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NuevaEl Veredicto De Las Olas: Renacer En El Búnker

NuevaEl Veredicto De Las Olas: Renacer En El Búnker

Status: En proceso
Genre:Apocalipsis / Viaje a un mundo de fantasía / Reencarnación
Popularitas:546
Nilai: 5
nombre de autor: Santiago López P

Sinopsis
Tras morir en un trágico accidente, Sheila Roy despierta en el cuerpo de Saori, la hermana mayor de un personaje secundario en una popular novela de supervivencia zombie. Sabiendo que el fin del mundo comenzará en cuestión de días, utiliza sus conocimientos y los recursos de sus padres para construir un búnker inexpugnable y rescatar a sus hermanos.
Sin embargo, tras la primera noche del apocalipsis, Saori recupera un recuerdo aterrador: el mundo en el que habita no pertenece a una sola novela, sino a la fusión de dos historias distintas. La segunda trama introduce las "Olas de Mutación", eventos globales que transforman el clima, la flora y la fauna en depredadores letales.
Ahora, con un bebé rescatado, un perro que empieza a mostrar una inteligencia inquietante y un grupo de supervivientes bajo su mando, Saori debe liderar a los suyos a través del "Destello de los Mil Soles", un sueño profundo que marcará el inicio de la verdadera evolución biológica.

NovelToon tiene autorización de Santiago López P para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 10

Saori se deslizó por la verja trasera del instituto, aprovechando que la maleza alta ocultaba sus movimientos. El metal de la valla chirrió levemente, un sonido que en su mente sonó como una explosión, pero que fue rápidamente devorado por el viento. Desde su posición, tenía una vista clara de las canchas deportivas; lo que antes era un lugar de risas y competencia, ahora era un campo de pesadilla. Decenas de figuras con uniformes escolares desgarrados deambulaban sin rumbo, arrastrando los pies sobre el pavimento agrietado.

​Se preguntó, con un nudo en la garganta, si realmente quedaría alguien con vida tras esos muros de ladrillo.

​Se acercó a una de las ventanas de la planta baja, pegando la espalda a la pared de ladrillos. El vidrio estaba empañado por la humedad del interior. Tras unos segundos de observación, confirmó que el aula parecía desierta. Con movimientos lentos y precisos, forzó el cierre de la ventana y saltó al interior, aterrizando con la agilidad de quien sabe que un paso en falso significa la muerte.

​El aire en el salón era rancio, saturado con el olor a tiza y algo mucho más metálico y desagradable. Sabía que debía moverse con cautela; en los pasillos de la planta baja la densidad de infectados debía de ser letal.

​Había venido a ver si quedaba algún superviviente o, siendo más honesta consigo misma, si alguno de los niños pequeños del club de tarde seguía allí. Ahora que había puesto a salvo a Yuuta, una punzada de culpa le recorría el pecho. No podía salvar al mundo entero, pero la idea de los salones llenos de niños que no tuvieron un búnker ni una advertencia previa la hacía sentir como una intrusa en su propia suerte.

​—Saori, estás dentro del rango de los pasillos principales —susurró la voz de Sora por el auricular, sacándola de sus pensamientos—. Ten cuidado. Según los planos que recuerdo, la enfermería está a dos pasillos a tu izquierda.

​—Recibido —respondió ella en un susurro apenas audible—. Voy a ver si el camino está despejado. Parece haber movimiento cerca de la cafetería, así que daré un rodeo por el ala de laboratorios.

​Caminó pegada a los casilleros, evitando los charcos de un líquido oscuro que se extendían por el linóleo. Cada vez que pasaba frente a una puerta cerrada, se detenía a escuchar. No buscaba solo suministros; buscaba una señal, un llanto, un golpe rítmico que le indicara que el sacrificio de sus padres no era la única razón por la cual una vida humana seguía latiendo en ese edificio.

Saori sintió un nudo en la garganta mientras observaba a Yair y Azami. El silencio en ese salón de segundo año era sepulcral, roto únicamente por el siseo de la respiración entrecortada de los niños.

—Escuchen bien —susurró Saori, agachándose para quedar a su altura—. Voy a investigar el resto del piso. Ustedes cierren la puerta en cuanto salga. No dejen entrar a nadie, ¿entendido?

Los niños asintieron con los ojos muy abiertos.

—¿Cómo sabremos que eres tú? —preguntó Azami, apretando su pequeño vestido sucio.

—Tocaré tres veces, haré una pausa y luego dos veces más. Si no es ese ritmo, guarden silencio absoluto.

Saori salió del salón y la realidad la golpeó de inmediato. El olor a hierro y descomposición flotaba en el pasillo. Se movió como una sombra, pegada a los casilleros, evitando un infectado que merodeaba cerca de las escaleras. Al subir al segundo piso, la situación no era mejor. Tuvo que hundir su cuchillo en el cráneo de dos zombies que bloqueaban el paso, moviéndose con una eficiencia gélida que incluso a ella le sorprendía.

En el último salón del ala norte, encontró a Near Miracle. El chico estaba pálido, apoyado contra una fila de pupitres volcados.

—Es mejor irnos —sentenció Saori tras confirmar que no estaba herido—. Vamos a mi casa, pero primero debemos recoger a los niños del primer piso.

—¿Había niños? —preguntó Near, con la voz ronca por la deshidratación.

—Dos. Y no pienso dejarlos aquí.

Comenzaron el descenso con cautela, pero al llegar al descanso de la escalera, el plan se desmoronó. Un grupo de tres adultos —profesores o personal administrativo— apareció al final del pasillo opuesto. Al ver a seres humanos vivos, el pánico venció a su instinto de supervivencia.

—¡Esperen! ¡Ayúdennos! —gritó uno de ellos, su voz resonando con una fuerza catastrófica en el pasillo vacío.

—¡Cállense, idiotas! —siseó Saori, pero era tarde.

El grito rebotó en las paredes de concreto como una campana de cena. Casi al instante, un rugido colectivo, un sonido gutural y hambriento que parecía venir de las entrañas del edificio, respondió desde la planta baja. Se escuchó el estrépito de cientos de pies descalzos y calzados chocando contra el linóleo. La horda se había despertado.

—¡Saori! ¡El sensor de movimiento de la entrada trasera está en rojo! —la voz de Sora estalló en su auricular, cargada de pánico—. ¡Hay demasiados! ¡Sal de ahí ahora!

—¡Near, corre! —ordenó Saori, agarrando al chico del brazo mientras los profesores corrían hacia ellos, atrayendo a una marea de uniformes desgarrados que doblaba la esquina.

El eco de los gritos de los profesores fue apagado rápidamente por el sonido de cristales rompiéndose. Los infectados no corrían, pero se movían con una inercia imparable. Saori llegó a la puerta del salón de los niños y golpeó: clac, clac, clac... clac, clac.

La puerta se abrió apenas unos centímetros y Saori empujó a Near hacia adentro.

—¡Entra! ¡Niños, prepárense para correr! —Saori miró por el pasillo. Los profesores habían sido alcanzados; el sonido de los desgarros y los gritos ahogados era insoportable—. No miren atrás. Si quieren vivir, sigan mis pies y no hagan ni un solo ruido.

Sora, desde el búnker, veía por las cámaras cómo la mancha gris de los infectados rodeaba el instituto.

—Saori, tienes tres minutos antes de que bloqueen todas las salidas —advirtió Sora, con la voz temblorosa—. Por favor... vuelve.

—Prepara la entrada, Sora. Llevo compañía.

La adrenalina comenzó a disiparse, dejando un rastro de agotamiento que pesaba más que la mochila táctica. El aire en la sala del búnker, antes gélido y estéril, ahora se sentía extrañamente humano con la presencia de los niños y Near.

—He vuelto —susurró Saori por el auricular antes de desconectarlo. Sus dedos temblaban levemente mientras se quitaba los audífonos.

Yuuta no esperó a que ella terminara de despojarse del equipo. Corrió hacia ella y la rodeó con sus brazos, hundiendo la cara en su chaqueta.

—Hermana... —logró decir entrecortadamente, con un alivio que vibraba en todo su cuerpo.

Saori sonrió con cansancio y le acarició el cabello. Fue entonces cuando Yuuta notó que no venía sola. Al ver a sus amigos, sus ojos se iluminaron con una chispa que la oscuridad del búnker no había logrado apagar.

—¡Yair! ¡Azami! —exclamó Yuuta, soltando a Saori para recibirlos.

—Hola —saludó Yair, todavía aferrado a la mano de su compañera, con los ojos muy abiertos ante la magnitud del refugio.

—¡Yuuta! —Azami se lanzó a abrazarlo, sollozando en su hombro—. Pensé que no volveríamos a vernos.

—Saori nos salvó —dijo Yair, mirando a la joven con una mezcla de asombro y devoción—. Peleó contra esas cosas en el pasillo.

Yuuta se volvió hacia su hermana, con las mejillas húmedas. Se puso de puntillas y le dio un beso rápido en la mejilla.

—Gracias, hermana. Gracias por salvar a mis amigos.

Saori sintió un calor extraño en el pecho. Fui bien recompensada, pensó, permitiéndose un segundo de paz. Sin embargo, el ambiente cambió drásticamente cuando Sora dio un paso al frente.

Sus ojos no estaban puestos en los niños, sino en el joven que permanecía en la sombra, cerca de la entrada.

—Near —pronunció Sora. Su voz no era cálida, pero tampoco hostil; era un tono cargado de una historia que Saori no lograba descifrar.

La tensión entre ambos se volvió casi física, una presión invisible que hizo que Naoko diera un paso atrás. Near no se movió. Su cuerpo estaba rígido, sus hombros tensos y sus manos cerradas en puños que intentaba ocultar. No era solo el miedo al apocalipsis lo que lo mantenía así; era la presencia de Sora.

—Sora... —respondió Near, con una voz que sonó como el roce de dos piedras.

Sora avanzó lentamente y, ante la sorpresa de Saori, envolvió a Near en un abrazo firme.

—Me alegro de que estés bien —murmuró Sora al oído de su amigo.

Near correspondió al gesto, pero no hubo alivio en su rostro. Su espalda seguía recta como una vara de hierro y sus ojos evitaban los de Sora, buscando cualquier punto de fuga en las paredes de concreto. Había algo en su lenguaje corporal, una distancia forzada, una cautela que iba más allá de la simple amistad.

Saori observó la escena desde el sofá, entrecerrando los ojos. ¿Qué me perdí?, se preguntó. Según la novela, Sora solo se llevaba bien con el grupo del protagonista, y Near era apenas un personaje de fondo, un compañero de clase sin mucha relevancia. Pero la forma en que Sora lo sostenía, y la manera en que Near parecía querer fundirse con la pared para escapar de ese afecto, contaba una historia muy diferente.

—Deberías descansar —dijo Sora, rompiendo el abrazo y volviéndose hacia Saori, aunque su mirada volvió a Near por un breve segundo—. Has hecho suficiente por hoy.

—Solo quiero dormir... —murmuró Saori, dejándose caer contra el respaldo.

El misterio de Sora y Near tendría que esperar. Por ahora, el rugido de la horda en el instituto era solo un eco lejano, y el búnker, con todas sus sombras y secretos, era el único hogar que les quedaba.

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