Misaki Kuroda tiene demasiadas razones para odiar a los De Luca.
Hija del líder de una poderosa familia de la Yakuza, fue criada para no mostrar debilidad. Pero cuando un De Luca destruyó la vida que había imaginado para sí misma, Misaki respondió de la única manera que conocía: con sangre.
Dante De Luca no la culpa. Conocía demasiado bien a su hermano y sabe que Misaki tenía motivos para hacer lo que hizo. Pero comprenderla no significa que quiera convertirla en su esposa.
Para poner fin a años de enfrentamientos, los Kuroda y los De Luca sellan la paz mediante un matrimonio.
Misaki deberá casarse con un hombre cuyo apellido representa todo lo que perdió. Dante deberá compartir su vida con una mujer que tiene razones suficientes para odiar a toda su familia.
No habrá amor. No se espera perdón.
Pero el verdadero peligro comenzará cuando Dante deje de ser para Misaki simplemente un De Luca.
Porque hay sentimientos que ni el odio, ni la sangre, ni una familia pueden controlar.
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Capitulo 1
Tokio
Misaki observaba la ciudad a través de la ventanilla del auto.
No prestaba demasiada atención a lo que ocurría afuera.
Personas caminando de un lado a otro. Autos. Comercios. El movimiento habitual de una ciudad que continuaba funcionando sin importar cuántas vidas se hubieran detenido en el camino.
El vehículo frenó ante un semáforo.
Misaki bajó la mirada hacia su teléfono.
Entonces la vio.
Al otro lado de la calle.
Su cuerpo se tensó.
—Detené el auto.
El hombre que conducía la miró por el espejo retrovisor.
—Señorita Kuroda...
—Detené el auto.
Esta vez no preguntó.
El vehículo se detuvo unos metros más adelante.
Misaki continuó mirando por la ventanilla.
Una mujer mayor caminaba lentamente por la vereda cargando dos bolsas con verduras.
El cabello, que Misaki recordaba mucho más oscuro, estaba cubierto de canas. Caminaba algo encorvada y parecía esforzarse por sostener el peso de las bolsas.
Misaki la reconocería en cualquier lugar.
La madre de Ren.
Sintió una presión inmediata en el pecho.
Hacía casi un año que no la veía.
No desde...
Misaki apartó aquel pensamiento.
La mujer continuó caminando.
Entonces una de las bolsas se rompió.
Varias verduras cayeron sobre la vereda.
Unas rodaron hasta la calle.
La mujer intentó agacharse rápidamente para recogerlas.
Misaki abrió la puerta.
—Señorita —la llamó uno de sus hombres.
Ella se detuvo.
—Quédense acá.
—Pero...
Misaki lo miró.
Fue suficiente.
—Sí, señorita.
Cerró la puerta.
Por primera vez en mucho tiempo, Misaki Kuroda sintió miedo.
No al bajar del auto sin protección.
No a estar expuesta en medio de la calle.
No a que alguien pudiera reconocerla.
Le tenía miedo a una anciana que apenas podía cargar dos bolsas de verduras.
Caminó hacia ella.
Cada paso parecía más difícil que el anterior.
La mujer todavía estaba agachada cuando Misaki llegó.
Una naranja había rodado cerca de sus pies.
Misaki la recogió.
Después se agachó y comenzó a juntar las demás cosas sin decir una palabra.
—No hace falta, gracias...
La mujer levantó la cabeza.
Se quedó inmóvil.
Misaki también.
Durante unos segundos ninguna de las dos habló.
La expresión de la mujer cambió.
—Vos.
Una sola palabra.
Pero Misaki sintió que le atravesaba el pecho.
Se incorporó lentamente con algunas verduras entre las manos.
—Señora...
—No.
Misaki cerró la boca.
La mujer se puso de pie como pudo y le arrebató las cosas de las manos.
—No me ayudes.
—Solo quería...
—No quiero nada de vos.
Misaki permaneció quieta.
No respondió.
No sabía hacerlo.
Había aprendido desde niña qué hacer cuando alguien la amenazaba.
Sabía defenderse de un arma.
Sabía dónde golpear para derribar a un hombre.
Sabía utilizar una katana antes de que muchas chicas de su edad hubieran decidido qué querían hacer con sus vidas.
Pero nadie le había enseñado qué hacer frente a una madre que había perdido a su hijo.
—Puedo llevarla a su casa —dijo finalmente—. Las bolsas son pesadas.
La mujer soltó una risa amarga.
—¿Ahora te preocupa lo que me pesa?
Misaki bajó la mirada.
—Déjame ayudarte.
—Ya hiciste suficiente.
Silencio.
Misaki apretó ligeramente la mandíbula.
Aceptaba insultos.
Aceptaba golpes.
Incluso habría aceptado que aquella mujer la abofeteara en medio de la calle.
Pero aquella mirada era mucho peor.
—Mi hijo era profesor —dijo la mujer.
Misaki levantó los ojos.
—Lo sé.
—No.
La voz de la mujer tembló.
—Vos no sabés nada.
Misaki no se movió.
—Ren tenía una vida.
Cada palabra dolía más que la anterior.
—Tenía alumnos. Tenía amigos. Tenía una familia. Se levantaba todas las mañanas preocupado por llegar tarde a una escuela.
Los ojos de la mujer comenzaron a llenarse de lágrimas.
—No sabía usar un arma. No sabía matar a nadie. No pertenecía a tu mundo.
Misaki sintió que algo se cerraba alrededor de su garganta.
—Yo nunca quise que él...
—Pero pasó.
La mujer la interrumpió.
—Porque te conoció.
Misaki dejó de respirar.
—Mamá...
La palabra salió de sus labios antes de que pudiera detenerla.
Durante años la había llamado así.
La mujer palideció.
—No me llames así.
Misaki cerró los ojos un instante.
—Perdón.
—No sos mi hija.
—Lo sé.
—Mi hijo está muerto.
Misaki tragó saliva.
—Lo sé.
—Por tu culpa.
Esta vez no respondió.
Porque no podía decirle que estaba equivocada.
Podía culpar a los De Luca.
Podía recordar quién había disparado.
Podía repetirse mil veces que ella no había sido quien le quitó la vida a Ren.
Pero había una verdad de la que nunca había conseguido escapar.
Ren había entrado en aquel mundo por ella.
Se había enamorado de una Kuroda.
Y había pagado el precio.
—Ojalá nunca te hubiera conocido —susurró la mujer.
Misaki sintió el golpe.
Su rostro, sin embargo, no cambió.
Aquella era una de las primeras cosas que Takeshi Kuroda le había enseñado.
Nunca mostrar dónde dolía.
La mujer recogió la bolsa que todavía permanecía intacta e intentó acomodar las verduras de la otra entre sus brazos.
Misaki quiso ayudarla.
No se atrevió.
—Señora...
—Alejate de mí.
Misaki obedeció.
Retrocedió un paso.
Después otro.
La vio alejarse lentamente por la vereda.
No llamó a sus hombres para que la ayudaran.
Sabía que eso solamente empeoraría las cosas.
Se quedó allí.
Mirándola.
Hasta que la mujer desapareció entre la gente.
Misaki permaneció inmóvil unos segundos más.
—Tenías razón —susurró.
No sabía si se lo decía a aquella mujer o a Ren.
Quizás a ambos.
Regresó al auto.
Uno de sus hombres abrió la puerta para ella.
—¿Está todo bien, señorita?
Misaki entró.
—Sí.
El hombre cerró la puerta.
Era mentira.
Pero nadie dentro de aquel auto se atrevería a decírselo.
—Al templo —ordenó.
El vehículo volvió a ponerse en movimiento.
Misaki apoyó la cabeza contra el asiento y cerró los ojos.
Y durante un instante volvió a escucharlo.
La risa de Ren.
Su voz.
Sus quejas porque tenía que levantarse temprano para ir a trabajar.
Las historias absurdas que le contaba sobre sus alumnos.
Ren había sido eso.
Normalidad.
Algo que Misaki nunca había tenido.
Él no había querido sus negocios.
No había querido el apellido Kuroda.
No le interesaba el poder de su padre.
Ni siquiera había sabido qué hacer con todo aquello al principio.
Solo la había querido a ella.
Misaki abrió los ojos.
La ciudad continuaba pasando detrás del vidrio.
Su rostro volvió a quedar vacío.
Sin expresión.
Como siempre.
Mientras tanto, en el templo, un hombre de unos cincuenta y cinco años caminaba lentamente por los pasillos acompañado por varios de sus hombres.
Vestía completamente de negro, con ropas tradicionales japonesas. Llevaba un pequeño bigote perfectamente cuidado y en su rostro se dibujaba aquella expresión severa que pocos se atrevían a sostener durante demasiado tiempo.
—Busquen a Misaki —ordenó Takeshi.
Uno de los hombres inclinó la cabeza.
—Señor, la señorita Kuroda todavía no ha regresado.
Takeshi frunció el ceño.
—¿Dónde está?
—Viene de camino.
Takeshi permaneció inmóvil.
—Cuando llegue, díganle que quiero verla.
—Sí, señor.
Los hombres hicieron una reverencia y se alejaron.
Takeshi contempló el templo en absoluto silencio.
Su hija.
Su única hija.
Durante años la había considerado su arma más poderosa.
Su propia katana.
La había moldeado para que fuera fuerte, implacable, imposible de quebrar.
Y ahora la estaba viendo desmoronarse frente a sus ojos.
—Es débil… —murmuró para sí mismo—. Es débil.
Pronunciar aquellas palabras le provocó una sensación amarga.
Porque Takeshi Kuroda jamás había permitido la debilidad.
Mucho menos en ella.
Misaki regresó al templo poco después.
No habló con nadie.
Se cambió de ropa, recogió su katana y fue directamente a la sala de entrenamiento.
Necesitaba golpear algo.
Necesitaba que su cuerpo doliera lo suficiente como para que su cabeza dejara de hacerlo.
La katana cortó el aire.
Una vez.
Otra.
Otra más.
—De nuevo —ordenó al hombre que entrenaba con ella.
Él apenas había recuperado la posición.
—Señorita...
—De nuevo.
El hombre atacó.
Misaki bloqueó el golpe y respondió inmediatamente.
Más rápido.
Más fuerte.
El sonido de las espadas llenó la sala.
Hasta que una voz profunda interrumpió el entrenamiento.
—¡Misaki!
Ella se detuvo.
Takeshi permanecía en la entrada.
El hombre que entrenaba con ella bajó inmediatamente su espada e hizo una reverencia.
—Fuera. Déjennos solos.
Obedeció sin decir una palabra.
Misaki tampoco preguntó nada.
Se arrodilló y comenzó a limpiar cuidadosamente la hoja de su katana mientras su padre se acercaba.
—¿Qué pasa, padre? —preguntó sin levantar la mirada—. Estoy entrenando, como querías.
Takeshi la observó.
Había orgullo en sus ojos.
Veía demasiado de sí mismo en ella.
Misaki era su única hija. La hija de la única mujer que había amado alguna vez.
Quizás por eso había sido todavía más duro con ella.
Nunca la había criado para convertirse en una princesa.
Mucho menos en la esposa de algún hombre.
La había criado para sobrevivir.
La había entrenado para convertirse en un arma.
Y allí estaba.
Frente a él.
El arma perfecta.
O al menos eso había creído durante años.
—Los De Luca quieren llegar a un acuerdo.
La mano de Misaki se detuvo.
Solo durante un instante.
Pero Takeshi lo vio.
De Luca.
Aquel apellido.
Un calor abrasador comenzó a recorrerle el cuerpo.
Odio.
Ira.
Dolor.
Y después, inevitablemente...
Sangre.
Demasiada sangre.
Sus propias manos cubiertas de ella.
El calor húmedo entre sus piernas.
Los gritos a su alrededor.
Y Ren.
Sus ojos abiertos.
Inmóviles.
Sin vida.
—Quieren recuperar...
—No.
Misaki volvió a pasar lentamente el paño sobre la hoja.
—Todavía no te dije qué quieren.
—No me importa.
—Misaki.
Ella no respondió.
Todavía podía escuchar la voz de aquella mujer.
Mi hijo está muerto.
Por tu culpa.
—Misaki.
Nada.
Takeshi se acercó.
—Hija.
Apoyó una mano sobre su hombro.
Misaki reaccionó de inmediato y levantó la mirada.
Sus ojos estaban perdidos.
Takeshi la observó en silencio.
Por primera vez, frente a él no estaba viendo al arma que había pasado toda una vida construyendo.
Estaba viendo a su hija.
y más animal delante de su hijo
dios mío santo este hombre es un bruto
será muy difícil el acercamiento de estos dos protagonistas si bien es cierto fue Lucio de luca quien lo mató
no es culpa de toda la familia bien claro nos dice dante que Lucio actuaba solo era un sicópata asesino un maldito y creo que misaky hizo su propia justicia si asesinarlo pero ahí termino y ella debe sanar necesita un sicólogo que le ayude a superar su dolor.
ahora veremos qué sucede🙎🙎🙎
esa mujer no sabe que eres el jefe al parecer cree que puede manipular todo de una vez ponla en su sitio
ponle una casa
total ella más está en la calle comprando bailando comiendo teniendo amantes en fin su vida loca
las niñeras cuidan de Mateo
y aquí es donde lo digo por primera vez que estos dos protagonistas no deben quedar juntos ojalá sea diferente y no sea el final feliz por ensima de dos vidas que no tenían nada que pagar
que bueno que Misaki lo degolló y fue poco
estoy odiando a Dante
dante no sabes en realidad porque odia a toda tu familia lo que significa para ella tu apellido
🤷🤷🤷 cómo es que estos dos se van a enamorar🙎🙎🙎deberá pasar algo increíble que los una
por que ella está siendo un clavo en el culo
no se pero esta vien el coraje de Misaki pero se está portando con el de lo peor
esa carne. es un problema se nota
se que es la madre de tu hijo
pero deberías mandarla a volar de una vez
hasta a mí me cansa
pero realmente Ren si era una blanca paloma una buena persona por que a pasado en otras historias que nos venden a un personaje por bueno y viene siendo peor
pero yo cada vez que estos estás juntos saltan chispas /Sly//Sly//Sly//Sly/