Un refugio maldito, una obsesión mortal y un secreto de sangre a punto de estallar.
Huyendo de su familia, Bibiana toma la drástica decisión de mudarse con Adam a una cabaña aislada en mitad del espeso bosque finlandés. Ellos creen estar construyendo su propio nido de amor en una paz idílica, sin embargo, ambos viven en una mentira: ignoran por completo la existencia de un Pacto de sangre, la oscura deuda del pasado que ya ha marcado sus destinos. Pero el invierno no perdona, y la tragedia golpea con la fuerza de un témpano.
Segunda temporada de la novela Destinada a un amor inmortal
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T2 Capítulo 11 - El peso del silencio
En la sala de espera del hospital, Diego mantenía la mano de Melissa entre las suyas. La duda que ella había sembrado crecía como una sombra.
—Meli, ¿estás segura de que el sol no salió ni un segundo? —susurró Diego.
—Completamente. Si hubiera salido, yo me habría sentido débil o ya estaría muerta.
Diego bajó la mirada, confundido. —Si está vivo... ¿por qué le mintió a mi hermana? La destrozó.
—Tuvo que tener una razón poderosa —respondió Melissa—. Quizás para protegerla.
—No podemos decirle nada a Bibi —sentenció Diego con firmeza—. Si le damos esperanzas y resulta que de verdad murió por otra causa, el golpe será peor. Prométeme que no le dirás nada.
Melissa asintió con tristeza. —Está bien, Diego. Guardaré el secreto.
Mientras tanto, a miles de pies de altura, Adam observaba las nubes desde la ventanilla del avión. El vampiro que lo escoltaba lo vigilaba con una sonrisa gélida.
—¿Por qué vienes solo? ¿Dónde están los demás? —preguntó Adam.
—Tu padre les dio otra misión —respondió el guardia con misterio—. Desde luego que solo estoy autorizado para decirte qué ellos, solo que se quedaron en el pueblo para cumplirla.
Adam cerró los ojos, sintiendo un escalofrío. “Bibi...”, pensó, temiendo que la seguridad de su amada estuviera en riesgo por su propia familia.
En el Hospital
En la habitación del hospital, el silencio solo era interrumpido por el suave sollozo de Bibiana. Ignacio se sentó a su lado, intentando ocultar su alivio bajo una máscara de preocupación.
—¿Cómo te sientes, hija? —preguntó Ignacio.
—Me siento morir, papá. No soporto la idea de saber que Adam ya no está —respondió ella con la voz rota.
Ignacio le acarició la mano, tratando de proyectar un futuro que ella no quería ver.
—Ahora tienes que ser fuerte. Piensa que, de ahora en adelante, tendrás una vida normal. Podrás casarte con un buen hombre, un humano como tú, y tener muchos hijos...
Bibiana lo miró con los ojos llenos de una tristeza profunda y definitiva.
—Yo nunca me voy a casar, papá. Porque amo a Adam, y lo seguiré amando aunque esté muerto.
—No puedes atar tu vida a un ser que ya no existe —insistió Ignacio, preocupado por la terquedad de su hija—. Tienes todo un futuro por delante.
—Eso no me importa —sentenció ella, dándole la espalda para seguir llorando en silencio. Ignacio suspiró, sintiendo que, aunque el vampiro se había ido, la sombra de su amor seguía oscureciendo el corazón de su hija.
(Una semana después)
Alaska - Mansión Soler
Bajo el cielo eterno de Alaska, la pesada puerta de la mansión se abrió. El vampiro que escoltaba a Adam hizo una reverencia ante su líder.
—Señor, aquí le traigo a su hijo, tal como me lo encargó —anunció el guardia.
Marcelo asintió con una satisfacción fría.
—Gracias. Ahora, vuelve de inmediato a la misión que te encargué —ordenó Marcelo, enviando al subordinado de regreso a Finlandia para buscar a los Anderson. El vampiro se retiró velozmente, dejando a padre e hijo frente a frente.
—Ya estás nuevamente en tu casa, hijo, de donde nunca debiste salir —sentenció Marcelo, observándolo con fijeza—. ¿Qué pasa? ¿Te quedarás callado? ¿No vas a reprocharme por haberte mandado a buscar?
Adam, con la mirada vacía y el alma rota, respondió en un susurro:
—No voy a pelear contigo, papá. Lo importante es que ya me tienes aquí de nuevo y no voy a volver a escaparme.
Marcelo soltó una carcajada seca. —Viniste muy cambiado de ese lugar, pero así me gusta. Que seas obediente y que no me lleves la contra.
Fue entonces cuando Estela apareció, corriendo hacia su hijo para abrazarlo con desesperación.
—Hijo, me alegra tanto que estés aquí... pero te noto muy triste —dijo Estela, acariciando su rostro pálido.
—Estoy bien, mamá —mintió Adam con voz hueca—. ¿Y mis hermanos?
—Giselle salió con unas amigas. Y Camilo... él está en la academia vampírica —respondió Estela con un suspiro—. Tu padre quiere que aprenda a dominar su poder y a cazar humanos. No quiere que tome tus pasos, Adam.
Adam apretó los puños, sintiendo una oleada de repulsión.
—Eso no me sorprende, mamá. Mi padre es un ser despreciable.
—Muy pronto verás que no soy tan despreciable como crees, hijo —sentenció Marcelo con una sonrisa enigmática.
Adam se giró hacia él, intrigado y alerta. —¿A qué te refieres con eso, papá?
—Más adelante lo sabrás —respondió Marcelo, sin dar más detalles—. Por ahora, confórmate con estar de nuevo en tu casa. Espero que no vuelvas a cometer otra estupidez.
Sin decir una palabra más, Marcelo se dio la vuelta y se marchó, dejando a Adam con una inquietud creciente en el pecho.
Tras la partida de Marcelo, el silencio en la sala se volvió denso. Adam se giró hacia su madre, buscando respuestas en sus ojos.
—Mamá, ¿tú sabes algo de lo que trató de decir mi padre? —preguntó Adam con insistencia.
Estela sintió un nudo en la garganta. “No puedo decirle que tiene una prometida humana a la que Marcelo está tratando de encontrar”, pensó con angustia, bajando la mirada para evitar que su hijo leyera su mente.
—Mamá, contéstame —insistió él, dando un paso hacia ella.
Estela guardó un silencio sepulcral por unos segundos antes de mentirle.
—Yo... yo tampoco sé a lo que se refiere tu padre, hijo.
Adam la miró con desconfianza, pero estaba demasiado agotado emocionalmente para presionar más.
—Bueno, mamá... te dejo. Iré a mi habitación.
Estela lo vio alejarse con el corazón roto. “¿Por qué mi hijo estará tan triste? ¿Qué le habrá pasado en ese lugar?”, se preguntó a sí misma, ignorando que el dolor de Adam era por la misma joven que su padre ahora perseguía.
Solo en su habitación, Adam sacó el suéter de Bibiana. El aroma a vainilla seguía allí, recordándole todo lo que había sacrificado por su seguridad.
Pueblo Finlandés - Casa de los Anderson
Bibiana estaba sentada en su cama, con la mirada perdida. Elena entró sin tocar, rompiendo el silencio con su tono mordaz.
—Hermana, no has salido de aquí desde que llegamos del hospital. Tienes que reaccionar.
—Déjame en paz, Elena —respondió Bibiana sin mirarla.
—No puedo verte así por un asqueroso vampiro que ya está muerto. Es una tontería —espetó Elena con desprecio.
Bibiana se puso de pie de un salto, con los ojos inyectados en furia.
—¡No vuelvas a expresarte de Adam de esa forma! —gritó, defendiendo la memoria del hombre que amaba.
Elena no se detuvo; al contrario, dio un paso hacia ella con una sonrisa burlona.
—Es la verdad. Todos los vampiros son asquerosos, incluyendo tu novio. Eres una tonta, Bibiana... prefieres llorarle a un monstruo que solo bebía sangre en lugar de aceptar el amor de un hombre de verdad.
Bibiana temblando de rabia. No aguantó más las humillaciones de su hermana hacia el hombre que amaba. Sin mediar palabra, Bibiana le cruzó la cara con una fuerte cachetada que resonó en toda la habitación.
—¡¿Qué te pasa?! —gritó Elena, llevándose la mano a la mejilla, impactada.
—¡¿Qué te pasa a ti?! —rugió Bibiana—. ¡Pareciera que disfrutaras de verme triste e infeliz! ¡Y métetelo en la cabeza: nunca voy a volver con Matt porque no voy a dejar de amar a Adam aunque ya no esté en este mundo!
Bibiana agarró a su hermana por el brazo, la sacó de la habitación de un empujón y cerró la puerta con llave.
Elena se quedó en el pasillo, acariciándose la piel ardiente, pero con una sonrisa maliciosa. “Eso era todo lo que quería saber, hermanita”, pensó. “Ahora Matt es todo mío”.
Mientras Bibiana se encerraba en su dolor, en la sala de la casa, Matt llegaba para preguntar por ella.
—¿Cómo sigue Bibi? —preguntó Matt, con una falsa preocupación en su rostro.
Ignacio suspiró, dejando ver el cansancio y la angustia en sus ojos.
—Está muy mal, Matt. Lleva una semana encerrada en su habitación. No quiere comer ni salir... mi hija está sumergida en una depresión profunda.
Matt apretó los puños, pero en su interior sentía que esta era su oportunidad.
—No se preocupe, señor Ignacio. Yo voy a sacar a Bibi de esa depresión.
—¿Cómo lo harás, Matt? —preguntó Ignacio, buscando un rayo de esperanza.
—Con ese vampiro muerto, yo haré que ella lo olvide —respondió Matt con una sonrisa de suficiencia—. Ya que él no existe, la marca de ese imbécil tuvo que haber desaparecido en ella.
Ignacio guardó silencio, sin imaginar que el amor de Bibiana y la vida de Adam eran mucho más resistentes de lo que Matt quería creer.