En un mundo dividido por magia y poder, seis protagonistas luchan por el destino de los Cuatro Reinos. Entre traiciones, alianzas y secretos ancestrales, cada uno debe enfrentar su propio pasado para conquistar un reino al borde del caos. Una saga épica de magia, intriga y supervivencia donde solo los más fuertes definirán el futuro.
Crónica de los Cuatro Reinos: La Saga Arcana.
Libro 1: El Legado de Drakthar.
Libro 2: Fuego y Hielo en Frostvale.
Libro 3: Los Secretos de Ironspire.
Libro 4: El Juramento de Embercliff.
Libro 5: La Corona Rota.
Libro 6: Las Sombras del Trono.
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Capítulo 13
El despertar del poder dracónico dentro de Elowen transformó el campo de batalla de Drakthar. Las Sombras Subyugadas, que un momento antes habían sido imparables, ahora se retorcían y se desvanecían en cenizas y energía ante su presencia. Su aura, una mezcla de sombras puras y un oro etéreo que emanaba de sus ojos, las repelía como una luz divina. El rugido primario que había escapado de su garganta no era solo un sonido, sino una onda de choque mágica que había resonado en la esencia misma de Valerius y sus creaciones.
Elowen se movía hacia el palacio, un faro de determinación ardiente en medio del caos que Valerius había desatado. Cada paso era firme, su mente clara a pesar del torbellino de poder que fluía a través de ella. Las calles, antes repletas de terror, ahora contenían una mezcla de asombro y esperanza en los ojos de los pocos civiles que aún quedaban. Las sombras corrompidas se dispersaban a su paso, algunas desintegrándose al contacto con su aura, otras simplemente huyendo de la presencia abrumadora de un poder superior.
Atheris, en la entrada del palacio, estaba organizando a los últimos guardias leales, sus rostros sucios de hollín y miedo. Habían formado una precaria línea defensiva, sus espadas rechinando contra las formas fantasmales. Cuando Elowen apareció, su figura envuelta en ese aura dorada y sombría, el viejo Lord Comandante sintió un nudo en la garganta. Lágrimas de alivio y asombro corrieron por sus mejillas.
—¡Es ella! —gritó Atheris, su voz ronca pero llena de una fuerza renovada—. ¡La princesa! ¡Drakthar no ha caído!
Los guardias, que habían estado al borde de la desesperación, sintieron un resurgir de valor. El poder de Elowen era innegable, tangible. Un grito de guerra, teñido de esperanza, se alzó desde sus filas mientras Atheris los instaba a mantener la línea, abriendo un camino para su legítima soberana.
Elowen no dudó. Se deslizó entre ellos, un espectro de poder. Los muros del palacio, que una vez habían sido su hogar y ahora eran la fortaleza de su enemigo, se alzaban ante ella como un desafío. Sabía que Valerius estaría en la torre más alta, en el lugar donde su locura se manifestaba.
Mientras Elowen avanzaba, una figura furtiva se movía en las sombras interiores del palacio. Lysandra. Sus manos, temblorosas pero decididas, trabajaban febrilmente en una intrincada secuencia de sellos mágicos que protegían la entrada al laboratorio secreto de Valerius. El terror por Elara y la abrumadora visión del poder de Elowen la habían empujado al límite. No podía retroceder ahora. Había sido cómplice, pero ahora sería redentora.
—Por Elara... —murmuró, su voz apenas un susurro, mientras completaba el último sello de anulación. El pasaje se abrió, revelando una red de tuberías y cámaras que alimentaban los rituales del Éter Oscuro—. Que los dioses perdonen mi cobardía.
En las afueras del palacio, Kael, Maeve y Lyra habían irrumpido en los terrenos. Kael, una furia silenciosa, se enfrentaba a los Cultistas del Velo que intentaban reorganizarse, sus espadas chocando con un sonido metálico. Maeve, con sus viejos ojos brillando con sabiduría ancestral, tejió una red de contramagia que disipaba los hechizos oscuros de los cultistas, mientras Lyra, sus manos sobre la tierra, sentía la corrupción y respondía con explosiones de energía vital que debilitaban a las Sombras Subyugadas restantes.
—¡El Vacío se retira! —exclamó Lyra, su voz clara en medio del clamor de la batalla.
Mientras tanto, Elowen ascendía por las escaleras del palacio, sus pasos resonando en el silencio antinatural que dejaba a su paso. Los Hombres de Hierro que intentaban detenerla se desintegraban o huían despavoridos ante la fuerza palpable que emanaba de ella. Su mente se enfocaba en Valerius, su ira creciendo con cada paso, su corazón apesadumbrado por la destrucción que la rodeaba.
Finalmente, llegó a la cima de la torre más alta, la sala del trono improvisada de Valerius. El techo, de cristal, estaba parcialmente roto, revelando la luna creciente teñida de un tenue rojo. Valerius estaba de pie en el centro de la sala, su rostro descompuesto por una rabia desquiciada, la Máscara de la Noche Eterna en sus manos. Los Cultistas del Velo restantes se agrupaban a su alrededor, sus rostros pálidos, sus ojos llenos de una mezcla de miedo y avaricia.
—¡Elowen! —siseó Valerius, su voz distorsionada por la furia—. ¡Pensé que te habías desvanecido en la oscuridad! ¡Qué patético que regreses ahora, solo para presenciar la gloria de mi nuevo reino!
Elowen se detuvo en el umbral, su aura dorada pulsando con fuerza. Sus ojos brillaron, fijos en la Máscara.
—No habrá gloria para ti, Valerius, solo cenizas —respondió Elowen, su voz era un eco de su linaje, profunda y resonante, sin un rastro de duda—. Has deshonrado a mi padre, a mi gente, y has profanado la magia ancestral. ¡Y ahora pagarás por ello!
Valerius se rio, un sonido estridente y sin alegría.
—¡Pagaré! ¡Yo seré el rey de la noche eterna! ¡Y tú, princesa mimada, serás la primera en doblar la rodilla!
Se puso la Máscara de la Noche Eterna.
En el instante en que la Máscara tocó su rostro, la sala se oscureció abruptamente. No era la oscuridad natural de la noche, sino una negrura absoluta que parecía absorber la luz y el sonido. La figura de Valerius se hizo más grande, más imponente, envuelta en un aura de energía del Vacío que retorcía el aire a su alrededor. Los Cultistas del Velo cayeron de rodillas, temblando.
—¡Ahora, Elowen, sentirás el verdadero poder! —rugió Valerius, su voz reverberando con una fuerza antinatural. De sus manos enguantadas en oscuridad brotaron tendriles de sombra corrupta, lanzándose hacia Elowen con la fuerza de un huracán.
Elowen levantó sus manos, y de ellas surgió una ola de sombras puras y vibrantes que chocaron con las de Valerius. No era una colisión de oscuridad contra oscuridad, sino de la vida contra el Vacío, de la existencia contra la no-existencia. La sala se llenó de un estruendo ensordecedor, el cristal del techo estallando, las paredes resquebrajándose.
La batalla por Drakthar no era solo un duelo de voluntades, sino un choque de esencias. Elowen se movía con una gracia sobrenatural, el poder ancestral fluyendo a través de ella. Cada movimiento era fluido, cada hechizo una extensión de su propia voluntad. Podía sentir el Éter Oscuro que Valerius controlaba, una corriente fría y vacía, y contraatacaba con su propia magia, que se sentía cálida, conectada a la tierra, a las raíces de Drakthar.