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Cuando La Sangre Nos Encontró

Cuando La Sangre Nos Encontró

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / CEO / Aventura / Completas
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Una noche de celebración universitaria terminó convirtiéndose en una tragedia que dos jóvenes jamás pudieron comprender. Víctimas de una cruel broma organizada por estudiantes privilegiados, él terminó hospitalizado y ella despertó sola, sin recuerdos claros de lo sucedido. Mientras la familia del muchacho lo llevaba de regreso a Europa, ambos continuaron sus vidas ignorando que aquella noche había dejado una consecuencia imposible de borrar.

Siete años después, ella es una mujer independiente, trabajadora y madre de un niño de seis años, al que ha criado con todo el amor que nunca tuvo. Su mundo se derrumba cuando un accidente obliga a su pequeño a someterse a una operación urgente y el hospital informa que necesita transfusiones de un grupo sanguíneo extremadamente difícil de conseguir.

Una convocatoria de donantes llega hasta un hombre que lleva años colaborando con bancos de sangre. Sin imaginarlo, decide acudir para salvar la vida de un niño desconocido

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Capítulo 12: La primera grieta en el muro

El aire en el pequeño porche olía a tierra tibia y a los jazmines enredados en la reja.

Francesco guardó el teléfono en el bolsillo interior del saco, cerró los ojos y apoyó la nuca contra los ladrillos a la vista de la pared. El pulso le retumbaba en las sienes. El noventa y nueve coma nueve por ciento. Una cifra fría, matemática, emitida por un laboratorio de genética molecular, que condensaba en seis dígitos siete años de ausencias, de preguntas sin respuesta y de una paternidad robada.

La puerta de madera crujió con suavidad.

Emilia se asomó al porche sosteniendo un vaso de agua fresca:

—¿Está todo bien, Francesco? Te vi salir apurado y pensé que... bueno, que quizás era una urgencia de tu empresa.

Francesco abrió los ojos despacio. Verla allí, parada en el umbral de su casa sencilla, con los hombros relajados por primera vez en tres días y ese mechón rebelde cayéndole sobre la mejilla, le provocó una calidez tan honda que tuvo que hacer un esfuerzo consciente para que su voz no temblara.

—Ninguna urgencia de negocios, Emilia —dijo él, recibiendo el vaso con un gesto agradecido—. Solo la confirmación de unos análisis de rutina que había encargado. Asuntos que requerían mi atención.

Emilia se apoyó en la baranda de madera del porche, mirando hacia la vereda arbolada del barrio:

—Mamá y Ricardo se quedaron adentro con Simón haciéndole compañía a Gabriel. Mi hijo se durmió con una sonrisa... Hacía semanas que no lo veía tan tranquilo. Ricardo dice que los chicos tienen un instinto especial para reconocer a las personas que les hacen bien.

Francesco bebió un sorbo de agua, sintiendo el frescor calmarle el ardor de la garganta. Dio medio paso hacia ella, quedando a escasos centímetros de su hombro:

—Gabriel es un chico extraordinario, Emilia. Refleja exactamente la valentía y el corazón de la mujer que lo crió.

Emilia bajó la mirada, jugueteando con el borde de su pulsera de hilo. Una leve sombra de rubor le tiñó las mejillas, contrastando con la timidez que rara vez dejaba asomar en su trabajo:

—No fue fácil. Hubo noches en que sentía que el mundo se me caía encima. Salir a trabajar a las siete de la mañana, dejarlo con mamá, cursar en la facultad hasta las diez de la noche y volver a casa a lavar pañales mientras estudiaba sentada en el suelo de la cocina... Pero cada vez que Gabi me abrazaba antes de dormir, todo el cansancio valía la pena. Mi único miedo siempre fue no ser suficiente para él.

Francesco sintió una punzada de culpa tan aguda que casi le corta el aliento. Ella había cargado sola con todo ese peso, con la condena social, con la precariedad y el miedo, mientras él vivía protegido en palacios lombardos creyéndose una víctima de su propia memoria.

—Usted fue más que suficiente, Emilia —le dijo él en un susurro grave, cargado de una solemnidad que la obligó a mirarlo a los ojos—. Fue el mundo entero para él. Y le juro que nadie con un ápice de decencia podría juzgarla por el pasado.

Los ojos de Emilia se humedecieron. En la mirada azul de Francesco no había rastro de la lástima condescendiente con la que a veces la miraban en ciertos círculos corporativos; había admiración, un respeto reverente y un fuego contenido que le aceleró los latidos del corazón de una forma que la descolocó por completo.

—Gracias, Francesco... De verdad, gracias. Por todo.

Él le devolvió el vaso vacío y, en un movimiento suave, casi involuntario, rozó con el dorso de sus nudillos la mejilla de Emilia, retirándole el mechón de cabello detrás de la oreja. El contacto de su piel tibia hizo que ambos contuvieran la respiración por una fracción de segundo.

—Tengo que irme a la oficina central —dijo él, retrocediendo con delicadeza para no abrumarla—. Pero dejé a dos personas de mi equipo de seguridad apostadas en un vehículo discreto al inicio de la cuadra. Nadie se va a acercar a esta casa sin que yo lo sepa.

Emilia abrió los ojos, sorprendida:

—Francesco, no es necesario que gastes en custodia...

—Para mí es indispensable —cortó él con firmeza paternal—. Mañana temprano Celeste presentará las pruebas en la fiscalía. Las próximas horas van a ser decisivas. Descanse, Emilia. Cuide a Gabriel.

Se despidió con una inclinación de cabeza y caminó hacia la camioneta que lo esperaba al final del sendero de baldosas. Emilia se quedó en el porche viéndolo partir, con una mano apoyada sobre la mejilla donde todavía sentía el eco del tacto de sus dedos.

El lunes por la mañana, los tribunales provinciales amanecieron bajo una marea de abogados, empleados judiciales y expedientes apilados en los mostradores.

En el tercer piso, en el despacho de la Fiscalía de Instrucción Número Cuatro, el aire acondicionado zumbaba sin dar abasto contra el calor que empezaba a subir en la ciudad. El fiscal Marcelo Benavídez, un hombre canoso de cincuenta años con fama de contemporizar con los apellidos ilustres de la provincia, miraba con fastidio la montaña de papeles que Celeste Vélez acababa de estampar sobre su escritorio de roble.

—Doctora Vélez, entiendo su celo profesional —decía el fiscal, quitándose los anteojos de lectura con un suspiro pesado—, pero no podemos transformar un simple siniestro vial con lesiones culposas en una cacería de brujas contra una familia respetada. El doctor Barrenechea ya presentó un escrito ratificando que el conductor sufrió una lipotimia al volante y que la empresa responderá civilmente.

Celeste apoyó ambas palmas de las manos sobre el escritorio y se inclinó hacia adelante, con los ojos echando chispas:

—Ese cuento de la lipotimia se cae a pedazos en la primera pericia, fiscal. Acá tiene la copia certificada del registro del domo municipal de tránsito. Su supuesto «enfermo» bajó corriendo de la camioneta, llamó por teléfono y subió al auto de apoyo que vino a rescatarlo en menos de sesenta segundos. Eso no es una descompensación médica; eso se llama abandono calificado de persona y fuga del lugar del hecho con dolo eventual.

—Aun así, la titularidad registral...

—La titularidad de la cuatro por cuatro y del sedán de fuga pertenecen a sociedades satélite de Luciano Devereaux —la interrumpió una voz gélida desde la puerta del despacho.

El fiscal levantó la vista de golpe.

Junto a Celeste se paró el doctor Matteo Rossi, jefe del departamento penal del consorcio internacional De Santis, portando un maletín de cuero importado y una carpeta con los sellos consulares de la embajada italiana:

—Buenos días, doctor Benavídez. Soy el apoderado legal del consorcio De Santis y de la Fundación de Hemoterapia Rara. Nos acabamos de constituir formalmente como querellantes particulares adjuntos en representación del señor Francesco De Santis, en su carácter de testigo directo y garante humanitario de la víctima.

El fiscal palideció visiblemente. Tragar saliva le costó un segundo largo:

—¿El consorcio De Santis? ¿Los inversionistas del puerto?

—Exactamente —continuó Rossi con una tranquilidad implacable—. Y si este expediente no tiene una orden de detención contra Tomás Devereaux y una citación indagatoria para Ignacio Barrenechea por encubrimiento agravado antes del mediodía, la causa será elevada en queja directa ante la Procuración General de la Nación y la Cancillería. Al señor Francesco De Santis le interesa sobremanera que en esta provincia las leyes se apliquen con el mismo rigor para todos.

El fiscal miró a Celeste, que sonreía con una satisfacción afilada, y luego al letrado italiano. Tomó la lapicera con dedos vacilantes:

—Ordenaré las medidas periciales de inmediato y notificaré la prohibición de salida del país para el imputado.

A diez cuadras de allí, en el club privado más exclusivo de la ciudad, el ambiente era radicalmente distinto.

En una mesa apartada junto a los ventanales que daban a las canchas de tenis, Luciano Devereaux arrojó su teléfono celular sobre el mantel blanco con una violencia que hizo tintinear las copas de cristal. Tenía treinta años, facciones afiladas, el cabello rubio peinado hacia atrás y una mirada cargada de una soberbia que empezaba a desmoronarse bajo el miedo.

Frente a él, Ignacio Barrenechea transpiraba copiosamente dentro de su traje azul, secándose la frente con una servilleta de tela:

—Te lo advertí, Luciano. Te dije que esa empleada no estaba sola. La abogada que le maneja el caso es una fiera de tribunales, y ahora De Santis metió a todo su buffet corporativo en el expediente. El fiscal Benavídez me acaba de llamar aterrorizado: libró orden de captura para Tomás por abandono de persona y a mí me abrieron una causa penal por tentativa de cohecho y encubrimiento.

—¡Maldito italiano! —bramó Luciano en un susurro furioso, clavando las uñas en el borde de la mesa—. ¿Qué carajo le importa a Francesco De Santis lo que le pase a un pibe de un barrio marginal? ¡Firmó un contrato de cuarenta millones de euros el viernes y ahora se pone a jugar al justiciero con una muerta de hambre!

—No es solo el accidente, Luciano... —balbuceó Barrenechea, temblando—. Mis contactos en el consulado me dijeron que De Santis pidió informes sellados a Suiza sobre la fiesta de hace siete años.

Luciano se quedó helado. La copa de vino se le detuvo a milímetros de los labios:

—¿Qué dijiste?

—Está buscando a los testigos. Está rastreando a Charlotte Weber y las transferencias que tu viejo hizo para callar a la clínica privada donde lo dejaron tirado con el cráneo roto. Si De Santis llega a recuperar la memoria y sienta a esa embajadora en un juzgado, no solo se nos cae la concesión del puerto... Nos meten a vos, a mí y a Tomás en una cárcel común por lesiones gravísimas y conspiración.

Luciano apretó los dientes hasta que la mandíbula le dolió. Sus ojos claros brillaron con una malevolencia desesperada:

—Esa chica, la Ferrero... tiene que haber una forma de quebrarla. Hay que buscar a su padre biológico, al borracho ese que apareció en el hospital. Dale plata a Osvaldo. Que arme un escándalo público en la puerta de la logística donde trabaja, que la denuncie por ocultarle al nieto, que la prensa la destruya. Si ella retira la querella civil, el frente judicial de De Santis pierde fuerza.

—¿Y si Francesco interviene de nuevo?

—Francesco responde a una familia —escupió Luciano, sacando un segundo teléfono encriptado de su bolsillo—. Ya me comuniqué con su hermano Máximo en Milán. Le conté que Francesco está descuidando los negocios del consorcio por obsesionarse con una mujer local de clase baja. La madre de los De Santis, doña Margot, no tolera una sola mancha en su árbol genealógico. En menos de cuarenta y ocho horas vamos a tener a los patriarcas italianos aterrizando en esta ciudad para ponerle una correa a su heredero rebelde.

En el centro de la ciudad, en su oficina privada del piso veintiocho, Francesco contemplaba el horizonte a través del ventanal.

Sobre su escritorio de caoba descansaba un portaretratos nuevo de madera lustrada: adentro estaba el dibujo de la nave espacial, con los trazos torpes de Gabriel, las estrellas amarillas y la figura alta de ojos azules sosteniéndole la mano.

El intercomunicador sonó con dos pitidos secos:

—Señor De Santis —anunció Lorena desde la recepción—, su hermano Máximo está en la línea tres desde la sede de Milán. Dice que es una llamada de máxima urgencia familiar.

Francesco no dudó. Presionó el botón del altavoz con una calma implacable:

—Máximo.

—Francesco, ¿se puede saber qué locura estás cometiendo? —la voz de su hermano mayor llegó cargada de una indignación gélida desde Italia—. Recibí una llamada del propio Luciano Devereaux quejándose de que estás hostigando a sus empresas y amenazando a sus abogados en sede judicial. Papá está al tanto de todo. Mamá ya convocó al consejo de familia.

Francesco apoyó la yema de los dedos sobre el marco del dibujo de su hijo:

—Luciano Devereaux es un delincuente, Máximo. Y la camioneta de su empresa casi mata a un chico inocente en una vereda.

—¡No nos importan los accidentes de tránsito locales! —estalló Máximo al otro lado de la línea—. Nuestro apellido no se mezcla con el fango de los tribunales sudamericanos por causas menores. Mamá exige que tomes el primer vuelo a Roma esta noche. Si no lo haces, ella misma tomará el avión privado de la familia para venir a poner orden en esa sucursal.

Francesco levantó la vista hacia el cielo despejado, sintiendo que por primera vez en su vida la sombra asfixiante de su linaje no tenía el menor poder sobre su alma:

—Que venga, Máximo. Que venga mamá y que venga papá si quieren. Pero avísales una cosa: hace siete años ustedes me ocultaron la verdad y me arrancaron de esta ciudad para salvar las apariencias. Esta vez no me voy a mover de acá. Porque en esta tierra tengo algo que vale infinitamente más que todo el consorcio De Santis.

Cortó la comunicación con un golpe seco de su índice, sin esperar la respuesta de su hermano, dispuesto a enfrentar la tormenta que acababa de desatarse sobre los dos mundos que la sangre había unido para siempre.

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Edith Nebbia
gracias por esta linda novela llena de amor,con pocos capitulos que esplican todo lo necesario para entretener al lector gracias otra vez 🥰
Leticia Contreras
sin lugar a dudas una historia muy Hermosa autora muchas gracias y felicidades 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰
Leticia Contreras
por fin ya se van a casar Francesco y Emilia que Hermosa parejita con mucho amor 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰
Leticia Contreras
que felicidad se siente con esta Hermosa familia Dios los bendiga 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰
Leticia Contreras
se les escapo la sabandija ojala y pronto lo atrapen para que pague todo el dan̈o que causo
Leticia Contreras
Maximo ya doblo las manos pero la soberbia de Margot no tiene limites
Leticia Contreras
ya Emilia save que Francesco es el papa de Gabriel ahora a formar la familia que por tanto tiempo se les nego 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰
Leticia Contreras
por fin ya se descubrio la verdad de todo 🥰🥰🥰🥰🥰🥰
Leticia Contreras
que sabandijas tanto Margot como Maximo queriendo tapar el sol con un dedo pero Francesco no se dejo
Leticia Contreras
Francesco tienes que decirle a Emilia la verdad
Leticia Contreras
ya se pusieron a temblar esos zorros sinverguenzas ahora si no hay nada que pare a Francesco
Leticia Contreras
muy bien por Francesco va a descubrir todo lo que le ocultaron tanto su familia como los otros sorros sinverguenzas
Leticia Contreras
Francesco ya save que Gabriel es su hijo que emocion 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰
Leticia Contreras
estos capitulos estan repetidos autora 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰
Leticia Contreras
andale Francesco investiga y vas a encontrar la verdad sobre Gabriel
Leticia Contreras
se fue de espaldas ese zorro enviado para asustar a Emilia
Leticia Contreras
Francesco va a destapar lo que su familia le oculto
Leticia Contreras
van a empezar a rodar cabezas
Corina Galantti
una belleza de novela! me encantó. BENDICIONES ESCRITORA
Leticia Contreras
definitivamente la sangre llama 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰
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