Valeria Álvarez ha hecho de su vida una fortaleza llena de éxitos.
Arquitecta consagrada, brillante y dueña absoluta de su vida, vive bajo una única norma: nada que la ate, nada que la distraiga, nada que comprometa la libertad que tanto le costó ganar. Sus noches pueden ser intensas, pero siempre breves; su corazón, innegociablemente cerrado.
Hasta que, en una de esas noches sin nombre, un desconocido la hace perder el control que tanto presume dominar.
Un beso que incendia.
Un toque que desarma.
Una decisión impulsiva que no quiere repetir… ni olvidar.
Lo último que espera es verlo entrar a su estudio días después.
Mucho menos descubrir que es su nuevo asistente.
Impuesto. Inamovible.
E hijo de uno de sus inversores más poderosos.
Él es joven, talentoso y peligrosamente seguro de lo que quiere: a ella.
Valeria se aferra a sus límites, a su experiencia, a su distancia.
Pero cada mirada pesa, cada roce la contradice, cada discusión los acerca más de lo que deberían.
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El terreno que ella domina
Valeria Álvarez había construido su vida con la misma precisión de los planos que dibujaba. A los treinta y cinco años, era una arquitecta reconocida en toda la ciudad: elegante, brillante, temida y admirada a partes iguales. Su nombre se mencionaba en los corredores del poder, en las cenas de empresarios y en cada proyecto que prometiera cambiar el horizonte urbano. Ella era esa mujer capaz de entrar en una sala llena de hombres influyentes y robarles el aire sin decir una sola palabra.
Llevaba el cabello largo, oscuro, siempre perfectamente alineado como si incluso sus mechones entendieran la disciplina que gobernaba su vida. Sus ojos, de un gris penetrante, tenían ese brillo que solo poseen quienes han aprendido a sobrevivir sin deberle nada a nadie. Su cuerpo, no era delgado pero sí curvilíneo, hablaba de fuerza contenida, de una sensualidad que no necesitaba exageraciones. Valeria no buscaba impresionar; sencillamente lo hacía inconscientemente.
Pero más allá de la imagen impecable, existía una mujer que se había levantado sola desde cero. Había trabajado mientras estudiaba, había perdido oportunidades por no tener apellido, y había ganado respeto obligándolo del único modo que sabía: con resultados. En su mundo, la independencia no era un lujo; era su armadura. Su libertad, un trofeo que no permitiría que nadie —ni un amante, ni un socio, ni un recuerdo— le arrebatara.
Valeria tenía claro lo que quería, y más aún lo que no quería. No buscaba amor, mucho menos complicaciones. Sus relaciones eran como sus diseños: definidas, delimitadas, sin espacio para la improvisación emocional. Los hombres que estaban con ella sabían que a su lado la noche sería intensa, dando y recibiendo caricias necesarias, hasta obtener el respiro físico… pero nada más. Y a la mañana siguiente, ella volvía a ser la mujer de pasos firmes que dirigía equipos enteros y negociaba contratos millonarios sin pestañear.
Y ese equilibrio perfecto —frío para algunos, impecable para otros— estaba a punto de romperse. Porque Valeria sabía dominar edificios enteros, pero no tenía idea del temblor que podía generar el hombre correcto.
Ni del incendio que en no mucho tiempo se desataría en su vida.
La jornada apenas comenzaba en la ciudad de Manhattan, pero el estudio Sanders & Partners ya vibraba con la energía característica de los días importantes. Pantallas encendidas, renders a medio ajustar, bocetos extendidos sobre mesas de vidrio. El olor a café recién molido se mezclaba con el de papel nuevo y tinta profesional. Para cualquiera, ese caos elegante era abrumador.
Para Valeria Álvarez, ese era territorio conquistado.
Ella entró al estudio como quien atraviesa un escenario que domina por completo. El paso firme de sus tacones, la postura erguida, un traje de color marfil que remarcaba su figura sin esfuerzo. Sus ojos, oscuros y calculadores, hacían un breve reconocimiento de todo: quién estaba trabajando, quién fingía hacerlo, quién debía apresurarse antes de que ella lo notara.
Valeria no levantaba la voz.
No necesitaba hacerlo.
Su autoridad estaba en cada paso, en la precisión con la que hablaba, en la claridad con la que veía lo que los demás todavía estaban intentando comprender.
—¿Los documentos del complejo Rivera? —preguntó sin girar la cabeza mientras caminaba hacia la sala de reuniones.
—En su oficina —respondió una asistente, casi corriendo.
Valeria asintió y siguió avanzando. Era conocida en la firma como la arquitecta estrella, la mente detrás de los proyectos más ambiciosos, la mujer que transformaba plazos imposibles en realidades brillantes. Tenía un talento feroz, casi inquietante, para detectar errores… y para sacar lo mejor —o lo peor— de la gente.
Cuando llegó a la sala de reuniones, el equipo ya la esperaba. Pantallas encendidas, iluminación tenue, planos extendidos. El cliente más grande del mes estaba por conectarse con ellos vía videoconferencia.
Valeria dejó su carpeta sobre la mesa y cruzó los brazos.
—Bien. Empecemos.
Uno de los arquitectos junior tomó aire para presentar, pero ella levantó una mano.
—No, Martín. Yo hablo. Tú ajusta lo que te indique.
El joven tragó saliva y asintió. Los demás se acomodaron.
La pantalla se iluminó y apareció el comité representante del grupo inversor. Caras serias. Ejecutivos que no perdían el tiempo. Perfecto para ella.
—Buenos días —saludó Valeria con voz firme—. Revisamos las observaciones que enviaron anoche. Ya ajustamos la circulación vertical del edificio, revalorizamos el acceso principal y propusimos una redistribución que optimiza un quince por ciento la superficie útil.
Mientras hablaba, navegaba entre los planos digitales con movimientos precisos. Los inversores intentaban seguirle el ritmo, pero ella era más rápida. Más aguda. Más segura.
—Aquí —señaló—. El núcleo de ascensores estaba subdimensionado. Pero ya lo corregimos.
—¿Subdimensionado respecto a qué parámetro? —preguntó uno de los ejecutivos, con tono desafiante.
Valeria sonrió apenas.
Casi un gesto entretenido.
—Respecto a todos, señor Sanders. Flujos de evacuación, proyección de afluencia, normativa vigente y sentido común. Si lo necesita, se lo puedo detallar punto por punto.
Un silencio incómodo cruzó la sala. Ella permaneció inmóvil, imperturbable, siendo dueña absoluta del espacio.
No hubo respuesta a su observación.
Así que, continuó como si nada hubiera pasado, guiando la reunión con una eficiencia casi quirúrgica. Cuando terminó, el representante principal dijo:
—Arquitecta Álvarez, es excelente. Avancen con su propuesta.
Valeria cerró su carpeta, con la misma seguridad que la caracterizaba.
—Eso haremos.
Cuando la videollamada finalizó, los miembros del equipo soltaron el aire que habían contenido. Alguien murmuró:
—Es impresionante…
Ella escuchó el comentario, pero no respondió. No necesitaba reconocimiento. Lo único que necesitaba era control.
Y en ese lugar, era la dueña absoluta de él.
O eso creía.