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FANTASÍA REAL

FANTASÍA REAL

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Amor eterno / Romance / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

"Mis padres se fueron en un segundo, dejándome un vacío que quemaba. Pero el destino, con un sentido del humor retorcido, decidió llenarlo instalándome en la habitación de al lado del hombre que protagonizaba mis diarios desde los doce años. Ahora, sus pasos en el pasillo son la única música que me distrae del silencio de mi casa vacía."

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capitulo 13

El coche de Julián rugía con una suavidad mecánica mientras atravesábamos las calles adoquinadas que llevaban al puerto. Las luces de la ciudad se reflejaban en el capó negro, estirándose como hilos de oro líquido bajo la lluvia fina que había empezado a caer. Yo estaba pegada al asiento de cuero, con las manos entrelazadas en mi regazo para ocultar el temblor que me recorría. No íbamos a casa. No íbamos al refugio seguro de nuestras paredes compartidas, donde la presencia de Ana y el señor Martínez actuaba como un freno moral, aunque fuera invisible.

Íbamos a un territorio neutral. O mejor dicho, al terreno de caza de Julián.

Él no decía nada. Mantenía la vista fija en la carretera, con esa mandíbula apretada que delataba una tensión que no lograba ocultar ni con su mejor traje de arquitecto. Su mano derecha, la misma que hace una hora recorría mi espalda desnuda en la galería, ahora manejaba la palanca de cambios con una precisión quirúrgica. Cada vez que reducía la marcha, su antebrazo rozaba mi muslo, y yo sentía que me faltaba el oxígeno.

—¿En qué piensas, Elena? —preguntó de pronto, sin apartar la mirada del frente. Su voz era un ronroneo bajo, peligroso.

—Pienso en que esto es una locura. Pienso en qué pasará si Sofía nos llama y no estamos en casa. Pienso en que he pasado de llorar en un funeral a escaparme a un hotel con tu hijo en menos de dos semanas.

Julián soltó una risa seca, carente de alegría.

—Mi "hijo". Sigues usando etiquetas familiares para intentar ponerle un bozal a lo que sientes. Sofía cree que estamos celebrando mi éxito con unos clientes. Mis padres creen que eres una buena chica que necesitaba aire. La única verdad es la que está ocurriendo dentro de este coche.

Aparcó frente a un edificio de cristal y acero que miraba directamente a los mástiles de los yates. Era un hotel boutique, de esos donde la discreción se paga tan cara como el champán. El aparcacoches se llevó el vehículo con una inclinación de cabeza, y Julián me tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los míos con una fuerza que no admitía réplicas.

El vestíbulo olía a orquídeas y a dinero. Julián ni siquiera pasó por recepción; sacó una tarjeta magnética del bolsillo de su chaqueta. Lo tenía todo planeado. Había alquilado la suite antes de pasar a buscarme. El juego del gato y el ratón no era un accidente; era una emboscada arquitectónica.

Subimos en el ascensor en un silencio sepulcral. El espejo de la cabina nos devolvía una imagen perturbadora: él, imponente, oscuro, con la mirada de alguien que acaba de ganar una guerra; yo, pequeña, vestida de azul, con los ojos demasiado brillantes y el labio inferior mordido por la ansiedad. Cuando las puertas se abrieron en el piso doce, Julián me arrastró hacia la habitación 1204.

Al entrar, la habitación se iluminó automáticamente con una luz tenue, de color ámbar. La pared frontal era de cristal, ofreciendo una vista panorámica del puerto y el mar negro, salpicado por las luces de los barcos. Pero no miré las vistas. Mis ojos se clavaron en la cama king-size que dominaba el espacio, cubierta con edredones de seda gris.

Julián cerró la puerta a sus espaldas y echó el cerrojo. El sonido del metal encajando fue el punto final de mi antigua vida.

—Aquí no hay paredes que compartir, Elena —dijo, quitándose la chaqueta y arrojándola sobre una silla—. No hay padres en la habitación de al lado. No hay una mejor amiga que pueda entrar a pedirnos chocolate caliente. Aquí solo estamos el arquitecto y su musa prohibida.

Se acercó a mí con esa lentitud que siempre me hacía querer gritar. Se detuvo justo frente a mí, obligándome a levantar la cabeza. Con una mano, empezó a desatar el lazo que sujetaba mi vestido azul en la nuca. Sentí el aire frío del aire acondicionado golpeando mi piel desnuda, y luego el peso de la tela deslizándose por mis caderas hasta caer al suelo en un charco de seda.

Me quedé en ropa interior frente a él, temblando bajo la luz ámbar. Julián me recorrió con la mirada de arriba abajo, deteniéndose en mis pechos, en la curva de mi vientre y en la marca que él mismo me había dejado en el cuello la noche anterior.

—Estás preciosa —susurró, su voz rompiéndose por primera vez—. Y estás aterrorizada. Eso es lo que más me gusta de ti, Elen. Esa lucha interna entre la niña que quiere ser protegida y la mujer que quiere ser devastada.

Me tomó por la cintura y me levantó, depositándome en el centro de la cama. Se deshizo de su camisa, revelando ese torso que yo ya conocía de mis sueños y de nuestras sombras a medianoche, pero que bajo esta luz se veía más real, más sólido, más aterrador. Se posicionó sobre mí, atrapando mis manos sobre mi cabeza con una sola de las suyas.

—Este es el juego, Elena —dijo, su aliento cálido rozando mis labios—. Yo soy el gato y tú eres el ratón. Y hoy, el ratón no tiene ningún agujero donde esconderse.

Me besó con una ferocidad que me hizo perder el sentido del tiempo y del espacio. Sus labios no buscaban consuelo, buscaban rendición. Sus manos empezaron a explorar mi cuerpo con una libertad que no se había permitido en la casa. Recorrió mis muslos, subiendo con una lentitud tortuosa, deteniéndose justo en el encaje de mi lencería, jugando con el borde, haciéndome suplicar sin decir una palabra.

—Julián... por favor —gemí, arqueando la espalda hacia él.

—¿Por favor qué? —preguntó, mordisqueando el lóbulo de mi oreja—. ¿Por favor detente? ¿O por favor hazme tuya de una vez para que este dolor desaparezca?

—Hazlo —supliqué, cerrando los ojos—. Hazme olvidar quién soy.

Él no me lo puso fácil. El juego del gato y el ratón requería paciencia. Se dedicó a besar cada centímetro de mi piel, desde la punta de mis dedos hasta la curva interna de mis rodillas. Usaba sus dientes, su lengua, sus manos expertas para llevarme a un estado de frenesí que nunca había imaginado. El placer era una ola que me golpeaba una y otra vez, retirándose justo antes de que pudiera alcanzar el clímax, dejándome jadeante y vacía.

—Mírame, Elena —ordenó, soltando mis manos—. Quiero que veas quién te está haciendo esto. Quiero que veas que no es tu fantasía de adolescente. Soy yo. El hombre que te ha deseado desde que tenías quince años y que ha esperado pacientemente a que el destino te pusiera en su puerta.

Se deshizo de sus pantalones y se posicionó entre mis piernas. La vista de su virilidad, tan cerca, tan inminente, me hizo soltar un sollozo de pura necesidad. Cuando finalmente se hundió en mí, no fue con la delicadeza de la primera vez. Fue con la fuerza de un reclamo largamente postergado. Cada embestida era un recordatorio de su poder, de su madurez, de que él era el arquitecto y yo solo el material con el que estaba construyendo su placer.

Nos movimos en una danza salvaje, iluminados por las luces del puerto que se filtraban por el ventanal. Mi cuerpo respondía al suyo con una sincronía asustadora. En ese hotel, lejos de las miradas de los Martínez, la "Fantasía Real" se convirtió en algo mucho más oscuro: una dependencia.

—Eres mía —gruñó él en mi oído, su ritmo volviéndose frenético—. Dilo. Di que eres mía.

—Soy tuya... Julián, soy tuya —grité, mientras el mundo estallaba en mil pedazos de luz blanca.

El orgasmo me sacudió con una violencia que me dejó sin fuerzas, sollozando contra su hombro mientras él alcanzaba el suyo con un gruñido gutural, hundiéndose en mí hasta la raíz.

Después, el silencio del hotel era distinto al de la casa. No había miedos, solo un agotamiento absoluto. Julián se quedó sobre mí unos minutos, recuperando el aliento, antes de rodar hacia un lado y atraerme hacia su pecho. Me rodeó con sus brazos protectores, pero yo ya no me sentía protegida. Me sentía marcada.

—Duerme un poco, pequeña —murmuró, dándome un beso en la sien—. Mañana volveremos a ser "hermanos". Pero hoy... hoy hemos quemado ese puente para siempre.

Me quedé dormida escuchando el latido de su corazón y el sonido del mar contra el puerto. Pero en mis sueños, ya no aparecían mis padres. Aparecía Julián, construyendo una casa de cristal donde yo estaba atrapada, y donde la única salida era su mirada de gato hambriento.

La noche en el hotel había terminado, pero el juego... el juego apenas estaba empezando a volverse peligroso.

1
Margelis Izarra
si después de esto a caraja vuelve a tener sexo con el tipo, no leo más
Margelis Izarra
me parece muy maleable esta protagonista...no me termina de gustar
Rs
.
Blanca Fernandez
ella se sienta acostada por el por qué en este momento tan frágil no está preparada está confundida y el no le deja respirar obtener su duelo está sola ni con la amiga Abla lo que le pasa 🧐🧐
Rocio Raymundo
veremos a qué lleva todo esto
Rocio Raymundo
solo estar un mes en su casa el después que se irá y Elena si acepta solo lo tendrá un mes
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