NovelToon NovelToon
La Obsesión Del Alemán

La Obsesión Del Alemán

Status: En proceso
Genre:Dominación / Pareja destinada / Amor eterno
Popularitas:9.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Leidy Ocampo

Giselle O'Connor huyó de un pasado que casi la destruye y encontró refugio bailando cada noche en el club Eclipse, donde solo en el escenario logra sentirse libre. Su mundo cambia cuando la mirada fría y poderosa de Dexter Müller, el líder de la mafia más temida de la ciudad, se fija en ella. Lo que empieza como una obsesión silenciosa se convierte en un vínculo prohibido lleno de deseo, peligro y salvación.

NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL CAMERINO

Dexter

La noche cayó rápido sobre la ciudad, como si también tuviera prisa por llevarme hasta ella.

Conduje con esa calma falsa que solo sirve para disimular que por dentro uno está incendiándose. Una semana. Siete malditos días viéndola desde lejos. Enviándole flores cada noche sin firma. Observando cómo fingía no notarlas. Analizando cada gesto, cada microexpresión.

Obsesión.

No me gusta esa palabra.

Prefiero estrategia.

Pero la línea empezaba a volverse peligrosa.

Mis dedos golpeaban el volante mientras el motor ronroneaba bajo mis manos. El Eclipse se alzaba frente a mí como un escenario donde yo ya no era espectador neutral.

Era jugador.

Entré.

La música vibraba en el pecho. El olor a alcohol caro y perfume pesado me golpeó de inmediato.

Mis ojos la buscaron sin pedir permiso.

Automático.

—¿Otra vez por aquí? —la voz de Ross sonó a mi derecha.

No aparté la vista del salón.

—¿Te molesta?

—A mí no. A mi contabilidad tampoco. —Sonrió de lado—. Solo digo que… ella pidió que hoy la dejaran tranquila.

Ahora sí lo miré.

—¿Pidió?

—Textualmente: “Que no me vigilen desde el VIP”.

Un músculo en mi mandíbula se tensó.

—¿Y desde cuándo hago lo que alguien me pide?

Ross alzó ambas manos.

—Yo solo transmito el mensaje.

—Mensaje recibido.

—¿Y…?

—Ignorado.

Ross soltó una risa contenida.

—Ten cuidado, Müller. Esa chica no es como las demás.

—Eso ya lo sé.

Y era precisamente el problema.

La vi cruzar detrás del escenario. La peluca rubia brillaba bajo las luces. Artificial. Perfecta. Molestamente perfecta.

Demasiado perfecta para ser verdad.

La seguí.

No lo pensé. No lo analicé.

Solo caminé.

El pasillo hacia los camerinos estaba más silencioso, aislado del bullicio. El sonido del escenario se volvía un eco lejano.

Llegué a su puerta.

No toqué.

Nunca lo hacía.

Giré la manija y entré.

Y ahí estaba.

De espaldas.

Quitándose el conjunto negro que cayó al suelo con un susurro de tela. Su piel clara parecía casi dorada bajo la luz cálida del camerino.

Me quedé inmóvil.

No por indecisión.

Por impacto.

Había visto su cuerpo bailar decenas de veces.

Pero esto era distinto.

Esto era vulnerable.

Y también prohibido.

Mi respiración se volvió más lenta. Más pesada.

Un paso.

Solo uno.

Entonces ella se giró.

—¡¿QUÉ…?! —sus ojos se abrieron enormes, el pánico atravesando su expresión antes de cubrirse con los brazos— ¿QUÉ HACE AQUÍ?

Levanté las manos.

—No sabía que estabas…

Mis ojos bajaron sin permiso.

Ella tomó el primer tacón que encontró.

—¡SALGA!

El zapato voló hacia mi rostro. Me moví apenas lo suficiente para esquivarlo.

—Buena puntería.

—¡LÁRGUESE, MÜLLER!

Mi nombre en su boca sonó como un reto.

Cerré la puerta detrás de mí.

Con llave.

El clic resonó demasiado fuerte.

Ella se tensó.

—¿Está demente? ¡Abra esa puerta ahora mismo!

—No vine a irme.

—¡Este es mi espacio!

—Y yo no vine a invadirlo —respondí con calma peligrosa—. Vine a hablar.

—¡No así!

Sus mejillas estaban encendidas. De rabia. De vergüenza. De ambas.

Tomó una bata del respaldo de la silla y se la puso con movimientos torpes.

—¿Qué quiere? —escupió.

Di un paso adelante.

Ella dio uno atrás.

—¿Por qué me evitas?

—Porque no me interesa.

—Mentira.

—¿Perdón?

—Si no te interesara, no estarías tan alterada.

Sus ojos brillaron.

—Estoy alterada porque entró sin permiso.

Touché.

—Tienes razón.

Eso la descolocó un segundo.

—¿…qué?

—Tienes razón. No debí entrar así.

Silencio.

Ella no esperaba eso.

Yo tampoco.

Pero no me moví.

—Entonces váyase.

—No hasta que me mires.

—Lo estoy mirando.

—No así.

Me acerqué un poco más. Despacio. Sin tocarla.

—Dime que no te afecta que esté aquí.

—No me afecta.

—Mírame y dilo.

Sus ojos subieron hasta los míos.

Y ahí estaba.

Ese fuego.

—No me afecta.

Mentía mal cuando estaba furiosa.

—Tus manos tiemblan.

—Estoy enojada.

—No solo por eso.

—¿Y usted qué sabe?

—Sé que cuando bailas no miras a nadie… excepto cuando sabes que estoy observando.

Su respiración se aceleró.

—Eso es su imaginación.

—No lo es.

Otro paso.

Ella chocó con el tocador.

—No me arrincone.

Me detuve.

—No quiero arrinconarte.

—Lo está haciendo.

—Entonces dime dónde quieres que esté.

—Fuera.

—No.

El silencio se volvió espeso.

—¿Qué es lo que quiere de mí? —preguntó finalmente, más bajo.

Buena pregunta.

No era solo deseo.

Era curiosidad. Desafío. Algo más oscuro.

—Quiero saber quién eres.

—Soy una bailarina.

—No.

—¿Ah, no? ¿Entonces qué soy?

—Alguien que está escondiéndose.

Eso la golpeó.

Lo vi.

—No sabe nada de mí.

—Lo suficiente.

—¿Lo suficiente para qué? ¿Para jugar?

—No estoy jugando.

—Pues parece que sí.

Se llevó una mano al cabello rubio… y por primera vez noté el gesto de incomodidad al tocar la peluca.

—Ese no es tu color —dije en voz baja.

Se quedó congelada.

—No sé de qué habla.

—Sí lo sabes.

Me acerqué un poco más. Sin tocar. Sin invadir.

Solo cerca.

—No me mires como si pudieras quitarme capas —susurró.

—No necesito quitarlas. Tú sola las dejas caer cuando te enfadas.

Sus ojos brillaron.

—No soy un reto para que usted se entretenga.

—Nunca te vi como entretenimiento.

—Entonces deje de comportarse como un niño rico aburrido.

Eso sí me hizo sonreír.

—¿Niño?

—Sí. Niño. Caprichoso. Acostumbrado a que todo sea suyo.

—No todo.

—Pues yo no lo soy.

La tensión vibraba entre nosotros.

—No quiero que seas mía como objeto —dije más bajo—. Quiero que seas mía porque lo elijas.

Ella soltó una risa incrédula.

—Eso no es lo que ha demostrado hasta ahora.

Y tenía razón.

—Entonces demuéstrame cómo se hace —respondí.

Silencio.

Ella me miró como si intentara descifrar si era peligro o promesa.

—Empiece por salir.

La sostuve la mirada unos segundos.

Luego saqué la llave.

La giré.

El clic volvió a sonar.

—No volveré a entrar sin tocar.

—Más le vale.

Me detuve en la puerta.

—Pero no voy a dejar de mirarte.

—Eso no puede controlarlo.

—No quiero.

Ella respiró profundo.

—Dexter…

—¿Sí?

—No me subestime.

Sonreí, lento.

—Jamás.

Abrí la puerta.

Pero antes de salir, añadí:

—Y deja de fingir que no sientes cuando estoy cerca.

Ella no respondió.

Pero no apartó la mirada.

Y eso fue suficiente.

1
Sandra Dallosta
muy bueno todo
Eneida Atencio
Amo su novela autora excelente
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play