Azalea Nurul Huda lo dio todo por su matrimonio: tres años cuidando a una suegra postrada en cama, sola en un pueblo mientras su marido vivía en la ciudad. El día que la suegra muere, Reza la repudia frente a los vecinos acusándola de estéril. Sin un centavo, sin familia, con solo una maleta y su fe, Azalea parte a la ciudad en busca de trabajo.
El destino la cruza con Elora, una niña de tres años que resulta ser la hija de Jasmine —su hermana mayor fallecida— y de Enzo Alexander Kaiser, el poderoso CEO de Kaiser Group. Enzo, viudo y emocionalmente cerrado, tiene dos hijos destrozados: Erza, de cinco años, que sufre crisis de ira y autolesión, y Elora, que apenas sabe hablar y no conoce el cariño de una madre.
Azalea acepta ser su niñera. En tres meses transforma el hogar: les enseña a rezar, a pedir perdón, a pronunciar el nombre de Dios antes de dormir. Cuando la madre de Enzo la despide por mencionar a Jasmine, Enzo toma una decisión desesperada: le propone matrimonio. No por amor. Solo por sus hijos.
Lo que comienza como un acuerdo frío se convierte en un amor lento e inevitable. Un Ramadán compartido le devuelve la fe a un hombre que había olvidado cómo rezar. Pero cuando la exnovia del exmarido y una villana con sed de venganza orquestan un plan para destruir a Azalea, un secreto devastador sobre la muerte de Jasmine amenaza con arrasarlo todo.
Entre rezos al alba, heridas del pasado y un perdón que parece imposible, Azalea descubrirá que el amor verdadero no elige el momento perfecto: echa raíces donde menos lo esperas y florece en el lugar más improbable.
NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13
El domingo por la noche llegó en calma. La lámpara del cuarto de los niños alumbraba con una claridad amortiguada que bañaba la habitación de un amarillo tibio. Erza ya tenía puesto el pijama y se recostaba contra la cabecera abrazando una almohada. Del otro lado, Elora yacía con su libro de cuentos ilustrado favorito.
—Mami —dijo Erza primero, en un tono que mezclaba exigencia y mimo—, léenos la historia del profeta Suleimán y el pájaro abubilla.
—¡No! —Elora se incorporó de golpe—. ¡Elola quiele el cuento del Zolito y el glanjelo!
—¡La del profeta Suleimán!
—¡El del Zolito y el glanjelo!
Los dos pusieron cara de guerra, ninguno dispuesto a ceder.
Azalea, de pie entre ambos, guardó silencio. Sonrió apenas, buscando mediar. —¿Y si leemos uno primero y luego el otro?
—¡No quiero! —dijeron los dos casi al unísono.
Erza le puso su libro en las manos. —Este primero. Este es más importante.
—¡Elola también quiele! —Elora hizo un puchero, los ojos a punto de llenarse de lágrimas. Y le tendió su propio libro—. ¡Mami, escoge el mío!
—Mami, por favor, escoge el mío —suplicó Erza con la mirada.
—¿Mami no me quiele? —Los ojitos de Elora ya amenazaban con desbordarse.
Azalea exhaló despacio. Se arrodilló entre los dos y les acarició la cabeza.
—Mami no escoge a ninguno —dijo con dulzura—. Mami los quiere a los dos igual.
—¡Entonces lee el mío! —exclamaron Erza y Elora al mismo tiempo. Pero ninguno cedía.
El alboroto traspasó las paredes. Enzo, que acababa de cerrar la laptop en el estudio, detuvo el paso. Miró hacia la puerta del cuarto de los niños y se acercó.
—¿Qué pasa? —preguntó desde el umbral.
Erza se apresuró a quejarse. —¡Papi, Elora no quiere ceder!
—¡Helmano tampoco! —contraatacó Elora.
Azalea volteó hacia Enzo con el gesto algo fatigado, pero tranquilo. —Enzo, ¿puedo pedirte un favor?
Enzo alzó una ceja. —¿Qué favor?
—Léele tú a Erza —propuso Azalea con cuidado—. La historia del profeta Suleimán y el pájaro abubilla. Yo le leo el del Zorrito a Elora.
Enzo se quedó inmóvil. —¿Leerles un cuento? —Tragó saliva, pero asintió—. Está bien.
Erza se iluminó. —¡Sí, que Papi me lea!
Enzo se sentó al borde de la cama, tomó el libro de las manos de Erza. Azalea se acomodó del otro lado, atrajo a Elora a su regazo y abrió el cuento ilustrado.
—¿Listos? —preguntó Azalea con suavidad, y Elora asintió dichosa.
Enzo abrió la primera página y comenzó a leer. —En un tiempo lejano, el profeta Suleimán tenía un reino muy grande.
El tono de Enzo fue plano. Sin altibajos. Sin pausas emotivas. Como si leyera un informe financiero.
Azalea se mordió la sonrisa para no reírse.
Erza frunció el ceño. —Papi, ¿por qué suena como robot?
Enzo dejó de leer. —¿Cómo debería sonar?
—Emocionante —protestó Erza—. Se supone que es un pájaro que habla.
Enzo retomó la lectura, con exactamente la misma entonación.
Al cabo de un rato, Erza suspiró con fastidio. —Mejor que me lo lea Mami.
Azalea volteó. —Con Papi primero, cariño. Mami está con el de Elora.
Pero Erza negó con la cabeza. —No. Papi lee espantoso.
Elora soltó una risita en el regazo de Azalea.
Enzo calló y cerró el libro despacio. Un destello de incomodidad le cruzó la cara, pero también de aceptación. —Bien —dijo, escueto—. Tu mami es mejor para esto.
Azalea le sonrió para tranquilizarlo. Cuando Elora comenzó a bostezar y los párpados se le volvieron pesados, cerró el libro del Zorrito. La niña ya estaba medio dormida cuando Azalea la arropó. Más tarde la llevaría a su cuarto.
—Ahora le toca a Erza —anunció Azalea con ternura.
Se pasó al lado de Erza, abrió el libro del profeta Suleimán. Su voz se transformó: cálida, viva, llena de matices.
—El profeta Suleimán fue un rey muy justo —comenzó Azalea pausadamente—. Podía hablar con los animales. Un día, el pájaro abubilla llegó con una noticia importante.
Erza escuchaba con los ojos encendidos. —¿Por qué el pájaro no le tenía miedo al profeta Suleimán y a los genios? —preguntó.
—Porque el profeta Suleimán era sabio —respondió Azalea, sonriendo—. No le gustaba lastimar a las criaturas de Dios.
Erza quedó pensativo y asintió despacito.
En la esquina del cuarto, Enzo estaba sentado en una sillita baja con Elora dormida en su regazo. La cabecita de la niña descansaba contra su pecho, la respiración acompasada.
Enzo no se movió. En lugar de irse, se quedó escuchando. La forma en que Azalea leía no solo transmitía una historia, sino un sentimiento. Cada palabra parecía tener un propósito. Cada explicación se deslizaba suave, sin sermones.
—Entonces —dijo Azalea en voz baja—, si tenemos un don, debemos usarlo para hacer el bien. No para presumir.
Erza la miró. —¿Papi también?
Azalea sonrió. —Sí. Papi, Mami, todos.
Enzo bajó la vista hacia Elora en su regazo.
Cuando el cuento terminó, Erza ya se veía soñoliento. Azalea cerró el libro, se inclinó y le acarició el cabello. Rezó en un susurro, casi inaudible. Las palabras fluyeron quedas y después sopló la plegaria sobre la coronilla de Erza.
Enzo observaba cada detalle. —¿Qué fue lo que hiciste recién? —preguntó en voz muy baja para no despertar a los niños.
Azalea volteó. —Le recé una plegaria.
—¿Qué clase de plegaria?
—Para que Erza sea un niño virtuoso, inteligente y que Dios lo proteja siempre de todo mal —contestó Azalea con naturalidad.
Enzo se quedó callado. Por primera vez, contemplaba algo que él nunca practicó ni enseñó. Ahora lo entendía. No fue magia ni casualidad. Fue que cada día, cada noche, había una oración elevada con sinceridad por Azalea en nombre de sus hijos.
Enzo bajó la mirada hacia los dos niños dormidos. Después posó los ojos en Azalea con una expresión distinta a todas las anteriores: más suave, más profunda. —Ahora comprendo —murmuró.
—¿Qué comprendes? —preguntó Azalea.
—Por qué los niños cambiaron tan rápido —reconoció Enzo con franqueza—. No fue porque los obligaras, sino porque rezas por ellos.
Azalea esbozó una sonrisa discreta. —Los hijos son un encargo. Si los cuidamos con oración, Dios se encarga del resto.
Enzo asintió despacio.
Esa noche, en la habitación pequeña y tibia, no hubo peleas. No hubo distancia. Solo un padre que empezaba a aprender a estar presente. Y una madre que amaba a su manera: con calma, con ternura, y con plegarias.