Dicen que la venganza sabe dulce al principio, pero que termina dejando un sabor amargo que ni el tiempo puede borrar.
Ella lo creyó culpable de su dolor y dedicó cada latido, cada suspiro, a destruirlo. Pero lo que no imaginó era que al herirlo, también desgarraba el corazón de un hombre que solo deseaba amarla incondicionalmente.
Él, marcado por las sombras de un error que nunca cometió, vio cómo el que creía el amor de su vida se le escapaba de las manos sin poder hacer nada, roto antes de poder florecer.
Pero entonces apareció ella, luminosa, inesperada, distinta. Ella que con su sola presencia lo sacaba de su zona de confort, irritandolo a cada momento. Sin embargo, con una sonrisa era capaz de desarmar a cualquiera provocando que su corazón temblara sin medida.
El destino ya había trazado un camino, pero la venganza lo torció… Ahora, se trazaba uno nuevo en el cual ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.
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¡Entre la luz y las sombras!
Ese mismo día, después de que Alex se marchara, Sofía regresó a su apartamento con el único propósito de descansar unas horas antes de retomar sus pendientes. Sin embargo, al abrir la puerta, encontró a un visitante que no esperaba. Steffan estaba sentado cómodamente en el sofá de su sala, con una taza de café entre las manos, y frente a él, Fernanda lo observaba con una expresión que dejaba en claro que su presencia no era bienvenida.
— ¿Por qué estás aquí? — Preguntó Sofía con evidente molestia mientras dejaba su bolso sobre la pequeña mesa.
— Estaba acompañando a tu hermana. — Respondió Steffan con una tranquilidad desconcertante, bebiendo un sorbo de su café como si estuviera en su propia casa.
Fernanda cruzó los brazos, conteniendo una sonrisa. Había preparado el café con el triple de azúcar, esperando que el dulzor empalagoso lo hiciera desistir de quedarse más tiempo. Pero para su sorpresa, él bebía sin inmutarse, con una expresión serena que la desconcertó.
— No creo que mi hermana necesite de tu presencia aquí. — Replicó Sofía, arqueando una ceja. — Trabajas para Maximiliano, no para nosotras.
Steffan levantó la mirada con una sonrisa casi infantil.
— Bueno, verás…
— Tranquila, hermana, este hombre ya se va. — Interrumpió Fernanda con determinación, poniéndose de pie. Lo tomó del brazo y lo arrastró hacia la puerta.
— Pero aún no he terminado mi café. — Protestó él, fingiendo ofensa, como un niño al que le quitan un juguete.
— Pues prepárate uno en tu casa. — Le dijo Fernanda, empujándolo suavemente. — Ahora vete y no me molestes más.
Antes de que él pudiera responder, Fernanda cerró la puerta con un golpe seco, dejándolo fuera. Sofía observó toda la escena con una mezcla de sorpresa y diversión.
— Ese hombre está completamente loco. — Exclamó Fernanda, dejando escapar un suspiro de frustración.
— ¿Me quieres explicar qué fue lo que acaba de pasar? — Preguntó Sofía, conteniendo una sonrisa.
Fernanda regresó al sofá, dejándose caer sobre este con dramatismo tomando su taza de café para tomar un sorbo.
— No tiene importancia. — Respondió con desdén.
— ¿Ah, no? — Preguntó Sofía, divertida, recostándose en el respaldo. — Parecías bastante molesta para ser algo sin importancia.
— No te burles. — Gruñó Fernanda, frunciendo el ceño. — No se ha detenido desde que nos conocimos. Es fastidioso, insistente y… demasiado seguro de sí mismo.
Sofía la observó con ternura. Podía notar ese brillo en los ojos de su hermana, el mismo que ella había tenido alguna vez cuando Maximiliano aparecía en su vida sin ser invitado. Pero en este caso, había algo distinto en el aire, una chispa que podía transformarse en algo sincero.
— ¿Te gusta? — Preguntó con calma, con esa mirada inquisitiva que solo una hermana mayor podía tener.
Fernanda abrió los ojos de par en par, sintiendo el calor subirle a las mejillas.
— ¡¿Qué dices?! Claro que no. — Replicó, mirando hacia otro lado. — Solo es un fastidio con traje.
— Mmm… claro. — Musitó Sofía con tono burlón mientras tomaba la taza que Steffan había dejado sobre la mesa. — Respondiste muy rápido.
— ¿Qué estás haciendo? — Preguntó Fernanda alarmada al verla acercar la taza a los labios.
— Quiero saber por qué estaba tan empeñado en terminar su café. — Respondió Sofía divertida.
— ¡No! — Gritó Fernanda intentando detenerla, pero ya era demasiado tarde.
Sofía tomó un sorbo y casi tosió de lo dulce que estaba. Pasó el líquido con dificultad y frunció el ceño.
— Hermanita… — Dijo con una sonrisa traviesa. — Eres demasiado cruel.
Fernanda no pudo evitar reír.
— Esa era la idea. Pensé que con tanto azúcar saldría corriendo.
— Y en cambio te salió con cara de satisfacción. — Bromeó Sofía mientras se levantaba. — Parece que te subestimó.
— No empieces. Creo que debí ponerle sal.
— Jajajaja. Bien, no diré nada. — Dijo sonriendo mientras levantaba sus manos en son de paz. — Solo que si sigue viniendo tan seguido, vas a terminar acostumbrándote a su presencia.
Fernanda rodó los ojos, fingiendo indiferencia, aunque por dentro su corazón se aceleraba con solo recordar la sonrisa confiada de Steffan.
Sofía se fue a su habitación, necesitaba un baño largo y un poco de silencio para despejar su mente. Entre el trabajo, las visitas al hospital y las emociones contenidas, sentía que el cuerpo no le daba más. Mientras el agua caía sobre su piel, pensó en Maximiliano, en cómo todo había cambiado desde el incidente, la noticia de que ella era su amante y la causante de su divorcio. Ya desearía ella haber sido quien lo provoca, pero ella jamás sería capaz de hacer algo así. Por lo que definitivamente, habían cosas que no podía detener, pero al menos todo eso le había ayudado a estar cerca, aunque nada fuera real.
Entre tanto, en la sala, Fernanda permanecía pensativa. Su mirada se perdió en la taza sobre la mesa. Debía admitir que Steffan era un hombre encantador, divertido, con una amabilidad que desarmaba. Y aunque intentara negarlo, su presencia la hacía sentir extrañamente tranquila.
“¿Me gusta?” Se preguntó en silencio. “No puede ser… apenas lo conozco.”
Pensaba con duda, pero aun así, el recuerdo de su sonrisa seguía ahí, como un eco persistente que la inquietaba.
Entre tanto, momento después, Sofía salió del baño con el cabello húmedo y un semblante más sereno. Bajó y caminó hacia la cocina para tomar un poco de agua justo cuando su teléfono comenzó a sonar. Al ver el número del hospital en la pantalla, sintió un nudo en el estómago.
— ¿Sí? — Contestó rápidamente.
Escuchó con atención, sin interrumpir. Su rostro fue cambiando poco a poco. Primero fue sorpresa y alivio, luego una expresión de resignación. Colgó con lentitud, respiró profundo y miró hacia la ventana, donde la noche comenzaba a caer.
— Entonces… ya todo terminó. — Murmuró para sí misma. — Fue bueno mientras duró.
Volvió a mirar hacia el pasillo donde estaba su hermana. Sabía que lo que venía no le iba a gustar, pero era algo que debía hacer. Su tiempo de esconderse había terminado.