Celeste Marín fue abandonada frente a toda la manada el día de su ceremonia. Sin Alpha, sin voz y con su madre agonizando en una clínica privada, quedó marcada como la esposa muda que nadie quería proteger.
Dos años después, Damián Valcárcel regresa a Silver Crown decidido a cerrar un matrimonio político que nunca deseó. Pero en cuanto se acerca a Celeste, su lobo reconoce un aroma imposible: jazmín nocturno, lluvia fría y una promesa de luna que ningún contrato puede romper.
Celeste no quiere un dueño. Quiere recuperar la voz que le arrebataron, destruir a la familia que la usó y descubrir por qué su madre desapareció al despertar. Damián no quiere otra Luna. Quiere a la mujer que su lobo ya eligió, aunque los Ancianos, una falsa salvadora y una manada entera intenten separarlos.
Cuando la verdad del incendio salga a la luz, Celeste tendrá que decidir si acepta el vínculo que la consume o si rechaza al Alpha que una vez la dejó sola ante todos.
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Capítulo 12
Capítulo 12: La actriz y la muda
Camila Duarte llegó a Nocturna Studios como llegaban las tormentas falsas: mucho ruido, poco peligro real, pero suficiente para arruinar un día.
—¿Me están diciendo que una consultora muda va a reescribir mis escenas? —preguntó, dejando el bolso sobre la mesa como si fuera una prueba de rango.
Valeria Sol levantó una ceja.
—Tus escenas no funcionan.
—Funcionan cuando me dejan actuar.
—Actuar no es gritar con pestañas caras.
Mateo tosió.
Celeste observaba desde el fondo de la sala con su tableta sobre las rodillas. Damián no estaba; había vuelto a la hacienda para revisar informes del Consejo. Su ausencia hacía el aire más fácil de respirar.
Y más frío.
No pensaría en eso.
Camila olía a perfume dulce, ansiedad y resentimiento humano. No era lobo, pero conocía el mundo de los lobos lo suficiente para haber aprendido una regla: atacar donde todos miraban.
Sus ojos encontraron a Celeste.
—Ah, ya entiendo. Esto es caridad de Alpha. La esposa silenciosa necesita sentirse útil.
La sala quedó quieta.
Valeria se puso de pie.
Celeste levantó una mano.
No.
Valeria la miró.
Celeste escribió en la tableta, conectada a la pantalla principal:
Camila, en la escena 43 lloras antes de escuchar la amenaza. Eso rompe la tensión.
Camila parpadeó.
Celeste añadió:
En la 51 miras la cámara tres veces. En la 52 cambiaste la línea para hacerte ver más víctima, pero destruiste el giro. En la 60 pisaste la entrada de Valeria porque no soportas que el público mire a otra persona.
Mateo susurró:
—Ay, Diosa Luna.
Valeria sonrió como si acabaran de servirle postre.
Camila se puso roja.
—¿Quién te crees?
Celeste escribió:
La persona que sí leyó el guión.
Algunos asistentes bajaron la cabeza para ocultar la risa.
Camila golpeó la mesa.
—No voy a permitir que una mujer que ni siquiera puede hablar me humille.
Celeste sintió el viejo dolor en la garganta.
No por la frase. Por la costumbre de oírla.
Su loba raspó despacio.
*Muerde con palabras.*
Celeste abrió el archivo de metadatos. Proyectó una comparación entre el guión original, las modificaciones no autorizadas y los clips grabados. Hora, usuario, cambios, impacto narrativo.
Camila dejó de respirar.
Valeria cruzó los brazos.
—¿Tú cambiaste las escenas?
—Mi asistente pudo...
Celeste mostró otro registro.
Acceso biométrico: Camila Duarte.
La sala olió a pánico humano.
El director se quitó los lentes.
—Camila, esto afecta continuidad, costos y calendario.
—¡Ella me tendió una trampa!
Celeste escribió:
No. Solo dejaste huellas.
Mateo se inclinó hacia ella.
—Recuérdame nunca engañarte.
Camila giró hacia Valeria.
—¿Vas a dejar que esta...?
No terminó.
La puerta se abrió.
Damián entró sin anunciarse.
El aroma de cedro oscuro golpeó a Celeste antes de verlo. Su cuerpo reaccionó con una rapidez humillante: piel despierta, pulso alto, garganta ardiendo de otro modo.
*Cerca.*
No ahora.
Damián evaluó la sala en un segundo. Pantalla. Registros. Camila roja. Valeria satisfecha. Celeste demasiado quieta.
—Continúen —dijo.
Camila vio una oportunidad.
—Alpha Damián, su esposa está excediendo sus funciones.
El silencio que siguió fue hermoso.
Damián miró a Celeste.
—¿Lo estás haciendo?
Ella escribió:
Sí.
Valeria soltó una carcajada.
Damián volvió a Camila.
—Entonces parece que por fin alguien hace algo útil en esta sala.
Camila abrió la boca.
—Pero...
—No me interesa tu orgullo —la cortó él—. Me interesa el proyecto.
El director recuperó valor.
—Hay base para sanción contractual.
Damián asintió.
—Aplíquela.
Camila se tambaleó como si la hubieran golpeado.
Celeste no sintió pena.
Durante dos años, gente como ella había confundido silencio con permiso.
Ese error empezaba a salir caro.
Al terminar la reunión, Valeria se acercó a Celeste.
—Hoy te ganaste media industria y tres enemigas nuevas.
Celeste escribió:
Solo tres.
—Me encanta tu optimismo.
Damián esperaba junto a la puerta. No la apresuró. No habló por ella. Pero cuando Camila intentó pasar demasiado cerca, su aura se deslizó apenas.
Camila cambió de ruta.
Celeste lo notó.
Él notó que ella lo notó.
—No la toqué —dijo en voz baja.
Celeste escribió:
No dije nada.
—Tu ceja sí.
Ella lo miró, irritada.
El hilo en su pecho vibró.
Por un segundo, la irritación no se sintió como peligro.
Se sintió como vida.
Eso la asustó más que Camila.
Camila Duarte no era el verdadero peligro.
Era una actriz con hambre, ego y un buen instinto para oler jerarquías. La clase de persona que atacaba donde creía que nadie respondería. Celeste había conocido versiones peores en Red Thorn, con mejores vestidos y sonrisas más caras.
Lo que la asustó fue otra cosa: al ver la escena alterada, su rabia no se quedó muda.
Le pidió acción.
Celeste pidió el libreto original, el registro de cambios y la lista de quién había autorizado la nueva versión. El asistente de dirección parpadeó como si una silla le hubiera pedido cuentas. Valeria disfrutó cada segundo.
—La autora quiere documentos —dijo.
Camila rió.
—¿Autora? Ella ni siquiera habla.
Celeste levantó la tablet: Escribo. Peor para ti.
El set entero cambió de olor.
Damián, desde el fondo, no dio un paso.
Celeste agradeció que no lo hiciera.
Esta humillación era suya para devolver.
Y la devolvió con precisión.
No gritó. No necesitó a Damián. Pidió reproducir la escena tal como Camila la había cambiado y luego puso al lado el texto original. La diferencia era obvia incluso para quienes no querían verla: en la versión alterada, la protagonista parecía rogar por protección masculina; en la original, elegía negociar desde debilidad aparente para ganar tiempo.
Valeria cruzó los brazos.
—Camila, explícame por qué convertiste estrategia en súplica.
La actriz se ruborizó.
—El público entiende mejor la emoción directa.
Celeste escribió: El público entiende. Tú no.
Un asistente soltó una risa y la escondió tarde.
Damián no se movió.
Pero su aroma se llenó de orgullo oscuro.
Camila lo olió y cometió el error de mirarlo buscando apoyo.
No encontró nada.
Celeste sintió que una parte pequeña de la antigua vergüenza se desprendía de su piel.
No toda.
Pero una escama menos también contaba como avance.
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que víva los novios
vamos tu puedes
siempre
luchando
Que lindo
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