Valentina Reyes lleva dos años tragándose el infierno en silencio.
Cada mañana se sube al Metrobús en Coyoacán, cruza media ciudad y llega a las oficinas de Grupo Lucía en Santa Fe — el imperio empresarial del hombre que la destruyó. Cada mañana se para frente a Sebastián Montero, el CEO más despiadado de Ciudad de México, y finge que no le tiemblan las manos. Cada noche vuelve a su departamento vacío, abre el frasco de paroxetina y cuenta las pastillas que le quedan.
Sebastián la odia. O eso dice.
Porque Valentina era la mejor amiga de Lucía — su hermana menor, la que murió una noche hace cinco años en circunstancias que nadie ha podido explicar del todo. Y Sebastián está convencido de que Valentina pudo haberla salvado.
Lo que él no sabe es que Valentina también lo cree. Que la culpa la está matando por dentro mucho antes de que él pudiera hacerlo.
Un día, Sebastián le propone algo absurdo: un acuerdo de cien días. Cien días juntos — viviendo bajo el mismo techo, siguiendo sus reglas, fingiendo una relación que a ella le quema y a él le obsesiona. Cuando los cien días terminen, ella será libre. Él la dejará ir.
Pero en esos cien días pasan cosas que ninguno de los dos planeó.
Él descubre que detrás de su odio hay algo mucho peor: que nunca dejó de amarla. Ella descubre que el caso de Lucía esconde una verdad que podría cambiarlo todo — una verdad que alguien está dispuesto a matar para mantener enterrada. Y Doña Carmen, la madre de Sebastián, enferma terminal y rota por la pérdida de su hija, le exige a su hijo que elija: su familia o esa mujer.
Los cien días se acaban en Nochevieja.
Y Valentina ya decidió cómo va a terminar esta historia.
**¿Será Sebastián capaz de encontrarla antes de que sea demasiado tarde?**
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Capítulo 12
Capítulo 12
El acuerdo de los cien días
22 de septiembre. Equinoccio de otoño.
Valentina releyó la primera página tres veces antes de que las palabras empezaran a tener sentido.
"ACUERDO DE CONVIVENCIA TEMPORAL. Entre Sebastián Montero Ibarra (en adelante, Parte A) y Valentina Reyes Solís (en adelante, Parte B). Vigencia: cien (100) días naturales contados a partir de la firma del presente documento."
Cerró la carpeta. La abrió. La volvió a cerrar. Miró alrededor: Carolina estaba al teléfono, el pasillo estaba vacío, nadie la observaba. Volvió a abrir la carpeta.
La segunda página tenía cuatro cláusulas escritas en un lenguaje que intentaba ser legal pero que sonaba más a un hombre que no sabe cómo pedir lo que quiere y recurre al único idioma que domina: el de los contratos.
"Cláusula primera. Las Partes se comprometen a mantener un trato de convivencia personal —no limitado al ámbito laboral— durante el periodo de vigencia. Esto incluye, pero no se limita a: encuentros fuera del horario de trabajo, comunicación regular y disposición a la convivencia social."
"Cláusula segunda. Frecuencia mínima: tres encuentros semanales, de los cuales al menos uno debe realizarse fuera del entorno de Grupo Lucía."
"Cláusula tercera. Durante la vigencia del presente acuerdo, ninguna de las Partes sostendrá relaciones sentimentales o de cortejo con terceros."
"Cláusula cuarta. Al cumplirse el día cien (100), el presente acuerdo quedará sin efecto. Ambas Partes serán libres de continuar, modificar o terminar cualquier vínculo que haya surgido durante la vigencia, sin obligación ni reproche."
Valentina leyó la cláusula tercera dos veces. Luego la cuarta. Después volvió a la tercera.
"Relaciones sentimentales o de cortejo con terceros."
Sebastián Montero le estaba pidiendo exclusividad. En un contrato. Con cláusulas numeradas.
A las seis de la tarde, cuando la oficina empezó a vaciarse, Valentina tomó la carpeta, cruzó el pasillo y tocó la puerta de cristal del despacho de Sebastián. Él levantó la vista de la pantalla.
—Pasa.
Ella entró. Cerró la puerta. Se sentó en la silla frente al escritorio —la misma silla donde se sentaban los inversionistas y los abogados— y dejó la carpeta entre los dos.
—¿Qué es esto? —preguntó, aunque ya lo sabía.
—Léelo.
—Ya lo leí. Te pregunto qué es.
Sebastián se recargó en la silla. Tenía las mangas de la camisa dobladas hasta los codos y las ojeras de alguien que tampoco dormía bien. La foto de Lucía lo miraba desde la repisa, como siempre.
—Es lo que dice. Un acuerdo de convivencia temporal.
—¿Por qué?
—Porque no sé otra forma de hacer esto.
Valentina lo miró. Él no le devolvió la mirada, sino que la posó en algún punto intermedio entre ella y la ventana, como si la respuesta estuviera flotando en el aire.
—¿Hacer qué, exactamente?
—Entender.
—¿Entender qué?
Sebastián cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, la miró de frente, y Valentina vio algo que no le había visto en cinco años: vulnerabilidad. No la vulnerabilidad que se muestra para manipular, sino la que se escapa cuando ya no puedes sostener la máscara.
—Quiero entender si te odio o si... no puedo dejarte ir.
La frase cayó sobre el escritorio como un objeto pesado. Valentina la sintió en el pecho, en el estómago, en las manos que apretaban los reposabrazos de la silla.
—Llevas cinco años haciéndome la vida imposible —dijo ella—. Me humillas en la oficina, me mandas rehacer informes perfectos, me tratas como si fuera invisible. Y ahora me pides cien días.
—Sí.
—¿Por qué cien?
—Porque es suficiente tiempo para saber. Y suficiente para terminar antes de que sea irreversible.
Valentina miró la carpeta. Las cláusulas. Las firmas vacías al final. Dos líneas punteadas esperando nombres que no sabían si querían estar juntos.
—¿Y si al final de los cien días descubres que sí me odias?
—Entonces te dejo en paz. Para siempre.
—¿Y si descubres que no?
Sebastián no respondió. La pregunta quedó flotando en el despacho como humo de cigarro.
—Necesito pensarlo —dijo Valentina, levantándose.
—Está bien.
Tomó la carpeta y caminó hacia la puerta. La mano ya estaba en el picaporte cuando él habló.
—Valentina.
Ella se detuvo sin voltear.
—No es un juego. Lo que sea que esto es... no es un juego.
Valentina salió sin responder.
Tomó el Metrobús a Coyoacán. Se bajó en su parada, caminó las cuatro cuadras de siempre, subió las escaleras de siempre, entró al departamento de siempre. Todo igual. Todo exactamente como cada noche de los últimos tres años, excepto que ahora llevaba una carpeta bajo el brazo que podía cambiarlo todo.
Se sentó a la mesa de la cocina con la carpeta abierta, un vaso de agua y el silencio del departamento como único compañero. Leyó cada cláusula de nuevo. Leyó la letra pequeña. Leyó el nombre de Sebastián impreso al final —"Sebastián Montero Ibarra"— y vio que él ya había firmado. Su firma era angulosa, decidida, con una "S" que parecía un rayo.
Él había firmado primero. Se había arriesgado primero.
Valentina dejó la carpeta en la mesa y se fue a la ventana. Las luces de Coyoacán brillaban abajo, naranjas y tenues, con esa calidad de barrio viejo que le recordaba que no todo en la Ciudad de México era rascacielos y corporativos de cristal. Una pareja caminaba por la banqueta tomada de la mano. Un perro ladraba a la distancia. El puesto de esquites de la esquina ya había cerrado pero el olor a mantequilla y chile seguía ahí, flotando.
Pensó en Lucía. Pensó en Andrés. Pensó en Carmen y su "mi hija murió por tu culpa". Pensó en los cinco años que llevaba viviendo a medio volumen, tomando pastillas para poder funcionar, yendo a una tumba cada mes a pedir perdón por algo que no pudo evitar.
Pensó en Sebastián diciéndole "no puedo dejarte ir" con la cara de alguien que preferiría arrancarse las palabras de la boca antes que decirlas en voz alta.
Volvió a la mesa. Tomó una pluma. La sostuvo sobre la línea punteada.
La mano le temblaba.
"Valentina Reyes Solís."
Firmó.
Cerró la carpeta. Se quedó mirándola un rato, como si acabara de firmar un pacto con el diablo o con un ángel o con algo intermedio que no tenía nombre.
Sacó el celular y buscó la aplicación del calendario. 22 de septiembre. Marcó la fecha en rojo. Contó cien días hacia adelante.
Día 100: 31 de diciembre.
Nochevieja.
Le temblaron las manos otra vez, pero no de miedo.
Antes de apagar la luz, hizo algo que no hacía desde la universidad: sacó el celular viejo de Lucía y buscó los mensajes. Tenía la costumbre de releerlos cuando necesitaba sentir que Lucía seguía ahí, en algún lugar, diciéndole cosas.
Buscó por fecha: 22 de septiembre. Cinco años atrás.
Había un mensaje. Uno solo, enviado a las 11:43 de la noche, a un grupo de WhatsApp que ya no existía:
"Hoy empieza algo nuevo. Lo siento en el corazón. 🌻"
Valentina miró la fecha del mensaje. 22 de septiembre. Cinco años antes. El mismo día.
Lucía había escrito eso el 22 de septiembre, tres semanas antes de que todo se rompiera. "Hoy empieza algo nuevo."
Y hoy, exactamente cinco años después, Valentina acababa de firmar un acuerdo que duraba cien días con el hermano de Lucía.
Apagó el celular viejo. Lo puso junto al nuevo, en la mesa de noche, uno al lado del otro.
—Si tú lo sientes en el corazón —susurró en la oscuridad—, entonces yo también.
Se durmió con la carpeta firmada sobre la mesa de la cocina, la ciudad entera brillando al otro lado de la ventana y el fantasma de una coincidencia que se sentía demasiado perfecta para ser casualidad.