"Soy psicóloga, sé exactamente por qué el amor es una ilusión neuroquímica… y aun así estoy a punto de perder una apuesta por culpa del publicista con la sonrisa más estadísticamente significativa del mundo."
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CAPÍTULO 1: El Día que Me Bebí Mis Propios Principios
CLARA: MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA AMIGAS DE ESCRITORAS FAMOSAS
Siempre he pensado que las grandes historias de amor empiezan con una mirada, una casualidad o un encuentro fortuito en un aeropuerto. La mía, como casi todo en mi vida, empezó con una resaca, un grupo de WhatsApp y la peor decisión empresarial de mi carrera.
Pero vamos por partes. Porque si Valeria, mi mejor amiga, la doctora en Psicología Social, la autora superventas, la mujer que analizaba microexpresiones mientras desayunaba, me ha enseñado algo, es que toda historia merece ser contada desde el principio. Y el principio, en mi caso, fue un martes.
Los martes, como Valeria siempre dice, son los días en que el universo decide ponerte a prueba. En mi caso, el universo decidió ponerme a prueba con un mensaje de WhatsApp a las ocho de la mañana, cuando mi nivel de cafeína aún no había alcanzado el mínimo legal para tomar decisiones.
El mensaje era de mi jefe, Gustavo, director de Recursos Humanos de Boreal Creativos y poseedor del récord mundial de uso innecesario de emojis corporativos.
"Clara, necesito verte en mi despacho a las 9:00. Trae propuestas. 💡🚀"
Trae propuestas. Dos palabras. Un cohete y una bombilla. El presagio de que algo se estaba cociendo en las entrañas de la agencia, y que ese algo probablemente iba a caer sobre mi mesa como una losa de mármol.
Llegué a la oficina a las nueve menos cinco, con un café en la mano y el presentimiento de que iba a necesitar otro. Gustavo me esperaba en su despacho, un cubículo de cristal decorado con pósters motivacionales que decían cosas como "El éxito es la suma de pequeños esfuerzos" y "Si puedes soñarlo, puedes hacerlo". Frases que, estaba segura, habían sido escritas por alguien que nunca había trabajado en Recursos Humanos.
—Clara, pasa, pasa —dijo, señalando una silla—. Tengo una propuesta que te va a encantar.
—Cada vez que dices eso, termino haciendo horas extra sin cobrar.
—Esta vez es diferente.
—Eso también lo dices siempre.
Gustavo ignoró mi comentario y desplegó sobre la mesa un dossier a todo color. En la portada, con letras doradas, ponía: "BOREAL CREATIVOS: EXPANSIÓN EDITORIAL. PROYECTO NOVELTOOM."
—¿Noveltoom? —pregunté, arqueando una ceja—. ¿La plataforma de novelas románticas donde publica Valeria?
—Exacto. —Gustavo sonrió como un tiburón que huele sangre—. Noveltoom quiere diversificar su contenido. No solo novelas. Quieren contenido exclusivo. Detrás de las cámaras. Vidas de los autores. Y nosotros vamos a producirlo.
—¿Y qué tengo que ver yo con eso?
—Tú eres la mejor amiga de Valeria Núñez. V. Núñez. La autora más vendida de la plataforma. La que acaba de ganar otro premio. La que sale en el Today Show. La que tiene un gato que escribe notas.
—Schrödinger no escribe notas. Las dicta. Es diferente.
—Como sea. El caso es que Noveltoom quiere un spin-off. Algo fresco, divertido, que muestre el otro lado de la historia. Y hemos pensado en ti.
—¿En mí? Yo no soy escritora.
—Todo el mundo es escritor. Solo hace falta tener una historia que contar. Y tú la tienes. Eres la mejor amiga. La confidente. La que estaba allí cuando Valeria y Andrés se conocieron. La que cuidó al gato delincuente mientras ellos estaban en Nueva York. La que lo ha visto todo y lo ha sufrido todo.
—Eso no es una historia. Es un historial de traumas.
—Es un bestseller.
Miré el dossier. Miré a Gustavo. Miré el póster de la pared que decía "El único modo de hacer un gran trabajo es amar lo que haces". Steve Jobs. Otro que probablemente nunca había trabajado en Recursos Humanos.
—¿Y qué tengo que hacer exactamente?
—Escribir un libro. Una novela romántica. Basada en tu propia experiencia. Noveltoom la publica, Boreal Creativos se lleva una comisión, y tú te conviertes en la nueva voz del género.
—Gustavo. Yo no creo en el amor romántico.
—¿Perdón?
—Que no creo en el amor romántico. Lo he visto demasiado de cerca. He visto a Valeria llorar en el baño de un congreso comiendo galletas de máquina expendedora por culpa de un filósofo existencialista. He visto a Andrés corregir besos anatómicamente imposibles como si fuera un forense sentimental. He cuidado a un gato que abre neveras y deja notas sarcásticas. El amor no es romántico. Es un campo de minas con banda sonora de los Beatles.
—Eso es genial.
—¿Genial?
—Sí. Ese es el tono. Cínico, divertido, realista. Una novela romántica escrita por alguien que no cree en el amor romántico. Será un bombazo.
—Será un desastre.
—Los desastres venden. Pregúntale a tu amiga.
Me quedé en silencio. Fuera, la oficina empezaba a llenarse. El sonido de los teclados, el murmullo de las llamadas, el zumbido constante de la cafetera. Mi vida normal. Mi zona de confort. El lugar donde no escribía novelas ni exponía mis sentimientos delante de miles de lectores.
—¿Y si fracaso? —pregunté.
—¿Y si triunfas?
—Eso es muy motivacional para un jefe de Recursos Humanos.
—Lo he leído en un póster.
Suspiré. Conté hasta tres. Bebí un sorbo de café. Ya estaba frío.
—Trato hecho —dije—. Pero con una condición.
—Usted dirá.
—Que si esto sale mal, el libro se titulará "Manual de instrucciones para mandar a la mierda a tu jefe". Y te dedico un capítulo entero.
Gustavo sonrió. Esa sonrisa de tiburón.
—Trato hecho. Ahora, ponte a escribir. El primer borrador lo quiero en tres meses.
Tres meses. Noventa días. Para escribir una novela romántica sin creer en el amor romántico. Con un gato delincuente como único apoyo moral y una mejor amiga que se había convertido en un fenómeno literario mundial.
¿Qué podía salir mal?
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Aquella noche, en mi apartamento del barrio de Sants, abrí el portátil. La pantalla en blanco me miraba con la misma expresión que Schrödinger cuando le negabas el salmón: desprecio contenido y una pizca de amenaza.
Escribí la primera línea:
"Siempre he pensado que las grandes historias de amor empiezan con una mentira. La mía, como casi todo en mi vida, empezó con un correo electrónico que no debería haber leído."
Me quedé mirando la frase. Era buena. Tenía ritmo. Tenía intriga. Tenía ese punto de cinismo que Valeria siempre decía que era mi mayor virtud y mi peor defecto.
El móvil vibró. Era Valeria.
"Me ha dicho Andrés que te han encargado un libro en Noveltoom. ¿Es verdad? ¡ESTO ES INCREÍBLE! 🎉🎉🎉"
Respondí:
"Es verdad. Y es culpa tuya. Si tú no fueras famosa, yo seguiría siendo una mujer anónima que trabaja en Recursos Humanos y tiene una vida normal y aburrida."
"Lo siento. ¿Quieres que te ayude con el primer capítulo?"
"No. Quiero que me digas cómo se escribe una novela romántica sin creer en el amor romántico."
Valeria tardó unos segundos en responder. Luego:
"No se escribe creyendo. Se escribe sintiendo. Aunque lo que sientas sea cinismo. Eso también es amor. Solo que un poco más ácido. Te quiero. ❤️"
Apagué el móvil. Miré la pantalla del portátil. Schrödinger, que estaba de visita en mi casa mientras Valeria y Andrés tenían una cena con la editorial, se subió a la mesa y se sentó junto al teclado. Me miró con esos ojos que lo sabían todo.
—¿Qué? —le pregunté—. ¿Tú también crees que puedo hacerlo?
Schrödinger parpadeó lentamente. Luego apoyó una pata sobre el teclado y escribió:
"sdfg"
En lenguaje felino, eso podía significar "por supuesto" o "me importa un comino" o "he visto el vacío del cosmos y tu novela me parece un proyecto insignificante". Con Schrödinger nunca se sabía.
Pero decidí interpretarlo como un sí.
Y seguí escribiendo.