A veces el amor no es un cuento de hadas, sino una promesa de sangre y espinas que el tiempo no pudo marchitar.
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Capítulo 12
La Torre de Cristal vibraba con una música clásica que, para Zhi Zhi, sonaba como el tictac de una bomba de tiempo. El aire estaba saturado de un perfume excesivamente caro y del olor metálico del champán fluyendo sin pausa. Llevaba un vestido de seda color plata que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, pero ella lo sentía como una armadura demasiado pesada. A su lado, Lin Feng charlaba con un grupo de inversores, su mano descansando en la cintura de ella con una posesividad que la hacía querer gritar.
—¿No es hermosa? —decía Feng, exhibiéndola como si fuera un trofeo recién ganado—. Es el complemento perfecto para esta noche.
Zhi Zhi miró el reloj de oro en la muñeca de Feng. Eran las once de la noche. El 14 de febrero estaba a punto de terminar y ella estaba atrapada en una jaula de luz, mientras su corazón latía en las sombras del Distrito Norte.
—Necesito aire —susurró ella, apartando la mano de Feng con una elegancia gélida.
—No tardes, Zhi Zhi. Tu padre va a dar el brindis en diez minutos —advirtió él, su tono perdiendo la amabilidad—. No hagas una escena.
Zhi Zhi no respondió. Caminó hacia el balcón, pero en lugar de detenerse a mirar las luces de la ciudad, se deslizó por el pasillo de servicio que conocía desde niña. Corrió por las escaleras de emergencia, el roce de la seda contra sus piernas produciendo un sonido sibilante. Al llegar al garaje, ignoró al chófer y salió a la calle, donde el aire frío de la noche la golpeó como un bofetada de realidad.
Llamó a un taxi, dándole una dirección que el conductor dudó en aceptar.
—¿Al Distrito Norte, señorita? ¿A estas horas y vestida así?
—Solo conduzca —ordenó ella, arrancándose los pendientes de diamantes que le pesaban en los lóbulos.
A medida que el coche avanzaba, el brillo de los rascacielos se desvanecía, reemplazado por farolas parpadeantes y grafitis que gritaban verdades olvidadas. El contraste era doloroso: de la seda al asfalto agrietado, del champán al olor a caucho quemado.
***
JiNian estaba de pie en la azotea de un edificio de apartamentos abandonado, justo en la frontera donde el lujo moría y la supervivencia comenzaba. El viento soplaba con fuerza, revolviendo su cabello negro y calando su chaqueta de cuero. Sus manos, todavía vendadas, dolían por el frío, pero no se movió.
Había pasado las últimas seis horas preparando aquel lugar. Había subido cubetas, latas de aceite vacías y cajas de madera. Y dentro de ellas, protegidas del viento por muros de escombros, estaban las rosas.
No eran las rosas perfectas y uniformes de las floristerías del Distrito Sur. Eran rosas salvajes, recolectadas de jardines olvidados y de los invernaderos abandonados de la zona industrial. Tenían pétalos ligeramente marchitos en los bordes, tallos retorcidos y espinas largas y afiladas. El aroma que desprendían era profundo, una mezcla de dulzor floral y el olor metálico del rocío helado sobre el hierro.
Escuchó el sonido de unos pasos torpes subiendo por la escalera de metal. Unos segundos después, la puerta de la azotea se abrió de golpe.
Zhi Zhi apareció allí, jadeando, con el vestido de plata rasgado en el dobladillo y el cabello desordenado por la carrera. Parecía una aparición celestial en medio de un campo de batalla.
—Has venido —dijo JiNian, y su voz, por primera vez, no tenía rastro de sarcasmo. Solo un alivio profundo.
Zhi Zhi se quedó paralizada. Ante ella, la azotea estaba inundada de rojo. Cientos de rosas, apiñadas en recipientes industriales, formaban un sendero carmesí que contrastaba con el gris del hormigón y el óxido de las vigas. Bajo la luz de la luna llena, las flores parecían brillar con una intensidad sobrenatural.
—JiNian... ¿qué es esto? —susurró ella, caminando lentamente hacia el centro de aquel jardín imposible.
—Mi regalo —respondió él, acercándose. Sus botas pesadas resonaban contra el suelo, un contrapunto rudo a la fragilidad de los pasos de ella—. Te dije que te daría algo con raíces. Estas flores crecieron en el barro, Zhi Zhi. Soportaron la lluvia ácida, el abandono y el frío de este maldito distrito. Pero aquí están. Siguen siendo hermosas.
Zhi Zhi se detuvo frente a una de las cajas. Acarició un pétalo con la punta de los dedos y sintió la humedad de la noche. El olor la envolvió: era una fragancia honesta, sin los químicos de los perfumes de la Torre de Cristal. Era el olor de la resistencia.
—Son... las cosas más bellas que he visto en mi vida —dijo ella, con la voz quebrada.
JiNian se detuvo a un paso de ella. Su presencia era imponente, una sombra sólida que la protegía del viento.
—Sé que mañana volverás a esa torre —dijo él, mirando hacia las luces distantes del Distrito Sur—. Sé que tu padre tiene planes para ti, que ese imbécil de Lin Feng cree que puede comprarte con piedras azules. Y sé que yo no soy nadie en tu mundo. Soy solo el chico que arregla motores y se pelea en los muelles.
Se metió la mano en el bolsillo y sacó una única rosa. Era diferente a las demás: era de un color rojo tan oscuro que parecía casi negro, y su tallo era grueso y lleno de espinas.
—Esta la encontré en el patio de la antigua fábrica de motores —explicó, extendiéndola hacia ella—. Creció entre el aceite y el acero. Me recordó a ti. Atrapada entre estructuras rígidas, pero negándote a perder tu color.
Zhi Zhi tomó la rosa, ignorando que una de las espinas le pinchó el dedo, dejando una gota de sangre sobre la seda plata de su vestido.
—JiNian...
Él la interrumpió, dando un paso más, acortando toda distancia. El calor que emanaba de su cuerpo era lo único que mantenía a Zhi Zhi en pie en medio del frío de febrero.
—He pasado toda mi vida huyendo de los sentimientos, Princesa. Pensaba que el amor era una debilidad que la gente como yo no podía permitirse. Pero desde que entraste en mi taller con esa mirada desafiante, no he podido tener un momento de paz.
La tomó por los hombros, y sus ojos, generalmente fríos y calculadores, ardían con una urgencia dolorosa.
—Temía que si no lo decía ahora, sería tarde —confesó él, su voz vibrando con una honestidad que la desarmó por completo—. Temía que el mundo te tragara antes de que supieras que hay alguien que te ama por lo que eres, no por tu apellido. Que hay alguien que se rompería cada hueso de su cuerpo solo para darte un jardín en una azotea.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el susurro del viento entre los pétalos de las rosas. Zhi Zhi sintió que el mundo entero se reducía a ese espacio de diez metros cuadrados. No había Academia Shengli, no había compromisos, no había muros. Solo estaban ellos dos, el barro y la plata, las espinas y la seda.
Zhi Zhi soltó la rosa oscura, dejando que cayera sobre el vestido, y rodeó con sus brazos el cuello de JiNian. Se empinó, buscando su calor, buscando la verdad que solo él podía darle.
—No es tarde —susurró ella contra sus labios—. Nunca será tarde para nosotros.
En esa azotea, rodeados de flores salvajes y bajo la mirada de una luna que no juzgaba, el chico que no tenía nada le dio a la chica que lo tenía todo el único regalo que el dinero no podía comprar: un momento de libertad absoluta. Pero en la distancia, una sirena de policía comenzó a aullar, y Zhi Zhi no pudo evitar estremecerse.
Sabían que el paraíso era efímero, que el amanecer traería consecuencias. Pero por esa noche, el Distrito Norte era suyo, y las rosas en la azotea eran el altar de una religión que acababan de inventar.