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EL AMOR NO SIEMPRE LLEGA CON PALABRAS BONITAS

EL AMOR NO SIEMPRE LLEGA CON PALABRAS BONITAS

Status: En proceso
Genre:Reencuentro / Amor de la infancia / Mafia
Popularitas:799
Nilai: 5
nombre de autor: miamartina

Soy Natalia Salazar. Tengo veintitrés años y jamás imaginé que una amistad de la infancia pudiera convertirse en algo más.

En Puerto Marina nadie pronunciaba el apellido Salazar sin bajar la voz. Mi padre era el hombre más temido de la ciudad, y crecer bajo su sombra significó vivir entre guardaespaldas, reglas y puertas cerradas. Mientras otros hacían amigos en la escuela o salían los fines de semana, yo aprendí a mirar el mundo desde lejos.

Pero no estaba completamente sola.

Tenía a Marcos y a Alex.

Nos conocíamos desde niños y, aunque rara vez podíamos vernos fuera de los eventos organizados por nuestras familias, ellos eran lo más parecido a una vida normal que había tenido.

Hasta aquella noche.

Lo vi entre la multitud y algo cambió.

No fue una mirada, ni una sonrisa, ni una palabra bonita. Fue algo peor: la sensación de que, por primera vez en mi vida, estaba a punto de desear algo que nunca debería haber querido.

NovelToon tiene autorización de miamartina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

demasiado cerca

natalia

No sabía si bajar o no.

Me daba mucha vergüenza verlo después de lo que me había dicho anoche.

Pero después de unos minutos reaccioné.

Esta es mi casa. No tengo por qué sentir vergüenza.

Además, hoy no me tocaba trabajar, así que aproveché para salir a correr un rato por la playa.

Bajé a desayunar, cargué mi botella con agua y, cuando estaba por salir, volví a cruzármelo.

—¿Vas a algún lugar? —preguntó con un tono curioso.

—¿Te importa para dónde voy?

Me miró durante unos segundos.

—Simplemente preguntaba.

Hizo una pequeña pausa.

—A las seis nos vamos. No lo olvides.

Asentí, me puse los auriculares y salí sin decir nada más.

Después de correr durante un rato, me senté frente al mar.

Necesitaba despejar la cabeza.

Pero, por más que lo intentaba, no podía dejar de pensar en él.

Alex había vuelto.

Y ahora estaba viviendo en mi casa.

Negué con la cabeza y decidí dejar de pensar en eso.

Cuando volví a casa, me duché y me puse mi pijama.

Como hacía siempre que no tenía trabajo, me encerré en la biblioteca.

Intenté leer, pero no conseguía concentrarme.

Cada tanto levantaba la mirada hacia la puerta.

No sabía por qué.

Quizás esperaba verlo.

O quizás simplemente quería evitarlo.

Las horas pasaron y no salí de la biblioteca hasta que escuché la puerta principal.

Miré la hora.

Cinco y media.

Debe ser mi papá.

Cerré el libro rápidamente y bajé las escaleras.

Pero cuando llegué al último escalón, me detuve.

No era mi padre.

Era Alex.

Estaba parado junto a la entrada y, apenas me vio, sus ojos recorrieron mi figura.

No dejaba de mirarme.

Yo llevaba puesto mi pijama y claramente no estaba preparada para recibir visitas.

Mucho menos a él.

—Pensé que eras mi papá.

Hice una pequeña pausa y lo miré de arriba abajo.

—Ya me cambio.

Lo dije con sarcasmo.

Alex no respondió.

Solo continuó mirándome.

—¿Qué?

Finalmente apartó la mirada.

—Nada.

—Entonces dejá de mirarme así.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—No estaba mirando nada.

—Claro.

Me di vuelta para subir las escaleras.

—Natalia.

Me detuve.

Era la primera vez que pronunciaba mi nombre desde que había vuelto.

Giré lentamente.

—¿Qué?

—Tu padre me pidió que te lleve y te traiga.

Fruncí el ceño.

—¿De dónde?

—De tus prácticas.

Recordé la conversación de la mañana.

Las seis.

—Ah… cierto.

Subí rápidamente las escaleras.

Pero antes de llegar al pasillo, escuché su voz nuevamente.

—Y, Natalia…

Me giré.

—¿Sí?

Esta vez me miró directamente a los ojos.

—Ponete algo abrigado. Hace frío afuera.

No pude evitar sonreír.

—¿Ahora te preocupa que tenga frío?

Alex sostuvo mi mirada durante unos segundos.

—No quiero que llegues enferma.

Y antes de que pudiera responder, desvió la mirada y caminó hacia la puerta.

Yo me quedé quieta en las escaleras.

No sabía qué era peor.

Que Alex hubiera vuelto…

O empezar a acostumbrarme a tenerlo cerca.

Negué con la cabeza y me puse un pantalón palazzo de color claro y una campera negra.

Cuando salí de mi habitación, él también salió de la suya.

Se veía increíblemente guapo.

Sentí que mis mejillas se ponían un poco coloradas, así que evité mirarlo y bajé las escaleras lo más rápido que pude.

Me quedé afuera esperándolo.

Unos minutos después apareció.

—¿Vamos?

—¿Y el auto?

Pregunté mientras lo miraba fijamente.

—No. Hoy vamos en la moto.

Abrí los ojos.

—¿Es en serio?

—Tené. Ponételo.

Me entregó el casco.

Me lo puse y me subí como pude.

Nunca me había subido a una moto.

—¿No podemos ir en el auto?

—No. Y apurate.

Suspiré.

—¿De dónde me agarro?

Alex tomó mis manos, las rodeó alrededor de su cintura y las sostuvo con firmeza.

—Así. Solo no te sueltes.

Sentirlo tan cerca me cortó la respiración.

Estaba abrazándolo y no sabía siquiera hacia dónde mirar.

Por suerte, después de unos minutos llegamos.

Cuando bajamos, intenté quitarme el casco, pero no pude.

—¿Me ayudás con el casco, por favor?

—Acercate un poco.

Me acerqué.

Por unos segundos nuestras miradas se encontraron.

Mis ojos bajaron por accidente hasta sus labios.

Reaccioné rápidamente y desvié la mirada.

—Bueno, vamos. Te voy a enseñar el lugar.

Esta vez no fuimos al hipódromo.

Fuimos a Noctis.

Era la primera vez que estaba allí.

Aunque sabía perfectamente de su existencia, nunca había entrado.

Recorrimos las bodegas, el puerto donde llegaban los pequeños botes y las pocas oficinas que había en el lugar.

No se parecía en nada a Atlas.

Noctis era más oscuro, más pesado y mucho más chico.

Pero, de alguna manera, me hacía sentir más en casa que cualquier otro lugar.

No estuvimos demasiado tiempo allí.

Cuando terminamos de recorrerlo, Alex me explicó cómo funcionaba cada sector y dónde se manejaba cada cosa.

Después volvimos a casa.

Por suerte, mi padre ya estaba en la sala.

Estaba organizando algunos documentos.

—¿Viajaste? —pregunté.

Mi voz salió más fría de lo que pretendía.

—Sí. Hubo un problema con la mercancía que debía entrar y tengo que ir a resolverlo.

Asentí.

Entonces me miró.

—Hija, te vas a quedar con Alex, ¿oíste?

Me paralicé.

A mi padre no se le podía decir que no.

Miré de reojo a Alex, que estaba del otro lado de la sala, y simplemente suspiré.

—¿Ya te vas?

—Sí. En seguida. Tengo que salir.

Hizo una pequeña pausa y miró a Alex.

—Alex, por favor, cuidala. Y te pido otro favor.

—Sí, señor.

—Mantenela cerca tuyo, ¿sí? Últimamente ha estado saliendo mucho y no quiero que ande por ahí mientras yo no estoy.

—Claro, señor. No se preocupe por eso.

Lo fulminé con la mirada.

Me despedí de mi padre y, apenas cruzó la puerta, subí a mi habitación.

Me abrigué un poco más y, mientras preparaba un café, escuché una voz detrás de mí.

—¿Vas a algún lado?

Me giré.

—Sí.

—¿Se puede saber dónde?

Rodé los ojos y terminé de preparar mi café.

—¿No ves que me estoy preparando un café? ¿Dónde voy a ir?

Me miró directamente a los ojos.

—Bueno. Permiso, que tengo algo importante que hacer.

Lo esquivé y me fui directo a la biblioteca.

Alex

El jefe me había ordenado llevar y traer a Natalia de todas sus prácticas, ya que yo iba a quedarme temporalmente en su casa.

Aunque, por su reacción, estaba bastante claro que Natalia todavía no terminaba de entender cuánto tiempo iba a estar ahí.

Desde que había vuelto a verla, intentaba mantener la distancia.

Era lo más inteligente.

Pero ella no hacía que fuera fácil.

La primera noche, cuando llegué a la casa, fui directo a mi habitación.

Como ya era tarde, decidí preparar algo rápido para comer y dejé un plato servido por si ella bajaba.

Después fui a buscar algunas cosas a mi habitación.

Y fue ahí cuando la vi.

Tenía el pelo mojado y llevaba un pijama.

Me quedé mirándola más de lo que debería.

Negué con la cabeza.

Es Natalia.

La misma chica que conocía desde pequeño.

No había razón para mirarla de esa manera.

Salí de la habitación y bajé.

—Buen provecho.

Ella se sorprendió al verme.

—¿Qué hacés acá?

—Me quedo temporalmente.

En cuanto terminé de decirlo, casi se atragantó.

Después subió rápidamente a la biblioteca y no volvió a salir durante un buen rato.

Más tarde, cuando llegó la hora de dormir, aproveché para darme una ducha.

Cuando escuché unos pasos afuera, abrí la puerta.

Era ella.

Estaba parada frente a la habitación de enfrente.

Fueron apenas unos segundos.

Pero suficientes para darme cuenta de que me estaba mirando.

Y también de que había intentado disimularlo.

—Buenas noches, señorita.

Noté cómo desviaba rápidamente la mirada.

Sonreí.

—¿Algo llamó su atención?

No respondió.

Simplemente se giró y cerró la puerta.

Al día siguiente, cuando bajó con ropa deportiva, volví a cometer el mismo error.

La miré.

No podía apartar la vista de ella.

Y no entendía por qué.

Me molestaba verla salir sola.

Me molestaba no saber adónde iba.

Y, sobre todo, me molestaba que eso me importara.

—¿Vas a algún lugar?

—¿Te importa para dónde voy?

Su tono no era precisamente amable.

Noté que no estaba muy contenta, así que respondí de manera fría y seca.

—Simplemente preguntaba.

Hice una pausa.

—A las seis nos vamos. No lo olvides.

Y me quedé observándola mientras se alejaba.

Sin entender por qué, verla salir sola me había dejado una sensación extraña.

Una que no quería reconocer.

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