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SOMBRAS DE AETHELGARDEn el corazón de Aethelgard, los secretos pesan más que las coronas.
Isolde tiene solo diecisiete años, ojos del color del cielo y una fragilidad que parece quebrarse con el viento. Criada para obedecer, es entregada como un trofeo al hombre más temido del reino: Alaric "El Carnicero". Un gigante de casi dos metros con mirada de asesino y manos acostumbradas a la sangre. Todos dicen que es un monstruo, un mujeriego sin alma, y el miedo de Isolde es tan real como el frío de las paredes del castillo.
Pero tras los muros de su habitación, la realidad es otra. Mientras Isolde intenta demostrar que ya es una mujer y exige el lugar que le corresponde en su cama, Alaric la rechaza con una brutalidad que la deja sin aliento. La sujeta con manos de hierro, la maltrata con palabras cortantes y la mantiene a una distancia que ella no comprende. Él la ve como una niña; ella lo ve como su dueño.
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Capítulo 23: El Muro de Hielo
La luz grisácea del amanecer se filtraba por las grietas del "Refugio del Cuervo", iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire gélido. El fuego se había reducido a un puñado de brasas mortecinas que apenas daban calor. Isolde se despertó con el cuerpo entumecido, todavía acurrucada contra el costado masivo de Alaric. Sus piernas estaban enredadas con las de él, y su cabeza descansaba sobre el brazo sano del Duque. Por un momento, en ese estado de duermevela, todo pareció estar en paz. El corazón de Alaric latía con una fuerza constante y lenta debajo de su oreja, una señal de que la fiebre finalmente le había dado un respiro.
Sin embargo, en cuanto ella se movió apenas un centímetro, sintió que el cuerpo de Alaric se tensaba como una cuerda de arco a punto de romperse.
Él abrió los ojos. Ya no estaban nublados por el delirio; eran dos pozos de café oscuro, fríos y cortantes como el invierno de Aethelgard. Alaric la miró, y por un segundo, Isolde vio el recuerdo de lo que había confesado la noche anterior cruzando su mente. Vio la vergüenza, el odio hacia sí mismo y, sobre todo, la furia por haber permitido que alguien —especialmente ella— viera las grietas de su armadura.
Sin decir una palabra, Alaric la apartó. No fue un movimiento suave; la empujó con su brazo de acero lo suficiente para que ella tuviera que apoyarse en la piedra fría para no caer. Se incorporó con un gruñido de dolor, ignorando la herida de su hombro que empezaba a sangrar ligeramente de nuevo a través del vendaje improvisado.
—Alaric, no deberías moverte así —dijo Isolde, intentando acercarse de nuevo con el paño de agua.
—Aléjate de mí, Isolde —le siseó él. Su voz era un rugido bajo, cargado de una hostilidad que la golpeó con más fuerza que cualquier arma. Su "cara de malo" había vuelto, pero esta vez con una intensidad que daba miedo.
Se puso de pie, tambaleándose un poco antes de recuperar el equilibrio. Su metro noventa y cinco de estatura volvió a llenar la estancia, eclipsándola por completo. Se puso la camisa de lino con movimientos bruscos, soltando maldiciones entre dientes cada vez que el hombro le recordaba la carnicería de la noche anterior.
—Anoche... —empezó ella, pero él la cortó en seco.
—Anoche no pasó nada —dijo Alaric, dándose la vuelta para mirarla. Sus ojos ardían con una luz peligrosa—. La fiebre me hizo decir estupideces. Cuentos de niños para asustar a las doncellas. Si crees que ahora tienes algún tipo de poder sobre mí porque escuchaste los delirios de un hombre herido, estás muy equivocada, pequeña muñeca.
Isolde se puso de pie, su pequeña figura tensa de indignación. Su cabello dorado, ahora sucio y revuelto, enmarcaba un rostro que ya no aceptaba la sumisión.
—No busco poder sobre ti, Alaric. Busco entender por qué eres tan brutal contigo mismo —le espetó ella, dando un paso hacia su espacio personal—. Me contaste lo de tu padre. Me contaste lo de la plaza. Me contaste que te sientes un monstruo. No puedes borrar eso simplemente volviendo a gritarme.
Alaric se rió, una carcajada seca y cruel que no llegó a sus ojos. Caminó hacia ella, invadiendo su espacio hasta que Isolde tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual. La agarró de los hombros con una firmeza que rozaba el dolor, sus dedos hundiéndose en su carne.
—Lo que escuchaste fue la debilidad saliendo de mi cuerpo junto con la infección —dijo él, acercando su rostro al de ella. El olor a sudor, sangre y hierro la envolvió—. Soy el Duque de Aethelgard. Soy el Carnicero. Ese es el único hombre que existe. El niño de la plaza murió hace mucho tiempo, y si vuelves a mencionar esa historia, te juro por los dioses que te mandaré de vuelta con Valerius y dejaré que él haga contigo lo que quiera.
Isolde sintió un nudo de rabia y tristeza en la garganta. Sabía que Alaric estaba intentando reconstruir su muro de hielo, intentando protegerse de la vulnerabilidad que había mostrado. La brutalidad era su única defensa contra el amor y la piedad.
—Mientes —susurró ella, sin apartar la vista de los ojos de él—. Me tienes miedo, Alaric. Tienes miedo de que alguien te vea como realmente eres y decida quedarse a pesar de todo.
Alaric apretó los dientes, su mandíbula pareciendo de granito. Sus manos bajaron de sus hombros a su cuello, rodeándolo sin apretar, pero con una posesividad que la dejó sin aliento. Sus pulgares acariciaron la marca morada en la mejilla de ella que él mismo, indirectamente, había causado.
—No me tientes, Isolde —dijo él, y su voz ahora tenía un matiz diferente, una sensualidad oscura y amenazante—. No sabes lo que le hago a las cosas que me gustan demasiado. Las rompo para que nadie más pueda tenerlas.
La soltó bruscamente y salió de la ruina, gritando órdenes a Cédric para que prepararan la marcha de inmediato. No hubo ternura en sus palabras, ni agradecimiento por haberle salvado la vida. Solo el regreso de la bestia que no conocía la piedad.
Isolde se quedó sola frente a las brasas muertas, frotándose los hombros donde los dedos de él todavía quemaban. Sabía que el viaje hacia el Sur sería ahora un campo de batalla emocional. Alaric intentaría ser más cruel que nunca para compensar su debilidad, y ella... ella tendría que aprender a ser el fuego que derritiera ese muro de hielo, antes de que el invierno de su alma los consumiera a ambos.