Él domina un imperio, pero ante ella se vuelve un cobarde.
Dominic Sterling es el implacable magnate de la moda inclusiva en Nueva York, un hombre frío que construyó una fortaleza de éxito para proteger a su madre, Elena, de los fantasmas del pasado. Pero cuando Scarlett Sinclair —una brillante y hermosa diseñadora de alta costura que pisa fuerte en sus tacones altos— irrumpe en su empresa, el control de Dominic se desmorona.
Scarlett busca un socio, pero encuentra a un hombre que la desarma y que, al mismo tiempo, levanta una barrera de hielo por pánico a ser vulnerable. Mientras Dominic calla lo que siente, la llegada del carismático fotógrafo Julian Beck amenaza con alejar a Scarlett para siempre. Atrapado en su propio silencio, Dominic se enfrentará a la prueba más difícil: descubrir si el orgullo vale más que el precio de amarte.
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Capítulo 12: El Eco de la Pasarela
Las luces estroboscópicas y los murmullos de la prensa especializada llenaban el colosal salón de eventos en el bajo Manhattan. Los asientos dispuestos en primera fila ya estaban ocupados por críticos de renombre, celebridades e inversionistas que esperaban con ansias el debut de la alianza Sterling-Sinclair. Detrás de escena, sin embargo, el ambiente era una amalgama de prisa y tensión contenida. Scarlett Sinclair llegó al recinto temprano en la tarde, portando unas ojeras profundas que sus maquilladores tuvieron que ocultar minuciosamente bajo capas de corrector e iluminador. El desvelo y el llanto de la medianoche anterior habían dejado secuelas en su rostro delicado, pero no en su actitud. Scarlett caminaba con la cabeza en alto, irguiéndose sobre sus tacones altos con una dignidad de hierro, decidida a cumplir con su último compromiso profesional en Nueva York antes de que todo terminara definitivamente.
A los pocos minutos, la silueta imponente de Dominic Sterling se recortó contra la entrada del área de camerinos. Un silencio incómodo se extendió entre los asistentes más cercanos al notar un detalle inusual en su impecable estampa corporativa: Dominic lucía un aparatoso vendaje blanco que cubría por completo su mano derecha. Cuando uno de los directores de logística se atrevió a preguntar con cautela por la lesión, Dominic respondió con una voz neutra, inventando una excusa corporativa tan fría como ensayada sobre un simple "accidente doméstico" con unos cristales en su residencia. Sus ojos oscuros, esquivos y desprovistos de su brillo habitual, buscaron de reojo a Scarlett entre el bullicio, pero ella se mantuvo deliberadamente concentrada en los últimos retoques de las modelos, ignorando su presencia.
El inicio del desfile fue anunciado por una música envolvente que acalló al público. En cuanto las luces de la pasarela se encendieron, la magia de la colección inclusiva cobró vida. Una a una, las modelos desfilaron con prendas que adaptaban la sofisticación de la alta costura a la diversidad de los cuerpos reales con una fluidez pasmosa. El movimiento de las telas de seda y terciopelo, la precisión de los cortes y la propuesta vanguardista dejaron al público sin aliento. El desfile se convirtió en un éxito rotundo, un torbellino de ovaciones que culminó con la crítica especializada y los asistentes aplaudiendo de pie en una ovación unánime. Scarlett salió a saludar brevemente, agradeciendo los aplausos con una sonrisa profesional que ocultaba el vacío que sentía en el pecho.
Durante el posterior cóctel de celebración, el salón se llenó del chocar de las copas de champaña y felicitaciones efusivas. Scarlett, sin embargo, se aseguró de no separarse de Julian Beck ni un solo instante. El fotógrafo, siempre atento y carismático, permaneció a su lado sosteniendo su copa y rodeándola con un brazo protector que ella no rechazó. Desde el rincón más apartado del salón de cristal, Dominic observaba la escena en un silencio sepulcral. El dolor que experimentaba en ese momento era doble: por un lado, el latido agudo y físico de su mano derecha herida; por el otro, el dolor sutil, sordo y punzante de su alma al ver cómo los fotógrafos de la prensa social rodeaban a Scarlett y Julian, retratándolos ante las cámaras como la nueva "pareja de oro" del mundo de la moda neoyorquina. Cada destello de los flashes profundizaba la herida de su cobardía.
Al final de la noche, cuando los invitados comenzaban a retirarse y los ecos de la música disminuían, Scarlett vio su oportunidad. Caminó con paso firme hacia el lugar donde Dominic permanecía solo y, sin mediar palabras informales, le extendió un sobre de color crema con el membrete de su firma.
—Es la notificación formal de Sinclair Alta Costura, señor Sterling —dijo Scarlett, con una formalidad tan gélida que calaba los huesos—. Al concluir este desfile, doy por terminadas nuestras obligaciones mutuas. No renovaré el contrato de exclusividad con su firma. Me marcho a París en tres días para expandir mi marca en el mercado europeo.
Dominic bajó la vista hacia el sobre que sostenía con su mano izquierda, la única libre de vendajes. Sintió que el aire abandonaba sus pulmones y que el piso de la torre se desmoronaba bajo sus pies, pero el mecanismo de defensa que lo había acompañado toda su vida se activó una vez más. Enderezó la espalda y clavó sus ojos oscuros en ella, asintiendo con una frialdad rígida, autómata y distante.
—Entendido, señorita Sinclair. Los abogados procesarán los términos de finalización mañana mismo. Que tenga un buen viaje —respondió con monotonía.
No hubo súplicas, no hubo reproches, ni un solo intento de retenerla. Scarlett asintió de vuelta con una mueca amarga y se dio la vuelta, desapareciendo entre la multitud del brazo de Julian. Dominic se quedó inmóvil, sosteniendo el papel que decretaba su soledad, mientras por dentro el silencio lo mataba centímetro a centímetro en medio de su propio imperio de cristal.