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Me Cambiaron a Mi Hija al Nacer, Pero Yo Lo Vi Todo

Me Cambiaron a Mi Hija al Nacer, Pero Yo Lo Vi Todo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Elección equivocada / Completas
Popularitas:13.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

En una noche de tormenta, Valentina Reyes da a luz a una niña marcada por una luna creciente en la piel. Pero al despertar de un sueño premonitorio, descubre lo imposible: la bebé en sus brazos no es su hija.
Débil, sangrando y rodeada de enemigas, Valentina no grita. Observa, espera y recupera a su verdadera hija antes de que nadie pueda detenerla.
Años después, mientras protege a Sofía y construye desde cero su marca Flor de Luna, las mujeres que intentaron arrebatarle a su hija regresan con mentiras, envidia y una verdad capaz de destruirlo todo. Pero Valentina ya no es la joven indefensa de aquella noche.
Porque una madre puede callar durante años.
Pero cuando llega la hora de la justicia, ni la sangre, ni el poder, ni la luna mienten.

NovelToon tiene autorización de Angel_fr_Hell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 12

El vestido que cambió todo

Lupita llegó un martes a las siete de la mañana, antes de que Valentina terminara de trenzarse el pelo.

No tocó la puerta. Nunca tocaba. Tres golpes rápidos y entraba al mismo tiempo, como si fueran la misma cosa.

—¡Comadre! —Apareció en la puerta de la recámara, sudada del tercer piso, con los ojos brillándole como cuando encontraba ofertas de tres por dos en el Aurrerá—. Necesito que te sientes. Lo que te voy a contar te va a cambiar la vida.

—Buenos días a ti también —dijo Valentina, con la liga de pelo entre los dientes.

—¡No hay tiempo para buenos días! Siéntate.

Valentina se sentó en la cama. Lupita se sentó al lado, tan cerca que sus rodillas se tocaban.

En la sala, los gemelos peleaban por la silla que no cojeaba.

—Yo me senté ahí primero —decía Emiliano.

—No es cierto, yo puse mi cuaderno antes.

—¡Abuela, dile!

—¡Los dos se me callan o los siento en el suelo como changos! —tronó Doña Carmen desde la cocina.

Silencio inmediato.

—Mira —dijo Lupita, bajando la voz—. Tú sabes que yo hago la limpieza en casa de la señora Martínez, allá por Coyoacán.

—Sí.

—La vecina de la señora Martínez tiene una hija de catorce que cumple quince en julio. Y necesita un vestido de quinceañera.

Valentina parpadeó.

—Cinco mil pesos —dijo Lupita—. Eso tiene. Le dije que yo conocía a alguien que hacía maravillas con la tela.

—Lupita, yo nunca he hecho un vestido de quinceañera.

—¿Y?

—¿Cómo que "y"? Un vestido de quinceañera tiene corpiño, capas, crinolina. Es patronaje de alta costura. Yo hago composturas y ropa para el tianguis.

—Comadre, tú puedes. Yo lo he visto.

—Has visto faldas con elástico en la cintura, Lupita.

—He visto cómo te brillan los ojos cuando tocas una tela buena. Cómo pasas la mano por la seda esa del tianguis de la Candelaria como si estuvieras acariciando a Sofía. —Se tocó el pecho con el puño—. Tú no haces ropa por necesidad, comadre. Traes esto aquí adentro. Y un talento así no se puede tener guardado haciendo puras faldas de doscientos pesos.

Valentina no contestó.

*Cinco mil pesos. Con cinco mil pago la fórmula de Sofía de dos meses. Puedo comprar tela para la siguiente temporada del tianguis...*

—Tráeme la información de la señora —dijo, antes de que el miedo le ganara a la ambición—. Necesito saber talla, color, fecha exacta. Y necesito verla en persona.

Lupita soltó un grito que hizo que Mateo tirara su vaso de leche en la sala.

. . .

Tres días después, Valentina se reunió con Doña Rosario y su hija Abril en un café que olía a pan dulce y café de olla.

Abril era delgada, morena clara, con el pelo largo y lacio. Se sentó al lado de su madre con las manos entre las rodillas y los ojos fijos en la mesa.

Doña Rosario era todo lo contrario: aretes grandes, labial rojo, voz firme.

—Mire, Valentina —puso sobre la mesa un fólder lleno de recortes de revistas—, cinco mil pesos es poco. Lo sé. Mi marido trabaja en una fábrica de empaques en Iztapalapa, yo hago turnos de noche en un Oxxo. La quinceañera ya la cancelamos tres veces. Abril no se quejó ni una sola vez. ¿Verdad, mija?

Abril negó con la cabeza sin levantar la vista.

—Pero yo le prometí a esta niña que iba a tener su fiesta. —Algo se le quebró en la voz. Lo tapó con un trago de café—. A lo mejor no con mariachi ni con salón de lujo. La vamos a hacer en el patio de la unidad habitacional. Pero el vestido tiene que ser especial. Porque el vestido es lo que se va a acordar toda la vida.

Valentina miró los recortes. Vestidos rosas, voluminosos, con detalles de pedrería que costaban diez veces más.

Luego miró a Abril.

—¿Rosa te gusta?

Abril levantó la vista por primera vez.

—Sí —susurró—. Rosa como los atardeceres. No rosa chicle. Rosa... bonito.

*Rosa empolvado. Con un toque plateado para darle luz. Satín para el cuerpo. Encaje para el corpiño.*

La imagen se formó en su cabeza con una claridad que la asustó.

—Lo voy a hacer —dijo.

. . .

El sábado, Valentina tomó el Metro hacia La Lagunilla con Mateo de la mano y Sofía dormida en el rebozo.

No había tenido opción. Santiago tenía turno. Doña Carmen estaba en misa. Emiliano en casa de un compañero. Lupita limpiando en Polanco.

Mateo iba brincando sobre las rayas del piso del Metro.

—Mamá, ¿por qué huele raro el Metro?

—Porque hay mucha gente, mijo.

—¿Y nosotros a dónde vamos?

—A comprar tela.

—¿Para un vestido? ¿Como el de la Cenicienta?

—Parecido.

—¿Y le vas a poner una varita mágica?

—Los vestidos no llevan varita mágica, mijo.

—Pues deberían.

La Lagunilla los recibió con una bocanada de aire caliente y el olor de siempre: plástico nuevo, cuero viejo, comida frita y perfume barato.

Mateo iba con los ojos abiertos como platos.

—¡Mamá, mira! ¡Un esqueleto!

—Es un maniquí de Halloween. Camina.

—¡Unos nunchakus! ¿Me compras unos nunchakus?

—No.

—¿Por qué?

—Porque tienes siete años y la última vez que agarraste un palo le diste a tu hermano en la cabeza.

—Fue sin querer.

—Camina, Mateo.

Llegaron a la zona de telas. Valentina recorrió los puestos tocando satines, comparando texturas. Necesitaba algo específico: satín con buen peso y caída, rosa empolvado exacto, encaje plateado fino.

El primer puesto tenía satín delgado como papel de China. El segundo, rosa chicle. El tercero, perfecto pero a doscientos ochenta pesos el metro.

*A ese precio me como el presupuesto entero en pura tela.*

En el cuarto puesto —un local estrecho con un letrero de cartón que decía "SALDOS Y REMATES — PREGUNTE POR DON BETO"— la suerte cambió.

Don Beto era flaco, con lentes de fondo de botella y bigote de profesor de secundaria. Se metió al fondo del local y volvió cargando dos rollos.

—Satín duquesa, surplus de una fábrica de Toluca. Les salió medio tono más rosado de lo que pidió el cliente, y el cliente lo rechazó entero. —Desenrolló un metro—. Tóquelo.

Valentina tocó la tela.

*Dios mío.*

Era perfecto. El peso exacto, la caída exacta, el rosa exacto.

—¿Cuánto?

—Noventa pesos el metro. Si se lleva el rollo completo, catorce metros, se lo dejo en setenta.

*Setenta pesos. Un tercio de lo que cuesta adelante. Y mejor calidad.*

—¿Y el encaje?

Don Beto sacó el segundo rollo. Encaje de guipur plateado con un patrón de flores pequeñas. Surplus de una fábrica de manteles.

—Ciento veinte el metro. Tengo ocho.

Valentina hizo cuentas rápidas. Satín: novecientos ochenta. Encaje: novecientos sesenta. Le quedaban tres mil sesenta para todo lo demás.

*Apretado, pero me alcanza.*

—Me llevo los dos rollos.

Fue en ese momento cuando escuchó el estruendo.

Se volteó. Mateo estaba de pie junto a lo que había sido una pirámide de rollos de encaje. Los rollos caían como fichas de dominó, desenrollándose en el aire. Mateo estaba en medio del desastre, cubierto de encaje blanco como fantasma de ópera.

—¡Mateo Santiago Fuentes Reyes!

—¡Yo no hice nada! ¡Se cayó solo!

Don Beto se asomó por encima del mostrador.

—No se preocupe. Esos rollos ya estaban mal acomodados. El chamaco nada más les dio el empujoncito.

Valentina le desenredó un metro de guipur de la pierna, le quitó un pedazo de tul del pelo, y lo sentó en un banquito con una mirada que no necesitaba palabras.

En el Metro de regreso, Mateo usó su voz bajita.

—¿Estás enojada, mamá?

—No. Pero la próxima vez que te diga que no toques nada, no tocas nada. ¿Entendido?

—Te lo juro por mi colección de tazos.

Valentina se rio con la cara hundida en las bolsas de satín rosa.

. . .

Las dos semanas siguientes, el departamento se volvió un campo de batalla textil.

Había retazos de satín en las sillas. Carretes de hilo en la repisa del baño. Alfileres en el cojín del sofá. Santiago se sentó en uno una noche y pegó un grito que despertó a Sofía y a los vecinos de abajo. La crinolina ocupaba la mitad del pasillo como una nube sólida, y para ir al baño había que pasar de lado.

Santiago llegaba del trabajo, se abría paso entre los rollos de tela y miraba el comedor ocupado por la mesa de corte.

—Mi vida, ¿hay espacio para cenar o ceno de pie?

—En la barra de la cocina.

Cenó de pie, recargado contra el refrigerador. No se quejó.

—Te va a quedar increíble —dijo antes de irse a dormir.

Emiliano se convirtió en su asistente. Se sentaba junto a ella en el piso, le pasaba las tijeras, separaba los hilos por color, le acercaba el vaso de agua cuando se le olvidaba tomar.

—Emiliano, ¿me pasas el hilo plateado? El del carrete chico.

—Este, mamá.

—Ese. Gracias, mi amor.

—¿Puedo ver cómo lo coses?

—Acércate. La aguja entra por aquí, por el revés, y sale por acá. Así la costura queda escondida.

Emiliano miraba con los ojos entrecerrados. No hacía preguntas innecesarias. No estorbaba. Simplemente estaba ahí.

Mateo contribuyó de otra manera.

. . .

Fue un jueves por la noche. Valentina había dejado la falda tendida sobre la mesa mientras bañaba a Sofía. Cuando regresó, encontró un dibujo en la tela.

Mateo había agarrado un plumón negro y dibujado una estrella de cinco picos en el satín rosa. Grande como la palma de su mano.

Valentina se quedó inmóvil en la puerta.

*Dos semanas de trabajo. Y una estrella de plumón en la falda.*

Mateo la miró desde el sofá, mitad orgullo artístico, mitad terror puro.

—Le puse una estrella porque dijiste que era como de princesa. Y las princesas tienen estrellas.

Valentina cerró los ojos. Respiró. Contó hasta diez. Hasta veinte.

Abrió los ojos y miró la estrella de nuevo.

Era infantil. Irregular. Los picos disparejos. Pero tenía algo. Una energía que le recordó a las flores que su abuela Remedios bordaba sin patrón, a mano alzada.

*Estrellas. Estrellas bordadas a lo largo del dobladillo. Un anillo de estrellas en hilo plateado. Con lentejuelas en las puntas para que brillen cuando camine.*

—Mateo.

—¿Sí, mamá? —Su voz era un hilo.

—No vuelvas a agarrar los plumones sin permiso. ¿Me oíste?

—Sí, mamá.

—Ahora ven acá. ¿Ves esta estrella?

—Sí...

—Me diste una idea.

La cara de Mateo pasó del terror a la confusión al asombro.

—¿Una idea buena?

—Una idea muy buena.

—¿Entonces no me vas a castigar?

—Mañana lavas los trastes tú solo. Pero la idea fue buena, Mateo. Fue muy buena.

*Pinche chamaco genio.*

. . .

La máquina de coser se rompió un miércoles a las seis de la tarde.

Faltaban dos días para la entrega.

Un chasquido seco. El motor se detuvo. La aguja se trabó en el satín.

—No —dijo Valentina—. No, no, no.

Destapó el motor. Engranaje principal: dos dientes rotos. La Singer usada que había comprado en un tianguis llevaba meses sonando raro. Había seguido funcionando por pura terquedad mecánica.

Hasta ahora.

—¡Chin!

Lo que faltaba: encaje en las mangas, las últimas lentejuelas, el cierre invisible. Todo eso necesitaba máquina. O manos. Y si lo hacía a mano, necesitaba tiempo.

Seis de la tarde del miércoles. Entrega: viernes al mediodía.

*No voy a poder. No me va a dar tiempo. Voy a quedarle mal a Abril. Voy a demostrar que soy una costurera de tianguis que se creyó diseñadora.*

Se le llenaron los ojos de lágrimas. Se las limpió furiosa.

Luego respiró.

*La abuela Remedios no tenía máquina. Hizo el ajuar de boda de mi madre con aguja y dedal. Cosía hasta que le sangraban los dedos y luego se ponía un trapo y seguía. Yo soy su nieta. Y este vestido se va a terminar aunque tenga que coserlo con los dientes.*

Se levantó. Sacó el costurero de la abuela Remedios —una caja de galletas Gamesa con agujas, un dedal de plata ennegrecida, hilo de seda y un acerico en forma de jitomate—. Se sentó en el sofá con el vestido sobre las rodillas.

Y empezó a coser a mano.

9:00 p.m. — Santiago llegó. Vio la máquina destapada. Sin decir palabra, le puso un plato de cena en la mesita. Valentina no lo tocó.

10:00 p.m. — Los gemelos se asomaron a decir buenas noches. Les mandó un beso con la mano que no sostenía la aguja.

11:00 p.m. — Silencio. Solo el tictac del reloj y el susurro del hilo atravesando la tela.

Las lentejuelas eran lo peor. Cada una tenía que quedar plana, centrada en la punta de cada estrella. Tres minutos por lentejuela. Cuarenta y siete hechas. Faltaban treinta y una.

11:30 p.m. — La puerta de la sala se abrió.

Doña Carmen apareció en bata y pantuflas, con el pelo suelto y canoso, cargando una taza de café en una mano y una caja de curitas en la otra.

No dijo nada. Se sentó en el piso junto a Valentina.

—Doña Carmen, váyase a dormir. Yo puedo sola.

Doña Carmen la miró con esa expresión suya que no admitía réplica.

—Tómate el café, mija. Y ponte una curita en ese dedo porque estás manchando la tela.

Valentina se miró el dedo índice. Sangraba. Se puso la curita, tomó un trago de café —negro, fuerte, con canela— y siguió cosiendo.

Doña Carmen se quedó a su lado. No habló. No ayudó. Sus manos de setenta años ya no tenían la finura para las lentejuelas. Pero estaba ahí.

2:00 a.m. — Terminó las lentejuelas.

3:00 a.m. — Acabó el encaje de las mangas.

4:30 a.m. — Cosió el cierre invisible. La última puntada.

Se recargó contra el sofá. Cuatro curitas en la mano derecha. Tres en la izquierda. Los ojos le lloraban de cansancio.

Frente a ella, extendido sobre la alfombra, estaba el vestido.

Doña Carmen se persignó.

—¡Pos está más bonito que el de la Cenicienta, con todo y hada madrina! Valentina, mija, esto no lo hiciste tú. Esto lo hizo Dios por tus manos.

Valentina sonrió con los labios agrietados y las manos llenas de curitas.

*No. Esto lo hice yo.*

. . .

El viernes al mediodía, llegó a casa de Doña Rosario con el vestido envuelto en una sábana blanca.

—¿Quedó bien? —preguntó Doña Rosario, retorciendo las manos.

—Pruébeselo ella y usted me dice.

Abril salió de su cuarto con los ojos rojos. Había estado llorando de anticipación.

Valentina le dio el vestido.

—Pruébatelo, mija. Llámame si necesitas ayuda con el cierre.

Abril se metió al cuarto. Tres minutos. Cinco. Siete.

—¿Abril? —llamó su madre—. ¿Estás bien?

La puerta se abrió.

El rosa empolvado le daba una calidez a la piel morena que ningún otro color habría logrado. El corpiño le definía la figura con elegancia. La falda caía en tres capas que se movían con ella, y en el borde, las estrellas plateadas centelleaban con cada paso.

Abril se vio en el espejo.

Se llevó las manos a la boca.

Y lloró.

No como en las telenovelas. Lloró con la cara arrugada y los hombros temblando, un sonido que era mitad risa y mitad asombro.

—Mamá —dijo, y esa sola palabra contenía todo.

Doña Rosario la miró. Luego miró a Valentina. Se le quebró la cara.

—Con permiso —dijo con la voz rota, y se fue a la cocina a llorar.

A Valentina se le apretó la garganta.

*No fue en vano. No fue en vano.*

. . .

La quinceañera de Abril fue en el patio de la unidad habitacional, un sábado de julio.

No había salón. No había mariachi. Había bocinas prestadas conectadas a un celular con playlist de reggaetón y cumbias. Mesas de plástico con manteles de papel rosa. Un pastel de tres pisos que se inclinaba a la izquierda como la Torre de Pisa en versión betún. Taquiza, aguas frescas y brindis con sidra Mundet.

Y había un vestido.

Cuando Abril salió al patio, el murmullo se apagó. Caminó despacio, de la mano de su padre —un hombre delgado con traje prestado y los ojos brillantes—, y con cada paso las estrellas del dobladillo lanzaban destellos de plata sobre el cemento.

Empezaron las preguntas.

—¡Rosario, comadre, ese vestido está divino! ¿Dónde lo compraste?

—¿Es importado? ¡Parece importado!

—¿Quién hizo ese vestido?

Doña Rosario sonreía con orgullo.

—No es de tienda. Lo hizo una diseñadora de Jardines del Sur. Se llama Valentina Reyes. Y con cinco mil pesos me hizo esta obra de arte. Miren las estrellas del dobladillo. Eso es trabajo a mano. Puntada por puntada.

Los teléfonos salieron. Las fotos circularon.

Valentina no estuvo en la fiesta. Se había disculpado: estaba agotada, Sofía tenía cólicos. Se quedó en el departamento viendo una telenovela con Doña Carmen, sin concentrarse.

*¿Y si no le gustó a la gente? ¿Y si Doña Rosario solo fue amable?*

A las nueve de la noche le entró un mensaje de WhatsApp. Número desconocido.

"hola buenas noches, estuve en los XV de Abril y me gusto mucho el vestido. mi hija cumple años en octubre y quiero algo asi. me puede dar informes?? soy amiga de la mama de abril"

Valentina leyó el mensaje tres veces.

A las nueve y cuarto, otro número desconocido.

"Valentina?? me paso tu num la sra rosario. necesito un vestido pa mi sobrina, presupuesto de 6mil. me puede marcar mañana??"

A las diez, un tercero.

"hola!! vi las fotos del vestido de abril en face!! esta hermoso. haces vestidos de primera comunion?? mi niña los necesita pa septiembre"

Valentina se sentó en la cama con el teléfono en la mano y las piernas temblándole.

*Tres pedidos. En una noche. Tres.*

Se le escapó un sollozo. Se tapó la boca para no despertar a Santiago.

No eran lágrimas de tristeza.

. . .

Más tarde, cuando ya había contestado los tres mensajes, cuando ya se había lavado la cara y se había mirado en el espejo del baño con los ojos hinchados y una sonrisa que no podía borrar, Valentina sacó su libreta.

La de pasta dura con flores azules. Donde anotaba gastos e ingresos, donde dibujaba los patrones para el tianguis.

Anotó los números del vestido de Abril:

Renta y servicios: 1,500.

Fórmula de Sofía (2 meses): 480.

Ahorro: 500.

Tela para próximos pedidos: 1,800.

Varios (hilo, agujas, lentejuelas): 400.

Fondo para reparar la máquina: 320.

Cuadraban. Apenas, pero cuadraban. Como siempre.

Pasó a una página en blanco.

Sofía se movió en la cuna. Hizo ese ruidito suave que hacía cuando soñaba. Valentina se inclinó a acomodarle la cobijita y la pijama se corrió, dejando al descubierto su hombro derecho.

Ahí estaba. En el omóplato.

La manchita color café con leche en forma de luna creciente.

Valentina pasó el dedo por la manchita. La bebé ni se inmutó.

*Luna. Mi Sofía con su luna.*

Abrió la libreta en la página en blanco y escribió dos palabras:

*Flor de Luna.*

Las leyó en voz baja. *Flor de Luna.* Le gustaba cómo sonaban juntas. Flor: tierra, raíz, algo que crece de abajo hacia arriba. Luna: cielo, luz, la marca de su hija en la piel.

Debajo, dibujó una luna creciente. Pequeña. Simple. El trazo le temblaba un poco porque las manos le dolían, pero era firme.

Cerró la libreta. Apagó la luz.

Se acostó junto a Santiago, que murmuró algo sin despertarse y le pasó el brazo por la cintura por instinto, como cada noche.

*Flor de Luna.*

Sonrió en la oscuridad.

Y se quedó dormida.

* * *

1
Graciela Mauchiere
esta complicada la novela mas lees mas se enreda...q hace ella en ese pueblo? hay por favor un poco de luz
Graciela Mauchiere
loco no entiendo nada de quien es la bb q tiene graciela???
Deccy Malagon
cierto, al menos un 50%o algo ya que son familiares
Yoki Romero
es una historia cansona sin esencia para ser interesante!
Deccy Malagon
si ella recupero a su hija , porque dice que milagros es su hija 🤷🏻😡
Deccy Malagon
cierto está novela me tiene medio loca, la señora carmen al fin de quién es mamá , luego Roberto cuñado del marido de valentina y también hermano uutyy, puro enredo está novela
Lydia Beltran Beltran
semanas moliendo? si apenas tiene 6 dias ahí.
Lydia Beltran Beltran
13 años? no que tiene 11, se me hace que esta historia la están escribiendo mas de una persona y cada quien publica lo qué quiere.
Lydia Beltran Beltran
porque se contradice tanto, ellos la llevaron hasta el rancho y se la entregaron al sr. cobraron y se fueron. parece que fuera otra historia y no la misma.
Lydia Beltran Beltran
otra vez con eso? su hija está con ellos, ven como lo confunden a uno por dios.
Lydia Beltran Beltran
como que cero, si se supone que que los padres son hermanos tiene que salir un % de genética por lo menos, pienso yo, o sáquenme del error por favor.
Lydia Beltran Beltran
esta historia me tiene confundida, de que si es su hija, que si no. de donde apareció un abuelo? la verdad no se si estoy leyendo la misma novela o si son 2 mezcladas, repiten lo mismo ya no entiendo nada.
Yolanda Plazola Arroyo
no la suegra si no 🪳de Claudia 😂😂
Yolanda Plazola Arroyo
a qué vieja tan cucaracha 🪳👿👿🤭 de verdad metiche como ella sóla 👿
Yolanda Villamar
y su hijo Diego donde está apoco ya lo borro la escritora 🙄
Fabiola Fernandez Baxin
ya no entendí! donde están los gemelos? donde el hijo de la cuñada? por que es su cuñada si su marido es hijo único? dijo que regresaba en 3 días? ya ni se que leo😭
Yolanda Villamar
Graciela no tenía padres su mamá estaba en la cárcel también 🤮🤮🤮 es una porque 🐖🐷 a esta novela 😡🤬
Yolanda Villamar
ya no entiendo se supone que fue la misma partera la mamá de Graciela quien avía cambiado alas niñas pero ella se dió cuenta y las volvió a cambiar y no fue en un hospital 😡😡😡 y se preguntan porque las critican bien feo pero es por esto relatan una cosa y al poco rato lo cambian todo
Yolanda Villamar
😡 en los capítulos anteriores ya se avían cambiado a una casa y no aún departamento si estoy loca diganmelo 🙄🤔pero si pusieron otros capítulos diferentes 🙄🤮
Yolanda Villamar
🙄🤔😡 lo que escribí en mi comentario anterior ya cambiaron la historia de los niños no ya la abuela y Santiago ya los tenían la misma trabajadora social se los llevo 😡
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