Brando juró continuar el legado de su padre, hasta que Lorena irrumpió en su vida y se convirtió en su debilidad.
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Capítulo 11
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La joven cerró los ojos. Odiaba tener que ocultarle algo tan importante a su madre, pero también conocía a su hermano. Si le estaba pidiendo aquello, era porque realmente temía las consecuencias.
—Está bien —aceptó finalmente—. No le diré dónde estás, pero prométeme que vas a salir de ahí.
—Haré todo lo posible.
—Eso no es una promesa, Brando.
Él guardó silencio durante unos segundos.
—Te lo prometo, pequeña. Voy a arreglar esto.
Diana sintió un nudo en la garganta.
—Ten cuidado, por favor.
—Siempre lo tengo. Ahora debo colgar. Te llamaré cuando pueda.
—Brando…
—¿Sí?
—Te quiero.
La expresión del joven se suavizó ligeramente.
—Yo también te quiero. Cuida de mamá por mí.
La llamada terminó.
Diana permaneció mirando la pantalla, incapaz de moverse. No sabía cómo iba a mantener aquella mentira ni cuánto tiempo podría ocultarle a Serena lo que estaba sucediendo.
—Diana.
La voz de su madre la hizo sobresaltarse.
Serena estaba frente a ella, con el rostro lleno de preocupación.
—¿Qué le pasa a tu hermano? ¿Dónde está?
Diana tragó saliva y se obligó a mirarla.
—Está bien, mamá. Solo tuvo un problema en el trabajo y tuvo que resolverlo. Me dijo que probablemente no regresará hasta mañana.
Serena la observó con desconfianza.
—¿Estás segura de que está bien?
Diana asintió, aunque por dentro sentía que estaba a punto de quebrarse.
—Sí, mamá. No te preocupes.
Serena la abrazó, buscando consuelo en aquellas palabras.
Diana correspondió al abrazo y cerró los ojos.
Acababa de mentirle a la persona que más quería, y sabía que aquella mentira podía ser apenas el comienzo de algo mucho peor.
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Diana miró el reloj de la sala y tomó su bolso, intentando disimular la preocupación que la consumía desde que había terminado de hablar con su hermano. Serena seguía inquieta, sentada en el sofá, con el teléfono entre las manos.
—Mamá, tengo que irme. Hoy debo llegar más temprano a la universidad —anunció Diana, acercándose para besarle la mejilla.
Serena levantó la mirada.
—¿No vas a desayunar algo antes de salir?
—No tengo hambre. Además, no quiero llegar tarde.
—Está bien, hija. Pero, por favor, si sabes algo de tu hermano, avísame.
Diana sintió una punzada de culpa.
—Claro, mamá. Te llamaré.
Después de abrazarla una vez más, salió de la casa. Sin perder tiempo, paró un taxi y le dio al conductor la dirección de la familia Calderón.
No podía enfrentar aquella situación sola. Necesitaba ayuda, y sabía exactamente a quién acudir.
El padre de Alma era abogado penalista. Si alguien podía orientarla sobre cómo sacar a Brando y a Rolando de aquella situación, era él.
Durante el trayecto, Diana mantuvo las manos entrelazadas sobre su bolso, mirando por la ventana sin prestar atención a las calles. Las palabras de su hermano se repetían en su cabeza. Estaba detenido, acusado de participar en el traslado de mercancía ilegal, y ni siquiera sabía cuánto tiempo tendría que permanecer encerrado.
Cuando el taxi se detuvo frente a la casa de los Calderón, pagó rápidamente y bajó.
Respiró hondo antes de tocar el timbre.
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Dentro de la casa, Roberto y Amanda terminaban de desayunar junto a sus hijas, Lorena y Alma.
Alma estaba a punto de tomar el último sorbo de su jugo cuando escuchó el timbre.
—Yo voy —anunció, levantándose de la silla.
Caminó hasta la entrada y abrió la puerta. Al encontrarse con Diana, su sonrisa desapareció al instante.
—¿Diana? ¿Qué haces aquí? ¿Pasó algo?
La joven tenía los ojos enrojecidos y el rostro reflejaba una angustia que no podía ocultar.
—Alma, necesito tu ayuda.
—Claro, pasa. ¿Qué ocurrió?
Diana entró apresuradamente. Alma cerró la puerta y la acompañó hasta el comedor, donde los demás levantaron la mirada al verlas.
Lorena reconoció a la joven inmediatamente. Era la amiga de su hermana, la misma que había estado con ellas la noche del tiroteo. Sin embargo, aquella mañana parecía completamente distinta.
—¿Diana? —preguntó Alma, sujetándola suavemente del brazo—. Me estás asustando. ¿Qué sucede?
Diana miró a los presentes y respiró profundamente, intentando reunir fuerzas para hablar.
—Mi hermano está detenido.
Las palabras cayeron como una piedra en medio del comedor.
Lorena sintió un vuelco en el corazón.
Por un instante, recordó la mirada intensa de Brando, su temperamento y la manera en que había aparecido aquella noche en el estacionamiento. No entendía por qué la noticia le provocaba tanta inquietud, pero imaginarlo encerrado le produjo una sensación desagradable en el pecho.
—¿Tu hermano? —repitió Alma, sorprendida—. ¿Que sucedió?
Diana asintió y las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
—Anoche aceptó un trabajo con su amigo, Rolando. Les dijeron que tenían que trasladar unas cajas, pero todo era una trampa. La policía llegó al almacén y los encontró con la mercancía. Ahora los dos están en la comisaría.
Amanda se llevó una mano al pecho.
—¡Dios mío! ¿Y tu madre lo sabe?
—No. Mi hermano me llamó esta mañana y me pidió que no se lo dijera. Está muy preocupada por él y no quiero que sufra más.
Roberto, que había permanecido escuchando atentamente, dejó la servilleta sobre la mesa.
—¿En qué comisaría se encuentra?
Diana lo miró con esperanza y le indico dónde estaba recluido.
—Señor Roberto, por favor, necesito que me ayude. No sé qué hacer y tengo miedo de que mi hermano termine en prisión.
El abogado se levantó de inmediato.
—Tranquila, Diana. Primero debemos conocer los cargos que les han imputado y las circunstancias de la detención. Después veremos qué podemos hacer legalmente.
—¿Usted irá a verlo? —preguntó ella, aferrándose a aquella posibilidad.
—Sí. Voy a revisar su caso personalmente. No puedo prometerte que saldrá, pero me encargaré de averiguar qué está pasando y cuáles son sus opciones.
Diana soltó un suspiro tembloroso.
—Gracias. No sabe cuánto significa esto para mí.
Alma rodeó a su amiga con los brazos, intentando consolarla.
Mientras tanto, Lorena permanecía en silencio, con la mirada fija en Diana.
No quería admitirlo, pero la idea de que Brando estuviera en una celda la inquietaba mucho más de lo que debería.
Unas más de la lista!
Teniendo al mejor abogado pero sigue de terco sin pedir ayuda