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AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

Status: En proceso
Genre:Terror / Venganza / Traiciones y engaños
Popularitas:170
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Ocho desconocidos. Una isla privada. Un secreto que no sobrevivió al silencio.

¿Hasta dónde llegarías para mantener tu secreto a salvo cuando el mundo entero te está mirando?

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 2

La suite que me han asignado es tan perfecta que me provoca una náusea física. Todo es de un blanco quirúrgico, interrumpido solo por sábanas de seda gris y una iluminación indirecta que parece emanar de las mismas paredes. He intentado abrir la ventana, pero el cristal es una masa fija, un muro transparente que me separa de la tormenta que ruge afuera. Me siento como un espécimen en una placa de Petri.

Me dejo caer en la cama y el silencio de la habitación me golpea. Es un silencio artificial, procesado, como si el aire hubiera sido despojado de cualquier sonido natural. Cierro los ojos y, de inmediato, el asfalto mojado aparece bajo mis párpados. Siento el volante vibrando violentamente en mis manos, el chirrido de los frenos que no responden y ese golpe seco, ese *crack* que rompió algo más que el metal del coche. Diez años intentando enterrar ese ruido bajo capas de trabajo, ansiolíticos y sonrisas fingidas, solo para que una voz sin rostro me lo devuelva en bandeja de plata en medio del océano.

El gemelo de plata que encontré en el pasillo quema en mi bolsillo. Lo saco y lo miro de nuevo. Las iniciales *J.L.* brillan bajo la luz de la habitación. Julián López. El hombre que dejamos atrás.

Me levanto de un salto. No puedo quedarme aquí encerrada. La sensación de ser observada es tan fuerte que empiezo a buscar cámaras en las esquinas de la suite. Sé que están ahí. El punto rojo que vi en el salón no fue una alucinación por el gas. El anfitrión, sea quien sea, no solo nos está juzgando; se está alimentando de nuestro miedo.

Salgo al pasillo. Mis pasos no suenan sobre la moqueta espesa. La arquitectura de Aethelgard parece haber cambiado desde que nos separamos tras la cena. Los pasillos son más largos, o quizás es mi mente jugando conmigo bajo el efecto de ese sedante dulce que aún flota en el aire. De repente, escucho un sollozo. Viene de una de las puertas entreabiertas al final del corredor.

Me acerco con cautela, pegando la espalda a la pared fría. Al asomarme, veo a Clara, la arquitecta. Está sentada en el suelo de su habitación, rodeada de sus dispositivos electrónicos desparramados. Su tablet está encendida, pero la pantalla solo muestra estática gris y el mismo mensaje que vi en el salón: *Culpable*.

—No hay señal —susurra ella sin mirarme, con una voz que suena a cristal roto—. He intentado puentear la red local, he buscado una frecuencia de emergencia, un canal de mantenimiento... nada. El código de este lugar es una muralla china. Quien programó esto no solo es un genio, es un psicópata que conoce cada protocolo de seguridad que yo misma he instalado en mis edificios.

—Clara —le digo, entrando en la habitación—. ¿Qué sabes de los demás?

Ella levanta la vista y sus ojos están inyectados en sangre.

—Marcos está encerrado en su cuarto, bebiendo todo lo que encuentra en el minibar. Víctor está recorriendo la planta baja buscando algo que pueda usar como ariete. El resto... el resto está esperando a que el hacha caiga.

Me acerco a ella y le pongo una mano en el hombro, pero se estremece como si le hubiera dado una descarga eléctrica.

—Él sabe lo del concurso, Elena —dice en un susurro—. Sabe que el diseño que me hizo famosa no era mío. Que el chico que lo dibujó terminó suicidándose porque le robé la vida.

Siento un escalofrío. El accidente de hace diez años no es el único pecado que nos une. Aethelgard no es solo una prisión por lo que hicimos juntos aquella noche lluviosa, es un museo de nuestras miserias individuales.

—Tenemos que unirnos —le digo, intentando que mi voz no tiemble—. Si empezamos a desmoronarnos por nuestras propias cuentas, él ganará.

Clara suelta una risa amarga y señala una pequeña rejilla en el techo.

—Ya ha ganado. ¿No lo hueles? Es el aroma de la verdad descompuesta.

Salgo de su habitación antes de que su desesperación me asfixie. Necesito encontrar a Marcos. Él siempre fue el estratega, el que nos convenció a todos de que huir era la única opción sensata, de que Julián ya estaba muerto y que arruinar nuestras vidas no le devolvería la suya. Si alguien puede pensar con frialdad ahora, es él.

Llego a la suite de Marcos, la número 4. Golpeo la puerta, pero no hay respuesta. Intento girar el pomo y, para mi sorpresa, está abierta. La habitación está sumida en una penumbra azulada. Marcos no está bebiendo. Está de pie frente al ventanal, mirando hacia la oscuridad total del exterior.

—Marcos —lo llamo—. Tenemos que hablar.

Él no se mueve. Su figura se recorta contra el cristal como una sombra plana.

—¿Sabes qué es lo más gracioso, Elena? —su voz suena extrañamente tranquila, casi monótona—. Que durante diez años pensé que el mayor peligro era la policía. Los tribunales. La cárcel. Nunca se me ocurrió que el peligro real era la memoria de alguien que amara a Julián más de lo que nosotros nos amamos a nosotros mismos.

—¿De quién hablas? —me acerco un paso—. ¿Quién nos ha traído aquí?

Marcos se gira lentamente. En su mano derecha sostiene un sobre idéntico al que recibí yo, pero el suyo está manchado de algo oscuro que parece aceite, o sangre vieja.

—No importa el quién, Elena. Importa el cómo. Mira esto.

Me tiende una fotografía que estaba sobre la mesa de noche. Es una imagen reciente. Tan reciente que en ella aparezco yo, entrando en mi portal de Madrid hace apenas tres días. Pero hay algo más. En el fondo de la imagen, en el reflejo de un escaparate, se ve la silueta de un hombre con una máscara de espejo. El mismo que vi en el pasillo hace una hora.

—Nos ha estado siguiendo durante meses —continúa Marcos—. Sabe cada café que nos tomamos, cada mentira que dijimos en el juicio, cada vez que nos miramos al espejo y nos convencimos de que no éramos asesinos.

De pronto, un sonido metálico resuena en toda la estructura de la isla. Es un *clonc* profundo, como si un engranaje gigante se hubiera activado en las entrañas de la roca. Las luces del pasillo pasan de blanco a un rojo pulsante. La voz del anfitrión vuelve a llenar el aire, pero esta vez no es una grabación. Hay una respiración entrecortada al otro lado de la línea.

—El primer acto ha concluido —dice la voz, distorsionada por un modulador que la hace sonar como mil voces a la vez—. La cortesía del anfitrión se agota con el oxígeno. Uno de ustedes ha mentido más que los demás esta noche. Uno de ustedes ha intentado ocultar algo que ni siquiera Aethelgard puede perdonar.

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