas a los sótanos malditos.
—Cierra la boca —murmuró un guardia—
Cassian sonrió igual.
Elyria se levantó y se alejó del campamento sin que nadie lo notara.
Caminó unos pasos entre los árboles, lo suficiente para que el murmullo de voces se apagara. Se apoyó contra un tronco, observando la oscuridad entre las ramas.
Las jaulas.
Las runas.
El hedor.
El grito.
No era una sola bestia.
No había sido improvisado.
—No fue un error… —susurró.
—No —respondió una voz detrás de ella—. Y tampoco fue el final.
Elyria no se sobresaltó. Sabía que sería él.
—Deberías estar descansando, señor trueno —dijo sin mirarlo—. O vigilando. O gruñéndole a Cassian.
—Lo haré después —respondió Alaric, acercándose—. Ahora estoy ocupado.
—¿En qué?
—En ver si sigues pensando demasiado.
Ella soltó una risa breve, sin humor.
—Vimos cosas horribles hoy. Perdóname si no tengo ganas de bromear.
—Precisamente por eso —dijo él—. Si te quedas sola con tus pensamientos, te comerán viva antes que cualquier monstruo.
Elyria giró el rostro para mirarlo.
—¿Siempre intentas distraer a la gente cuando no sabes qué decir?
—Solo contigo.
—Qué honor.
Alaric se apoyó también en el árbol, demasiado cerca.
—Te lanzaste sin dudar —dijo—. Allá abajo.
—Tú hiciste lo mismo.
—Pero tú no deberías tener que hacerlo.
Elyria frunció el ceño.
—¿Otra vez con eso?
—Otra vez —confirmó él—. Porque sigues poniéndote en peligro como si no importara.
—Importa —respondió ella, con firmeza—. Pero no más que quedarme quieta mientras otros deciden por mí.
El silencio volvió a tensarse entre ellos.
—Ese grito… —dijo Elyria—. Avisó a alguien.
—Lo sé.
—Y cuando respondan…
—Estaremos listos.
Ella lo miró de reojo.
—¿Seguro?
Alaric sonrió apenas.
—Mientras no te alejes sin avisar, sí.
—No prometo nada.
—Lo suponía.
Elyria negó con la cabeza, cansada.
—Deja de provocarme.
—No estoy provocando —respondió él, acercándose un poco más—. Estoy comprobando que sigues aquí.
—Sigo aquí —dijo ella—. Aunque parezca que—
No terminó la frase.
Alaric la empujó suavemente contra el árbol.
No fue brusco.
Fue decidido.
Su mano se apoyó a un lado de su cabeza, el cuerpo bloqueándole cualquier escapatoria.
—Alaric—
—Cállate un segundo.
Y la besó.
Fue tenso. Ardiente. Impulsivo.
Como si todo lo que había contenido desde la mansión, desde la fuente, desde el sótano… hubiera explotado de golpe.
Elyria se quedó inmóvil solo un latido.
Luego respondió.
Sus dedos se aferraron a la ropa de él, el beso profundizándose, cargado de adrenalina, miedo residual y algo mucho más peligroso.
Cuando se separaron, ambos respiraban con dificultad.
—Esto… —empezó ella.
Él no le dio tiempo.
—No digas nada —murmuró, con la voz baja, tensa, casi una orden.
—Yo solo—
La besó otra vez.
Esta vez con más fuerza. Más urgencia. Como si las palabras fueran el verdadero enemigo.
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*Espero disfruten mucho el capítulo de ho*y🥰
autora preguntaaa: la prota se está cuidando verdad? no queremos bebé todavía o si?? 👀👀👀👀