En un mundo donde la magia y la traición se entrelazan, Valeria, una joven moderna, encuentra su vida truncada tras un fatal accidente. Al despertar, descubre que ha reencarnado en el cuerpo de la villana de una novela que acababa de leer. Con el rostro de la malvada que muere trágicamente, Valeria decide cambiar su destino. En lugar de seguir el camino de la oscuridad, planea reconciliarse con su media hermana, deshacer su compromiso con el héroe y recuperar el ducado que le pertenece por derecho. Sin embargo, en su búsqueda de venganza y redención, se verá atrapada en un romance inesperado con el verdadero villano de la historia. Entre intrigas y magia, Valeria deberá enfrentarse a sus propios demonios mientras intenta forjar un nuevo futuro.
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Capítulo 13
Kaelen. Por supuesto. El héroe de la historia, su prometido. Su preocupación, Seraphina sabía, era más por el protocolo y la continuidad de su alianza que por una afección genuina. Y su padre, el Duque Alaric, el manipulador maestro, simplemente asegurándose de que su "peón" estuviera en condiciones de seguir su juego.
—Ya veo —respondió, su voz denotando indiferencia. Era un pequeño paso, una señal sutil para Lily, que quizás Seraphina no estaba tan obsesionada con el Duque como antes.
Después del baño, Lily presentó una selección de vestidos. Seraphina descartó los brocados pesados y los terciopelos oscuros que solía preferir la Seraphina original. Quería algo que transmitiera una sensación de apertura, de serenidad. Sus ojos se posaron en un vestido de seda de un delicado tono lavanda, casi malva. Era sencillo, con un escote discreto y mangas largas y fluidas. Tenía algunos bordados de encaje blanco en el puño y el cuello, pero no era ostentoso.
—Este —dijo, señalándolo.
Lily asintió, con una expresión de aprobación en su rostro.
—Una excelente elección, mi señora. Es muy favorecedor y apropiado para el jardín.
Mientras la ayudaban a vestirse, se miró en el espejo. El color lavanda suavizaba la frialdad inherente al rostro de Seraphina, haciendo que sus ojos violetas parecieran menos intensos, más soñadores. Lily peinó su cabello negro en un estilo más relajado, una trenza suelta que caía sobre su hombro, en lugar del moño formal que la Seraphina original solía llevar. Sin joyas, excepto un pequeño colgante de plata con una amatista.
—Espero que Lady Elara aprecie vuestro esfuerzo, mi señora —comentó Lily, con una voz apenas audible, mientras le abrochaba la última perla del cuello del vestido. Había un rastro de esperanza en su voz, una muestra de que Lily era una de las pocas personas que aún deseaba la felicidad para ambas hermanas, a pesar de la toxicidad que las rodeaba.
Seraphina la miró a los ojos en el espejo.
—Yo también lo espero, Lily. Espero que podamos empezar de nuevo.
La expresión de Lily se suavizó, y una verdadera sonrisa se dibujó en su rostro.
—Así lo deseo yo también, mi señora. Las hermanas deben permanecer unidas.
El comentario de Lily tocó una fibra sensible en ella. Era cierto. En un mundo lleno de intrigas y peligros, la familia, incluso la familia fracturada, era la única ancla. Y Elara, la heroína, la encarnación de la bondad, podría ser una poderosa aliada.
Con la última preparación hecha, Seraphina salió de su habitación. Los pasillos del castillo de Drakenburg eran vastos y silenciosos a esta hora de la mañana. La luz del sol se filtraba por las ventanas emplomadas, iluminando los tapices antiguos y las armaduras pulidas que adornaban las paredes. El aire era fresco, cargado con el olor a cera pulida, piedra vieja e incienso. Sus pasos, ahora firmes y confiados, resonaban suavemente sobre el mármol.
Mientras caminaba, repasó los recuerdos de Seraphina sobre el jardín. Era un laberinto de setos cuidadosamente recortados, rosales exuberantes, fuentes de agua murmurante y estatuas de mármol que representaban dioses antiguos y héroes caídos. Cada sección tenía su propio encanto, su propia atmósfera. Y en el corazón de todo, el rosal antiguo, donde Elara solía buscar refugio.
Un par de sirvientes que pasaban se inclinaron respetuosamente, sus ojos se posaron en ella por un segundo más de lo normal, registrando el cambio sutil en su atuendo, en su expresión, en la forma en que llevaba su cuerpo. No era la Seraphina furiosa y altiva que conocían; había una quietud en ella, una serenidad casi ajena. Ella era consciente de cada mirada, de cada susurro potencial. Sabía que cada acción sería analizada, cada palabra interpretada. Este era el primer paso en su gran teatro, su papel de Seraphina "reformada".
Finalmente, llegó a las grandes puertas de roble que daban al jardín. Un jardinero mayor, con el rostro curtido por el sol, se inclinó profundamente, sosteniendo la puerta para ella.
—Buenos días, mi señora. Qué día tan hermoso para un paseo.
—En efecto, Thomas —dijo, reconociendo al jardinero de los recuerdos de Seraphina. El hombre parecía genuinamente sorprendido de que ella supiera su nombre o se molestara en hablarle.
Al salir al exterior, el aire fresco de la mañana la envolvió. El rocío aún brillaba en la hierba, y las flores, en plena floración, liberaban sus aromas dulces y embriagadores. El canto de los pájaros llenaba el aire, una sinfonía natural que contrastaba con el silencio formal del castillo. El jardín era una explosión de color: rosas rojas, blancas y amarillas, lirios azules, campanillas moradas.
Seraphina siguió el sendero de grava que serpenteaba entre los setos, su corazón latiendo con una mezcla de nerviosismo y determinación. Estaba a punto de enfrentarse a la heroína de la historia, la mujer a la que Seraphina había atormentado. La mujer que, en el futuro, sería la causa de la caída de Seraphina. Pero ella no quería que eso sucediera.
Mientras se acercaba al centro del jardín, divisó una figura sentada en un banco de piedra bajo la sombra de un rosal antiguo, cuyas ramas centenarias se retorcían como brazos de un gigante. Era Elara. Llevaba un vestido sencillo de lino color crema, su cabello castaño claro recogido en una trenza suelta, y estaba absorta en la lectura de un libro encuadernado en cuero. Su perfil, bajo la luz del sol matutino, era delicado y lleno de una melancolía tranquila. Se veía exactamente como la heroína de la novela: inocente, gentil, un poco frágil.
Un nudo se formó en su garganta. La Seraphina original habría sentido un estallido de celos al verla tan serena y hermosa. Pero ella solo sintió una punzada de piedad. Elara también era una víctima de las circunstancias, arrancada de su hogar rural para ser arrojada a este nido de víboras.
Seraphina tomó una respiración profunda, preparándose. Sabía que este era el momento. Cada palabra, cada gesto, sería crucial.
Sus pasos sobre la grava hicieron un suave crujido, lo suficiente para alertar a Elara. La joven levantó la vista de su libro, sus ojos grandes y verdes se fijaron en Seraphina. Una expresión de sorpresa, luego de cautela y finalmente de un miedo apenas disimulado cruzó su rostro. Se tensó visiblemente, como un pequeño animal acorralado.
—Lady Elara —dijo Seraphina, su voz suave, despojada de cualquier vestigio de la altivez de la verdadera Seraphina. Intentó que sonara tranquila, casi conciliadora—. Espero no haberos molestado.
Elara se levantó del banco de piedra, su libro cayendo suavemente a su regazo. Hizo una reverencia, un gesto forzado y un poco tembloroso.
—Lady Seraphina. No, en absoluto. Solo… me sorprendió veros aquí.
El miedo en la voz de Elara era palpable. Ella notó cómo sus manos se aferraban al libro, sus nudillos blancos. El recuerdo de la última confrontación, el día del desmayo de Seraphina, se cernía entre ellas como una sombra palpable.
Se acercó un poco más, pero mantuvo una distancia respetuosa, para no invadir su espacio ni aumentar su temor. Se detuvo a unos pocos pasos, sus ojos violetas fijos en los de Elara, intentando transmitir sinceridad.
—Sé que mi presencia os resulta… inesperada. Y entiendo por qué. No vengo a causaros más aflicción, Elara. Vengo a… disculparme.