Siempre ha sentido que tiene mala suerte, y ahora renace con muchas posibilidades, intentando cambiar su destino.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
* Todas las novelas son independientes**
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Suerte
Con el paso de los días, Cassian Rathborne comenzó a descubrir algo que al principio había tomado como una exageración divertida de Eveline Alderwick..
Su mala suerte… era real.
Increíblemente real.
Y constante.
Él empezó a notarlo con pequeños incidentes.
La primera vez ocurrió en el jardín de la mansión Rathborne.
Cassian estaba caminando con Eveline entre los senderos de flores. Conversaban tranquilamente sobre los preparativos de la boda mientras el duque le explicaba algunos asuntos del ducado.
De pronto, un jardinero que estaba podando un arbusto levantó una rama… y una lluvia de gotas acumuladas por el riego cayó directamente sobre Eveline.
No sobre Cassian.
No sobre el camino.
Solo sobre Eveline.
Su vestido claro quedó salpicado.
Cassian parpadeó.
—Eso fue… desafortunado.
Eveline suspiró resignada mientras sacudía las mangas.
—Eso fue algo que me suele pasar..
Siguieron caminando.
Cinco minutos después, una ligera ráfaga de viento movió un árbol cercano y una hoja húmeda cayó… directamente sobre su cabeza.
Cassian levantó la mano lentamente y retiró la hoja de su cabello negro.
—¿Siempre es así?
—Siempre.
Otro día, estaban tomando té en una terraza.
Un sirviente trajo una bandeja con tazas.
Todo perfectamente equilibrado.
Todo perfectamente estable.
Hasta que la bandeja pasó frente a Eveline.
La taza tembló ligeramente…
se inclinó…
y una pequeña ola de té saltó directamente sobre la falda de su vestido.
El sirviente palideció.
—¡Lady Eveline, mil disculpas!
Eveline simplemente tomó una servilleta.
—No se preocupe. Si no fuera usted, sería una paloma o una nube.
Cassian la miraba con creciente incredulidad.
—¿Una nube?
—Sí. Una vez comenzó a llover solo sobre mí.
Cassian pensó que era una broma.
Pero empezaba a sospechar que no.
Otra tarde, mientras caminaban por el mercado del pueblo, Eveline quiso comprar unas frutas.
El vendedor tomó una manzana del canasto para mostrársela.
La fruta rodó.
Rebotó contra el borde.
Saltó del puesto.
Y golpeó suavemente… la frente de Eveline.
Cassian cerró los ojos un segundo.
—No puedo creerlo.
Ella se frotó la frente con calma.
—¿Ve? Mala suerte.
El vendedor estaba horrorizado.
—¡Mil perdones, mi lady!
—No fue nada.
Cassian pagó las frutas… aunque ya no estaba seguro de si debían seguir caminando por ahí.
El incidente más absurdo ocurrió en el despacho de Cassian.
Eveline estaba revisando unos documentos sentada frente a él.
Todo estaba tranquilo.
Hasta que una pila de papeles que llevaba semanas perfectamente ordenada decidió deslizarse misteriosamente del escritorio.
Las hojas cayeron como una pequeña tormenta blanca.
Y, por supuesto… la mayoría terminó sobre Eveline.
Una incluso se quedó pegada en su cabello.
Cassian la miró fijamente.
Ella levantó el papel de su cabeza.
—No fui yo.
—Lo sé.
—¿Ve?
—Lo veo.
Pero la escena definitiva ocurrió unos días después.
Estaban caminando por el patio interior de la mansión.
Un sirviente cruzó con un balde de agua para limpiar el suelo.
Tropezó ligeramente.
No se cayó.
No volcó todo el balde.
Pero una pequeña ola de agua saltó… y aterrizó exactamente en el borde del vestido de Eveline.
Cassian se quedó completamente quieto.
Eveline miró la mancha.
Suspiró.
Sacó un pañuelo.
Y comenzó a limpiar la tela con calma.
Cassian finalmente habló.
—Eveline.
—¿Sí?
—He llegado a una conclusión.
Ella siguió frotando la tela.
—¿Una conclusión preocupante?
Cassian cruzó los brazos.
—Cuando pensé en nuestro matrimonio… imaginé ciertos desafíos.
Eveline levantó la mirada.
—¿Como cuáles?
Él la observó con absoluta seriedad.
—Pensé que el desafío sería enamorarme de usted.
Ella sonrió un poco.
—¿Y ahora?
Cassian suspiró.
—Ahora creo que el verdadero desafío será mantenerla con vida.
Eveline lo miró unos segundos.
Luego soltó una carcajada.
Una risa clara y alegre que resonó por el patio.
—¡Eso es cruel!
Cassian negó lentamente con la cabeza.
—No es cruel.
Se acercó y apartó un mechón húmedo de su cabello negro.
—Es una evaluación estratégica.
Ella seguía riendo mientras limpiaba el vestido.
—Entonces deberá entrenar mucho, su gracia.
—¿Para qué exactamente?
—Para salvarme de mi mala suerte.
Cassian suspiró resignado.
Pero una sonrisa apareció en sus labios.
—Si su mala suerte decide atacarla…
—¿Sí?
—Supongo que tendré que defenderla.
Eveline inclinó la cabeza con una sonrisa traviesa.
—Me gusta cómo suena eso.
Cassian la observó un momento más.
Y pensó que tal vez no exageraba.
Porque con la forma en que el destino parecía empeñado en lanzarle cosas a Eveline… definitivamente iba a necesitar vigilarla muy de cerca.
Los días seguían demostrando que la mala suerte de Eveline Alderwick no era exageración ni dramatismo.
Era casi… una ley natural.
Esa tarde estaban en un pequeño salón de la mansión Rathborne donde el chef había enviado una bandeja con distintos pasteles para el té. Eran delicados, decorados con frutas y crema, acomodados con precisión sobre un plato de porcelana.
Eveline estaba sentada junto a la mesa mientras Cassian Rathborne servía el té.
—¿Cuál quiere?
Eveline señaló inmediatamente uno.
—Ese.
Era un pequeño pastel de crema con frambuesas.
—Mi favorito.
Cassian tomó el plato para acercárselo.
Todo parecía completamente estable.
Pero justo cuando el plato se detuvo frente a Eveline… algo ocurrió.
El pastel tembló.
Se inclinó.
Resbaló suavemente… y cayó al suelo.
Cassian miró el plato.
Luego el suelo.
Luego el lugar vacío donde estaba el pastel.
—No…
Bajó la mirada.
El pastel aplastado en el suelo era exactamente el que Eveline había elegido.
El único que había caído.
Los demás seguían perfectamente acomodados en el plato.
Cassian levantó la vista lentamente hacia ella.
—Esto empieza a ser preocupante.
Eveline lo miró.
Luego miró el pastel en el suelo.
Y, en lugar de molestarse… se echó a reír.
Una risa suave, divertida, completamente acostumbrada a ese tipo de cosas.
—¿Ve? Siempre pasa.
Cassian dejó el plato sobre la mesa y negó con la cabeza.
—De todos los pasteles.
—Siempre el mío.
—De toda la bandeja.
—Siempre el que elijo.
Cassian suspiró con incredulidad.
—Empiezo a pensar que el destino tiene algo personal contra usted.
Eveline apoyó el codo en la mesa y lo miró con una sonrisa traviesa.
—No necesariamente.
—¿Ah, no?
—Existe un refrán.
Cassian alzó una ceja.
—¿Un refrán?
Ella asintió con entusiasmo.
—Sí.
Se inclinó un poco hacia él.
—Mala suerte en el juego… buena suerte en el amor.
Cassian la observó unos segundos.
Luego una sonrisa lenta apareció en su rostro.
—Si ese refrán es cierto…
Se acercó un poco más.
—Entonces debo considerarme extremadamente afortunado.
Eveline inclinó la cabeza.
—¿Por qué?
Cassian se acercó lo suficiente para rozar suavemente sus labios con los de ella.
Fue un beso corto.
Ligero.
Casi un gesto cariñoso.
—Porque su mala suerte es impresionante.
Eveline parpadeó.
Un segundo después… sus ojos brillaron con algo más intenso.
—Eso no fue un beso.
Cassian levantó una ceja.
—¿No?
—Fue apenas un saludo.
Él sonrió.
—No sabía que esperaba algo más.
Pero no terminó la frase.
Porque Eveline lo tomó por el cuello de la chaqueta y lo acercó hacia ella.
Y entonces lo besó.
No fue un beso tímido.
Ni suave.
Fue apasionado, decidido, lleno de la energía vivaz que ahora definía su personalidad.
Cassian quedó sorprendido un segundo… y luego respondió al beso con la misma intensidad.
Cuando finalmente se separaron, él la miró con una mezcla de diversión y admiración.
—Definitivamente cambió después de ese golpe en la cabeza.
Eveline se acomodó en la silla con una sonrisa satisfecha.
—Se lo advertí.
Cassian miró el pastel aplastado en el suelo.
Luego volvió a verla.
—Si ese refrán es cierto…
—¿Sí?
—Entonces su mala suerte vale completamente la pena.
Eveline sonrió.
Porque si el destino iba a seguir lanzándole cosas, mojándola o tirando sus pasteles al suelo… al menos también le había dado algo muy bueno a cambio.
Felicidades Autora ❤️