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Objetivo: Inalcanzable

Objetivo: Inalcanzable

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Reencuentro / Completas
Popularitas:5.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para el círculo militar y la alta sociedad, ella es la intocable "princesa de cristal": la menor de cuatro hermanos que visten uniforme de élite, la niña consentida de un temido General de cuatro estrellas y la heredera natural del imperio de moda de su madre. Nadie imagina que, a puertas cerradas, sus hermanos la entrenaron sin piedad para que jamás fuera el eslabón débil de la dinastía.
El verdadero golpe no lo recibió en un campo de tiro, sino en una fiesta de graduación.Tras arreglarse para ser vista como la mujer que es, escucha al mejor amigo de su hermano —el chico del que estuvo enamorada en secreto durante años— burlarse de ella y despreciar sus sentimientos ante su círculo militar solo para inflar su ego y marcar territorio.
Ella se marcha con una sola promesa grabada a fuego: ser la mejor

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13: Protocolo de Ruptura

El gas halón caía del techo como una niebla blanca y densa, espesando el aire hasta volverlo un veneno silencioso que robaba el oxígeno a cada inhalación.

Sienna Keller sintió la quemadura fría en el fondo de la garganta. Sus pupilas se dilataron, pero su mano no tembló. Durante tres segundos que parecieron estirarse en una eternidad agónica, el cañón de su pistola automática siguió presionado contra el esternón de Dante Cruz, sintiendo a través del metal el galope salvaje y desbocado de un corazón que latía únicamente por ella.

—Eres un completo imbécil, Cruz —siseó Sienna entre dientes, bajando el arma con un movimiento seco y enfundándola en su muslo con un chasquido metálico—. Si te mueres en este piso, no pienso arrastrar tus noventa kilos de masa muscular inútil.

—No esperaba que lo hicieras, comandante —respondió Dante con una sonrisa rota y feroz, tosiendo con fuerza mientras el aire escaseaba en sus pulmones—. Muévete. Treinta segundos antes de que colapsemos.

Dante se giró hacia el conducto de extracción térmica por el que había entrado. La trampilla de servicio estaba bloqueada por un amortiguador hidráulico de cincuenta kilos diseñado para sellar el flujo de aire caliente en caso de incendio interno. El mecanismo estaba trabado por los pernos reventados; requería fuerza bruta continua para mantenerse abierto contra la presión negativa del vacío.

Dante flexionó las rodillas, apoyó la espalda contra la pared de hormigón y metió ambos brazos bajo la plancha de acero templado. Sus músculos se tensaron hasta el punto de la ruptura; las venas de sus brazos y de su cuello se hincharon como cuerdas a punto de estallar mientras empujaba hacia arriba con un rugido ahogado.

El metal rechinó con un chillido agónico, abriendo una brecha de sesenta centímetros hacia el tiro vertical del pozo de ventilación.

—¡Sube! —bramó Dante, escupiendo una hebra de sangre provocada por la tos seca del gas—. ¡¡AHORA!!

Sienna no perdió una décima de segundo en discusiones. Se impulsó con una zancada elástica, apoyó una bota sobre el hombro de Dante para ganar altura y se deslizó como una serpiente hacia el interior del conducto. El aire gélido de la montaña, filtrándose desde la ladera exterior, le golpeó los pulmones como una bocanada de vida pura.

Se giró de inmediato en la estrechez de la chapa.

Abajo, en la sala de servidores, la niebla de halón ya cubría el suelo hasta la altura del pecho. Dante comenzaba a perder el apoyo de las piernas; el esfuerzo descomunal consumía el poco oxígeno que le quedaba en sangre. Sus dedos ensangrentados resbalaban sobre el borde del amortiguador, que amenazaba con descender como una guillotina para sepultarlo en la cámara sellada.

Sienna no lo pensó. Su cuerpo reaccionó con la memoria muscular forjada en el barro de Virginia.

Se ancló al marco de acero con las piernas, estiró ambos brazos hacia el abismo blanco y hundió las manos enguantadas en los hombros del chaleco táctico de Dante.

—¡Apóyate en el saliente, Dante! —le ordenó ella con una voz que cortó la niebla como un látigo—. ¡Empuja con las piernas o te dejo la cabeza abajo!

Dante clavó las puntas de sus botas en las ranuras de ventilación del muro, soltó el amortiguador y se impulsó hacia arriba con el último resto de voluntad que le quedaba en el cuerpo. El amortiguador de acero cayó tras ellos con un estruendo brutal que selló la cámara inferior para siempre, rozándole el talón a la bota del soldado.

Sienna tiró de él con una palanca milimétrica, utilizando todo su peso y la fuerza magra de su espalda para arrastrarlo al interior del conducto horizontal.

Los dos colapsaron sobre la chapa metálica en la oscuridad del túnel, jadeando, pecho contra pecho, inhalando con desesperación el aire helado de la montaña que entraba por las fisuras exteriores.

Dante estaba tendido a medio centímetro de ella. El calor de su respiración le golpeaba los labios a Sienna; sus ojos oscuros, inyectados en sangre pero brillantes como brasas en la penumbra, no se apartaban de su boca. Por puro reflejo, la mano de Dante subió hasta la nuca de ella, rozándole la piel caliente por encima del cuello del vestido con una lentitud temblorosa, casi reverencial.

—Te tengo —susurró él con la voz completamente destrozada por el gas—. Estás viva.

Sienna sintió una sacudida eléctrica quemarle la columna vertebral. El contacto de sus dedos, ásperos y familiares, amenazó con derribar en un segundo los seis meses de muros que había levantado con tanta disciplina.

Apretó los dientes y le apartó la mano de un manotazo frío.

—Quita tus manos de encima, teniente —dijo ella, recomponiendo su respiración con una velocidad clínica mientras se acomodaba el arnés—. Acabas de romper la cadena de mando, desobedecer una orden directa de bandera negra y comprometer la posición de extracción. No estás en condiciones de celebrar nada.

Dante soltó una risa ronca, amarga y cargada de un alivio infinito, dejándose caer de espaldas contra el metal:

—Repórtame al Pentágono cuando salgamos de aquí, princesa. Deja que me degraden a recluta raso. Me importa una mierda mientras estés respirando.

Antes de que Sienna pudiera replicar, el auricular microscópico en su oído crujió, liberado por fin de la interferencia local de los inhibidores del subsuelo.

—¡774! ¡Sienna, responde! —la voz de Julian Montgomery sonó agitada, acompañada por el eco inconfundible de detonaciones de armas cortas y cristales rompiéndose en la distancia—. El salón principal se fue al infierno. Voronin detectó la caída del servidor maestro. Vance intentó evacuar por la terraza este y le metí dos tiros en las rótulas para que no se mueva, pero la seguridad privada nos tiene cercados en la galería de arte. ¡Necesito esa extracción ya!

Sienna se incorporó de golpe en el conducto, activando el comunicador de pulso:

—Montgomery, tengo el disco de titanio con los códigos. Estoy en el conducto de ventilación norte del nivel dos junto a... un elemento no autorizado. Nos movemos hacia la terraza para converger en tu posición.

—¿Elemento no autorizado? —la voz de Julian sonó genuinamente perpleja a través del tiroteo—. ¿Quién demonios...?

—Cruz —ladró Dante, inclinándose hacia el micrófono de Sienna con una rabia territorial que no pudo disimular—. Cierra la boca, busca cobertura y no te mueras antes de que lleguemos, Montgomery. No pienso dejar que te lleves el crédito de esta misión.

Al otro lado de la línea, la estática precedió a una risa seca de Julian:

—Vaya, el perro guardián aprendió a escalar montañas. Dense prisa, no me quedan más que dos cargadores.

La línea se cortó.

Sienna miró a Dante en la penumbra del conducto. El teniente ya había recuperado su fusil M4 corto, comprobando la recámara en la oscuridad con la soltura de quien ha nacido para el combate urbano.

—La salida da a la galería de mantenimiento del nivel uno —indicó Sienna, sacando su propia pistola táctica y revisando el silenciador cerámico—. Hay doce guardias entre nosotros y la terraza. Seis por flanco.

Dante amartilló el arma, clavando sus ojos grises en ella con una intensidad que borró cualquier rastro de debilidad:

—Tú marcas los blancos, comandante. Yo abro el camino.

Patearon la rejilla de salida simultáneamente.

Lo que siguió en los pasillos de mármol del nivel intermedio de la fortaleza Kallisto fue una demostración de coordinación letal que desafiaba los manuales militares. A pesar del abismo de rencor y silencios que los separaba, la memoria de los años compartidos en los campos de tiro clandestinos de la familia Keller resurgió con una sincronía aterradora.

Sienna no necesitaba mirar hacia atrás: sabía exactamente cuándo Dante se arrodillaría para cubrir el ángulo bajo, y Dante sabía cuándo ella se deslizaría por el suelo para barrer las esquinas ciegas con su pistola silenciada.

Avanzaron como una tormenta quirúrgica.

Los disparos de Sienna eran susurros mortales: dos impactos al pecho, uno a la cabeza, desarmando la vanguardia rusa con la frialdad de un bisturí. Cuando un mercenario de casi dos metros emergió de una puerta lateral con una escopeta de asalto apuntando hacia la espalda de la chica, Dante se cruzó en la trayectoria como un proyectil humano, desviando el cañón del arma enemiga con el antebrazo izquierdo y partiendo la mandíbula del atacante con un golpe seco de la culata de su fusil antes de rematarlo en el suelo.

Sienna ni siquiera se detuvo. Giró sobre sus talones, abatió al tirador del fondo de la galería y le dedicó a Dante una mirada rápida y cortante:

—Buen reflejo, Cruz.

—Te dije que cubro la espalda —respondió él, recargando en movimiento con una fluidez perfecta.

Irrumpieron en la terraza este justo cuando el ventanal panorámico de la galería de arte estallaba en mil pedazos bajo el fuego de fusilería pesada.

Julian Montgomery estaba agazapado detrás de una columna de mármol destrozada, con la camisa de esmoquin manchada de yeso y sangre ajena, sosteniendo una pistola semiautomática en la mano derecha. A sus pies, el General Vance del Pentágono gemía en el suelo con las piernas inutilizadas y las manos aseguradas a la espalda con bridas plásticas.

Al ver entrar a Sienna ilesa, los ojos verdes de Julian se iluminaron con un alivio deslumbrante.

—Llegas a tiempo para el último baile, 774 —dijo Julian, cambiando el cargador con una mano—. Voronin tiene diez tiradores apostados en las barandillas del helipuerto. No podemos cruzar la explanada a pie.

En ese instante exacto, el cielo sobre los Alpes se desgarró con un rugido ensordecedor que hizo vibrar las losas de granito de la terraza.

Desde la ventisca, emergiendo como un espectro negro entre la nieve, un helicóptero de asalto MH-60 Black Hawk militar descendió en picado hacia la explanada de la fortaleza, con los focos de búsqueda de alta intensidad cegando a los mercenarios de la terraza.

La compuerta lateral del helicóptero se abrió de par en par.

Apostados tras las ametralladoras rotativas Minigun de seis cañones, Liam y Bruno Keller abrieron fuego simultáneo.

Una lluvia de plomo de tres mil disparos por minuto despedazó las posiciones de los francotiradores rusos en las barandillas exteriores en menos de cuatro segundos, transformando la nieve en un lodo rojo humeante y despejando la zona de aterrizaje con la ferocidad destructiva del equipo Bravo en su máxima potencia.

Gael y Mateo saltaron a la nieve con arneses de rescate, cubriendo el perímetro con sus fusiles mientras el helicóptero mantenía un estacionario perfecto a un metro del suelo.

—¡¡EVACUACIÓN INMEDIATA!! —la voz del General Marcus Keller retumbó a través de los altavoces de la cabina del piloto, con un timbre ronco y desesperado que superó el bramido de las turbinas—. ¡¡SUBAN A BORDO AHORA MISMO!!

Julian agarró a Vance por el cuello de la chaqueta, arrastrándolo hacia la nieve:

—¡Sienna, muévete! —gritó Julian, extendiendo una mano hacia ella mientras corría hacia la rampa del Black Hawk.

Sienna echó a correr hacia el helicóptero, sorteando los casquillos ardientes que cubrían el helipuerto.

Pero a mitad de camino, giró la cabeza.

Dante se había quedado tres pasos atrás, en el borde de la terraza, vacilando sobre sus botas. El esfuerzo sobrehumano de la escalada, la intoxicación por el gas halón y el impacto de metralla residual en su hombro derecho finalmente le pasaron factura. Sus piernas cedieron bajo el peso del chaleco táctico; cayó sobre una rodilla en la nieve, con la respiración entrecortada y la mirada fija en ella, resignado a quedarse en tierra si con eso garantizaba que ella subiera primero.

Sienna no miró a Julian, que la esperaba con la mano tendida en la compuerta.

Tampoco miró a sus hermanos, que le gritaban desde el interior de la aeronave.

Dio media vuelta sobre la nieve helada, corrió hacia Dante, lo agarró con furia del cuello de su chaleco antibalas y tiró de él hacia arriba con una fuerza salvaje que lo obligó a ponerse de pie.

—¡Te dije que no te ibas a quedar en este maldito agujero, Cruz! —le gritó Sienna en la cara, con los ojos castaños ardiendo en una llamarada de furia, orgullo y una desesperación indomable que el viento de los Alpes no pudo apagar—. ¡Te levantas y caminas ahora mismo!

Dante la miró, aturdido por el impacto, y una sonrisa débil y desarmada se dibujó entre sus labios ensangrentados. Apoyó su peso sobre el hombro de la chica, dejando que ella lo guiara a través de la tormenta.

Llegaron a la compuerta del helicóptero. Liam y Bruno los izaron hacia el interior de un tirón descomunal, cerrando la mampara blindada en el acto mientras el piloto elevaba el morro del Black Hawk y se perdía en la noche helada hacia el espacio aéreo italiano.

Dentro de la cabina, el silencio cayó de golpe, roto únicamente por el rugido de los motores y el jadeo colectivo de los soldados.

Julian Montgomery estaba sentado en el mamparo izquierdo, custodiando al prisionero, mirándola a ella con una expresión indescifrable en sus ojos verdes: una mezcla de respeto profesional y la certeza amarga de haber presenciado un lazo que ninguna bala podía cortar.

Frente a ellos, Liam, Gael, Bruno y Mateo miraban a su hermana pequeña con una reverencia que jamás le habían concedido en la mesa del comedor familiar. Ya no era la niña a la que castigaban en el sótano. Era la comandante que había completado la misión más peligrosa del año y que había traído de vuelta a su mejor soldado colgado de su hombro.

Sienna se dejó caer en el banco central de lona.

Sacó el disco duro de titanio de su bolsillo, se lo arrojó a Liam al regazo con un golpe seco y se quitó los guantes con una calma glacial.

Dante, sentado a su lado, apoyó la cabeza contra el mamparo de metal, temblando por el descenso de adrenalina. Deslizó su mano abierta sobre la lona del asiento hasta rozar el dorso de los dedos de Sienna.

Esta vez, ella no apartó la mano.

No entrelazó sus dedos, ni lo miró a los ojos. Pero dejó que su piel rozara la de él en la penumbra de la cabina, dejando una grieta diminuta, ardiente e indestructible en el hielo que lo envolvía todo.

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