Cinco años después de irse de Buenos Aires con el corazón roto, Giulia Rivas vuelve con una sola prioridad: cuidar a su hija Dulce y reconstruir su carrera como diseñadora de joyas.
No busca explicaciones.
No busca venganza.
Y mucho menos busca volver a ver a Julián Alcázar.
Pero en el aeropuerto, un nene desconocido se le abraza a la pierna y la llama mamá.
Benja tiene la edad que tendría el hijo que Giulia creyó haber perdido. Tiene los ojos de Julián, su carácter imposible y una certeza que nadie logra sacarle de la cabeza: ella es su mamá.
Julián también queda atrapado en esa reaparición.
Para él, Giulia fue la mujer que lo abandonó sin mirar atrás. Para ella, Julián fue el hombre que eligió a otra mientras ella lo perdía todo.
Ahora trabajan bajo el mismo imperio empresarial, se cruzan en pasillos, fiestas privadas, hospitales y mentiras que llevan demasiado tiempo enterradas.
Entre una hija que sueña con conocer a su papá, un hijo que nunca dejó de buscar a su mamá y una mujer dispuesta a destruir cualquier verdad antes de perder su lugar, Giulia y Julián van a descubrir que lo que los separó no fue falta de amor.
Fue una mentira.
Y esa mentira está a punto de caer.
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Capítulo 23
Capítulo 23
A Giulia se le cortó la respiración.
Corrió a la ventana y levantó apenas la cortina.
El Maybach negro estaba bajo la luz amarilla de la calle.
Julián apoyaba la espalda en la puerta del auto, las piernas cruzadas, un cigarrillo entre los dedos. La brasa se encendía y se apagaba en la noche.
Giulia cerró la cortina.
Se quedó quieta un momento.
Después miró la hora.
Si Julián subía y veía a Dulce, todo se desarmaba.
Ni siquiera se cambió el camisón. Se puso un tapado largo encima y salió.
El aire de primavera estaba fresco.
Cuando abrió la puerta del edificio, el viento le levantó el borde de la tela y dejó ver una pierna fina, blanca.
Julián lo vio.
Se llevó el cigarrillo a la boca. Sus ojos se oscurecieron.
Giulia ajustó el tapado y se detuvo a dos pasos.
—¿Qué querés?
Él la recorrió con la mirada.
Estaba demasiado flaca. Como si una ráfaga fuerte pudiera llevársela.
Tiró el cigarrillo a medio terminar y lo pisó.
—Subí al auto.
Giulia retrocedió.
La negativa era evidente.
Había olido alcohol en él.
Julián apretó los labios.
Después caminó hacia ella.
Giulia se tensó.
Pero al segundo siguiente sintió calor sobre los hombros.
Julián le había puesto su saco.
La tela traía su temperatura, su perfume, ese olor que ella conocía demasiado bien.
El corazón le dio un golpe lento.
Él se quedó del lado del viento, tapándola con su cuerpo.
—¿Viniste tan tarde por algo? —preguntó ella, más baja.
Julián sonrió.
—¿Tiene que haber un motivo? ¿No puedo venir porque te extrañé?
Giulia tosió.
Se llevó una mano al pecho.
No sabía si se había atragantado con el aire o con la frase.
Le tocó la frente.
Primero a ella. Después a él.
—Fiebre no tenés.
¿Extrañarla?
Eso no sonaba a Julián.
Ni siquiera cinco años atrás se lo había dicho.
Ahora era absurdo.
Cuando retiró la mano, Julián ya no sonreía.
Le tomó el mentón con dos dedos.
—¿Te parece gracioso?
Giulia creyó que iba a enojarse.
Pero él la abrazó.
La envolvió con un calor pesado, vivo.
Durante un segundo, ella no pudo pensar.
Quiso quedarse ahí.
Y al mismo tiempo supo que no debía.
—Julián...
—No hables.
Él la soltó apenas, bajó la mirada a sus labios y se inclinó.
Giulia giró la cara.
El beso cayó en la comisura.
Se le revolvió el estómago.
Pensar que también habría besado así a Malena le ensuciaba todo.
Esa barrera no iba a desaparecer.
Por eso le había dicho a Soledad que amar o no amar ya no importaba.
Empujó el pecho de Julián.
—Es tarde. Me voy.
—¿Tan apurada? ¿Hay alguien esperándote arriba?
Giulia estaba demasiado alterada para medir cada palabra.
—Sí. Soledad se emborrachó. Está sola en casa y no quiero que se sienta mal.
La verdadera razón era Dulce.
Julián arqueó apenas una ceja.
—Entonces andá.
Giulia entró sin mirar atrás.
Cuando desapareció en el ascensor, Julián borró la sonrisa y llamó a Mateo.
—Averiguá si Giulia volvió al país con un hombre llamado Diego Serrano.
...
Giulia abrió la puerta con la cabeza revuelta.
¿Julián había ido solo para verla?
¿Sabía cuánto le costaba sostener el corazón quieto?
Dulce salió corriendo con el celular infantil en la mano, los ojitos rojos.
—Mami, ¿dónde estabas?
Había despertado. Empujó a la tía Soledad y la tía Soledad solo se dio vuelta. Llamó a su mamá y el celular estaba en casa.
Giulia se agachó y la abrazó fuerte.
—Perdón, mi amor. Bajé a comprar algo. Ya estoy acá.
Todo lo demás se le fue de la cabeza.
Ningún hombre importaba más que Dulce.
Dulce lloró un rato contra su cuello.
Después levantó la carita.
—Mami, ¿de quién es ese saco?
Giulia se dio cuenta de que seguía cubierta con el saco de Julián.
—De un amigo. La semana que viene se lo devuelvo en el trabajo.
Dulce hizo un puchero, volvió a colgarse de su cuello y ya no quiso soltarla.
...
Julián manejaba cuando Mateo devolvió la llamada.
—Señor Alcázar, Giulia no volvió con Diego Serrano. Él ni siquiera registra entradas al país en los últimos seis meses.
—Bien.
Mateo quiso agregar que Giulia había entrado con una nena de menos de cinco años.
Recordó el castigo por hablar de más.
Se tragó la frase.
...
Más tarde, Wanda salió del baño con un camisón negro.
Encendió un cigarrillo y se lo dio a Claudio Funes, que estaba recostado en la cama.
La habitación conservaba el calor de lo que acababa de pasar.
Claudio la miraba satisfecho. La había perseguido durante meses y por fin la tenía.
Wanda se acomodó contra su pecho.
—Gracias por bajarme el video, Clau. Si no, me habrían hecho pedazos en redes.
Claudio le rodeó la cintura.
—Eso no es nada. Cuando pase el ruido, hablo con mi tío. No te van a congelar la carrera.
Wanda sonrió como si le creyera.
Por dentro, no.
Claudio tenía un tío en el directorio del holding Alcázar, sí. Pero ella había ofendido a Julián en persona.
Igual lo abrazó.
—Entonces espero tus buenas noticias.
Claudio se encendió otra vez.
—Aunque no vuelvas a actuar, yo te mantengo.
Wanda sintió asco.
Ella quería casarse con Franco Roldán.
Claudio tenía esposa, hijos y una ambición mediocre.
Si se había acostado con él era porque era el jefe directo de Giulia y podía ayudarla a desquitarse.
Le tomó la mano antes de que subiera por su muslo.
—No te olvides de Giulia.
Claudio sonrió.
—Quedate tranquila. Mirá cómo se cae.
Después apagó el cigarrillo y volvió a meterse bajo el camisón.