Hay una razón por la que el Emperador Celestial jamás tomó una emperatriz.
No fue porque no pudiera amar.
Fue porque la perdió.
Treinta mil años después...
ella despierta sin recordar quién es.
Y él está dispuesto a poner de rodillas a los siete reinos para conseguir que vuelva a mirarlo como antes.
El problema es que ella ya eligió al hombre equivocado.
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Capítulo 11: Las consecuencias del contacto
No consigo apartar la vista de él.
Azrael se aleja sin mirar atrás. Sus pasos son tranquilos, medidos, como si nada extraordinario acabara de ocurrir.
Y, sin embargo...
Nada de lo que acaba de ocurrir tiene sentido.
Bajo la mirada hasta mi muñeca y la froto distraídamente con el pulgar. Todavía siento el calor de sus dedos. Es una sensación absurda. Han pasado varios segundos desde que me soltó. Debería haber desaparecido.
No lo hace.
—Nirvana.
La voz de Gabriel me llega lejana, pero sigo observando mi mano, incapaz de apartar la vista.
—Nirvana.
Parpadeo y levanto la cabeza.
—¿Qué?
Gabriel me estudia durante unos segundos.
—Te estaba hablando.
—Lo siento.
—Ya me di cuenta.
Empieza a caminar hacia la salida del templo y lo sigo en silencio. Cuesta creer que un salón capaz de albergar a tantas personas pueda sentirse tan vacío de un momento a otro.
Solo cuando atravesamos las puertas, Gabriel vuelve a hablar.
—¿Te encuentras bien?
Asiento demasiado deprisa.
—Sí.
Miento fatal. Él lo sabe. Yo también.
Suspira con cansancio.
—Llevas tocándote la muñeca desde que salimos.
Bajo la vista hacia mi mano. Tiene razón. Ni siquiera me había dado cuenta. La aparto de inmediato, avergonzada.
—Debe de ser una manía.
Gabriel no responde. Caminamos unos pasos más antes de que vuelva a detenerse.
—¿Qué sentiste?
La pregunta me sorprende. Tardo unos segundos en contestar.
—No lo sé.
Y, por primera vez desde que desperté en el Purgatorio, descubro que esa respuesta no me molesta.
Me asusta.
Aquella noche no consigo dormir. Cada vez que cierro los ojos regreso al mismo instante: la sala desapareciendo, sus ojos, su voz.
"Mírame."
Me incorporo de golpe y resoplo.
—Esto es ridículo.
Camino hasta la ventana. El Purgatorio nunca está completamente oscuro. Siempre hay una luz tenue flotando entre los árboles, como si las estrellas hubieran decidido bajar a descansar entre las ramas.
Apoyo la frente contra el cristal.
¿Por qué sigo pensando en él?
No fue un abrazo. Ni un beso. Ni siquiera una caricia. Solo hizo lo que debía para detener aquella energía.
Entonces...
¿Por qué no puedo olvidar cómo se sintió?
Vuelvo a llevarme la mano a la nuca y cierro los ojos. Todavía puedo imaginar la presión suave de sus dedos. No había fuerza. No había prisa.
Era...
No.
Sacudo la cabeza.
Estoy exagerando.
Tiene que ser eso.
A la mañana siguiente salgo antes de que Gabriel o Seraphine puedan encontrarme. Necesito caminar. Pensar. O dejar de pensar. Cualquiera de las dos opciones me sirve.
El sendero se divide en varias direcciones y elijo una al azar. Cinco minutos después sonrío para mí misma.
—Claro.
¿Cómo no?
Frente a mí vuelve a levantarse el enorme bloque de piedra.
JARDÍN SAGRADO. PROHIBIDO EL PASO.
Cruzo los brazos.
—Empiezo a pensar que este lugar me persigue.
—La posibilidad contraria también existe.
La voz llega desde mi espalda. No debería sorprenderme y, aun así, doy un pequeño respingo antes de girarme.
Azrael está allí.
Como siempre.
No escuché sus pasos. Empiezo a sospechar que ese hombre tiene la extraña costumbre de aparecer exactamente cuando menos lo espero.
—Buenos días —digo, intentando sonar mucho más tranquila de lo que me siento.
Él inclina apenas la cabeza.
—Buenos días.
El silencio que sigue resulta extraño. Hace dos días habría dicho cualquier cosa para romperlo. Hoy, en cambio, no sé por dónde empezar. Al final termino levantando la muñeca.
—¿Qué hiciste?
Azrael baja la vista hacia mi mano y después vuelve a mirarme.
—Nada.
Frunzo el ceño.
—Eso es mentira.
—No.
—Desde ayer sigo sintiendo el lugar donde me sujetaste.
Esta vez tarda un poco más en responder. Lo suficiente para que empiece a pensar que no piensa hacerlo.
—Desaparecerá.
—¿Cuándo?
Algo cruza por sus ojos. Aparece y desaparece tan deprisa que no alcanzo a darle un nombre.
—Ojalá pudiera responder eso.
No entiendo por qué esa frase deja una sensación extraña en mi pecho, como si acabara de responder una pregunta distinta de la que hice.
Doy un paso hacia él.
Después otro.
La distancia entre los dos desaparece casi sin que me dé cuenta.
Él no retrocede.
Solo me observa.
—No te creo.
—Lo sé.
—Entonces demuestra que no ocurrió nada.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros. No sé muy bien qué estoy haciendo. Solo sé que necesito entender.
Extiendo la mano despacio hasta rodear su muñeca con los dedos.
—Mira.
Levanto la vista hacia él.
—No pasa nada.
Durante un instante...
el tiempo deja de existir.
Azrael permanece completamente inmóvil. No aparta la mano. No corresponde al gesto. Ni siquiera parece respirar. Sus ojos siguen fijos en los míos, pero tengo la impresión de que están contemplando algo mucho más lejano que este jardín. Algo a lo que yo no puedo llegar.
Entonces caigo en la cuenta de lo que estoy haciendo.
Lo suelto de inmediato.
—Perdón...
No era mi intención incomodarte.
Azrael baja lentamente la vista hacia la mano que acabo de soltar. Permanece así unos segundos y, cuando vuelve a hablar, su voz conserva la misma calma de siempre.
—Lo sé.
Nada más.
Ni un reproche.
Ni una explicación.
Y, por alguna razón, ese "lo sé" pesa más que cualquier otra respuesta.
Retrocedo un paso.
Después otro.
—Creo que... debería irme.
Él asiente.
—Sí.
Me doy la vuelta y empiezo a caminar. No sé por qué tengo la sensación de que, si me giro, seguirá exactamente donde está.
No lo hago.
Porque temo descubrir que tengo razón.
AZRAEL
Espero hasta que Nirvana desaparece entre los árboles antes de permitirme exhalar el aire que llevaba conteniendo. Hacía mucho tiempo que había olvidado lo que era necesitar respirar.
—Majestad.
No vuelvo la cabeza.
Escucho los pasos del general detenerse a unos metros de mí.
—¿Se encuentra bien?
No respondo de inmediato.
Bajo la mirada hacia mi mano.
La cierro despacio.
Todavía puedo sentir el leve peso de sus dedos rodeando mi muñeca.
Un roce tan breve...
y, sin embargo, basta para desordenar treinta mil años de silencio.
—Por primera vez...
Las palabras apenas abandonan mis labios.
Hago una pausa.
No porque dude de lo que voy a decir.
Porque todavía me cuesta creerlo.
—...fue ella quien me encontró.
El general guarda silencio. Sé que no entiende el significado de esa frase y no intento explicárselo. Nadie podría comprenderlo.
Vuelvo la vista hacia el sendero por el que Nirvana acaba de marcharse.
Después de tantos siglos observándola desaparecer una y otra vez...
Esta vez fue diferente.
Esta vez no fui yo quien la buscó.
Fue ella quien regresó hasta mí.
Y, por primera vez en treinta mil años...
el silencio deja de parecerse a una condena.