NovelToon NovelToon
LEGADO DE SANGRE

LEGADO DE SANGRE

Status: En proceso
Genre:Embarazo no planeado / Traiciones y engaños / Amor-odio / Fantasía épica
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Lourdes Elizabeth Espinoza Espinoza

El desierto no guarda secretos… los entierra vivos.
Bajo la arena de Namhara duermen traiciones, guerras, juramentos rotos… y amores que jamás debieron existir. Aquí, el sol quema la piel, pero es el pasado el que destruye el alma.
Ninoska, princesa del desierto, lo aprendió demasiado tarde.
Descubrió que el peor enemigo no siempre sostiene una espada. A veces… te toma de la mano, te sonríe y te promete amor eterno.
Su compromiso con Dissano no fue una unión real. Fue una prisión. Una jaula construida con control, amenazas silenciosas y sombras que nadie veía… excepto ella. Pero incluso del dolor nació algo imposible de odiar: Coraline.
Una niña de ojos vivos y sonrisa brillante… la única luz capaz de mantener a Ninoska de pie. Y también su mayor condena. Porque en los palacios los niños no son inocentes. Son armas, son llaves, son rehenes disfrazados de ternura.
Y Coraline no es una niña cualquiera.
Coraline es la hija de dos coronas. Su sangre une dos mundos: Namhara y Holaguare.

NovelToon tiene autorización de Lourdes Elizabeth Espinoza Espinoza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo #9 – Desayuno

El amanecer en el palacio llegó cargado de un silencio distinto al de la noche anterior, como si el palacio mismo guardara la memoria de las palabras que aún ardían entre Arthur y Ninoska.

El aroma a pan recién horneado y especias dulces inundaba el comedor real. La mañana en Namhara se anunciaba calurosa, pero en la mesa todo parecía girar alrededor del zumbido de los sirvientes y del tintinear de la vajilla. Said, con gesto serio y los codos apoyados en la mesa, hojeaba un informe que un guardia había dejado al amanecer. Apenas y había tocado su plato. Pamela, frente a él, removía con parsimonia su té mientras lo observaba de reojo.

— ¿Vas a desayunar o vas a devorar el papel? — Preguntó con voz suave, aunque en sus labios se dibujaba una sonrisa tímida.

El joven rey levantó la vista con lentitud.

— Esto es más digerible que el pan de ayer — respondió sin emoción.

Pamela soltó una risita que no pudo contener.

— Pues espero que tu hija adoptiva favorita no te haya oído…

— ¿Qué hija adoptiva favorita? —Interrumpió una voz traviesa.

Coraline entraba corriendo al comedor con el cabello despeinado y una sonrisa que iluminaba todo el salón. Se subió a la silla junto a Said sin pedir permiso y, como era costumbre, se sirvió medio bol de frutas antes de que alguien pudiera detenerla.

— La que se roba siempre la mantequilla — contestó Pamela, haciéndose la seria.

— ¡Mentirosa! — Gritó la niña, con la boca llena de melón — Yo no robo… la rescato.

Said arqueó una ceja, sin dejar de leer.

—Rescatar, ¿eh? ¿Y de qué las rescatas?

—De morirse de soledad en la mesa, claro. La mantequilla necesita compañía… y yo… — La pequeña le pasó descaradamente una rebanada de pan al rey, untada hasta los bordes.

Said retomó el informe con la intención de leerlo, pero apenas había abierto la primera página cuando un dedito pequeño se posó sobre las líneas.

— Tío Said, ¡Mira! — Exclamó Coraline, y con la palma manchada de mantequilla estampó la hoja.

Él frunció el ceño, apartando apenas el papel para intentar reanudar la lectura, pero la niña lo alcanzó otra vez, riendo como si aquel juego fuese lo más importante del mundo.

—¡Coralina! — Murmuró con paciencia forzada — Esto es un documento oficial…

—¡Mío! — Replicó ella, arrebatándole la atención con una carcajada.

Intentó por tercera vez refugiarse tras el informe, pero los ojitos esmeraldas de la niña se clavaron en él con tal triunfo que el Rey suspir, resignado. Con gesto solemne, bajó el documento, lo colocado sobre la mesa, lo doble con calma exagerada y lo guardo en su cinturón, al mismo tiempo que le sonría a su sobrina.

—Has ganado, princesa. — Concedió con fingido cansancio.

Pamela se cruzó de brazos y lo reprendió con dulzura:

— Ya ves, ni los decretos reales sirven contra tu hija adoptiva preferida…

Un sirviente se inclinó con disimulo, horrorizado al ver la mancha de mantequilla sobre el sello real, pero se enderezó en silencio cuando Said dobló el documento y lo guardó con resignación.

Al mismo tiempo, otro de los sirvientes soltó un jadeo ahogado al ver la mancha de mantequilla extendida sobre el sello real, como si hubiera presenciado un sacrilegio. Abró la boca para protestar, pero Said lo fulminó con una mirada serena antes de doblar el documento y guardarlo con calma. Coraline aplaudió su “victoria”, y el pobre hombre se retiró en silencio, pálido como si hubiera visto arder un decreto entero. Por primera vez en varios días, Said sonó sinceramente, apenas, pero lo suficiente para que Pamela lo notara.

—¡Coralina! — Dijo Pamela, conteniendo una risa que cada vez era más difícil de contener — Si sigues cuidando así a la mantequilla, no va a quedar nada para nosotros.

La niña la miró con descaro.

— Entonces tráiganme más mantequilla, yo la adopto a todas. ¡Todas mías!

Pamela y Said se cruzaron una mirada. Ella bajó la vista a su té, escondiendo la risa que le bailaba en los labios, mientras él cerraba el informe con un suspiro pesado. El peso del reino seguía sobre sus hombros, pero en ese instante, con la niña parloteando sobre “sus mantequillas huérfanas”, el desierto parecía menos árido. Un golpe de botas firmes resonó en el pasillo y, segundos después, Jhon apareció en el umbral, despeinado y con gesto somnoliento.

—Acaso alguien pensó en esperar al pobre de su hermano mayor para desayunar? — Gruñó, dejándose caer en la silla frente a Coraline.

La niña lo observa con los ojos brillantes, como quien ve llegar a su víctima favorita.

— Tío, tienes la cara muy seria… ¡Necesita mantequilla!

Antes de que Jhon pudiera reaccionar, Coraline tomó su rebanada de pan untada y, con un movimiento certero, le embarró la mejilla derecha de mantequilla.

—¡Lista! Ahora eres mi tostada gigante.

El comedor se estalló en risas. Pamela casi derramó el té de la risa contenida, y hasta Said, pese a su compostura, soltó una carcajada breve. Jhon, con el ceño fruncido y la cara grasienta, se miró en una cuchara plateada.

—¿Sabes lo difícil que es quitarse esto de la barba? — Bufó, aunque los ojos se le suavizaron al ver la alegría de la niña, nadie podía en contra de esa sonrisa.

— Pues ahora tienes que dejar que te coma la reina del desayuno — replicó Coraline, lanzándose a darle un beso en la otra mejilla, justo donde quedaba un resto brillante de mantequilla.

En ese momento, una sombra se proyectó sobre el marco de la puerta. Arthur se detuvo allí, sin anunciarse, con la puerta recto y serio. Sus ojos, sin embargo, se quedaron clavados en la escena: la niña riendo a carcajadas, Pamela aún tapándose la boca para no reír más, Said relajado por primera vez, y Jhon dejándose vencer por el encanto de su sobrina.

Arthur no pudo evitar una mueca casi imperceptible, entre nostalgia y sorpresa. Coraline lo vio de inmediato. Ladeó la cabeza, curiosa, y saltó de la silla con la ligereza de quien no conoce distancias formales. Se acercó hasta él con las manos todavía pringadas de mantequilla.

—¡Señor serio! — Dijo, extendiendo los deditos brillantes hacia su pantalón — ¿Quieres que también te convierta en tostada?

Pamela se atragantó de risa y Jhon carraspeó tratando de ponerse serio, mientras Said se limitaba a observar con sus ojos verdes muy atentos, midiendo la reacción. Arthur bajó la vista hacia la niña. Su primera reacción fue rígida, casi de defensa… pero entonces soltó un aire entre los labios, como si la coraza le pesara demasiado. Se agachó, quedando a su altura, y la miró a los ojos.

— Creo que no… — dijo despacio — pero si me prometes una sonrisa como la de hace un rato, puedo vivir sin mantequilla.

Coraline abrió mucho los ojos, sorprendida de que su “señor serio” supiera bromear. Le sonriendo con tal inocencia que Arthur sintió que algo en su interior se resquebrajaba. La niña, satisfecha, tomó sus deditos llenos de mantequilla y los limpió en su propio vestido, para luego ofrecerle la mano “limpia”. Arthur dudó apenas un segundo, luego estrechó esa pequeña mano, incapaz de apartar la mirada de su sonrisa. El comedor, que segundos antes estallaba en carcajadas, quedó envuelto en un silencio suave, como si todos entendieran que, en ese gesto sencillo, había algo mucho más grande sucediendo. Luego de que Arthur se sentara a la mesa, el comedor recuperó su bullicio. Jhon, todavía con la cara marcada de mantequilla, fingía gruñir mientras Coraline no paraba de reír. Said intentaba retomar su informe, pero la escena lo desarmaba, y Pamela servía más jugo a todos como si quisiera prolongar la armonía.

Arthur, sentado ya a la mesa, no probablemente bocado. Sus ojos, oscuros y atentos, seguían cada movimiento de la niña, como si intentara grabar en su memoria cada gesto suyo.

—¿Por qué me miras tanto? — Preguntó Coraline de repente, con la naturalidad demoledora de los niños.

El silencio cayó sobre la mesa. Said levantó una ceja, Jhon se sintió incómodo y Pamela se apresuró a fingir interés en la jarra de jugo. Arthur tragó saliva, pero la sonrisa de Coraline lo desarmó.

— Porque me recuerdas a alguien que… conocí hace mucho tiempo… — La niña ladeó la cabeza, curiosa.

—¿A mi mami? — Soltó sin rodeos.

Pamela dejó caer la cuchara dentro de la taza. Jhon se frotó la frente como si de pronto le doliera, y Said cerró el informe con un chasquido. Todos evitaron mirarse directamente. Arthur quedó inmóvil, la pregunta clavada como un cuchillo dulce. Coraline, sin percibir la incomodidad, seguía sonriéndole.

— Dicen que me parecezco a ella — Continuó la pequeña, orgullosa — Pero, yo creo que soy más bonita, ¿verdad?

La risa nerviosa de Pamela estalló en un chillido breve, que enseguida disimuló con un sorbo de té. Dijo carraspeó.

— Bueno… — dijo Said poniéndose de pie con un gesto forzado de autoridad — yo tengo asuntos del Consejo que atender.

— Y yo debo revisar unas armas que esperan en el taller… — añadió Jhon, levantándose con demasiada prisa.

Pamela también se incorporó, fingiendo recoger platos.

— Y yo… tengo que… eh… verificar que el pan no se queme — dijo sin convicción, dejando el mantel intacto.

Coraline los miró con desconcierto.

—¿Todos se van? Pero si apenas empezamos a desayunar…

Said le acarició la cabeza con una ternura extraña en él.

—Sigue comiendo, princesa. Arthur puede hacer compañía un rato… Al parecer se quedará con nosotros una temporada larga…

Coraline muy feliz. Arthur, en cambio, se tensó. La sensación de estar bajo el escrutinio de todos se transformó en un peso nuevo: ahora iba a pasar tiempo a solas con la niña. Los demás salieron en un desfile torpe de excusas, y el comedor quedó en silencio. Coraline tomó otra rebanada de pan, la untó con una cantidad exagerada de miel y la extendió hacia él.

—¿Quieres? — Preguntó con ojos brillantes — Mami dice que compartir hace que la comida sepa mejor…

Arthur ganó el trozo con un nudo en la garganta. Morder ese pan pegajoso le supo más dulce que cualquier festín real. La niña lo observaba fijamente, con esa mezcla de confianza y picardía que solo los niños saben tener.

—¿Sabes? — Dijo en voz baja, como si le confiara un secreto — A veces mami se queda mirando la ventana y suspira. Creo que piensa mucho…

Arthur se quedó helado.

—¡Ah! ¿si? ¿Y en quién piensas que piensa tu mamá?

Coraline se encogió de hombros y se sonrojó, inocente.

— No lo sé… pero cuando suspira así, sus ojos se ponen brillantes, como los míos.

Arthur cerró los ojos apenas un segundo. El corazón le martilleaba. Frente a él, la niña reía, ajena a la incomodidad que había dejado flotando en el aire. Él, todavía con el trozo de pan a medio camino hacia su boca, no pudo contener la urgencia que le quemaba por dentro. La risa de la niña era un bálsamo, pero sus palabras lo habían dejado herido de forma dulce y cruel al mismo tiempo. Se inclinó un poco hacia ella, como si confiara un secreto.

— Coraline… ¿puedo preguntarte algo?

— Claro, señor serio — respondió la niña, balanceando los pies bajo la mesa.

Arthur tragó saliva, sus dedos se crisparon apenas sobre la mesa.

—¿Cuántos años tienes?

La pequeña lo miró sorprendida por lo simple de la pregunta.

—¡Cuatro! — respondió con orgullo — Y medio, no lo olvides.

Coraline, ajena al torbellino que acababa de despertar, se inclinó sobre la mesa y le ofreció la otra mitad de su pan empapado en miel.

—Sabes qué significa medio? Que ya casi cumplo cinco. Cuando cumpla cinco quiero que me traigan un caballo. ¿Tú puedes conseguirme uno?

Arthur no pudo evitar reír suavemente, aunque la garganta le ardía.

— Haré lo que pueda, princesa… — dijo, usando sin darse cuenta, el mismo apodo que Said y Jhon usaban con ella.

Coraline brilló de orgullo.

—¡Ves! Tú también sabes que soy una princesa. Mami dice que soy su tesoro… pero yo creo que también soy tuya, ¿verdad?

Arthur se quedó sin aire. No respondió de inmediato, solo extendiendo la mano y apartó un mechón oscuro que caía sobre la frente de la niña. El mismo gesto que tantas veces quiso hacer con Ninoska en el pasado. Coraline lo miró sin entender el peso de aquel gesto. Sonrió con naturalidad y mordió otro trozo de pan. En la sala, el silencio era tan denso que Arthur juraría escuchar sus propios latidos. Por primera vez en años, el guerrero seguro de sí mismo no sabía qué decir. Arthur observaba a la niña con una intensidad que trataba de disimular, pero cada gesto suyo lo atravesaba como una flecha. La risa con la boca llena de pan, la manera en que movía los pies bajo la mesa, hasta el mechón rebelde que caía sobre su frente… todo era suyo y de Ninoska, y no podía creer cuántos años había perdido. Coraline notó su mirada y lo señaló con el dedo lleno de miel.

—¿Por qué me ves tanto, señor serio?

Arthur respir hondo. Se obliga a mantener el tono ligero.

— Porque me gusta mirarte.

—¿En serio? — Los ojos de la niña brillaron — Mami dice que a veces me paso de inquieta y que nadie puede mirarme tanto rato.

El corazón de Arthur se contrajo, pero logró sonreír.

— Yo podría mirarte todo el día sin cansarme.

Coraline lo miró con desconfianza infantil.

— Entonces también me vas a tener que escuchar cuando pueda todo el día… ¿puedes?

— Puedo… — respondió, con una seriedad que desconcertó a la niña y que arrancó una risita breve de ella.

Por un instante, el silencio entre ambos se volvió denso, pero Coraline, con su inocencia, lo rompió de golpe.

—¿Te llamas Arthur?

La pregunta de la niña le corto el aliento, ¿Cómo lo sabía?

-Él…? Si… me llamo Arthur Miller… ¿Cómo lo supiste?

— Bueno… he estado escuchando tu nombre… — Soltó la niña riendo — Mamá y mis tíos te han estado mencionando mucho… Arthur…

Arthur reflexiono en esas palabras, tenían sentido pues ahora debían de proteger a su hija ya su antiguo amor, que ahora no toleraba que respiraran el aire de la misma habitación.

—¿Sabes? Ya que quiero un caballo para cuando cumpla cinco… No quiero cualquier caballo… tiene que ser blanco, como la espuma de la leche.

Arthur parpadeó. Contuvo la emoción con dificultad.

—Un caballo blanco, ¿eh? — Dijo Arthur mientras dibujaba una media sonrisa de lado — Entonces tendré que empezar a buscarlo desde hoy.

La niña lo miró con sorpresa.

—¿De verdad lo harías?

Arthur se inclinó hacia ella, bajando la voz como si fuera un secreto.

— Haría cualquier cosa por ti.

Coraline lo abrazó de improviso, con los brazos pegajosos de miel. Arthur se quedó rígido por un segundo, pero después la envolvió con cuidado, como si tuviera miedo de romperla. Cerró los ojos, respirando el aroma infantil de fruta y pan dulce, un olor que le tocó el alma más que cualquier recuerdo. Desde la puerta, Said y Jhon habían vuelto a asomarse en silencio. Pamela, detrás de ellos, observaba con una mezcla de ternura y preocupación. El gesto fue unánime: se retiraron despacio, sin decir nada, dejando a Arthur y Coraline en la intimidad de ese abrazo torpe, necesario y demasiado atrasado. Los pasos del trío que se retiraba apenas se escuchaban en el pasillo cuando otra figura apareció en el marco de la puerta.

Ninoska entró en el espacio, con el cabello suelto y revuelto, los párpados aún pesados de sueño. Llevaba una bata ligera y avanzaba con la familiaridad de quien conoce cada rincón de la casa, sin reparar en las miradas tensas que se cruzaban en la sala.

— Buenos días… — murmuró con voz somnolienta, dirigiéndose directamente a la mesa.

Said y Jhon se quedaron congelados a medio paso de salida. Pamela abrió la boca para decir algo, pero no encontró palabras. Mientras todos apresuraron el paso como queriendo huir del campo de batalla. La escena frente a ellos se cargó de electricidad: Ninoska, acostumbrada a esa rutina, apenas levantó la vista… hasta que sus ojos se toparon con lo inesperado.

Arthur estaba sentado a la mesa, inclinado hacia Coraline. La niña aún tenía sus bracitos pegajosos enredados alrededor del cuello de él, como si no quisiera soltarlo. El aire se hizo denso de golpe. Ninoska se detuvo, el letargo desapareciendo en un segundo. Sus pupilas se contrajeron, y aunque intentaron recuperar la naturalidad, el temblor en sus labios la delató. Coraline, ajena al peso del momento, gritó feliz:

—¡Mami! El señor serio quiere conseguirme un caballo blanco para mi cumpleaños. ¿A qué es genial?

Arthur se enderezó con lentitud, dejando escapar a la niña de su abrazo, como si ese contacto quemara ya la vez fuera imposible de soltar. Sus ojos, oscuros y culpables, buscaron los de Ninoska. Ella avanzó hasta la mesa con la misma calma con la que habría cruzado un campo minado. Tomó asiento frente a Coraline, sirviéndose té con manos sorprendentemente firmes.

— Un caballo blanco… — repitió, intentando sonar casual — Es una petición difícil.

Coraline río, sin darse cuenta del filo oculto en la voz de su madre.

— Arthur dijo que lo buscaría. Él sí puede, ¿a qué sí?

Ninoska presionó el asa de la taza con más fuerza de la necesaria.

—No dudo que pueda. Lo que me preocupa es… si sabe cuidarlo.

Arthur no apartó la vista de ella, entendiendo que aquella frase no hablaba del caballo. El comedor reducido a tres personas: madre, hija y Arthur. Coraline seguía mordiendo su pan con miel, contenta. Los adultos, en cambio, parecían sostener un campo de batalla invisible sobre la mesa. El silencio pesaba como piedra. Coraline, sin notarlo, lo llenaba con risas y frases sueltas mientras mordía su pan.

— Mami, ¿sabías que Arthur me abrazó? — Dijo de pronto, orgullosa— ¡Y no se quejó de la miel!

Ninoska se atragantó con el té, bajando la taza con un golpe seco.

—¿Ah… sí?

Arthur tensó la mandíbula, sin apartar la vista de la mesa.

—Fue un accidente—murmuró.

—¡No fue accidente! — Replicó Coraline, divertida — Tú me abrazaste porque quisiste. ¿Verdad? Tú me dijiste que soy una princesa… Qué harías lo que fuera por mi…

Coraline se había emocionado hablando y repitiendo las palabras, tanto que había elevado ambos manitos al aire y salpicando de miel la mesa y hasta las paredes… Arthur cerró los ojos un instante, como si le costara respirar. Finalmente ascendió en silencio. La niña se inclina hacia su madre, con aire conspirador.

— Mami, deberías sonreír más… cuando Arthur me mira, sonríe. Tú también deberías hacerlo.

El rostro de Ninoska se endureció. La cuchara en su mano tintineó contra la porcelana. Coraline reía con la boca llena de miel y tostada, mientras Arthur aún sostenía su pequeña mano. Ninoska se obligó a bajar la mirada hacia su taza, pero el calor que subía a su rostro la traicionó. Por un instante, había visto al Arthur que una vez amó: no al hombre de errores, sino al padre inclinado con torpeza frente a la niña. Ninoska lo miró apenas un segundo, lo suficiente para que un recuerdo la punzara como espina: aquel mismo gesto, años atrás, cuando él sostenía su mano con idéntica suavidad. Sacudió la cabeza y regresó la vista al plato. No iba a permitirse nostalgias, no ahora. Apresuró un sorbo de té, como si el amargor pudiera borrar aquella debilidad.

— Termina tu desayuno, Coraline – sentencia Ninoska, firmemente.

Pero la niña no se dio por aludida. Se giró hacia Arthur y lo señaló con un dedo lleno de miel.

—Verdad que mami también es bonita cuando sonríe?

Arthur levantó la mirada lentamente, topándose con los ojos de Ninoska. Un instante de silencio los atrapó, cargado de recuerdos y resentimiento. El aire del comedor parecía haber vuelto más espeso.

— Sí — dijo al fin, con voz grave — Es hermosa…

Ninoska presionó los labios, pero sus mejillas se encendieron con rabia y algo más que no quiso reconocer. Coraline, feliz por la respuesta, aplaudió con las manos pegajosas.

—¡Sabía que lo dirías! Porque tú también la ves como yo…

Arthur apartó la vista de inmediato, pero el daño estaba hecho. La niña bostezó entonces, frotándose los ojitos.

— Ay… creo que necesito bañarme antes que mi tío Said me mande a la escuela con las trenzas todas pegajosas.

Se levantó de la silla, arrastrando los pies hacia la puerta.

— Mami, Arthur te hará compañía, así como a mi… Ustedes hablen, yo regreso pronto.

La puerta se cerró tras Coraline con un golpecito leve, pero el eco resonó como si hubiera clausurado toda la sala. Ninoska y Arthur quedaron frente a frente, separados apenas por la mesa. El silencio era tan denso que hasta el zumbido de una mosca parecía un estruendo. Ella sostuvo la taza entre las manos, aunque ya estaba vacía, como si necesitara aferrarse a algo. No miró directamente, pero la rigidez de su cuello la delataba. Arthur, en cambio, no apartaba los ojos de ella. Había algo en su mirada: una mezcla de culpa, deseo y un reproche que nunca se había perdido.

— No deberías mirarme así — dijo Ninoska al fin, con voz baja pero cortante.

Arthur entrecerró los ojos, sin moverse.

—Y ¿cómo quieres que te mire?

Ella apretó los labios, clavando la cucharilla en el plato vacío con un tintineo seco.

— Como un invitado... Nada más.

Arthur inclinó apenas la cabeza, pero su voz salió como un susurro áspero.

— Es imposible.

Ninoska finalmente levantó la mirada y lo enfrentó. Sus ojos se encontraron en un choque brutal: el pasado contra el presente, el amor contra la traición, la herida contra la necesidad. Durante un segundo, parecía que cualquiera de los dos iba a romper el silencio con algo que no tendría marcha atrás…

Pero ninguno habló. El silencio se volvió a imponerse, más cruel que cualquier palabra.

1
Silvia Morales
si fue tan poco hombre que explicación quiere ahora
Ninoska Ponce Espinoza
Esta Novela es increíble! 🤩🥰🤩🥰
Esta incluso mejor que la anterior!!!
Me tienes atrapada y con ganas de leer más y saber lo que va a pasar ahora 🤩 con mi tocaya Ninoska 🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩
LoU: Mil gracias!! eres muy amable y especial..!! 💕🥰
total 5 replies
Rolin Ponce
Está muy interesante
Ya quiero leer más capitulos
Cuando subes más capitulos?
LoU: 😁Muchas gracias!!!
Espero que sigas disfrutando de esta novela!!!

se actualiza todos los días en horas de la mañana (hora de Centroamérica)💕
total 2 replies
Yraida Elizabeth Torres Seminario
muy buena 👌
LoU: 🥰💕 Muchas Gracias!!!
De verdad espero que puedas seguirla leyendo y disfrutando..!!

Te aseguro que se pondrá muchísimo mejor! 🥰💕🥰

También se actualiza todos los días... Un capítulo por día! 🥰💕😁☺️
total 1 replies
Ninoska Ponce Espinoza
Bien... me gusta vamos a ver como continúa! 🤩
LoU: 🥰 Gracias!!
Espero la disfrutes mucho! 🥰
total 1 replies
Ninoska Ponce Espinoza
Me gusta como inicia.... la seguiré leyendo... me parece interesante... muy interesante.... 🥰🥰
LoU: Muchas gracias! Espero te guste mi nuevo proyecto..!!
Esta es una Novela mucho más sustanciosa y larga ... con una trama mucho más complicada con amor, familia, política y traiciones🥰🥰🥰

Que la puedas disfrutar!!👏☺️👏☺️
total 1 replies
Ninoska Ponce Espinoza
Es una Nueva Novela... espero sea tan buena como la anterior! /Grin//Grin//Grin//Grin/
Espero mucho!
Ninoska Ponce Espinoza: 🤩🥰 🥰🤩 🥰🤩
total 2 replies
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play