Luciana Moretti fue en su vida anterior una joven del siglo XXI: introvertida al principio, pero con un sentido del humor desbordante, una lengua afilada sin filtros y una fuerza interior que pocos imaginaban. Estaba estudiando historia de las civilizaciones antiguas, viviendo una vida tranquila pero llena de curiosidad, hasta que un accidente con un libro antiguo y un cristal en una biblioteca la llevó a morir… y despertar en el cuerpo de la tercera hija de la familia Moretti, una de las familias más ricas, influyentes y poderosas de Aethelgard.
Aquí, es conocida como la “don nadie”: sin grandes dones, ignorada por todos, considerada extraña y poco agraciada por sus padres y hermanas mayores. Sus padres, el señor y la señora Moretti, son inmensamente ricos, pero también vanidosos, ambiciosos y bastante ingenuos, obsesionados con mantener su estatus y aliarse con la realeza. Sus hermanas, Sofía y Valeria, son hermosas, elegantes… e hipócritas hasta el extremo: dulces en público.
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Fuego que acaricia, no quema, y la verdad sobre quién soy.
Nos quedamos un rato más en el jardín, bajo la sombra inmensa del roble que yo misma había hecho crecer hasta límites increíbles. Mis padres, mis hermanas y mis hermanos se habían sentado en los bancos de piedra que había alrededor, pero manteniendo siempre una distancia prudente, como si yo fuera una vasija llena de pólvora que en cualquier momento podía explotar y llenarlo todo de magia descontrolada. Y la verdad, no les quitaba la razón: yo misma me sentía diferente, llena de una energía que no cabía dentro de mí, con ganas de tocar todo, de probar todo, de descubrir hasta dónde podía llegar.
Samuel estaba de pie a mi lado, apoyado contra el tronco grueso del árbol, con esa calma que lo caracterizaba, esa mezcla de sabiduría antigua y locura enamorada que solo él tenía. Me miraba con una intensidad que me hacía sentir única, especial, como si yo fuera la única cosa que existía en el universo.
—Ya has hablado con el agua —empezó a decir, con su voz profunda y clara, lo suficientemente fuerte para que todos los de atrás lo escucharan y aprendieran, pero lo bastante suave para que fuera solo para mí—. Ya has sentido la fuerza de la tierra y la vida que corre por las plantas y los árboles. Hoy, mi vida, vamos a conocer al elemento que más miedo da a todos, pero que para ti será el más dócil, el más hermoso y el más fiel de todos. Hoy vamos a hablar con el fuego.
Mis hermanas, que estaban escuchando atentas detrás, se miraron entre ellas con cara de pánico. Valeria se abrazó a sí misma y susurró lo suficientemente alto para que lo oyéramos todos: —¿Fuego? ¡Ay, madre! ¡Eso quema, eso destruye, eso lo deja todo hecho cenizas! ¡Ya nos ha mojado, ya nos ha atrapado con árboles… ahora nos va a quemar! ¡Nos va a dejar sin casa, sin ropa y sin cejas!
Samuel soltó una pequeña risa por lo bajo, sin ni siquiera mirarlas, acostumbrado ya a sus comentarios de miedo e ignorancia. —El fuego es peligroso para los que no lo entienden, para los que le tienen miedo o para los que intentan dominarlo a la fuerza —explicó, mientras levantaba una mano y, de la nada, entre sus dedos, empezó a nacer una pequeña luz dorada, una llamita pequeña, hermosa, que flotaba en el aire sin quemar su piel ni su ropa—. Pero para ti, Luciana… el fuego es otra cosa. Escúchame bien: Tu fuego no quema. Tu fuego acaricia. Tu fuego no destruye. Tu fuego da vida, da luz, da calor.
Yo me quedé mirando esa llamita que bailaba entre sus dedos. Era preciosa, brillaba con tonos dorados, naranjas y rojos, pero tenía algo distinto: no irradiaba ese calor intenso y abrasador que siempre había asociado al fuego. Era tibia, agradable, como el sol de la mañana.
—¿Por qué es diferente? —le pregunté, acercando mi mano despacio, con curiosidad y un poquito de miedo, aunque sabía que él nunca me dejaría hacer daño.
—Porque todo lo que hay en ti es diferente, mi amor —me contestó él, mirándome a los ojos con una seriedad que me hizo estremecer—. Pero vamos a comprobarlo tú misma. Acerca la mano. Tócala. Haz que pase a ti. Llámala con tu mente, dile que venga a su verdadera dueña.
Respiré hondo, cerré los ojos un segundo para calmarme y concentrarme, y cuando los abrí, fijé toda mi atención en esa pequeña llama flotante. Pensé con calma, con cariño, tal como había hecho con el agua y con el árbol: "Ven, fuego bonito. Ven a mí. Soy yo, Luciana. Te estoy esperando.".
Al principio no pasó nada. La llama seguía bailando en la mano de Samuel. Pero entonces, muy despacio, como si obedeciera una orden silenciosa que solo ella podía escuchar, la llamita se separó de sus dedos, flotó por el aire lentamente, se acercó a mi mano abierta y se posó suavemente en la palma de mi mano derecha.
Sentí su contacto: no fue dolor, ni ardor, ni quemazón. Fue una sensación increíble, como si una manta caliente me cubriera la piel, como si tuviera un rayo de sol atrapado entre mis dedos. Abrí los ojos sorprendida y vi la llama allí, brillando con fuerza, hermosa, viva, moviéndose y cambiando de forma, totalmente tranquila y feliz en mi mano.
—¡No quema! —grité asombrada, moviendo la mano suavemente para ver cómo se movía ella también—. ¡Samuel, no quema para nada! ¡Es… es como tener luz pura!
—¡Madre mía! —se escuchó el grito de mi madre detrás—. ¡Tiene fuego en la mano y no se hace ni una herida! ¡Es cosa de magia muy alta, esto! ¡Nunca he visto nada igual!
Samuel sonrió, radiante de orgullo, y dio un paso hacia mí, acercando su cara a la mía, mirando cómo yo jugaba con la llama, haciéndola alargarse, hacerse pequeña, cambiar de color, convirtiéndola en formas divertidas: primero una mariposa de fuego que volaba alrededor de mi cabeza, luego una flor brillante, luego una estrellita que dejaba un rastro de luz al moverse.
—Es maravilloso, mi vida —me dijo con voz suave—. Y ahora que ya has tocado los cuatro grandes elementos: tierra, agua, aire y fuego… ahora que te han obedecido, ahora que te han reconocido como su dueña… ha llegado el momento de que sepas la verdad completa. La verdad que yo conocía, pero que no te podía decir hasta que tú misma despertaras tu poder. Porque tenía que salir de ti, tenía que ser tú quien lo descubriera, no yo quien te lo contara a ciegas.
Su expresión cambió. Dejó de ser el maestro divertido o el amante enamorado, y se volvió serio, profundo, solemne. Se sentó en el banco de piedra y me hizo señas para que me sentara a su lado. Mis padres y hermanas se callaron de golpe, intuyendo que lo que venía ahora era algo grande, algo importante, algo que cambiaría todo para siempre.
—Luciana —empezó a decir, tomando mis manos entre las suyas, apretándolas con fuerza, transmitiéndome seguridad y amor—. Tú crees que eres una chica normal, que tuviste la suerte de encontrarme, que rompiste mi prisión porque me querías mucho. Y sí, el amor tuvo mucho que ver, pero… no fue solo eso. No fue suerte. Nada de lo que nos ha pasado ha sido suerte. Todo estaba escrito. Todo estaba destinado a pasar.
Hizo una pausa, miró hacia el horizonte, como si estuviera viendo cosas que pasaron hace siglos, y continuó:
después de siglos de estar encerrado a que olera su boca... caray
estás en el pasado que ya es historia, con cosas históricas más viejas. que regalo del destino .
está Lucia como niña en dulcería
que sucedió?
murió a través del tiempo?
Gracias /Smile//Smile/