Oliver Santos solo quería salvar a su madre.
Con un diagnóstico de cáncer y sin dinero para el tratamiento, acepta la única opción que le queda: casarse con Gabriel Campos, el hombre misterioso y poderoso al que salvó una noche lluviosa en un callejón oscuro. Un matrimonio por contrato. Sin sentimientos. Sin complicaciones.
Pero Gabriel no es un hombre cualquiera.
Detrás de los trajes impecables, la mirada fría y los guardaespaldas, se esconde el líder de una de las organizaciones más temidas de la ciudad. Y ahora Oliver lleva su apellido.
Lo que comienza como un acuerdo calculado pronto se convierte en algo mucho más peligroso. Porque en el mundo de Gabriel, la lealtad se prueba con sangre, los enemigos no perdonan… y el corazón no obedece contratos.
Entre traiciones, tiroteos, secretos familiares y una atracción imposible de ignorar, Oliver descubrirá que la línea entre el deber y el deseo es mucho más delgada de lo que imaginaba.
¿Puede un matrimonio falso convertirse en el amor más real de su vida?
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Capítulo 01
La lluvia caía fina aquella noche, transformando las luces de la ciudad en manchas doradas reflejadas sobre el asfalto mojado. Oliver Santos caminaba apresurado por la acera, sosteniendo su bolsa de tela contra el pecho para protegerla del agua. Dentro, cuidadosamente organizados, llevaba algunos retazos, hilos y un pequeño cuaderno donde anotaba ideas de ropa que soñaba con crear algún día.
Era demasiado tarde para que alguien siguiera en la calle.
Pero Oliver estaba acostumbrado a eso.
Entre cuidar la casa, ayudar a su madre e intentar ganar algo de dinero con pequeños arreglos de ropa, su día siempre terminaba después de que el resto del mundo ya estuviera dormido.
Suspiró, observando el vapor que escapaba de sus labios.
— Tengo que terminar ese vestido mañana… — murmuró para sí mismo.
El sonido lejano de un trueno resonó, y Oliver apuró el paso, doblando por un atajo entre dos edificios viejos. Era un camino más rápido a su casa, aunque más oscuro y silencioso.
Demasiado silencioso.
Sus pasos se hicieron más lentos.
Algo estaba mal.
Había un olor metálico en el aire.
Sangre.
Su corazón se aceleró por instinto, y sus ojos verdes recorrieron el callejón con cautela. La luz tenue de un poste parpadeante reveló una sombra caída junto a la pared de ladrillos.
Un hombre.
Oliver se quedó paralizado por un segundo.
Debería irse.
Cualquier persona sensata lo haría.
Pero sus pies se movieron solos.
Al acercarse despacio, se dio cuenta de que el hombre estaba gravemente herido. La camisa oscura estaba empapada, y no solo por la lluvia. La sangre escurría lentamente, mezclándose con el agua en el suelo.
El hombre respiraba, pero de forma irregular.
— Oye… — Oliver se agachó a su lado, la voz suave pero firme. — ¿Puedes oírme?
Ninguna respuesta.
El rostro del desconocido era atractivo, incluso pálido. El cabello castaño mojado se le pegaba a la frente, y sus rasgos eran marcados. Había algo imponente en él, aun inconsciente.
Oliver tragó saliva.
"Esto es peligroso."
Lo sabía.
Muy peligroso.
Pero… no podía simplemente irse.
Con cuidado, dejó la bolsa en el suelo y rasgó un pedazo de tela de uno de los retazos que cargaba. Sus manos, aunque delicadas, eran ágiles y seguras.
— Vas a estar bien… — susurró, presionando la tela contra la herida para detener la hemorragia.
El hombre soltó un leve quejido, finalmente reaccionando al contacto.
Los ojos azules se abrieron lentamente.
Intensos.
Penetrantes.
Aun débil, aquella mirada parecía analizar todo a su alrededor en segundos, hasta detenerse en Oliver.
— …¿Quién… — la voz le salió ronca.
Oliver esbozó una pequeña sonrisa nerviosa.
— Alguien a quien no le gusta ver gente sangrando en la calle.
Los ojos del hombre se entrecerraron levemente, como si intentara comprender la situación.
— Vete… — murmuró con dificultad. — Esto… no es… seguro.
Oliver frunció el ceño.
— Estás herido. No voy a dejarte aquí para que mueras.
El hombre pareció sorprendido por la respuesta.
Tal vez nadie le había hablado de esa manera antes.
La lluvia comenzó a caer con más fuerza.
Oliver miró a su alrededor rápidamente. No había nadie. Ningún sonido más allá de la lluvia y la respiración pesada del desconocido.
— ¿Puedes levantarte? — preguntó, ya pasándole el brazo sobre los hombros.
El hombre intentó, pero no pudo.
Oliver respiró hondo.
No parecía frágil a primera vista, pero había una fuerza silenciosa en sus movimientos. Ajustó la postura y, con esfuerzo, logró levantar parcialmente al hombre.
— Bien… plan B — murmuró, más para sí mismo.
Paso a paso, lentamente, Oliver comenzó a guiarlo fuera del callejón.
Con cada movimiento, el peso era mayor de lo que esperaba.
Pero no se rindió.
No cuando la vida de alguien estaba en juego.
Después de algunos minutos que parecieron horas, finalmente llegó al pequeño edificio donde vivía. Subir las escaleras fue otra batalla, pero con determinación logró llevarlo hasta su apartamento sencillo.
El lugar era pequeño, pero extremadamente ordenado.
Telas dobladas con cuidado, hilos de colores en cajas, una máquina de coser junto a la ventana y bocetos pegados en la pared.
Oliver lo recostó en el sofá con cuidado.
— Bien… ahora no te desmayes — dijo en voz baja, corriendo a buscar un botiquín de primeros auxilios.
Cuando volvió, notó que los ojos azules seguían abiertos, observando el lugar en silencio.
— Me… trajiste a tu casa… — la voz de él era débil aún, pero más consciente.
— Sí.
— No me conoces.
Oliver limpió la herida con cuidado, concentrado.
— Es verdad.
— Y aun así me ayudaste.
Oliver se encogió de hombros, con una leve sonrisa.
— Mi madre siempre dice que salvar a alguien nunca es un error.
El hombre se quedó en silencio unos segundos, solo observando el rostro sereno del joven frente a él.
Las manos de Oliver eran delicadas, pero firmes. Precisión. Cuidado. Valentía.
Una combinación rara.
— Esto va a arder un poco — advirtió Oliver, antes de desinfectar la herida.
El hombre ni siquiera reaccionó al dolor.
Eso llamó la atención de Oliver.
"Es extraño…", pensó.
Después de limpiar e improvisar una curación con tela limpia, Oliver finalmente respiró aliviado.
— Listo. No es profesional, pero debería frenar la hemorragia hasta que recibas atención médica de verdad.
El silencio se adueñó del lugar.
La lluvia seguía afuera.
— ¿Cómo te llamas? — preguntó el hombre, de repente.
Oliver parpadeó, sorprendido por la pregunta.
— Oliver. Oliver Santos.
Los ojos azules se fijaron en él de nuevo.
— Gabriel.
La respuesta fue breve, pero cargaba un peso extraño.
Como si aquel nombre tuviera importancia.
— Mucho gusto, Gabriel… en circunstancias bastante dramáticas — Oliver intentó bromear, aun nervioso.
Para su sorpresa, una pequeña sonrisa apareció en los labios del hombre.
Era sutil.
Casi imperceptible.
Pero estaba ahí.
— Eres… extraño, Oliver.
— ¿Debería ofenderme?
— No.
Gabriel cerró los ojos un instante, respirando con más estabilidad ahora.
— Me salvaste la vida hoy.
Oliver negó con la cabeza rápidamente.
— Solo hice lo básico.
— No — la voz de él se hizo más firme, a pesar de la debilidad. — La mayoría habría huido.
Oliver se quedó en silencio.
Tal vez tenía razón.
Pero aun así…
No podía ignorar a alguien herido.
Gabriel abrió los ojos de nuevo y lo miró con una intensidad que hizo que Oliver contuviera la respiración sin darse cuenta.
— Yo no olvido deudas.
Oliver rio por lo bajo.
— No necesitas pagarme nada. En serio.
— Sí necesito.
La forma en que lo dijo no parecía una sugerencia.
Parecía una promesa.
— Escúchame bien, Oliver Santos — Gabriel continuó, su voz ahora cargada de una autoridad natural, casi aterradora. — Si algún día necesitas algo… cualquier cosa… búscame.
El corazón de Oliver se aceleró levemente.
Había algo en aquel hombre.
Algo peligroso.
Algo poderoso.
Pero, al mismo tiempo…
Algo solitario.
— Hablas como si fueras un hombre muy importante — comentó Oliver, medio en broma.
Gabriel solo lo observó durante unos segundos.
Entonces, con una leve sonrisa misteriosa, respondió:
— Tal vez lo soy.
El silencio volvió a llenar el apartamento.
Oliver cruzó los brazos, apoyándose en la pared, observando al hombre que había salvado aquella noche lluviosa.
No sabía quién era realmente Gabriel.
No sabía de dónde venía.
Ni el tipo de mundo al que pertenecía.
Pero, por algún motivo, tenía la extraña sensación de que aquel encuentro no era solo una casualidad.
Que aquella noche…
Cambiaría completamente su vida.
Y antes de que el cansancio lo venciera, Gabriel habló por última vez, la voz baja pero firme:
— Recuerda esto… Oliver.
Sus ojos azules brillaron bajo la luz suave del apartamento.
— A partir de hoy, tu vida está bajo mi protección.
Oliver se quedó en silencio, sin saber por qué aquellas palabras hicieron que su corazón latiera más rápido.
Afuera, la lluvia seguía cayendo.
Y, sin darse cuenta, el destino de los dos había sido cosido aquella noche — con sangre, lluvia y una promesa que ninguno de los dos comprendía del todo aún.