Rubí, princesa consorte de Evans. Muere por el desprecio de su esposo. Ella renace en el siglo XXI, sin embargo, muere tras una misión peligrosa. Vuelve a su primera vida. está vez, ella no morirá por la distancia de su marido, si es necesario lo obligará a mucha cosa por el bienestar suyo y el de reino.
En una noche, con un cuchillo en el cuello del principe, rubí lo amenaza.
—No te obligare a amarme. Pero si a estar juntos por la seguridad mía y del reino. De lo contrario, te haré sufrir.
Evans, extrañamente le empieza a gustar su lado peligroso.
—Con gusto me gustaría cumplir tus deseos
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Capitulo lll
El despertar fue abrupto. Sin embargo no hubo gritos ni sobresaltos inmediatos. Fue apenas un parpadeo, leve, como si alguien hubiese corrido una cortina con cuidado excesivo. La luz entró de forma gradual, filtrándose por telas claras que se mecían con la brisa. Junto a ese primer estímulo llegaron los sonidos: ruedas de carruajes avanzando sobre piedra, voces masculinas discutiendo asuntos triviales, risas de sirvientas, el tintinear metálico de armaduras y espadas chocando entre sí.
Rubí abrió los ojos con lentitud.
Su cuerpo no reaccionó rápidamente, pero su mente sí. Había una rigidez conocida en sus músculos, una postura que reconocía demasiado bien. No estaba herida. No estaba muriendo. Eso, en sí mismo, era extraño. Su respiración era estable, profunda. Nada que ver con la última sensación de frío y sangre que recordaba.
Alguien se inclinó sobre ella con una sonrisa amplia, sincera, como si su sola presencia fuese motivo de celebración.
—Buenos días, su majestad.
La voz era joven, femenina, cargada de entusiasmo genuino.
Rubí tardó unos segundos en reaccionar. Su garganta estaba seca. Cada palabra parecía requerir un cálculo previo.
—¿Majestad? —susurró, sin elevar apenas el tono.
La mujer frente a ella parpadeó, divertida, como si creyera que se trataba de una broma.
—Oh, es cierto. Apenas ha ascendido al trono de Norum, como esposa del príncipe Evans.
La frase cayó con el peso de una sentencia.
Rubí sintió cómo algo se rompía dentro de ella. No fue miedo. Fue incredulidad mezclada con agotamiento.
—¿Qué…? No… no puede ser… —su respiración se aceleró—. ¿Cómo pude volver? Yo… yo…
Su voz se quebró antes de terminar la idea. La sirvienta dio un paso atrás, alarmada por el cambio brusco en su actitud. Intentó acercarse, calmarla, explicarle, pero Rubí reaccionó de inmediato, con la misma frialdad que habría mostrado ante un enemigo.
—Retírate.
La orden no permitía réplica. No fue un grito, pero tampoco una súplica. La joven se inclinó con torpeza y abandonó la estancia con rapidez, cerrando la puerta tras de sí.
El silencio fue inmediato. Y necesario. Rubí permaneció inmóvil durante varios segundos, como si cualquier movimiento pudiera confirmar una verdad que aún se resistía a aceptar. Finalmente, se incorporó y caminó hasta el espejo. Se observó con detenimiento.
El rostro le resultaba dolorosamente familiar. La piel clara, los rasgos delicados, los ojos que ya no eran los de una mujer que había aprendido a sobrevivir con violencia, sino los de una princesa joven, moldeada para agradar y obedecer.

—Otra vez yo —murmuró—. Rubí Demor.
Apoyó la mano contra el cristal, como si esperara que la imagen respondiera.
—Olvidaba que yo era así —añadió—. ¿Por qué?
No encontró respuesta. La fuerza que había construido en otra vida no tenía espacio allí. El cuerpo cedió y terminó sentada en el suelo, sin dignidad y con la espalda apoyada contra el tocador.
El repique de las campanas del templo cortó el aire. Era un sonido que conocía demasiado bien. Anunciaban la misa matutina, un ritual que se repetía sin excepción. Rubí levantó la mirada hacia el ventanal. Se sostuvo del marco con ambas manos y observó el exterior.
Y entonces lo vio.
Evans.
El mismo rostro que había marcado su primera muerte. El mismo que había aparecido en la última, como una burla final. Estaba allí, impecable, rodeado de guardias y nobles. El tiempo no parecía haberlo tocado.
Por una extraña casualidad, él alzó la vista.
Sus miradas se encontraron.
Rubí no sintió amor, ni nostalgia, ni odio inmediato. Solo un escalofrío seco recorriéndole la espalda. Años de distancia, de muertes y decisiones, se condensaron en ese instante.
—Juro que no moriré otra vez por amor —dijo en voz baja—. Volveré a ser emperatriz. Fuerte. Sin permitir que tu desdén vuelva a definirme.
La determinación no fue impulsiva. Los conocimientos de una vida llena de muertes y decisiones la llevaron a crear un camino para su seguridad. Había vivido dos vidas completas. Había aprendido de ambas. Esta vez no se permitiría errores innecesarios.
No amar, no confiar.
Recordó entonces algo que había ignorado en su primera existencia. Después del matrimonio, tanto Evans como ella habían recibido dones sobrenaturales. Poderes concedidos como bendición imperial. Nunca los utilizó. Le dieron miedo. Representaban una responsabilidad que no quiso asumir.
Ahora, sin embargo, la perspectiva era distinta.
—Tal vez ahora sí los necesite.
El pasillo del ala este estaba tranquilo cuando Evans regresó del templo. Había cumplido con los rituales, con las formalidades que se esperaban de él. Aun así, la carga de responsabilidades no disminuía. Gobernar no era una tarea fácil de cargar. Una a una las decisiones tenía consecuencias.
Una sirvienta se acercó con paso contenido. Era la misma que había atendido a Rubí esa mañana.
—Su majestad, príncipe heredero —dijo con una reverencia—. Su esposa despertó de forma extraña hoy. Estaba alterada. Me preocupa su estado. ¿Debería llamar al médico?
Evans frunció ligeramente el ceño. No levantó la voz.
—No será necesario hasta que yo lo autorice —respondió—. Iré a verla. Mantente atenta por si requiero algo.
La joven asintió y se retiró.
Evans avanzó con paso firme hacia la recámara de Rubí. La inquietud no se reflejaba del todo en su rostro, pero estaba allí. Rubí siempre había sido serena, incluso distante. Ese comportamiento no encajaba con lo que conocía de ella.
Tocó la puerta con suavidad.
—¿Puedo pasar?
La voz de Rubí respondió tras unos segundos.
—Adelante.
Evans entró y se encontró con una escena que no esperaba. Rubí estaba siendo arreglada por figuras hechas de sombras, sirvientes creados mediante su don. El contraste entre su apariencia delicada y la frialdad de sus gestos era desconcertante.
—Oh, majestad —dijo ella sin emoción—. No lo esperaba. ¿Ocurre algo para que me busque?
La indiferencia era fácil de sentir. No había rastro de timidez ni afecto. Era como hablar con otra persona.
—Nada grave —respondió él—. Me informaron que estabas alterada.
—No tiene de qué preocuparse —replicó—. Me encuentro perfectamente. Si me disculpa, debo ocuparme de mis deberes.
—Princesa… —intentó decir Evans.
Rubí ya se alejaba. Mientras ella avanzaba por los corredores, su mente trabajaba con rapidez. Sabía que no podía mantenerse distante indefinidamente. El vínculo matrimonial no era solo simbólico. Si ella o Evans se alejaban demasiado, las consecuencias físicas aparecerían. Ya había enfermado una vez por ese motivo.
“Estamos atados. Necesito una solución antes de que esto se vuelva un problema. Pero la única solución es estar juntos... Bueno, ya se me ocurrirá algo para eso"
No podía actuar impulsivamente. Esta vez debía jugar con inteligencia. Asumir su rol, no desde la sumisión, sino desde el control. Decidió entonces llamar a Stefan, su consejero personal.
El hombre llegó con rapidez. Tenía casi la misma edad que Rubí y una mente aguda.
—Me mandó a llamar, majestad.
—Necesito un favor —dijo ella sin rodeos.
—Lo que usted ordene.
Más tarde, Evans se encontraba reunido con varios ministros. El ambiente era serio, cargado de anticipación.
—Príncipe —dijo uno de los nobles—. Su padre nos pidió discreción, pero es necesario que lo sepa para prepararse.
—Lo sé —respondió Evans—. Mi coronación será en tres días.
El silencio fue inmediato.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
Evans se permitió una leve sonrisa.
—Cuando el emperador desaparece más de dos días, es señal de algo. Además, el sastre no fue cuidadoso al tomar medidas para una capa ceremonial. Especialmente una de coronación.
El noble asintió, impresionado.
—El imperio Norum prospera nuevamente. Su ascenso garantizará estabilidad.
—Así será —respondió Evans—. No permitiré que Norum caiga.
Horas después, ya en su dormitorio, observó el paisaje otoñal desde la ventana. El sol descendía lentamente. La brisa nocturna movía su cabello claro. Estaba tranquilo pero a la vez perturbado. Hasta que vió entrar a varios sirvientes a esta habitación. Ropa, zapatos e incluso accesorios llegaban sin pedir permiso al principe.
—¿Que ocurre aquí?... ¿Por qué están trayendo estás cosas?
En ello, llega Stefan.
—La princesa consorte ha dado órdenes de reubicar su habitación.
—¿Que? ¿A dónde?
—Aquí. Con usted.