Elior siempre se sintió fuera de lugar.
En su vida pasada fue profesora de ciencias, alguien que creía en la lógica… hasta que murió y despertó en un mundo regido por jerarquías, vínculos y destinos imposibles de ignorar.
Ahora es un omega masculino de belleza andrógina, hijo de los duques del Ducado de Lirien, rodeado de protección… y de miradas peligrosas.
Desde antes de renacer, soñaba con un hombre que nunca vio, pero que su cuerpo siempre reconoció.
Cuando el mundo intenta reclamarlo como una oportunidad política, Elior descubre que el vínculo que lo llama no exige posesión, sino espera.
🌙 Omegaverse · Reencarnación · Romance BL · Deseo contenido · Consentimiento
Advertencias:
Presión política sobre omegas · Intentos de reclamo forzado (no consumados) · Tensión emocional intensa
✔️ Sin violación
✔️ Sin romance forzado
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10: Fingir que no pasa nada
Decidí no pensar en ello.
No porque no importara.
Sino porque sí importaba… demasiado.
Fue la primera decisión real que tomé desde que desperté en este mundo. No analizar. No acercarme. No tocar algo que, en el fondo, sabía que podía desordenarlo todo.
Solo seguir.
Como si nada hubiera pasado.
Como si mi cuerpo no estuviera reaccionando incluso antes de que yo pudiera entender por qué.
Me levanté temprano, antes de que el ducado despertara por completo. El silencio era más fácil. Más limpio. Menos peligroso.
Me vestí con cuidado. Demasiado cuidado.
Cada roce de la tela contra mi piel se sentía… distinto. No incómodo. No doloroso.
Presente.
Demasiado presente.
Frente al espejo, me quedé quieto un segundo más de lo necesario.
—No fue real —murmuré—. Solo fue… una sensación.
Mentí.
Y lo supe en cuanto lo dije.
Pero aun así salí.
El corredor estaba lleno de esa rutina tranquila que siempre me había resultado suficiente. Pasos medidos. Voces bajas. Movimiento sin urgencia.
Normalidad.
Me aferré a ella como si fuera lo único estable.
Si todo seguía igual… yo también podía hacerlo.
Di un paso.
Y mi cuerpo reaccionó.
Fue sutil.
Casi imperceptible.
El aire frío rozando mi cuello me hizo tensarme apenas. El eco de unas botas a lo lejos me puso alerta sin razón. Y cuando un delta pasó cerca…
algo en mi pecho se contrajo.
No era rechazo.
Era comparación.
Y eso me incomodó más de lo que quería admitir.
—Concéntrate… —murmuré.
Intenté perderme en la rutina. Leer. Escuchar. Caminar junto a uno de mis hermanos. Responder cuando me hablaban. Sonreír cuando era necesario.
Nadie notó nada.
Nadie… excepto yo.
Porque cada vez que el entorno se aquietaba, volvía.
No como un pensamiento.
No como un recuerdo claro.
Como una presencia.
Lejana.
Constante.
Innegable.
No está aquí.
No puede estarlo.
Repetí esas palabras hasta que dejaron de significar algo.
Y aun así… mi cuerpo no se relajaba.
Esperaba.
Eso era lo peor.
No sabía qué… pero esperaba.
—¿Te sientes bien? —preguntó Kaien.
Su voz me sacó de golpe.
Asentí demasiado rápido.
—Sí. Solo… cansado.
No insistió.
Pero su mirada se quedó un segundo más de lo normal.
Y eso fue suficiente para incomodarme.
Porque por un instante pensé…
que podía notarlo.
Que alguien más podía ver lo que yo apenas empezaba a sentir.
Aguanté así hasta la tarde.
Hasta que por fin estuve solo.
Cerré la puerta y apoyé la espalda contra ella. El aire salió de mis pulmones de golpe, como si recién entonces pudiera respirar de verdad.
—No pasa nada… —susurré—. No tiene por qué pasar nada.
Pero mi voz ya no sonaba firme.
Caminé hasta la ventana. Necesitaba espacio. Aire. Algo que no me empujara hacia dentro.
El cielo estaba despejado.
Tranquilo.
Indiferente.
Nada había cambiado.
Solo yo.
Lo sentí antes de entenderlo.
Mi respiración se volvió más lenta… más profunda… pero inestable. Un escalofrío leve recorrió mis brazos.
Y luego…
esa calidez.
No quemaba.
No exigía.
Pero estaba.
Instalada en mi pecho como algo que no pensaba irse.
—Basta… —murmuré.
Cerré los ojos.
Y fue peor.
Porque entonces volvió.
Más claro.
Más cerca.
Un calor firme a mi espalda. Una cercanía que no tocaba… pero que mi cuerpo reconocía como si lo hiciera.
Como si supiera exactamente hasta dónde llegar.
Como si me conociera.
Un gemido bajo se me escapó sin permiso, traicionándome. Mis dedos se aferraron al alféizar con más fuerza de la necesaria, los nudillos tensándose, como si sostenerme fuera lo único que me impedía ceder… o caer en algo de lo que no iba a poder salir.
Mi respiración se quebró.
Mi pulso se desordenó.
Y lo peor…
no quería que se fuera.
Ese pensamiento me golpeó de frente.
Claro.
Imposible de ignorar.
No quería perder esa sensación.
No quería volver a la nada.
—No… —murmuré—. No es real…
Pero ya no sonaba convencido.
Porque mi cuerpo no estaba luchando.
No estaba rechazando.
Se inclinaba.
Apenas.
Lo suficiente.
Y eso era más peligroso que cualquier impulso.
Me giré bruscamente, como si pudiera escapar.
Pero no había nada.
Y aun así…
seguía ahí.
Me dejé caer en la cama, apoyando las manos en mis muslos, buscando anclarme en algo tangible.
La tela.
El peso de mi cuerpo.
El latido irregular en mi pecho.
—¿Qué me está pasando…?
No era miedo.
No del todo.
Era algo peor.
Era querer entender.
Y eso siempre había sido el inicio de todo lo que intentaba evitar.
El instinto.
Ese del que todos hablaban como si fuera una amenaza.
Siempre creí que debía controlarlo.
Silenciarlo.
Mantenerlo a raya.
Pero esto…
esto no se sentía como una pérdida de control.
Se sentía como… verdad.
Me incliné hacia adelante, respirando más lento.
Por primera vez, dejé de resistir.
No lo busqué.
Pero tampoco lo rechacé.
Y entonces lo sentí.
No avanzó.
No exigió.
No tomó.
Solo permaneció.
Como si me estuviera dando espacio.
Como si esperara.
—No te estoy llamando… —susurré.
Silencio.
Pero no vacío.
Calma.
Y eso me desarmó.
Porque entonces lo entendí.
No del todo.
Pero lo suficiente.
Esto no iba a desaparecer.
No era una ilusión pasajera.
No era algo que pudiera ignorar hasta que se desvaneciera.
No sabía quién era.
No sabía dónde estaba.
Pero mi cuerpo…
ya había tomado una decisión.
Cuando llegara el momento…
no iba a huir.
Y eso fue lo que realmente me asustó.
Me recosté sin darme cuenta.
El cansancio cayó sobre mí con un peso real.
Pero no era físico.
Era haber dejado de fingir.
Antes de que el sueño me alcanzara, un pensamiento se acomodó en mi mente, claro, inevitable:
Negarlo no lo hace desaparecer.
Solo me retrasa.
Y por primera vez…
no estaba seguro de querer seguir retrasándolo.